Si, soy yo. No, no estoy muerto. Ni en un manicomio. Si es cierto el rumor de que llevo unos pocos días en tierra firme tras navegar durante casi dos meses, pero de eso ya hablaremos.
¿Queréis una prueba? Qué desconfiados. Algo habéis aprendido de mí, y eso me alegra, pero reconoced lo muy improbable que resulta que cualquier piernas se haya puesto un casco de Darth Vader y con la misma dedique las horas muertas en escribir tonterías a imagen y semejanza de las mías, pero en fin, ahí van unas frases:
- A ver si alguien le da cuerda al profesor Neira, que va más lento que mi abuela y eso que lleva siete años y medio muerta. Qué gordo me cae el andoba.
-Si la iglesia le da la nulidad a la infanta dejo de ser católico. Cierto que puede alegar que su fealdad suprema impediría a cualquier homínido desposarla y no digamos cubrirla, pero lo mismo se puede decir del Duque Meneitos, que no contento con su fina estampa va por ahí con una capa... ¡con una capa!
-El nuevo Presidente del Gobierno debería ser Bill Pullman, pero en su rol simpático de Casper. Para Ministro del interior, Freezer de Dragon Ball. Ya veríais como con él la activista del Frente Polisario se comería todo lo que le pusieran y hasta flan de postre. Con este nuevo Orden Zapatos volvería a ser el mismo humilde gilipollas de tranca insaciable que ha sido siempre.
Bueno, ya está. Ya veis que soy yo. Coño, que sólo han sido seis meses. Cierto que dan para mucho, hasta para vivir, morir y volver zombificado. En todo caso, es un lapso suficiente para que haya recuperado lo perdido y lo haya gastado de nuevo. Pero eso es otra historia, hoy vamos con la tercera edición del Cuento de Navidad.
Como está de moda, será 3D, signifique lo que signifique. He pensado que serán, una vez más, unas fechas terroríficas, y que tal vez os sintierais mejor al comprobar que el Apocalipsis, una vez acontecido, pues no es para tanto. Acomodaos, apagad las luces: el show debe continuar. Hoy está basado en un viejo cuento japonés...
Hace algunos años, en una época parecida a la que vivimos hoy, me disponía yo a pasar unas terroríficas pascuas alejado de la civilización en mi tenebrosa casa de campo. Está a cuarenta minutos de la ciudad, pero el 24 de Diciembre y en plena noche no resulta nada acogedora. Me decidí a pasar tan inmunda velada en aquel lugar y en plena soledad con el pensamiento de que el miedo me haría olvidar todos los problemas que me acosaban, y que ver amanecer un nuevo día sería el mejor regalo.
Pensamiento acertado.
Y así, acompañado tan sólo por un viejo televisor y una cena lujosa aunque decadente, me dispuse a sobrevivir un año más a las malditas navidades.
El televisor me hizo grata compañía, y surgió el contento cuando comprobé que emitían una maravillosa película de la Hammer Films sobre Dracula. Siempre he pensado que son los únicos que han hecho películas decentes (incluso soberbias) del personaje, de forma que me acomodé cerca del fuego para disfrutar hasta la última ceniza del vampiro.
Entonces me acordé de algo que me hizo sonreír. Y es que se trataba de la primera vez que podía ver una película de corte fantástico en aquel lugar. Antes no se podía. ¿Por qué? Porque estaba el tío Dolo.
El tío Dolo era uno de esos ancianos que pululan, cada vez en menor número, en determinados hogares españoles. Nadie sabía muy bien de quién carajo era tío, pero las versiones más plausibles señalaban que era tío político de mi madre y que, quedándose viudo en la década de los 70, hubo que cuidarlo a cambio, imagino yo, de algunas dádivas pre y post mortem.
El caso es que el viejo cabroncete no era demasiado molesto. De pocas palabras y algo seco aunque educado, se pasaba la mayor parte del tiempo en el Club del Centro Mercantil, como hacen muchos resesos. En las fiestas de guardar sí estaba más sociable, merced a los lingotazos que se atizaba, siempre con licores vetustos que nadie más probaría. Entonces te soltaba mil pelas y se quedaba como si hubiera acabado con el hambre en el mundo. Parece ser que era de origen salmantino, he ahí la explicación a semejante concepción de la generosidad.
Sin embargo, tenía una manía muy extraña y del todo irritante. Si uno se encontraba como yo entonces viendo una película de terror con monstruos, o una de marcianos o similar, algo con temática sobrenatural, el tío Dolo aparecía de la nada y cambiaba de canal. Lo hacía como quien pisa una cucaracha antes de que llegue a la despensa. Obviamente, los espectadores estupefactos exigíamos una explicación a semejante comportamiento, y el anciano, que a veces ni se quedaba a ver el programa elegido por su dedo arbitrario, daba esta explicación, y lo hacía como quien explica que no se debe beber agua del mar porque está salada:
- Pero coño, ¿cómo va a existir una nave espacial que se plante en medio de Nueva York? ¡eso no hay quien se lo trague!
Y esto valía para hombre lobo, vampiros, zombies, extraterrestres y cualquier tipo de criatura voladora, aunque fueran superhéroes que hubieran desarrollado sus habilidades con ingenio y dinero, al estilo de Tony Stark.
Durante décadas, fue imposible ver una sola película o serie de este género en presencia del maldito viejo. Era implacable, y ni se alteraba ni se movía de su razonamiento: nada de fantasías. Y punto. Era algo paradójico: creo que él mismo, si viera su historia llevada a la pantalla, cambiaría de canal ipso facto.
Sin embargo, no vivió tanto para ello. Un buen día decidió que se iba a pescar solo en una chalupa que llevaba años tirada en el galpón sin esperar al pueblerino que normalmente le acompañaba. Cosas de viejos. De viejos de secano. El mar es traicionero y aunque haga mucho sol y calor se levantan vientos imperceptibles desde tierra firme que te llevan y no vuelves. Así le paso al tío Dolo, y bueno... algo de pena si nos dio, pero no demasiada. Su cuerpo no apareció, así que creo que enterraron unos pantalones de pana, aunque yo señalé que deberían haberlos acompañado con el mando de la televisión.
Así, adormecido por el calor de la chimenea y los recuerdos de la juventud, el sueño me encontró solitario en la profunda negrura de la noche invernal.
Me despertó el ruido de algo que rozaba el cristal de la puerta de entrada. Era un sonido tan ligero que me extrañó que me hubiera sacado de los brazos de Morfeo, pero tenía una cualidad inquietante y una cadencia inducida que demostraba un origen inteligente que impedían ignorarlo. Eché mano de la escopeta y me dispuse a abrir, deseando que fuera Papa Noel para volarle la cabeza.
No lo era. Ni él ni nadie. Y sin embargo, había algo. La noche era clara pero el viento del norte soplaba con fuerza, con un aullido estremecedor. El mismo origen intencionado del sonido que me había despertado iba tomando cuerpo a diez metros del porche, en línea recta con la cruz.
Llegados a este punto, he de explicar que mi parcela linda con un acantilado, que en su punto más alto está señalado con una cruz de piedra. Ésta fue construida en los primeros años del siglo XX, dedicada a la memoria de unos 20 náufragos que perecieron cuando se dirigían a las islas Ons.
En mitad del trecho que va de la cruz a mi casa, una niebla localizada y espesa contenía los espectros descarnados de estos desdichados, cuyos ropajes destrozados goteaban todavía. Al lado del que parecía presidirlos, un hombre blancuzco con una luenga barba blanca, se encontraba, carcomido pero inconfundible, el tío Dolo.
No diré que no estaba aterrorizado, porque lo estaba. Pero había leído y escuchado ciertas historias de cómo uno ha de reaccionar en estos casos, y con toda la sangre fría que pude reunir, inicié los trámites de mi entrevista. Dejé la escopeta y me desnudé completamente, ya que como sabéis nada violenta más que un cuerpo desnudo inesperado, tanto a los verdugos de la República de Saló como a los engendros que los vientos marinos a veces traen a tierra. Me acerqué sin cautela, haciéndoles ver que asumía con naturalidad lo precario de mi situación y mi disposición a terminar el asunto lo antes posible. Son libros e historias que no debéis leer. Exhorté al barbudo para que se explicara, cosa que hizo con voz tonante que se percibía con claridad pese al viento (tan gélido que mis genitales parecían querer meterse en las entrañas).
- En noches tan Santas como éstas nos encontramos despreciados y olvidados, mozalbete, de manera que buscamos a desdichados solitarios como tú para que nos entretengan so pena de acompañarnos allén de los mares, a la tierra de la que nunca se vuelve.
Típica charla de espectro. Los demás asentían sin sacarme su mirada cavernosa de encima, y digo mirada por decir algo, toda vez que esos seres tenían las cuencas de los ojos vacías y de vez en cuando algún cangrejo se paseaba por ellas. Respiraban con gran estruendo, y en algunos podía distinguirse como los pulmones se hinchaban para dejar escapar el aire al instante por múltiples perforaciones.
- Este que dice ser tu tío, al que no habéis dado debida sepultura cual era su deseo, nos ha dicho que no sabes bailar, pero que cuentas historias decentes. Ya puedes ir empezando, y procura mantenernos entretenidos hasta el alba, o disponte a navegar por siempre.
Me pareció ver como lo que había sido el tío político de mi madre, y que debimos enterrar pero vivo, sonreía malévolo. Me acomodé en una silla de jardín mientras los difuntos y su niebla me rodeaban, comenzando a contar la que podría ser mi ´ultima historia, basada en un cuento rumano...
Hace algunos años, no demasiados, dos parejas de mediana edad que residían en la zona seca de España decidieron emprender un viaje. Ese año la cosecha de lino les procuró buenos dividendos de los que convenía dar buena cuenta antes de que hacienda los detectara. Ya habían recorrido muchas partes del mundo, y aunque dichosos por el resultado, encontraban todos los destinos anteriores algo vulgares, de modo que esa vez convinieron en visitar un lugar exótico que les permitiera mirar con superioridad a los conocidos al regreso.
Eligieron para ello una zona centroeuropea. Fronteriza, entre Rumania, Hungría y otros países detestables. Una zona escarpada, de antiguas tradiciones, desconocida gastronomía, folclore zíngaro y extraordinarias leyendas: los montes Cárpatos. Se fueron a Transilvania, hogar del Conde Drácula.
Pude notar como el trasgo marino que fue mi tío Dolo dio un respingo y contrajo sus huesudas articulaciones con furia. Ni convertido en una criatura demoníaca de ultratumba admitía la existencia del más allá y sus consecuencias.
Llegados a su destino, se alojaron en un hermoso hotel que procuraba parecerse a los de la Europa civilizada, con un servicio lacayuno dispuesto a los azotes por cualquier nimiedad siempre que fueran acompañados por buen dinero occidental.
Al segundo día iniciaron una excursión guiada. Primero en autobús, hasta una posta medieval muy bien restaurada en opinión de los viajeros. Allí degustaron los manjares de la zona, demasiado especiados para sus paladares aunque sabrosos a fin de cuentas, bebieron como energúmenos y asistieron a un espectáculo de música y bailes tradicionales. Se acostaron temprano, toda vez que la jornada siguiente esperaba llena de sorpresas transilvanas.
Muy temprano por la mañana, los acomodaron en calesas tiradas por caballos negros como el carbón y les llevaron a recorrer la zona. Iban muy calentitos, pues les habían facilitado unas mantas y bebida en cantidad. Recorrieron profundos bosques y bucólicos pueblecitos, y convinieron en que el tiempo parecía no haber transcurrido en aquel lugar.
-Fijaos, si hasta conservan el castillo.
En efecto, a lo lejos en las montañas podía divisarse un inmenso castillo. Al caer la tarde se detuvieron en un pueblecito que parecía guarecerse a la sombra de los picos que guardaban precisamente esta imponente fortaleza.
Una vez más, fueron recibidos con hospitalidad por los lugareños, que les dieron una comida y cena. Agotados como estaban del traqueteo de los carros, se retiraron a sus aposentos, donde les esperaban las sábanas limpias y el fuego de la chimenea, así como la anciana que llevaba el hotel.
Se encontraron con que las pocas ventanas de la estancia se encontraban cubiertas por ajos, y que no contenta con ello la buena anciana les facilitó una ristra más a cada uno y unas biblias en latín. Cuando la vieja se retiró, las parejas se miraron los unos a los otros con sorpresa para al fin estallar al unísono en una franca carcajada.
Cuando al fin pudieron articular palabra, convinieron en que estaba siendo un viaje espectacular, y que aquellos rumanos sin duda estaban aprendiendo el oficio del turismo. ¡Qué puesta en escena! ¡Qué pasión por el detalle! ¡Así daba gusto! Al día siguiente pasearían libres para descubrir nuevas y deliciosas sorpresas como aquella. Se fueron a dormir, no sin antes retirar los ajos y depositar las biblias en los cajones de las mesillas de noche.
Llegado el amanecer, que tanto ansiaba yo mientras continuaba mi relato, desayunaron profusamente y salieron a caminar. No bien hubieron dado los primeros pasos cuando otra anciana, que fingía sin duda estupor, les detuvo y les conminó en su lengua natal a que cogieran unos ajos más, así como unos crucifijos algo bastos pero bien acabados. De entre sus palabras aceleradas, adornadas con aspavientos varios, sólo pudieron entender las palabras strigoyu y Nosferatu. Se deshicieron no sin trabajo de la enlutada y caminaron hacia el castillo.
-¡Si es que están en todo los tíos! Así, seguro que acaban viniendo un montón de turistas. Veréis cuando lo sepan en el pueblo... la globalización, es lo que tiene.
La vieja se quedó atrás, persignándose con virulencia.
Recorrieron una buena distancia entre chanzas y algarabía, siempre en dirección al castillo. A medio camino, encontraron un vía crucis del que colgaban escapularios y rosarios. Una vez más, elogiaron el gusto por la tradición de los lugareños.
-De película, esto es de película- comentaban.
Al poco de abandonar este punto, de la nada les salió al encuentro un enorme coche de caballos, negros como la pez. El coche era igualmente negro, y lo dirigía un ser chepudo y pálido como el mármol. Bajó y se dirigió a ellos, tras una profunda reverencia, en buen castellano, aunque con el inconfundible acento del lugar.
- Señores, el Conde Dracula, sabedor de vuestras insigne presencia, reclama vuestra presencia en el Castillo, a fin de cenar en su grata compañía.
No hubo de repetirlo. Los cuatro se subieron al carro absolutamente embriagados por lo inesperado del detalle, por los extras inacabables de aquel maravilloso viaje.
El coche recorrió al vuelo la distancia, y penetró en el patio de armas del castillo, cuyo tamaño era aún más colosal cuando se cruzaban sus altísimos muros. El cochero, siempre muy atento, les condujo al interior y les guió por algunas de sus estancias, invariablemente cubiertas de telarañas. Sobre todo, una ocupada tan sólo por una gran cama, cuyo cabecero estaba adornado con una letra D mayúscula. Preguntaron si esa era la habitación del Conde.
-Solía serlo, Señores. Ahora reposa en otro lugar.
-Claro, en la cripta dentro de un ataúd, ¿no?
-Si, así es.
Más carcajadas.
Circunspecto, el criado les llevó a un salón gigantesco, donde fueron sentados a una mesa repleta de manjares.
-¿No nos acompañará el Conde?- preguntó la esposa más pícara del grupo.
- Tan pronto como caiga el sol, Señora- dijo el criado.
Llenos de júbilo, comieron sin poder dejar de comentar lo glorioso que estaba resultando el viaje.
Llegado a este punto, y saliendo el sol del día de Navidad, el jefe de los espectros me interrumpió por primera vez.
- Y bien, mequetrefe, ¿qué ocurrió entonces? el tiempo apremia...
- ¿Qué cree que ocurrió? ¡pues que fueron todos asesinados por el Conde, que los vampirizó sorbiéndoles hasta la última gota de sangre!
El grupo de gules rió con ganas, con una carcajada que hacía temblar sus huesos y jirones de carne podrida. Cuando recuperaron el no-aliento, una vez más el jefe se dirigió a mi.
- Tu historia nos ha complacido, pero sólo por una noche. Hoy es Navidad y una vez más la soledad nos va a afligir. Así que mañana queremos otro cuento. Y para asegurarnos de que estés aquí, nos llevaremos algo preciado para ti.
El alma errante posó su único ojo, glauco y malintencionado, en mí y recorrió la pobre anatomía de mis carnes ateridas. Encontró entonces un lunar bastante grande que tengo en una zona digamos que poco soleada. Entonces abrió mucho el ojo y lo cerró fuertemente después, desapareciendo el lunar sin que yo hubiera notado nada.
- Sea, pues. Si quieres recobrar esto que tanto y en lugar tan particular escondes, habrás de contarnos mañana otra buena historia. Hasta entonces, prepárate.
Y así como aparecieron las criaturas se desvanecieron entre las brumas de la mañana. El tío Dolo me dedicó una mirada amenazante pero con un matiz ladino, no ajeno a la complicidad.
Como pude, me vestí y me preparé una bebida caliente. Era algo increíble, pero el testimonio de lo sucedido se encontraba ausente en mi entrepierna. En estas cuitas me encontraba cuando una vez más mi puerta fue aporreada.
En esta ocasión, no eran los espectros, sino el desgraciado de mi primo, al que llamaremos Fito. Era un tipo sumamente desagradable, que venía dispuesto a molestarme y conseguir que abandonara mi bienamada soledad para acompañarle a la dichosa comida navideña, y no para disfrutar de mi compañía, sino para que soportara solidario el peso de los familiares insufribles.
Aunque no soportaba a ese puerco y, en cualquier otra circunstancia lo habría echado de allí a puntapiés, bendije su aparición y le comenté tembloroso lo sucedido.
Prestó para mi regocijo atención a mis palabras, y, lo que era aún más novedoso, no me interrumpió. Cuando hube terminado, se quedó pensativo, y al fin me preguntó:
-¿Dices que se han llevado tu verruga?
- Mi lunar, es un lunar. Y si, se lo han llevado al mismísimo infierno y por mi se lo pueden quedar por toda la eternidad.
- Se me ocurre algo...
Se le ocurrió que esa noche no sería yo, sino él, quién comparecería ante los fantasmas. ¿Por qué? Porque aunque era un cobarde absoluto tenía una espeluznante verruga (y no lunar) en la nariz. Si me sustituía, sin duda los avariciosos endemoniados se la quedarían para que una nueva historia fuera contada por nochevieja. Entonces podrían meterse su lunar y mi verruga por el culo, viviendo nosotros tan contentos por siempre.
No parecía mal plan (que el diablo me lleve si me importaba algo su salud), pero ¿no iban a notar el cambio de narrador? Según él no, ya que los espectros marinos suelen haber perecido con los ojos picoteados por las gaviotas, y entre eso y la niebla que les envuelve no se enteran. Además, ellos buscan a alguien a quien atormentar y nada más.
Considerando mi poco apego al sujeto y que sin duda esos inútiles no habían demostrado en vida una vista de águila (ni pericia marinera) acepté el trato. Le dí las llaves de la casa y me marché bien lejos, dispuesto a sufrir la navidad en la ciudad.
No obstante, se que ocurrió aquella noche, aunque no creo que os interese, ¿o sí?
En fin, llevo seis meses sin hablar, así que me extenderé un poco más.
La noche de navidad Fito ocupó mi lugar, y se metió valor en el cuerpo a base de aguardiente. Se tocaba constantemente la verruga, cerciorándose de que estaba allí, presta para el canje. Esperó y esperó, bebiendo sin parar, presa del pavor.
A la misma hora que el día anterior, se presentaron los muertos.
Fito salió tambaleándose y se desnudó, mostrando sus carnes burlonas.
El jefe le miró con severidad. Dudaba, pero al fin le exhortó a que comenzara el relato, cosa que mi primo hizo con un hilo de voz, relatando un antiguo cuento romano...
Muchos siglos ha nació en el seno de un matrimonio judío un niño muy especial: los astros le señalaban como el Mesías que habría de liberar a los hombres de buena voluntad, que por entonces vivían oprimidos tanto por el tiránico Imperio romano como por los reyezuelos locales.
Estas fuerzas imperialistas intentaban truncar el nacimiento del niño, de forma que persiguieron ferozmente a sus padres. Esta persecución era apoyada incluso por los más altos correligionarios del infante, que preferían el terror cotidiano antes de reconocer al crío como Mesías, ya que las profecías hablaban de sus tendencias fraternales e igualitarias, incompatibles con el discurso de sometimiento de los rabinos.
Por ello, su madre (concebida sin mácula) hubo de alumbrarle en un pobre pesebre al calor de las bestias.
Pasados treinta años, de los cuales no tenemos noticia alguna, el niño ha crecido para convertirse, tal y como rezaban las profecías, en un joven revolucionario: señala a los corruptos, levanta a los muertos, expulsa a los comerciantes del templo y, aunque es tentado una y otra vez, jamás sucumbe a la debilidad de la carne.
Sin embargo, la mano del Imperio es larga. Finalmente, siendo traicionado por un discípulo, le dan caza y...
- ¡BASTA!
Fito, que casi había olvidado el miedo que le embargaba y creyendo que lo solemne de su historia le ganaría el favor de los espectros, se quedo lívido cuando fue interrumpido por la violenta exhortación del fantasma del tío Dolo, que avanzo lentamente hacia el y le señaló con su dedo descarnado
- Compareces ante nosotros y nos cuentas una historia en la que un judío, marxista y probablemente homosexual promueve una revuelta contra el capital, lo que nos parece admisible... pero, ¿pretendes hacernos creer que existen nada menos que treinta años de su vida en los que ningún majadero ha situado un amante, una muerte, un hijo ilegitimo o cualquier otra indignidad? ¡eso no hay quien se lo trague!
Dicho esto, el que fuera tío Dolo volvió con sus compañeros, que se quedaron mirando sombríos al narrador. Finalmente, el jefe habló:
- Ya no nos gustan tus historias. No queremos verte mas, y para que no vuelvas te devuelvo tu tesoro.
Entonces, cerró fuertemente su ojo y mi lunar adornó, junto a la verruga de la nariz, por toda la eternidad el semblante ladino de mi primo.
Dedicado a Elvira, que desde la distancia me devolvi´o las ganas de escribir
Una canción, muy conocida gracias al genio brasileño Vinicuis de Moraes, decía que "la tristeza no tiene fin, la felicidad si".
Sentencia tan sencilla como cierta.
A lo largo de estos últimos meses, sin duda los más negros de mi vida, muchos buenos amigos me han preguntado con cierta preocupación el porqué de mi silencio. Les he contestado, y ahora lo hago a todos vosotros, que estoy amargado y triste. Las cosas que me importaban se han desvanecido, y mi vida, una vida maravillosa, es ahora un largo caminar hacia la nada.
No importan los motivos. Todos son viejos como el tiempo, y hoy en día, por desgracia, es algo que le ocurre a mucha gente. Gente que a mi me importa un pepino, pero en fin, siempre es gratificante compartir el sabor de la desgracia, un sabor metálico en la boca y una tela de araña pesada y fría que se agarra a los pulmones y al estómago.
Sin embargo, no quería compartir este estado de ánimo con las pocas personas que se toman la molestia de leer mis historias. Las cosas están tan mal que me resulta miserable e irresponsable atacar las pocas esperanzas que puedan tener, y que por mi culpa afronten lo que puede ser la batalla final sin ánimo. La situación es muy grave y puede acabar en desastre, así que es necesario e indispensable luchar hasta el último aliento con todas las armas que el arrojo, la alegría y la cólera nos ofrezcan. Que, como dijo mi amigo el barbas, los hijos de puta que han provocado todo este estado de tristeza sepan que no van a luchar contra señoritos, sino contra hombres.
Hombres sin esperanza, y por ello también sin miedo.
De este modo, contaré mi última historia de modo que sirva para infundir ánimo en los corazones, animándoos a pelear o al menos a conservar lo poco que tengáis. La vida es a veces un camino de muerte polvorienta, pero en ocasiones nos da una gloria inmensa que nadie nos puede arrebatar.
Es cierto que me han cazado. Ni trabajo, ni huerta, ni playa, ni blog, ni nada. Las cosas que alegraban mi vida se han convertido en deprimentes recordatorios de una existencia mejor pero finiquitada, y como una diosa hindú muestran una nueva faz demoníaca que sonríe mostrando sus dientes de acero.
¿Qué os voy a contar? Si un hombre quema un coche, es un delito. Si quema cien, es un acto político. Si se arruina a un hombre, se comete un crimen. Si se arruina a todo el mundo, es un genocidio.
Y sin embargo, yo puedo decir que he sido feliz. En los últimos años, sobre todo el pasado, ha habido unos cuantos momentos, duraderos en el tiempo, en los que he sido plenamente feliz. Nada me preocupaba y tuve las cosas más bonitas de este mundo. Esto no es fácil y por desgracia no es tan común como el azote de la desolación.
Así es. He trabajado muy poco, y he ganado mucho dinero que me he gastado con premura en bienes y servicios que me han hecho sentir como un príncipe. He disfrutado plenamente de mi juventud. He sido el mayor escapista laboral que ha dado la historia, esculpiendo el tiempo que esos miserables plutócratas pretendían robarme. He recorrido los mares y contemplado el anochecer y el amanecer, durmiendo bajo mi techo en sábanas limpias. He trabajado la tierra y comido sus frutos sabiendo que yo y mis buenos amigos los habíamos cultivado, resultando su sabor más gratificante que el manjar más exquisito que pueda llevarse a la boca el emperador del mundo. Conozco y puedo llamar amigos a personas estupendas que han llenado mis instantes de las más hermosas historias. Pude leer antes que nadie libros magníficos, y he escrito lo que me ha dado la gana. Por mucho que ahora este blog me provoque una tristeza infinita ahí quedará mi pobre obra para los restos, hablando de mi rabiosa y revolucionaria persona mucho tiempo después de que mis huesos pelados blanqueen la campiña.
La campiña gallega, las calles sucias y saladas de Vigo, mi ciudad y mi casa de la que nunca me marcharé, porque la llevo en el corazón.
Llegué incluso a terminar las tres partes de Goulsh and goblins. ¿Qué más puede pedirse a la vida?
También he amado y me han amado, y lo he hecho siempre sin reservas, sin mentiras y ofreciendo todo mi peculio de prisionero. Ha durado poco, pero jamás sentiré el peso de las palabras más duras que existen cuando se ha sido rácano en estas lides: "pudo haber sido"... no, lo fue. A mi pesar, a mi contento. Sí, lo digo: he estado con mujeres bellísimas, que sonreían con la mirada, con la piel suave y las manos cálidas. Mujeres fascinantes, que también me han contado sus avatares, a veces terribles, de una crudeza mortal, y otras delicados e intrigantes como los hilos de la vida. Puede que no las vuelva a ver nunca, pero esos recuerdos me acompañarán en mis oscuras horas como el acervo del día de mi creación. A fin de cuentas, el amor es más frío que la muerte, un juego divertido de perder y de ganar. Y el que juegue sin saber esto, es un infeliz o un imbécil.
Por muy difíciles que sean estos momentos, por mucho que me pese la soledad y la inquietud, por muchas vueltas traicioneras que de esta existencia de mierda, que repentinamente se ha vuelto una aventura errante, me queda la seguridad y la fe de que volvería a vivir todo de la misma manera, sin cambiar una sola coma de la historia de mi vida. Todo igual, aunque viviera mil veces. Afortunado o desgraciado, soy yo el que todas las mañanas tiene que mirarse al espejo, y aunque mis ojos están casi sin luz y mi rostro está marcado por las cicatrices de la desdicha, puedo contemplarme y sostener la mirada sin un solo reproche.
Por ello, y como ya es momento de dejar de hablar de mí, os recuerdo como hace poco me las han recordado a mí las palabras de Napoleón: "el valor de un hombre no se mide por las veces en que ha salido victorioso, sino en aquellas en que, habiendo sido derrotado, se ha vuelto a levantar". Ya lo veis, no debéis dedicar un instante de esta vida que se acaba en pensar en este pecador que al fin recibe su castigo. Espero la ola del desastre con cierta premura, aferrado a mi lanza dispuesto a dar combate. Seguid sin mi, os daré alcance tarde o temprano. Eso sí, prefiero estallar en una bola de fuego antes de consumirme lentamente. Recuerdo un viejo dicho gallego que ahora me aplico: "díxolle a mosca a rá: mais vale morrer no viño que viver na auga".
Espero que mis escritos os sirvan para algo, si acaso para alguna carcajada repentina o para que os den calor en noche solitarias. Lo he pasado bien a vuestro lado, conservaré vuestra amistad como mi más preciado tesoro. Sé por experiencia que es cuando menos irritante perder a alguien, aunque sea una insignificante presencia en la pantalla. Cuanto más si es un camarada o la persona que nos hace sentir definitivamente redimidos, de forma que el viaje parece haber llegado a una plácida estación donde solo queda entregar los trastos de matar y decir "ha costado, pero todo ha merecido la pena".
Sin embargo, quedan unas cuantas travesías por el desierto de "echo de menos". Empiezo a contemplar sus dunas, es momento de decir adiós.
Volveré tarde o temprano, cuando vuelva a ser el mismo de siempre y haya olvidado todo este desastre. Yo siempre me he conducido con la filosofía de todo o nada en absoluto, así que si no logro salir de este agujero y esta es mi despedida, recordadme implacable y certero como una maldición. Pero no os preocupéis: en 1983 uno de mis más encarnizados enemigos me echó en cara que "tenía la muy molesta costumbre de sobrevivir".
En todo este descampado vital, en las ruinas humeantes de mi civilización constato que aún conservo esa mala costumbre, y que soy tan pobre que poseo el cielo y la tierra.
Nos vemos en los sueños, aunque también podéis escribirme.
La dialéctica del paseo. Tal vez camine para analizar todo, y no analizarme a mi mismo. A fin de cuentas, no hay un solo cojo que no sea un hijo puta y nadie que haya llevado a cabo este método marxista ha querido aplicarse el cuento, no vaya a resultar el estancamiento contra-revolucionario y el espejo devuelva la imagen de un revisionista comemierda.
No por esperada deja de ser menos inquietante la estampa de mi ciudad. Es como recorrer el cadáver en descomposición de un enorme cetáceo. Uno se encuentra con sectores donde antes había carne y sangre y ahora sólo queda esqueleto pelado. Cientos de negocios (de esos de dueño caraculo que antes, no hace tanto, te ponía mala cara cuando entrabas así por que sí) han caído y lo hacen a cada momento. Sus restos no servirán para fabricar corpiños ni fajas. Sus restos no servirán para nada.
Pero como dice la canción que sirve de tema principal a una soberbia película de 1973 (año duro por autonomasia... hasta ahora), cuando eres joven y tu corazón es un libro abierto te preocupas y tal y dices "vive y deja vivir". Pero ahora que sabes que estas de aquí de prestado, que te duelen los huesos por la niebla de la mañana y que tienes que cenar poco para dormir bien, ahora que no debes pensar en ti, ahora dices "vive y deja morir".
Y así, rechiflao en mi tristeza, evoco la vieja leyenda china y se la cuento al anteriormente orgulloso pequeño empresario, donde quiera que esté: hace muchos años, antes de que los chinos fueran esclavos de las tragaperras y de los bailes sincronizados, en una aldea perdida en las montañas lloraba desconsolado un niño forastero.
Los aldeanos, que (oh sorpresa) eran buenas gentes y no como ahora, unos miserables puercos que organizan tan bien los juegos olímpicos como la tortura sistemática de opositores y animales inocentes (Zeus debe estar revolviéndose en su tumba y Nietzsche asombrándose en la suya al verse aquí reconocido), se apresuraron en socorrerle y, muy probablemente, le alimentaron con porquerías tales como sopas de nidos de golondrina y menudillos de especies en extinción (y no hablo de emprendedores de PYMES, o tal vez si).
Tranquilos, que este está pensando.
Cuando el zagal se hubo tranquilizado, explicó a los lugareños que se había perdido del cobijo de su madre (si fuera hoy, sería sin duda achacable a que se despistó gastando los cuartos del estipendio maoísta en la primera tragaperras que le saliera al paso).
Muy dispuestos a ayudar, los aldeanos de diente podrido le dieron consuelo y le dijeron que pronto darían con ella, si bien todo sería más fácil en el caso de que pudiera darles un esbozo de los rasgos de su madre.
Ya lo sé. Yo también me doy cuenta. Los rasgos de su madre: escuchimizada, dentadura en estado de sitio, amarilla como un miembro de la UGT, pies reducidos a muñones, desgraciada y probablemente huída con la intención de abandonarle para siempre. Una descripción a la que responderían un buen puñado de féminas orientales. Pero, en fin, ¿qué queréis, que la hubiera identificado por el nombre? Pues vale, me pongo la camisa morada de Gila y explico con gracejo de la España negra que los chinos, al nacer sus retoños, tiran una lata por el aire y, con el ruido que hace al caer, se inspiran y bautizan al querubín.
El niño sólo pudo decir que su madre era "la mujer más guapa del mundo".
Con esta información, los limones se pusieron manos a la obra. Poco a poco, ante el niño fueron desfilando, en primer lugar, las guarritas más destacadas de la villa. Ante la identificación negativa del infante, empezaron a acudir (engañadas, imagino) las bellezas de la provincia.
El niño siguió dando calabazas.
La situación y lo notorio de su extrañeza llegaron a oídos de los chupaculos regionales del mandarín, que se involucraron y prestaron su ayuda haciendo pasar por los ojos del crío a muchas y hermosas mujeres, algunas de entre sus conocidas del puti club y hasta de sus familias.
Los 4 fantásticos de Rosa Díez: todos eran la Cosa.
Pero nada, el niño erre que erre que no, que ninguna era su madre, que incluso esas tipas eran un petardo en comparación a ella.
Y claro, la historia llega a oídos del Emperador que se persona en el lugar de los hechos. Primero en plan simpático, populachero. Pero el tema es que el niño es un redicho y un soberbio, y que se pone muy pesado con lo de que "mi madre es la mujer más guapa del mundo". Así que al final se cansa, organiza unos juegos olímpicos, asesina vilmente a algunos pueblerinos y se vuelve a la ciudad prohibida. Un comportamiento tan típico como el chop shuei.
Pasado el tiempo, y resultando que sólo quedan unos pocos palurdos que mantienen al pícaro que pocas chavalas tiene ya que rechazar, estando estos distraídos pensando cómo deshacerse de él, llega a la aldea una anciana vestida con harapos.
Va preguntando a quien le sale al paso si conocen a su hijo perdido (si, el que mejor define a la gente del mundo).
Al fin, los catetos constatan que esa mujer es la madre del niño, y cuando se abrazan en infinita alegría por su reencuentro, escuchan anonadados como el niño repite una y otra vez, sollozando de alegría, "mi madre, la mujer más guapa del mundo".
La madre
Y así me encuentro yo paseando por las calles empinadas y devastadas de Vigo, en la ciudad más hermosa del mundo. Las calles desiertas, los negocios cerrados, los amigos exiliados, los bolsillos vacíos... pero en la ciudad más hermosa del mundo.
Pienso que tal vez sea por la luz del amanecer. Un amanecer inesperado, la luz del sol cegadora e insólita en el invierno atómico de nuestro descontento. Los ojos heridos por el fulgor, pero la carne tibia abrazada por la gloria del sol.
No he abierto la boca con referencia a la caída de mis enemigos el Domingo día 1 de marzo pensando que tal vez todo fue un sueño. He esperado hasta la rendición de Anxo (de ahora en adelante, Ángel) Quintana, puesto que la del Touriño enamorado de la luna la esperaba, pronta y blanda como el abrazo de una abuela.
No haré ningún chiste tipo O Presidente... o EX presidente. No me sale sin antes explicar, mientras camino a vuestro lado, algunos extremos verídicos referidos a la campaña.
Con ocasión de la publicación de "Nuestro hombre en Moscú", el pasado mes de Octubre, aquí en vuestro blog, se produjeron numerosas reacciones.
Esto se avanzó en "Nuestro hombre en Moscú" el pasado Octubre. Repasadlo si no. Va a ser que ejerzo influencia...
Las primeras, previsibles por cualquier persona con sentido común, entre las que no me encuentro, fueron las de los amigos. Me advirtieron que ese artículo, brillante por momentos pero soez, abyecto y chabacano, me iba a traer problemas. Los poderosos no admiten la crítica y menos el insulto crudo (hay que ver que tíos finolis, si serán maricas), y sin duda iban a disponer todas sus fuerzas coercitivas para crujirme.
Resulta que no se puede decir así por la cara que Ana Pastor es un culo cagado pontevedrés. Y que los premiados en los gallegos del año eran escoria pura. Y tampoco que Touriño es un bufón dentudo y marchito, y está gordo además. Y en modo alguno se puede decir que la Conselleira saliente de cultura se fue a Cuba a follarse mandingos con unas amig@s, sin esperar represalias, sino justas, al menos lícitas del poder opresor.
Bueno, alguien dijo hace tiempo que si el precio que debía pagarse por la libertad era la opresión y el miedo, pues que tragaba. Yo no se si pago o no, pero maldita sea si "Nuestro hombre en Moscú" no era mi entrada favorita, y antes muerto y feminista que callado. Es verdad: no puedes decir lo que yo dije, sobre todo si eres un mierda. Los premiados son basura y espero que sus huesos blanqueen la campiña. La mesa presidencial tenía menos legitimidad que un polvorón en Julio y además eran todos unos hijos de puta.
Gargalladas de horror
Dicho todo esto con los cojones en una mano y la otra agitándose desafiante, invitando al combate, toda vez que, como "a mosca díxolle a ra, mais vale morrer no viño que viver na auga".
Este concepto arcaico y descerebrado de orgullo resulta difícil de entender para algunas personas inteligentes, pero para los que vivimos de testosterona y hemos sido testigos de la humanidad acorralada, en situaciones tales como la asistencia a futuros condenados en el turno de oficio, sabemos bien que en determinados momentos, lo único que le queda a una persona es el orgullo, y su desarrollo, por muy suicida que resulte, es sagrado y necesario. Solemne en todo caso.
Hasta aquí (ah si, antes que nada: Dolores Vilariño es repugnante, me gustaría ver su faz espantosa retorcida ante la abrumadora potencia de los resultados, debe ser lo más parecido a una corrida en la cara que ha vivido esa arpía) lo tocante a advertencias bienintencionadas, que admito con la sencillez y cabalidad que me caracterizan.
Lo gracioso del asunto viene una vez pasadas las elecciones. Resulta que un número indeterminado de simpatizantes de la causa bipartita que ha mordido el polvo achacan a mi bienaventurado escrito parte alícuota de la humillante no-victoria (puesto que ni el siempre insignificante bloque ni el estulto chulo de merendero Pesedegá PSOE han ganado nunca en Galicia) precisamente a mi obra rabiosa.
Las dos caras del miedo
Si, es cierto. Tolero a algún viejo amigo forofo del espantapájaros Anxo Guerreiro y Ángel "el-de-la-anchas-espaldas" Quintana que, pálidos y abotargados, han sacrificado minutos de su tocamiento diario inspirado en una foto ajada de Cristina Pato sobando el roncón en llamar a mi puerta, construida con huesos del enemigo y cojones, para echarme en cara melancólicos porqué no utilicé esa rabia -muy de vez en cuando talento- para modificar la forma de hacer política en Galicia, en lugar de apoyar al feudalismo y bilingüismo.
Yo les explico, bebiendo un caldito de huesos de Rosalía con pajita hecha de fémur de Curros, que lejos de mí apoyar en bilingüismo. De eso nada: castellano para todo, y el gallego para lo de siempre: para los chistes verdes y los tacos. Y que además busquen en su interior el origen de la derrota, y de no encontrarlo, se alumbren con la luz del amanecer.
Inocente de mí, que creía en la inteligencia de Quintana. Qué equivocado estaba. Este Ulises de economato se ha puesto a navegar cual marinero de luces (perdón: sin luces), a toda vela y viento en popa hacia la deriva. Es imperdonable que precisamente Ángel haya olvidado que si hay algo que no perdona el populacho es la exhibición de lujo y riqueza. Puedes secuestrar a unas viejas y obligarlas a tragar un horripilante discurso. A pocos les importará que metas a los párvulos en el soljov de la galiescola, ya que en todo caso su futuro será tan negro que no serán competencia. Y hasta el ganador legítimo perdonará y hasta olvidará los insultos y los desprecios lanzados desde la televisión pública autonómica (el sí, yo no).
Ah, pero tú has profanado el mar más oscuro del orbe: el de la envidia, grumete de tercera. Y te has dejado coger además. Tú, que nada has tenido nunca y que con resentimiento te has forjado una buena carrera de abusón y roba-planos, y hasta roba -Presidencias, tú que vestido con la túnica de las sombras purgaste y ejecutaste al gran Beiras... te has relajado, te has creído que estabas sentadito muy cómodo en la poltrona, que era tu derecho, que estabas legitimado, que la trampa se consolidaría. Pero las trampas son afiladas como las bayonetas, y uno puede hacer muchas cosas con una bayoneta, excepto sentarse encima de ella. Me has decepcionado, Ángel.
Y que decir de Touriño... jódete, Touriño.
Así me encuentro ahora, como todos los meses de marzo, a un paso del fin y no obstante aferrado a los riscos de la esperanza. Ha sido una última cena sublime, y tal vez el gobernador llame y cancele la ejecución. En medio de tanta oscuridad, se adivinan las luces del día. El gallo ha cantado, y he aquí el amanecer, que tal vez sea el amanecer de los muertos.
Observad sino como se levantan también de su sueño en las vascongadas, donde un valeroso macero ha marcado el límite de la paciencia. Hermosa danza la suya, lástima de un objetivo más sustancioso. El orgullo, el canto del gallo del amanecer.
Ante la sepultura del sustento de los 7000 que se han quedado sin trabajo hoy, insisto y me repito como siempre y como nunca. Desde cualquier lugar, y desde esta la ciudad más bella del mundo necesariamente en el vagón de cuarta de un tren destartalado pero implacable, los cegados por la luz del amanecer de los muertos, con el cantar del gallo retumbando en los oídos, se van acercando a los payasos, a las bestias de tiro que ocupan las Cortes más hediondas de la granja mundial... tal vez consigan arrojar de la poltrona (diseñadas por Panton a 100.000 cada una) esas carnes burlonas, hasta que caiga de nuevo la noche.
Consigo llegar a casa, y no he pensado un solo momento en mi vida. Si me preguntáis, os diré que es la más hermosa del mundo.
La calle Lepanto hace honor a su nombre. A cualquier hora del día en la que sea contemplada ofrece un aspecto desolador, como si una batalla feroz se hubiera desarrollado en ella y nadie hubiera sobrevivido.
Tahiti esta en el corazón.
Acepté la oferta de aquel desgraciado por puro sentimentalismo. No era extraño que un mequetrefe que te hubiera tocado en suerte en el turno de oficio procurase aprovechar al máximo tu insaculación y tenerte a su entera disposición: lo raro era que yo lo aceptase sin mayores resoples.
Me pidió con mucho tacto que quedásemos para hablar “de su cruz” en el bar "Tahiti”, en la calle Lepanto. Es una calle céntrica, donde termina uno de los extremos de la Gran Vía. Desemboca en la Estación de trenes y ofrece un desvío hacia el autopista, el puente de Rande y la libertad. También hay locales de última hora, como el inefable “Manco” y los rabiosamente nacionalistas “Planta Baixa” y “O Corvo”.
Eran graciosos estos locales, llenos de recuerdos para mí. Con referencia al “Manco”, especializado en música machacona y alcohol de quemar bajo una débil pátina de decoración retro, tengo grabada en la memoria la rotunda silueta de “La Sargento”, una compañera de carrera bailando sensualmente, incitando al resto de los recién licenciados que celebraban su graduación soñando con meterle la lengua en el coño. Es vulgar pero es cierto. Era una mujer odiosa, mandona y superficial, con un culo orondo pero irresistible. Tenía una cara hermosísima, pero sólo se liaba con gordos mórbidos pontevedreses que pudieran saciar sus ansias de dinero.Y es que tenía un gran miedo a ser pobre porque su padre, como buen culo cagado pontevedrés, abrió una tienda de televisores y otros arpegios eléctricos pero sólo con marcas decadentes como “Telefunken” y “New Pol”. Se fue al tacho, por supuesto, así que podríamos decir que la familia se mantuvo durante un tiempo gracias al culo de la hija.
¿De qué os sorprendéis? Los culos mueven el mundo. Son importantísimos.
Total, que ese culo terminó de ayudante de mi querida ex ministra Ana Pastor y papá pudo dedicarse a otra cosa, algo tan rentable como vender aperitivos alemanes en plazas de toros o similar. A quien coño le importa.
En el “Planta Baixa” había 40 carrachas[1] por hombre y50 hombres por mujer. Y la mujer por lo general no tenía forma humana, de modo que yo no iba mucho por allí. Me gustaba ver a esos melenudos y barbudos aspirantes a chuparle la minga al malparido de Mariano Abalo matándose por obtener los favores de la coja de turno al ritmo de “Celtas Cortos”, pero luego el olor se pega a la ropa.
“O corvo” era mi favorito. Estaba lleno de alternativos, yo era el único que llevaba camisa y todas las piezas de la dentadura, pero allí disfrutaba. Primero porque había un parapléjico barbudo de lo más gracioso que estaba allí con aires de “eh, que es de los más normal que me encuentre aquí pelando la pava”. Claro, como en tus tiempos cuando hacías la maratón. Me fascinaba aquel tipo. Segundo, porque cierta noche de 1999, cuando me encontraba disertando al lado de los futbolines, una moza se me acercó insinuante vestida con la camiseta del Osasuna, a la sazón verde quirófano pues era la segunda equipación. Posó el brazo en mi hombro y me susurró insinuante al oído si tenía hachís. Le dije que lo mío era natural, y entonces me dijo si tenía marihuana. Le contesté que se fuera a la mierda.
Al día siguiente me despertó un calor abrasador que se colaba por la única ventana de su pensión. Estaba situada a pocos metros de “O corvo” (las gentes del norte de España son tan bestias que beben, defecan, duermen y se aparean siempre en la zona de lo que ellos denominan “fiesta”), y pude contemplar la calle Lepanto en toda su decadencia. Podría ser una calle de cualquier país de Sudamérica, asada por el sol de mediodía que atormentaba a los borrachos en su retirada, a los chulos de putas que contaban el parné indiferentes al pestazo de los orines y de las vomitonas. La muchacha interrumpió mi visión ofreciéndome como desayuno otro tour por sus carnes azotadas por la resaca, y yo accedí sí, y sólo si, se ponía la camiseta del Osasuna.
Un millón de años después estaba en Sanjenjo. El palos verdes blanco del norte de España. Horrendos madrileños de veraneo, empanadas macilentas y un primo rico formaban el decorado de mi pesadilla. Un visita que no pude, por desgracia, declinar.
Era algo horrible. No tenían más conversación que lo tristes que se habían quedado tras el cierre de emblemáticos locales como “La hiedra” o “Soleares”, así como la marcha del dj de “La luna”. La noche de Sanjenjo no era la misma para ellos, pero a los diez minutos de estar allí yo era viejo como el tiempo y toda la eternidad parecía reducirse a mis vivencias reiterativas en aquellos lugares que jamás había pisado.
Mi orden en los horarios de sueño y comidas había saltado por los aires. Tenía que desayunar a las mil y una disfrazado de marinerito en una cafetería llena de niños del demonio preguntando, mientras miraban al mar, “adonde ejtan los pejcaos”; de viejas furcias que se emparentaban con la nobleza y de gente obesa en general tocados con sandalias y calcetines color carne.
Ami me gusta desayunar en pijama. Pijama sospechoso, además. Lo hago para que nadie se me acerque, ni me hable, ni se le ocurra decirme ninguna babosada como “que aproveche”. Pues en los días de Sanjenjo hube de joderme y desayunar rodeado de carroña en pantalón corto.
¿Por qué? Por imbécil. Por depender de alguien. Mi querido primo, que es muy rico, sostenía con el dedo meñique del pie derecho un negocio que ni la iba ni le venía. Pero ahí estaba yo. Y a mi si me iba y me venía. Así que tenía que decir amén a toda cuanta farsa burguesa se le pasara por la cabeza.
Por la mía, en aquel momento, sólo pasaba el fantasma de la brisa de Tahití, y sus cálidas aguas volvían a mis ojos en forma de lágrimas saladas.
Mi llegada al lugar no fue precisamente acogida con un collar de flores. Llovía a cántaros y el suelo pedía serrín a gritos. ¿No echáis de menos los suelos con serrín? Yo si. Claro que yo echo de menos hasta a Timothy Dalton.
La camarera era una mujer insípida. Tal vez fuera de esas que cuanto más miras más te gusta, pero yo no iba a hacerlo. Se lo dejo a García López, un escritor que en sus libros no hace más que largar sobre enormes culos, tetas gigantes, medicamentos y desarraigo.
Lo cierto es que en el bar Tahití hubiera encontrado inspiración para varios volúmenes de su inacabable epopeya del tedio sórdido. Parecía como si alguien la hubiera emprendido a golpes con el mobiliario. Las ventanas, que daban por un lado a la calle Lepanto (descritas ya sus maravillas) y por otro a unas escaleras que bajaban a Alfonso XIII (y, como toda buena escalera pública española estaba meada hasta los cimientos), enmarcaban lo precioso de las vistas con unas elegantes rejas negras. Tres ventiladores de techo amarillentos daban muestras de su inactividad fósil a medio de telas de araña. Un primo suyo, dispuesto en la pared para evacuar grasa y humos, había sido sin duda vencido y colapsado por sus enemigos.
Elegí un sitio alejado de la barra y del panel eléctrico de fulminar moscas que permanecía encendido y emitía un chisporroteo desasosegador, pues ninguna mosca (milagrosamente) revoloteaba por el bar. Con el rabillo del ojo pude ver la cara de disgusto de la camarera, que sin duda esperaba que yo fuera a la barra a pedir. No me dio la gana. Sostuve la mirada del único parroquiano que hasta ese momento ocupaba el bar, un inmenso gordinflón mal vestido y rubicundo que mantenía a duras penas una charla con la mujer que yo acababa de interrumpir. Ni rastro de mi cliente el peluquero, que no podía ser ese barril.
Mientras se acercaba arrastrando los pies y mascando chicle, aproveché el hueco que dejaba la camarera detrás de la barra y leer un cartel ruinoso donde se podía leer que allí hacían tapas, bocadillos, sándwiches y snacks. Era un cartel de Cobi, mascota paupérrima de la Olimpiada de Barcelona. Sentí vértigo.
-¿Qué quieres tomar?
Típico de Vigo. Tratarte de tú sin conocerte cuando peinas canas. Decidí fastidiar a aquella listilla que probablemente ganaba más sirviendo venenos a borrachos que yo sacándolos de la cárcel.
-Un “Blue Lagoon”.
Estupefacción. Me preguntó que era eso, yo le dije que un cóctel. Me dijo que llevaba y le contesté que demasiadas cosas para que yo las enumerase. Si no tenía leche de coco, era estúpido continuar. No tenía leche de coco.
-Bien, entonces traiga un zombi.
Buscó con tal presteza la ayuda del gordo que temí que me lo trajera servido con una sombrilla, pues era un muerto viviente de primera. Sin embargo, decidió actuar como un ser pensante y dirigirse a mi.
-Es que aquí no hacen cócteles, jefe.
-Ahá. ¿Qué bebe usted, amigo?
-Un whisky con coca cola.
-Eso es un cóctel.
La moza me miró enfurecida.
-Si quiere un whisky con cola se lo traigo.
-Antes muerto y socialista. Café por favor. Me encanta el café moluqueño.
Se fue bufando no sé qué. Me encontraba dispuesto a fustigar a aquellos ignorantes hasta el fin de los tiempos, no sé porqué ni lo sabía entonces.
Y al desayuno tardío seguía una agónica jornada de playa. El puto periódico, los baños programados y la charla con mujeres que tal vez en 1987 hubieran estado potables. Para mi primo, seguía siendo 1987.
Tras horas y horas de “ese es el padre de Rajoy”, “ese es el concuñado de Roa Bastos”, dicho todo con cara de picaruelo y aires de mística sabiduría, comíamos a las mil y una. La tarde era tedio y sombra, y había que tomar café con influyentes farmacéuticos, funcionarios de hacienda y mozas casaderas.
Pero lo peor era salir por la noche. Ruido, seres pretenciosos ocupando las entradas de los tugurios, música infernal machacando mi cabeza. El primo me obligaba a beber, y en el comienzo de su declive nocturno me exhortaba a “encontrar a unas guapas”.
Santo cielo. Una misión que ni tan siquiera Hércules podría superar, sobre todo en compañía de aquel sarmiento especialmente rugoso y acomplejado que me acompañaba, y que a duras penas me permitía cenar. Me tomaba por su gregario, y yo, con la barriga tocando a santos, me acordaba de sus muertos.
El cliente surgió de la nada, llegando casi al tiempo que mi café. Era peluquero, y su aspecto daba testimonio de ello: barbita recortada con una pequeña estela de canas estratégicamente colocada, pelo de tambor de color negro azabache con brillo de Grecian 2000 y una ridícula coleta anunciaban al clásico cliente del turno de oficio.
La camarera le sirvió un café y una copa de Fernet branca sin preguntarle antes. Era un cliente antiguo que padecía del estómago o que lo haría pronto (esa es la magia del Fernet, lo mismo cura las úlceras que las produce).
Poco a poco, pero sin pausa, se desarrolló su teatrillo. Así en voz baja me explicó que era separado, de una brasileña nacionalizada (¿veis lo importantes que son los panderos?) con la que tuvo dos hijos, nacidos en los 80 y ya mayores. Entonces empezó a llorar porque él los quería, pero las cosas no eran como antes y no tenía ya su peluquería y claro, las cuarenta mil pesetas que soltaba por mulato se le hacían muy cuesta arriba.
Tenía que tomarme algo antes de contestarle que aquello era una majadería insondable y que ningún juez en su sano juicio aceptaría reducirle semejante miseria de pensión alimenticia, más sabiendo como tragan los mulatos. Llamé a la camarera y le pedí un snack.
Impulsado por la cólera recién desarrollada, le expliqué al peluquero que aquello era imposible. Que era una locura y que lo iba a garrapatear en un papel de envolver pescado simplemente para cobrar mi estipendio dentro de mil años, pero que no esperara nada. Y además se notaba a horrores que se estaba pisando a otra maciza y que necesitaba la tela para forrar de terciopelo sus zapatos, sus cortinas y hasta sus huevos.
A todo esto el hombre había dejado de llorar y me miraba con sus ojillos verdes, en los que brillaba una chispa de astucia.
-Se que es difícil. Pero sólo usted puede lograrlo. Yo quiero pagarles veinticinco mil nada más, y sólo usted puede convencer al juez.
Mi primo se vengó de mí por no conseguirle víctimas que deglutir con su papada. Lo hizo arrastrándome hasta un campeonato de golf.
Los escoceses nunca acabarán de penar en este mundo, a base de alcoholismo, fealdad, haggies y el sonido infernal de la gaita, por haber engendrado a Collin Hendrie y al puto golf. Un juego que practican todo cuanto déspota, miserable, enclenque, asaltacunas y desastre físico haya parido madre. Sólo hace falta ser uno de estos, tener unos zapatos ridículos y un palo para convertirse en un perdedor de primera.
Y muy mala suerte para terminar siendo un espectador del devenir soporífero de esta práctica. En pleno Agosto, en pantaloncito corto escuchando babosadas sobre handicaps y los peligros de las picaduras de los mosquitos que previamente han martirizado a los caballos. De vez en cuando graznaban cosas como “buena” y “gran golpe”. Yo preguntaba –y jodía- porqué no iban en carrito eléctrico, como en la tele. Porqué no había árbitro ni nadie que marcase los tantos. Y de mala gana me contestaban que sólo los seniors iban en carrito, que parte de la gracia del juego es agotarse caminando de hoyo en hoyo, y que eran los rivales quienes se llevaban la puntuación porque era un juego de caballeros.
-O sea, que si los cuatro que estáis aquí os ponéis de acuerdo como buenos caballeros podéis hacer que uno se lleve el premio y repartirlo.
Una instantánea inquietud sombreó sus caras. Un rico puede hacer lo que sea por una pata de jamón y unas botellas de ron del patrocinador. Pero pagué cara mi maldad: hube de asistir a la entrega de premios con sorteo incluido. Otra noche sin cenar…
¿Cómo que yo era el hombre adecuado? ¿me estaba tomando el pelo? No me fío delos peluqueros, ni aunque apilen todos los interviús del mundo en la sala de espera, ni aunque te pongan Floyd y te corten el pelo a navaja. No, son todos maricas y de una manera u otra quieren joderte. El cliente me tranquilizó con un gesto de sus manos ladinas y me explicó brevemente el porqué de sus palabras:
“En lo que a usted se refiere, la más normal y cotidiana de las actividades humanas sirve de excusa para iniciar una batalla campal. No puede dejar pasar un comentario procaz, no puede evitar meterse con todo el mundo aunque sepa positivamente que no tiene razón. Es una cuestión de orgullo o de genes, no lo sé, pero estoy seguro de que hará lo posible por desplumar a mis hijos. De todos los abogados que he convocado aquí, la mayoría demostraron mejores aptitudes técnicas, pero sólo usted se ha empeñado en pedir una bebida de aires Tahitianos en lo que se ve que es una tasca inmunda y sucia con un nombre inapropiado”.
Me había calado bien el amante del terciopelo.
- Estoy seguro de que aquí se encuentra como en casa.
El peluquero se rió con ganas, me dio las gracias por atenderle y por el gran servicio que iba a prestarle y se dirigió a la camarera.
- Sírvele a mi abogado un Blue Lagoon. Y ponle un collar de hibiscos, se lo merece.
Que me ahorquen si no fue la mejor bebida que he tomado nunca.
¿Y quién estaba en la entrega de premios? La Sargento. Seguía teniendo un gran pandero, y aunque el tiempo pasa por todos seguía siendo una hermosa mujer. Siendo la musa de la decadencia occidental, resultaba su presencia en aquel lugar infernal del todo imprescindible.
- ¿Tú estabas en MI carrera?
E igual de odiosa y egocéntrica que siempre. Me preguntó –sin llamarme por mi nombre porque no lo conocía- si había jugado al golf. Que qué me parecía la noche de Sanjenjo ahora que habían cerrado “La hiedra” y otros. Que a qué me dedicaba. Sin dejarme responder a esto último, me comentó lo mucho que viajaba con la ex ministra, y los lugares tan exóticos que conocía. Bueno, yo había navegado hasta muy lejos también.
- ¿Dónde has estado?-por fin, algo de interés.
La emoción súbita basada en la anécdota insignificante, una ola de congoja imparable. ¿Cómo olvidar el paisaje de Tahití, el cantar de los pájaros y el azul de las aguas donde por vez primera me vi reflejado tal y como era? En aquel fin de semana, mi corazón no se había separado de Tahití, y no lo haría en el resto de mis días.
Y que se condene mi alma si os doy cuartel o lo acepto de vosotros.
Siempre he pensado que el arma de conversión masiva más potente que han tenido los maricas han sido los bigotes. No es que desprecie los ahora ajados encantos de Bibi Andersen, ni que no me aterre la sexualidad hermafrodita del Barón Ashler, pero donde esté un buen bigote…
Ahí estaba yo, en 1984, comiendo un bocata de mortadela, cuando me encontréa mis postmodernos primos admirando un video clip de Queen. Creo que era “I want to break free”. Como casi siempre, yo no me había enterado de la primera parte del video, la de los travestidos, así que, al encontrarme con aquel elfo hirsuto y bien definido rodeado de cuerpos desnudos, exclamé admirado: “ese tipo debe ser un auténtico león con las titis”.
No comprendí entonces las miradas de los primos mayores, ni porqué el tío Enrique, que en gloria esté, fue incapaz de contener el trago de cerveza que estaba bebiendo y la escupió como un aspersor por todo el salón ante lo inocente de mi comentario. Poco duró mi candidez salvaje, ya que uno o dos años después, en idéntica situación, vitoreé a Tino Casal no sólo por lo inmenso de sus interpretaciones, sino por “ser un corsario comecoños de primera, mi ídolo”.
Mi primo Wenceslao, llamado Wences, que era el mayor y estaba amargado por llevar semejante nombre, se vio en la obligación de sacarme de mi error. Le acusé inmediatamente de desleal difamador, de calumniador y de sinvergüenza. Sereno y resignado, puso una mano en mi hombro y me indicó: “fíjate hombre, ¿no ves que lleva babuchas?”.
Y es que tenía que ir al oculista...
Tenía razón. De terciopelo verde, además. Me hice un ovillo en una esquina y me tapé con una mantita, horrorizado ante la dimensión de la estrategia de los mariquitas. Entre sus filas se encontraban agazapados individuos de porte inmenso, física y moralmente. Los maricas no sólo estaban en el ballet del “Un, dos, tres”, ni se les podía identificar tan fácilmente como al calvorota rubiales que bailaba en él, que todos detestábamos por acaparar para nada a semejantes chavalas. Claro que el muy bandido también llevaba bigote. Si uno no podía fiarse de un fulano con bigote, ¿qué esperanza quedaba? ¿qué genio era también partidario de comerse los garbanzos con hilo? ¿Boy George? ¿los nobles muchachos de “Frankie goes to Hollywood”?
Con el paso de los años, y siempre reconociendo lo justificado de la estrategia, lo del bigote ha quedado apartado por una estrategia mucho más ladina.
Pero gays si pueden entrar.
Así es. Yo, en perfecto estado de lucidez (o así), y siendo una de las personas que más estudios y análisis ha dedicado a la serie “Campeones: Oliver y Benji”, afirmo sin miedo a equivocarme que es el más descarnado, sutil e influyente alegato gay de la historia.
Que sí, que si. La serie que nos fascinó en los primeros 90 es más de la acera de enfrente que “Plata Quemada”.
La orgía nipona (barro incluido).
Vamos a ver, la serie de fútbol no va. Estos japoneses tienen muchas virtudes, pero ni saben beber ni comprenden los deportes con pelota (el baseball no es un deporte en absoluto). En incontables episodios, jamás se pitó un penalty. Y menos mal, porque entre que los jugadores asumieran la existencia de la figura reglamentaria, preparasen el balón, recordasen las infancias del portero, del lanzador y del infractor, se produjera el lanzamiento, se analizaran con ello los sentimientos de cada uno de los intervinientes y del público, y finalmente llegara el desenlace, pasaría tanto tiempo que el flashback del protagonista de “En busca del tiempo perdido” parecería un chiste de “se abre el telón y…” .
Ello por no hablar de los miles de muertos entre el público y los ciudadanos, ya que entre el lanzamiento del águila de fuego y la estirada del dragón del portero se abrirían las puertas del infierno.
Todo eso para ver una tanda de penaltys real con Zubizarreta en tu bando. Como un saco de patatas que se desmayara en el puto centro de la portería.
Si, hubo una tarjeta amarilla. Bob Denver detuvo con su corpachón al macarra de Marc Lenders. Se dieron cuenta, 100 episodios después, de que tenían el mismo tamaño y era posible defenderlo cuerpo a cuerpo sin salir disparado. Lo cual es pura tontería, toda vez que Marc solo tiene peligro cuando dispara desde el medio del campo. No importa: no pasó antes, ni volvería a pasar desde aquella. Tarjeta para ambos, sudor, expectación… y tensión sexual, toqueteo, MARICONEO vamos.
Luego está el fuera de juego. En efecto, esta circunstancia apareció en el duelo Newteam vs. Mambo (ojito al nombre) del primer campeonato. Los jugadores de Oliver se quedaron pálidos cuando les pitaron varios fuera de juego seguidos. Ni sabían lo que era eso. Resulta que Julian Ross, un auténtico mago del esférico y de los culos, jugador brillante y mejor chupapitos, sí conocía esta táctica, así como la estrategia de juego del Newteam, que a la sazón era la de todos los equipos de la serie: “patapún parriba, que la coja Oliver y que la enchufe” (la pelota... y lo que no es la pelota).
Y es que Julian le enseñó muchas cosas a Oliver. Y eso que estaba mal del corazón. Tanto se admiraban y era tal el temblor de las pupilas cuando los rivales se encontraban, que si se llegan a echar la boca nadie se hubiera sorprendido. Ni el propio padre de Julian, un irresponsable CON BIGOTE que permitió jugar a su hijo con angina de pecho incluida. Y Julian correspondió dando una lección de fútbol sideral y otra no menos aleccionadora de misoginia: al igual que Oliver, Julian tenía una putilla que le animaba en todos los partidos. Como fuere que esta putilla le chivó a Oliver la afección cardíaca de Julian, a fin de que se dejara ganar, y llegando esto a oídos del afectado, que se vio naturalmente deshonrado, ni corto ni perezoso le cruzó la cara a la muchacha con una sonora bofetada.
Oliver, obnubilado, se limitó a contemplar tan bonita escena pronunciando el nombre de su amado en un suspiro, pero claro, quedándose con la copla y muy dispuesto a castigar el cuerpo de Patty, su admiradora patizamba que no se daba cuenta de que su ídolo era un mariconazo.
Adivinad cual de los imploramtes verá sus deseos saciados
Por supuesto no había un solo equipo con once componentes. Imaginaos lo complicado que sería dibujar los trenecitos en el vestuario con tantísima gente. No hay forma de recordar un once completo, tan solo en la selección japonesa, formada por portero, tres defensas raspados y el resto todo mediapuntas y delanteros (la pesadilla de Clemente). A ver, voy a intentar recordar el once clásico del Newteam: Benji, Bruce Harper, Bob Denver, el granuja del pelo en forma de tenedor cuyo nombre no sale a relucir, Jack Morris que luego se fue al Otomo a mamársela a Patrick Everett, el trío de la muerte formado por Diamond-Carter y Mason, Tom Baker y Oliver. Son diez. Y luego se marcharon Benji a Alemania (a por salchichas), siendo sustituido por Alan (el peor portero de la historia por delante de Busquets), Tom y Jack, siendo estos dos sustituidos… por nadie.
Ok, aquí salen más de diez, pero es que Ramón Calderon se trajo a unos compañeros de tute
Y esto en el Newteam, que en los demás equipos ni se molestaban: dibujaban a la estrella, luego como mucho a un pelotillero y el resto eran dos o tres repetidos conjurados en acabar con Oliver (cuyas caras tenían la desfachatez de dibujar en un polígono en los momentos de ¡todos juntos!, y yapodía ser un pentágono o un octógono, que allí se veía a las claras que había individuos clonados). Yo creo que no saben que hay que jugar con once, aunque rellenes con individuos de mala catadura como el Tato Abadía.
Que tiene bigoteeee…
Y lo de defender es algo que no les interesa mucho. Si el portero la puede parar bien, sino pues para que mortificarse. Sólo se puede parar al atacante con la típica entrada a ras de suelo, que queda muy bien, pero a no ser que la haga la estrella del equipo, pues no funciona. Porque estos limones no se enteran de que si saltas pues ya está, no te quitan la pelota. Pues que si quieres arroz Catalina, que se quedan pasmados cada vez que les saltan por encima. Digo que solo funciona si la hace la estrella de turno, porque realmente los amarillos tienen una concepción baloncestística del fútbol: la estrella cubre a la estrella, deben lanzar desde donde Cristo perdió la chancleta y se cubre al personal pivotando a su alrededor. Bien es cierto que todo lo que saben los nipones de baloncesto (y de seducción) está resumido en “Chicho Terremoto”.
No, este no era maricas.
Fue precisamente esta manía de defender de manera absurda la que me condujo al mayor bochorno que una serie de dibujos me haya producido. Mi padre se interesó una tarde maldita por la serie que tanto me gustaba, y se sentó para ver “a esos monicreques que te quitan de estudiar”. Quiso la mala fortuna que en ese momento los malvados del “Hot Dog” (ahí es nada) fueran a tirar un corner contra el Newteam. Y como los hermanos Derrick, que necesitaban dinero para una endodoncia de urgencia, iban a hacer la “catapulta infernal”, pues los extremos Mason y Carter decidieron defender el lanzamiento subidos a lo alto del larguero. Fuese como fuera, lo cierto es que se llevó a cabo la catapulta y la cosa acabó mal para Oliver, ya que Alan no paraba ni un disparo de Julio Salinas borracho. Yo creo que todo fue debido a que los extremos se tocan y, visto lo del exótico lugar, decidieron echarse un caliqueño, pero mi padre no se quedó a verlo. Sólo me miró con desprecio y emitió un sonora “¡bah!” al abandonar la sala.
¿En tu casa o en la mía? ¡pero si vivís en la misma!
La catapulta infernal. Me diréis que no es una postura erótica de maricones, maricones y además incestuosos. Por favor, que gemían al hacerlo los muy cachondos.
En este sentido, lo de Oliver y su familia es caso aparte. Su padre es marinero. En efecto, con bigote. Que voy a decir de los marineros… pura fantasía. Se trae en su barco del amor al borrachuzas de Roberto Sendinho para que le de algo de caña de azúcar a la Sra. Athon y luego los deja en casa con Oli y tan contentos, el se va a recorrer los siete mares.
La marina: Ron, sodomía y latigazos
Roberto le enseña a Oliver que hay que disfrutar con la pelota mientras le da un par de pases a la madre (Roberto le pega a todo). Oliver se enamora de él yluego llora lágrimas amargas cuando, tras ganar el campeonato, se queda compuesto y sin tutor.
Y es que las mulatas (y mulatos) tiran mucho.
Hay que entender que Oliver lo pasa muy mal, puesto que tras ese campeonato se queda también sin Tom Baker y sin Benji.
El mal se extiende por Europa
Tom Baker representa al marica exquisito, al de toda la vida, que esta fuera del armario. Su padre es pintor y él, haciendo honor a la inmortal canción de Aznavour, posaba “en traje de cancán y yo con devoción pintaba con pasión tu cuerpo fatigado…”. Es sin duda un espíritu libre que poco a poco va haciendo que Oliver asimile su situación. Y vaya si lo hace: desarrollan un tiro a medias (vosotros elegís: “juntos, fumando un cigarrillo a medias” o la mayor metáfora de la doble penetración que se haya inventado) y se hacen llamar “la pareja de oro”. Francamente, yo soy mal pensado, pero esto clama al cielo.
Benji, por su parte, no sólo responde a un nombre de mariconazo, sino que además se entrena con un señor muy mayor, las enamora y las desprecia y luego no se quita la gorra ni para hacer felaciones. Tanto es así, que es incapaz de quedarse en Japón, sin duda por el tamaño ridículo del pito de los nipones. Benjamin Prains en un marica con clase, ambiguo.
A puntito del morreo
No como Alan el portero inútil, que se va a la playa con Oliver “para echar unos tiros”, de los que no para ni uno por cierto. Ni falta que le hace, estos se han ido a la playa a darse el lote.
Lo de Marc Lenders es el despiporre. Es un homosexual reprimido y por ende violento y hasta peligroso. Su amigo Danny Mellow, que a lo largo de 400 episodios SOLO le pasa el balón a él (tanto en el barriobajero Muppet como en el elitista Tohú, pasando por la selección), es sin duda su zorra. Hasta se cambia de peinado para gustarle más, pasando de repelente niño Vicente a repelente niño Vicente Parra. Pero esto no le basta al tigre, al gitano de Yokohama. El no admite su condición, y lo pasa muy mal. Su primer entrenador es un viejo borracho que le hace sudar para olvidar, pero no hay tu tía. Luego se empeña en plena final es cascarle un gol desde fuera del área a Benji (otra metáfora), y tiene fijación con el culito de Oliver. En un episodio, intenta descargar su ira dándole un balonazo a un águila, descubriendo la vertiente ecologista de la serie.
Oliver acabó en el Barcelona. Echadle la culpa a Gaspart.
Sus múltiples e insufribles encuentros con Oliver terminan con el último hecho un Cristo de Limpias, y ello por diversos motivos: primero, porque Oliver es el único que hace algo en su equipo, y llega a las finales hecho un mecano. Segundo, porque como no esté en ese paupérrimo estado el equipo de Marc haría el ridículo. Tercero, y más importante: todo esto es una farsa que esconde que esos dos tienen sexo violento, duro. De la calle Castro.
Esgrima pélvica metafórica
Para muestra un botón: Oliver chuta, el balón sale con estela y todo. Marc la coge al vuelo y la devuelve con mayor potencia. Oli aprovecha la cinética y termina con un despeje-disparo que se incrusta en la pared del estadio produciendo un pequeño cráter.
O sea: Oliver la tiene más grande.
¿Cuántas veces un chupinazo a metido a un portero dentro de la portería? ¿qué quiere decir eso? Que le abrieron el ojete. Por favor, que a veces les sangran las manos enguantadas… ¿os lo tengo que explicar?. Oliver y Benji es una serie gay.
Cabe destacar al respecto de Marc, que es un caldero y un palomero, en una ocasión, la primera en la que se enfrenta al Newteam vistiendo la camiseta del Muppet, vence merced a un gol de su zorra que le birla el balón al tragaldabas de Bob Denver. La serie es tan chabacana que los del Newteam piensan que están eliminados, pero el gafitas de la federación les anuncia que no, que aquello es la fase de grupos y se han clasificado como segundos, que no han quedado fuera. Vamos, que son unos tíos preparados.
Marc ahuyentando a los fotografos de Zero
Tanto, que en elmundialito junior ni se enteran hasta la final de que el seleccionador del equipo de América del Sur (que van con el uniforme de Brasil pero tanto da) es… ¡Roberto Sendinho!. Y eso viendo la semifinal cómodamente desde el estadio. Parece que el gafas del Presidente de la Federación de Fútbol Japonesa está basado en Angel María Villar (tolón tolón como papagayos).
En este mundialito y en otros anteriores conocemos al marica fortachón y Hooligan inglés, que hace sangrar las manos d Benji de un balonazo. Al julandrón de Pierre, francés de gustos perversos. Al salchicha loca de Schnejder, cuyo alias no podía ser otro que “El Kaiser” (si, el Kaiser de los trenecitos). Al portero de Alemania, peinado a lo Morrisey. A los sandungueros Roberto Vitorino y Fan Díaz (porteño de turno), morenitos y cimbreantes. Y no por último menos importante, al brasileño Santana. Este merece capítulo aparte.
Ante todo, rozamiento
Santana es moreno de tez pero tiene los cabellos rubios y va peinado como el manekeen pis. Es muy pobre como Marc, y juega al fútbol con el pantalón bien apretado para no olvidar nunca la favela. Lo entrena, como he dicho, el traidor de Roberto. Pero Sendinho es un hombre complicado, y antes de la final le anuncia a su pupilo que no podrá ganar nunca a Oliver porque no disfruta jugando como el nipón.
Claro, con ese panorama pierde la final.
Pero todos sabemos lo que quiere decir en realidad: “tu eres guapo, pero Oliver sabe follar. Eres mono, Santana, y la tienes grande, pero contigo tengo que poner una bola de discoteca en el techo para que parezca que te muevas”.
El portero del Muppet y luego del Tohú, Ed Warner. Otro caso perdido: desaliñado y karateka, carne de chapero. Se estira tanto que a veces rebasa la portería.
Y mi paciencia.
Kamasutra en estado puro
Lo siento mucho, pero esta es mi conclusión. Campeones es una serie de temática gay cuyo transfondo es el mundo del fútbol de espada y brujería (sobre todo espada). Y "Supergol" también.Y "Dragones y Mazmorras", que el caballero se escapaba de la negra y eso no lo hace un hombre hecho y derecho. Y al bárbaro le gustaba el Unicornio.
Pesadilla en Navidad. Un tren de la RENFE, cantidad de equipaje entre el que no se encontraba un solo atisbo de esperanza. Y eso que iba en preferencia.
En preferencia, maldita sea mi estampa. Comprobé horrorizado que no sólo no tenía el asiento individual que pedí (puesto que sencillamente en aquel modelo de tren tipo Bombay-Calcuta no existían tales lujos), sino que además mi compartimento ya estaba ocupado con un jovenzuelo que aullaba al teléfono una extraña jerga parecida al castellano.
Eran las seis de la tarde. Llegaría a la opulenta y presuntuosa estación de Zaragoza a las seis de la mañana. Lo último que quería era hablar con un desconocido al que ya había detectado pronunciando palabras como "asín" y "cocreta".
El rio de Zaragoza.
Por desgracia, no me quedó más remedio. El muchacho, que haría todo el trayecto de la línea hasta Barcelona (donde llegaría a las 11 horas de la mañana siguiente, esto en el siglo XXI), me tendió su mano tan pronto como colgó el maldito teléfono móvil.
- Hola, me llamo S. y he estado en Afganistán.
Con semejante presentación, poco tardó el andoba en decirme que era soldado, que pronto volvería a tan soleado país, que ya le había tocado Bosnia y que en breve conocería la marcha de Líbano y del Congo.
- Si es que vuelvo, claro. Ayer me han sacado un molde de los dientes por si vuelvo irreconocible.
Y luego que el debía ir en el helicóptero que se estrelló, que vio al Rey, etc, etc. Le presté la clásica atención tipo "stand-by", asintiendo y dirigiéndole algunas preguntas que deseaba contestar mientras pensaba en mis cosas. No estaba en absoluto impresionado, puesto que he visitado lugares que harían que Tora-Bora pareciese Bora-Bora. Qué cojones, yo he estado en Zamora y en Palencia. Pero recordé algunos hechos que creía olvidados, enterrados en tantos años de vida burguesa.
Expo Agua o "Day of the Dead".
Por suerte, el soldado se durmió relativamente pronto y yo pude mantener mi vigilia, sin poder conciliar el sueño en medio de una oscuridad que parecía eterna.
Belloch, a Dios rogando y con el mazo dando por un nuevo plato de ducha.
La locomotora de la muerte lenta me depositó en mi destino a la hora señalada. Dejé a S. roncando y estiré los músculos, cambiándome de ropa en uno de los retretes de la gigantesca estación de Delicias (si, si, delicias pero el retrete apestaba como en todas partes). Me vino a la cabeza y casi sentí el latigazo del deja-vu al rememorar un cambio de vestuario mucho más urgente en la estación de Constanza en el 87. Entonces, en el improvisado vestuario me acompañaba un sonriente agente de la Securitate, que no protestó cuando le tomé prestada su ropa. Tenía la garganta rajada de oreja a oreja.
Pasé un buen rato en Zaragoza. La vida para mi es distinta allí. Son educados y todo eso, pero hacen cosas muy raras. Se creen que tienen una ciudad enorme, y que la Expo fue el no va más. Bueno, ellos son felices con eso, y yo visitando por primera vez tan insigne evento. Ah, si, ya se que estaba cerrada y en pleno desmantelamiento. Pero vosotros sabéis que eso es lo que me hace gozar: contemplar la desolación más absoluta, un paraíso para los amantes del cine de George A. Romero. La realidad es tozuda, y yo disfruto retratándola.
Con Vds., el mayor cementerio de dinero público jamás creado.
Mi guía en tan curiosa visita, enfadada por mi insufrible ironía, me reconvino y me exhortó para que me guardara de burlarme del evento, toda vez que allí había trabajado. "Todos lloramos muchísimo cuando terminó", me aseguró.
Y yo pensé que, tras el cuento de la Expo y el desarrollo sostenible, en aquel secarral todo el agua que corrió fue la de las lágrimas amargas de los que quedaban sin empleo. Ironía al cuadrado.
Es curioso, pero creo que Zaragoza es la antípoda de Vigo. No su némesis, que ya sabemos cual es, sino una ciudad donde todo es diferente, tanto como lo pueden ser un Tigre y un Dragón. Zaragoza es llana, tiene un riachuelo y algunos puentes. Sus ciudadanos creen en ella y participan de su folclore, sea cierto o inventado. Sus habitantes usan alegres las bicicletas que alquila el Ayuntamiento. Visitan arrobados los nacimientos gigantes. Superponen la vida a los avatares etílicos de su patrona. Le llenan a uno de sus pastosos dulces y no parecen capaces de comer otra cosa que ternascos y chorizos zagüeños (tripas, lengua, cabeza...). En todas partes resuena el triste-pop de Amaral. Hay hasta conciertos sorpresa de Amaral y del majadero ese de las uñas pintadas (paralelos a los conciertos matutinos de Barricada en Pamplona). Se disfrazan de baturro y mujer-baturro al socaire de cualquier festividad. Realizan un peregrinaje eterno a las calles de siempre (El Coso, Plaza de Roma, Plaza del Pilar, no hay más). Cuando son sableados al pedir una bebida en un bar (¡que tienen que solicitar y recoger en la barra!), se muestran educadísimos, y lo mismo cuando, al despertar el bestialismo con la salida de la luna, algún mozo toquetea a sus novias o les vierte vino por encima.
¡Y sobre todo te sacan un león a la mínima!: en el escudo, en la merienda... hasta en los puentes (recuerdo cuatro leones, dos a cada extremo del puente de las cadenas, en Budapest. 1981, el contacto era un titiritero ciego...). Puedo jurar que en Zaragoza no ha habido nunca jamás un león, ni acompañando un circo siquiera. Y de haber pasado por allí, hubieran hecho madejas de él, las hubieran cocinado en manteca y se las comerían.
El león y sus madejas.
En Vigo no. No Señor. En Vigo está el mar pero como si no estuviera, si podemos hacer un relleno hasta la mitad de la ría se hace así se quede encofrado Neptuno. Las cuestas acaban por deformar el cuerpo, achaparrándolo y dotando a las piernas de una gran musculatura, que nos sirve para emprenderla a patadas con cualquier servicio público que disponga el Gobierno Municipal. En los bares y demás a uno le atienden en la mesa, es cierto. Pero si pueden escupirte en la comida lo hacen, y si no lo hacen tú das por descontado que sí. El marisco nunca tiene bastante calidad (pero sin haberlo probado siquiera), así que todo es francés o irlandés, está mal cocido, lleno de agua o vacío (a una pieza vacía se le llama farol). Por lo tanto, es mejor comerse unas salchichas, protestar por lo caras que son y hablar mal del hostelero. Status quo. Si se celebra la Vuelta al mundo a vela, pura basura para ricos. Si se pretende celebrar la Universiada, nadie lo apoya porque es un hermano pobre de las Olimpiadas y vamos a hacer el ridículo. Nuestros grupos, Siniestro Total y Golpes Bajos, han muerto y nadie lo lamenta. Y guay del que vaya tocado de traje regional: es calificado de inmediato de maricas, como gustamos decir aquí.
Este río no sé si es el Ebro o el Amazonas. Por ahí se andan.
Y por la noche, cuidadito. Una mirada de más y te retan a un duelo. Y si te tiran algo por encima, así sea maná, hay que batirse de manera inmediata.
Para mí esta diferencia es de lo más enriquecedora, me lo paso muy bien, y hasta me relajo un poco lejos de casa. Viajero que es uno.
Tanto, que me trasladé de la provinciana y bulliciosa Zaragoza hasta la oscura, violenta y gallarda villa de Ejea de los Caballeros.
La Torre Oscura de Ejea.
Nunca digas nunca jamás. Qué verdad absoluta, que película tan mala. Ahí estaba yo, moreno y apergaminado como Sean Connery'83, en plena batalla contra el mito: tumbado en la cama de una pensión amarillenta en medio de la nada, fumando un Kent (he vuelto al vicio tras diez años, la vida no es vivida si no se fuma), escuchando las amenazas dirigidas a través de teléfono por el individuo de la habitación contigua a un interlocutor silencioso... sombrío y hastiado, tal era mi desesperación que terminé por recalar en el lamentable programa "Milenio Cuatro".
No temáis, no me he vuelto medio Milikito. No siento más que desprecio por las chucherías descafeinadas del buhonero de fresa Iker, cuyo peinado de calvo que no se niega a aceptarlo si es cosa del más allá. Fueron los cántaros irredentos de su esposa los que me hicieron detenerme, y nada más. Qué mujer, grande como un caballo, dientes hermosos y lubricados, anchas caderas que piden a gritos rienda bien sostenida y algo más telúrico que las diatribas de vieja menopáusica de la Madame Blavatsky española que es su marido o compañero del modelo IRPF, que imagino así se llamará ahora.
El Alcalde de Ejea en lucha contra un iceberg.
En fin, que me quedé por la jaca y me metieron al Obama de los cojones. Me pinta bien por ver Cuatro. Si ya lo decía mi abuelo en la juventud de TVE, allá por 1967. En cierta ocasión, reunida en merienda festiva toda la familia alrededor de la caja tonta en blanco y negro, pusieron el video musical de "Mi limón, mi limonero" del muy simpático Henry Stephen. El anciano contempló pensativo el video sin abrir la boca y negando con la cabeza de vez en cuando. Al final del mismo, y para asombro de los presentes, se limitó a sentenciar:
- Hay que ver como son estos de la televisión: a la que te despistas, te cuelan a un negro
.
Bien sabía el abuelo qué quería decir el cachondo de Henry con eso de "entero me gusta más", "limones para beber", "cabeza hinchada, morena, me siento malo, morena", "limones para chupar", etc, etc, que en dos minutos y medio de canción el morenito se repaso entero el Kamasutra. Y estoy seguro de que no era cuestión de racismo, sino de reconocerle el sentido lúbrico a la cancioncilla tan inocentemente deslizada por el caribeño.
El tontico
Pues estos igual. Que si Obama esto, que si Obama aquello. Que es más americano que nadie, más patriota que la Chelito, que cambio va a pegar, que familiar es. Hasta pusieron un vaso mezclador en el que desvelaban la formula del coctel Obama: media parte de Kennedy, otra media de Marthin Luther King, unas gotas de Rossevelt y revolver con energía.
Estas estupideces denotan una ignorancia supina en lo que a ciencia política se refiere, pero no merecen ningún comentario toda vez que las oímos cada vez que gana un demócrata (y ya nadie se acordará, pero Clinton era el mismísimo John Fiztgerald reencarnado y hasta con la chorra fuera). Pero en esta ocasión me levanté como un resorte arrojando los "farinosos"[i]contra la pantalla.
Pero Pare que bonicas son las cinco villas!
Jimmy Carter. El jodido manisero. Obama no es más que una mezcla insensata de Carter y el Michael Jackson de History (1995, soy un mago muy especial que salva a Hungría del comunismo a base de fe ciega y culto a mi icono).
Que si. En serio. En 1976 pasó lo mismo. Bla, bla, bla que malo es este Nixon. Hay una guerra injusta en la que nos ha metido sin preguntarnos (como Bush, Nixon ganó dos veces seguidas los comicios), y la economía va de cráneo. Vamos a votar a Carter para el gran cambio.
Y qué cambio. Prodigioso. El tío se sienta con los soviéticos y dice que se desarma si o si. Luego hace el ridículo con los iraníes y manda un helicóptero de juguete que se la pega. En el plano económico hecha mano de las subvenciones, el plan de igualdad de oportunidades y esas pamemas. Total: un desastre.
Recordé entonces a un jovenzuelo con el que me tocó compartir viaje en tren desde Vigo hasta Zaragoza. Me trasladé mentalmente a la juventud dormida del que ahora habéis invocado.
Un buitre sobrevuela Monlora.
Con Ronald era otra cosa. Ya fuera en Nicaragua, con barro y mosquitos hasta el embozo, aguantando al chalado de Norris, o en Salvador en el 82, instruyendo a esos bestias para matar con bolsas de plástico, uno se encontraba motivado. Llegabas a casa y te trataban bien, el viejo te daba una palmada en la espalda, te organizaba una barbacoa con unas macizas y te mandaba sonriente al Líbano, pero siempre con cariño. Y así daba gusto.
Lo mismito que Ejea. Buitres (humanos y voladores), cigüeñas en una torre siniestra, una plaza de toros con ascensor pero sin gente y la defensa a muerte de la capitalidad de las cinco villas: la propia Ejea, Sábada, Un Castillo (en serio), Sos del Rey Católico y la terrible Tauste, de la que los capitalinos me contaron, entre espumarajos, terroríficas historias. Para mi estas cinco villas podrían llamarse tranquilamente Mordor, Morgul, Sodoma, Gomorra y Stalingrado.
Morgul del Rey Católico.
En mis innumerables paseos por el lugar, constaté desolado que no nevaba. Me decían que sí, que normalmente nieve hasta las cejas. Pues no, cero nieve. Que decepción.
Me aseguraron que en Sos sí me iba a enterar de lo que era la nieve y el frío. Los ancianos del lugar, renegando de mi condición de marino de piel curtida por el viento salado, me llenaron de ajos y crucifijos y me suplicaron que en el Monasterio de Monlora agarrase la cuerda que cuelga de la imagen de San Filemón y algo así y diera tres vueltas pidiéndole protección ante el aislamiento en que la avalancha de nieve me dejaría.
Toda la nieve que encontré. Y esto es la Estación de Candanchú.
Fui a Monlora. Un monasterio dicen que es. Pues allí solo había buitres. Ni un alma. Temí (con cierto gustito) que aquel paraje estuviera invadido de monjes convertidos en zombis y nos encontráramos en una gloriosa aventura tipo Resident Evil: Secarral Survivor. Para provocar las iras del oscuro, hasta completé tan sólo dos vueltas en la cuerda del santo.
¿Veis a Orlando? yo tampoco.
Pues ni zombis, ni monjes, ni nieve, ni nada. Un poco más allá, en el castillo de Loarre, donde los lugareños juran se grabó la parte chicha de "El reino de los cielos" (que fue en el Krac de los caballeros, no en Ejea, morlanes), sólo se me erizó la piel ante la clásica estafa patria: nos vendieron las entradas a las 17.10, y una vez las cobraron nos advirtieron sonrientes de que el castillo cerraba a las 17.30.
Por eso no grabaron allí la película, ¿que se va a creer el Ridley Scott ese, que nos vamos a perder las fiestas? ¡anda, tira!.
Dio lo mismo. En el Castillo solo había piedras y ventanas que ofrecían el hermoso paisaje de la niebla parada. Y nada más.
Las (magníficas) vistas desde monlora.
Y luego Sos. Sos del Rey SOS-o. Save Our Souls. Tenemos poco turismo, pero lo tratamos a patadas no vaya a ser que vuelvan. Caras de culo, un Spar especulante y un alegre buhonero que pretendía venderme ¡una lata de caviar de erizo que era una cosa muuuuuuuu rara! ¡venderme unha lata de ourizo cacho a min, unha chea de kilómetros para ir xantar o que teño na porta da casa! ¡miña nai querida, manda carallo! .
Con eso y con todo despedí el mejor año de mi vida, así como la mejor despedida del mismo. Un lector neófito podría encontrar paradójica esta última afirmación al tenor de mi relato, pero no así los que me conocéis. Luche por comprender y domeñar todas las circunstancias narradas, encontré cobijo y calor humano y pude enterrar por un tiempo el hacha de guerra. Me fascinaron los cielos teñidos de colores extraños, surcados por cigüeñas. En el horizonte inabarcable, lejos del mar, el perfil de los castillos y las minas de la sal que hizo escocer la herida de la despedida...
Sin embargo, esa es otra historia, y la de hoy se corresponde con el relato de un hombre en la tierra salvaje.
[i] Farinosos: horrendo postre aragonés a base de harina y grasa frita. Regalado con amor resulta delicioso pero letal.
Pero sí un aspecto de su hardware: las tremendas caldorras que lo presentan en ocasiones. Y del software, unas cuantas noticias jacarandosas y nada más.
Jacarandosas para el que suscribe, claro.
Si buenas son las broncas que el locutor tilda de “bochornosas”, rompiendo su deber de neutralidad, el caviar son los accidentes y las cogidas taurinas. Pero el beluga, lo bueno de verdad, es cuando estás tirado en el sofá dormitando y oyes: “horripilante agresión en un instituto de Jerez…”
Abro entonces mis pícaros ojuelos, me pongo bien tieso y me preparo para gozar de lo lindo.
Profesores protestando. Inaudito. Pásmense.
Dónde irá a parar este país. Los alumnos pegan a los profesores. Les torturan psicológicamente. Les obligan a tomar bajas de meses y meses por depresión. No respetan nada ni a nadie. El educador (sí serán ridículos los muy payasos) se siente acosado e impotente, no tiene autoridad y la administración les deja desamparados. Y los padres no ayudan, incluso defienden las barbaridades de sus hijos y hasta las rematan, convirtiendo al profesor en el saco de las hostias de todo el mundo.
Qué horror. Una solución quiero. Tal vez (y esto nos lo dice el clásico pichafloja Presidente de la Asociación de Educadores de turno, gafitas, pantalón de pana y del que cuenta la leyenda un día trabajó) ésta sería que la Administración (cómo les gusta a estos mencheviques libar de la tranca atrofiada del asqueroso Estado) les otorgara autoridad. No, no autoridad, AUTORITAS. Eso es. Que en el aula manden ellos. Y piensan para sus adentros “como antes”. Todo en aras de desarrollar su función social, de proteger al alumno aplicado que debe y puede exigir su derecho constitucional a la educación, etc, etc.
Claro que nadie se atreve a darle forma material a esa autoridad. Si hacemos caso a Don Antonio Montana, las órdenes en este mundo sólo emanan de los cojones, y bien es sabido que los profesores carecen de tales atributos. Así que, a falta de testiculina, ¿qué tal una porra? ¿eléctrica, tal vez? O un buen puño americano, o sillas con sorpresa de 220 voltios operadas desde la mesa del educador, para no tener que andar mucho. Qué carajo, dejémonos de pamemas: una pistola, que no nos vamos a quedar cojos de un lado. Una Makarov bien cargada, y así ya tenemos montado el koljov, el alumno aplicado podrá estudiary el profesor, insaculado de Autoritas de la buena, podrá dar la lección libre de todo mal.
Había una vez en un país, no hace mucho tiempo, un político un poquito autoritario y con un gracejo falangista que no veas que se llamaba Giménez Caballero. El tipo era todo un Demóstenes, y entre sus muy aleccionadores discursos hubo uno que se adapta muy bien al tema. Vamos a leerlo, si os parece:
“Hay que lograr que el maestro de escuela, ese vehículo laico y corrompido que era en los regímenes anteriores: libertario, tripudo, desabrochado, socialista, pedigüeño y rencoroso, se transforme mágicamente en un ser soleado, esbelto, fuerte, audaz, abnegado, disciplinado, con paso gimnástico, saludando brazo en alto, cantando himnos de combate y besando trémulamente la tela oro y sangre de la bandera de España”.
Todo un diablo con las mujeres.
Ante tan ardiente soflama yo me pregunto si es eso lo que quieren nuestros torturados educadores. ¿Qué? ¿que Giménez Caballero era un fascista de tomo y lomo, un reaccionario torturador y una bestia parda? Claro que sí. Lo mismito que esta panda de granujas que no pretenden otra cosa más que establecer el terror en las aulas, cosa que les encanta si son ellos quienes lo siembran.
Ah, pero es que ahora son los que, de vez en cuando y no por sistema como nos quieren hacer creer, los que se van calentitos para su casa. ¿No os gusta, riquines? Pues que os den por el culo, pandilla de polpotianos, desastres físicos y morales, ahora os toca a vosotros, cerdos.
Aquí de pistolas nada. Y de porras tampoco, no siendo en la clase de gimnasia. Aquí la ley del más fuerte, y jugando limpio que si algo a diferenciado de manera absoluta a alumnos y profesores es que los primeros siempre hemos sido mujeres y hombres justos. Oprimidos, machacados, torturados, vejados, acojonados, castigados una y mil veces, pero siempre justos. Justos y con un sentido del deber y del compañerismo que estos bandidos jamás nos enseñaron, y que llevamos como una insignia desde el mandilón hasta la toga de la licenciatura.
"La gota de leche", internado de monjas para niños abandonados. El terror puro.
Por eso os digo chavales que, por favor, no os peleéis entre vosotros. No torturéis a vuestros compañeros (sólo a los chivatos y un par de obleas a los gafitas, que a nadie le amarga un dulce), no lo grabéis con el móvil. Pensad que son tan desgraciados como vosotros, y que es un pecado atacar al débil. Sobre todo si perdéis tiempo y resuello que ha de utilizarse de manera inmediata en la lucha contra el opresor tripudo y pedigüeño (cómo me gusta esa parte, dulce Jesús).
Y el andoba les acusa de libertarios. Que va. Desde 1980 hasta sabe Dios cuando hubimos de aguantar a esos…desabrochados repitiendo una y otra vez, normalmente antes de molernos a golpes, eso de “libertad, si. Libertinaje, no”.
Libertad de la buena.
Pero, ¿cómo que libertinaje no? Libertinaje siempre, qué cojones. Pandilla de reaccionarios revisionistas comedores de mierda, el libertinaje es la sal de la tierra. Las peleas, los insultos, los atropellos, la velocidad, comprar droga cuando esta prohibida, beber sin moderación como si no hubiera un mañana, no ver el discurso de navidady follar sin condón es lo mejor que hay, y si uno no lo hace en vida vagará eternamente arrepentido.
Hay que crujir a estos imbéciles y desmontar sus coartadas que no son más que tigres de papel. No son otra cosa que la mano tonta del estado esclavista. Yo ya me acuerdo de la primera de los condones, allá por la 90-91. “Póntelo, pónselo”.¿Para qué? ¡pero no veis que así no da gusto ninguno! Coño, que eso no lo dicen. Y aprieta, además, y da grima y se te pone floja. Y cuestan pasta, aún encima. Lo que hay que decir es “ponme ahí una chavala como Dios manda que yo me encargo de la mala vida”. ¿Somos tontos aquí o que?¡si con lo que se gastaron en el anuncio del rap del condón se pagaban unas libaciones masivas que ríete tu de los viajes de la Conselleira a Cuba!. Hombre por Dios, y si te coges algo no pasa nada, que está el barco de Valencia donde no se venden naranjas y en todo caso qué bonito es palmarla de sífilis o gonorrea como un Señor, con una lápida que ponga: “murió por ANIMAL”.
Esta ser profesora gramática. Jau.
Volvamos al discurso del sociólogo azul. La verdad es que yo en mi vida he visto a un profesor soleado. Y con paso gimnástico, tampoco, no siendo uno que iba con tal ritmo a meterse unas tazas en el bar situado frente al colegio entre clase y clase. Audaces, sólo a la hora de lavar cerebros y ser demagogos. Abnegados, para suspender en masa y nada más. Esbeltos nunca, si acaso había alguno delgaducho. Si por himnos tomamos las asquerosas consignas sindicalistas que entonaban en sus múltiples huelgas, normalmente parapetados tras carne de escolar, entonces sí, cantaban como periquitos de la inmundicia. Besar trémulamente, y hasta furtivamente, pues si, a alguna maciza prematura o galán desgraciado de bucles dorados que tuvieran tutoría en la hora bruja. Besar telas no, sólo los lustrosos zapatos del subsidio que calzan los pies regordetes del Ministro de turno.
¿Rencorosos? Hasta de la madre que los parió.
En cuanto a transformarse mágicamente… no hace falta. Mágicamente estos siguen siendo tan cabrones como lo han sido siempre. Si, en la Carta Magna está lo del derecho a la educación, pero no hay límite ni enmienda a que sea una educación a puntapiés. Y en caso contrario, los gaznápiros ese día no llevaban las gafas de leer, y si no, que se lo digan a Santiago Corella “el Nani”. La mierda flota en los procelosos océanos de la dictadura o en las traicioneras aguas de la libertad.
Tambores, desaliño y muerte: enseñanza pública.
Pero vamos a lo que importa: a los hechos. Voy a relatar grosso modo algunas experiencias de las que he sido testigo y otras que están sobradamente probadas para dar cuenta de las tropelías de estos cerdos a lo largo de mi cautiverio en las aulas del Gran Hermano. Todas ellas tienen algo en común: se han desarrollado a lo largo de los años 80 y 90, siempre en vigencia del régimen democrático y la Constitución Española.
No cabe duda de que los grandes entorchados de la mezquina tortura de muchachos son los maestros de los colegios de curas (maestros en el arte de pegar, quiero decir). Y lo mismo –he incluso peor- las monjas con respecto de las chicas, pero ese tema lo aparco porque es oír hablar de féminas en uniforme y me pongo… me pongo caliente como un burro.
Y de entre estos artesanos del tirón de orejas, pistoleros de alquiler con buen pago por parte de los papás, yo destacaría a los Hermanos Maristas. Lo hago porque son los que mejor conozco y cuyas torturas y salvajismo alcanzan una gama tan amplia de matices –todas ellas constatadas- que no tienen parangón.
Colegio Marista de Vigo, también conocido como "La tumba azul".
HECHO: En Maristas te pegaba hasta el enfermero. Un enano contrahecho, aunque de puños fuertes y vivaces, que respondía al nombre de Hermano Benigno (y apodado obviamente Hermano Maligno), tenía dos funciones: una, remendar a los alumnos (cuyos jirones habían producido normalmente otros Hermanos), siendo compendio de su tarea una frase que decía a menudo: “de cintura para arriba, aspirina. De cintura para abajo, perborato”. Otra, a la que aplicaba más pasión aún, la de acechar silencioso en el patio y reprimir posibles actos de gamberrismo.
Este anormal era como esos muñecos que, al apretar cierto resorte, realizan una combinación determinada de movimientos con los brazos. Sin duda, el resorte de Maligno se encontraba al sur de su negra alma –recordad que no era profesor- y a la mínima soltaba un uno-dos directo a la cara del presunto gamberro, de modo que la víctima parecía “uno de esos sacos, un punch-in-ball de esos” (así lo relata un testigo). Remataba Maligno la faena pateando en el suelo al incausado, mirando a los lados buscando la aprobación de un superior.
HECHO: el “Vampus” era un brillante profesor de matemáticas. Mal pagado, vestido con ropas de pésima calidad, no obstante mostraba una fidelidad absoluta a sus pagadores, los Hermanos Maristas.
Cierto alumno, apellidado Bao y dotado de grandes cojones, se llevó a clase un ajo para hacer un chiste con el alias del profesor. Por desgracia para él, en una de las muchas revisiones rutinarias que llevaban a cabo estos miserables en post de robar pertenencias ajenas, la cabeza de ajo fue detectada, y Bao, que bien podía haberla llevado para hacerse un ajoblanco en el recreo, fue obligado a permanecer de pié en una esquina con la liliácea en la boca. Tras quince minutos, y con miedo a que se produjera un ahogamiento, Vampus permitió que el alumno se sacara el ajo de la boca, pero le obligó a mantenerse en pié, con el brazo en alto sosteniendo el ajo durante al menos media hora. Sí, el simbolismo es evidente.
Se comenta que, en la crudísima represión de los carnavales de 1987 (los Maristas prohibían cualquier disfraz o festejo), Vampus golpeó reiteradamente a un alumno que acudió a clase con zapatillas desconjuntadas. Le atizó con las propias bambas, pero esa no fue la noticia: lo fue el que dejara irse indemne a otro que llevaba corbata (con ánimo carnavalesco). Entre mandoble y mandoble de zapatilla, explicó: “no, a ese Señor no le pego porque yo también llevo corbata, es lo normal”.
La puerta por la que la inocencia entraba, pero no salía.
HECHO: El Hermano Ángel “Gelo” daba clase de sociales, era maricón y se liberaba de su represión auto-inflingida dando grandes palizas. Gustaba de ir con zapato en el pie izquierdo y chancleta en el derecho, en principio por una pretendida distensión muscular, pero buscando en realidad la mofa de los jóvenes, que detectaba infalible. Sus presas favoritas eran estudiantes mariquitas como él, y una vez le dio tal paliza a tres muchachos que había expulsado del aula (y que cometieron el terrible pecado de reírse pasados unos minutos desde que habían salido) que un expulsado de otra clase, ajeno a los hechos y que tan solo compartía pasillo con los represaliados, entró espantado de nuevo en su aula rogando piedad al profesor, que milagrosamente se la otorgó, conocedor de los métodos de Gelo.
¿Os acordáis del disfrazado con corbata, el que se salvó de Vampus? Pues no bien se había empezado a jactar de su buena fortuna cuando Gelo, que completaba las dos horas de sesión de terror por la tarde (matemáticas-sociales) cayó al instante con furia sobre el chistoso, finalizando el carnaval de manera súbita. Entre golpe y golpe, explicaba: “si este individuo llevara siempre corbata, pues muy bien. Pero no es así, sólo la lleva hoy, por lo tanto es un disfraz. En un Colegio Marista no hay carnaval, señores”.
El pobre alumno quedó tan traumatizado que jamás ha podido ponerse otra corbata, y por ello trabaja como peón.
HECHO: un viernes de 1989, al terminar las clases, alguien escribió “PUTA” en el encerado. El alumno J.M. García López, que no había reparado en el hecho, se demoró recogiendo sus cosas, aliviado de que una semana más de tortura y drama finalizara. Don Modesto, profesor aunque no hermano, que vigilaba los pasillos, detectó la palabra, y culpó de modo inmediato, sumario, al único ser vivo que vio por allí.Le dijo que el lunes ajustarían cuentas.
García López pasó un agónico fin de semana. Conocía bien los métodos de Don Modesto. Los psicológicos eran vejatorios y desmoralizantes. Preguntaba la lección a los alumnos a viva voz y por sorpresa, y mientras contestaban iba diciendo “estupendo, estupendo”. Pero al momento torcía la cara hacia el resto de la clase, se tapaba la boca con la palma de la mano fingiendo que no quería ser escuchado por el declarante y decía: “horrible, cero, fatal”.
Pero eso no era nada. A dos alumnos pelotas, llamados Abel y Eliseo, que Don Modesto tenía por “sus secretarios”, los cogió imitando su risa ridícula. Les conminó a hacerlo ante toda la clase, y cuando el ambiente se hubo relajado les golpeó implacable con un borrador.
Al contrario de lo que ocurre en estos casos, en los que las amenazas quedan en agua de borrajas (cuando no se trata de rencorosos educadores), el Lunes a última hora de la mañana Don Modesto se presentó en el aula con el único fin de aporrear a García López, que para librarse debía delatar al culpable o servir de chivo expiatorio.
Sus ruegos sólo sirvieron para que se realizara una consulta entre los alumnos de la clase, que a medio de denuncia anónima debían identificar al escritor de la fechoría “que mancillaba el honor del colegio”. Nuestro héroe anónimo sólo alcanzó a escribir en su papeleta que él no había sido y desconocía al autor del hecho. Su honor le impediría, en caso de conocerlo, la delación, aunque eso no lo escribió.
El resto de las papeletas mostraban idéntica resolución, y ya cuando sólo quedaba la última nota por abrir y Don Modesto se remangaba, sucedió el milagro.
En el papel ponía “José Manuel no fue”.
Se salvó por los pelos. No así el salvador, un tal Marzoa, cuya grafía fue cotejada alegremente con la de la palabrota (que llevaba días borrada) y por ende aporreado salvajemente, por escribir el improperio y por dejar que otro llevara las culpas.
En Navidad, doble ración de látigo.
HECHO: Un mesias salvaje llamado Hugo, muchacho de enorme fuerza y buen carácter, dio rienda suelta a su inquietud mística y puso en su mesa una estampita de San Juan Nepomuceno. Ajeno a las gracietas de los compañeros, fue poco a poco colocando otras estampas de diversos santos en su pupitre.
Pues sus profesores, de un colegio Marista recordemos, llegaron a la conclusión de que aquello no estaba del todo bien. Nadie sabe porqué, pero fue exhortado a retirar todas las estampas. Se negó consternado, resultando su mesa allanada y confiscadas sus pobres pertenencias además de su fe. A la fuerza, claro.
En el transcurso de mi vida académica he visto a los chorizos de los profesores robar con escalo y con intimidación muchos juguetes de moda: canicas, trompos, relojes musicales, etc. Esta fue la primera en que constaté la sustracción del espíritu de un pobre crío.
El fundador de la Orden también sufrió la purga, y sus ideales fueron encerrados.
Pero el sector público no se libra, ni mucho menos, de estas prácticas dignas de los cafres más furiosos. Los progues también pegan, y suelen hacerlo mal, con lo cual la carnicería es mayor. No obstante, y como mi experiencia es tan larga que da para un nuevo post (no debemos olvidar que la educación pública exige una critica dialéctica), sólo voy a comentar un hecho acaecido en una tarde de 1988 en el Colegio Público Carrasqueira, mi colegio a la sazón. Fue este un año azotado por huelgas profesoriles, especialmente virulentas en mi ciudad, donde los educadores del colegio Picacho (si, casi como el Pokemon, solo que sin honor) utilizaron a sus alumnos de barrera humana en sus barricadas contra la Policía.
Profesores diciendo No al soborno, SI a la dignidad jajajajaja que me parto de risa.
Tal vez por el devenir de estas protestas, tal vez porque, como nos había advertido previamente, estaba dejando de fumar, Don Antonio estaba esa tarde reconcentrado en su furia, buscando acechante el modo de descargar tanta tensión.
Don Antonio era el típico profesor amistoso. Contaba su infancia a menudo, trataba de alentar a los alumnos problemáticos, te tocaba la fibra sensible con la familia trabajadora… normalmente su clase de Lenguaje era agradable.
Pero a veces le entraba el genio. Y entonces se volvía un poco violento. Su cara bonachona con hermoso bigotito y coronada de rizos negros se iba convirtiendo en una franja cada vez más cerrada, y el vuelo de una mosca producía la más ciega ira en él. Normalmente, esa furia era descargada en rápidas combinaciones sobre la cara de los alumnos problemáticos que no se habían mostrado lo suficientemente motivados con las buenas palabras anteriores.
Esa tarde le tocó a Javier Ribas Pires, un individuo de los más normal que entró en sexto y que, al dar síntomas de una leve tendencia a la bohemia, fue conducido a base de bofetadas y humillaciones hasta las puertas de la mala vida. Las que recibió esa tarde no fueron las primeras, pero su las decisivas.
Los Salesianos pegaban menos.
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Don Antonio lo cogió dibujando en la mesa. Nada picante, un tío jugando al balón creo. Y además el pupitre estaba hecho cisco, se puede decir que lo estaba adecentando. El caso es que le dio unas bofetadas sonoras y vejantes. Recuerdo como si fuera hoy como el rostro pálido y achinado del camarada se levantó hacia el verdugo y le espetó: “no tiene por qué pegarme, no es usted mi padre”.
Don Antonio se quedó paralizado. Se puso lívido y de pronto del granate más oscuro. Sus ojos se cerraron como la línea del horizonte en la que se pone un sol malvado y contestó “pero soy tu profesor”.
Volvió a darle un par de bofetadas.
He aquí un motivo firme e indiscutible para la tortura, para la tiranía, para el fascismo. Lo que ocurre es que es un motivo afilado por ambas caras.
Os pegan porque pueden. Os pegan porque son más. Os desprecian porque os conocen. Porque no son vuestros hijos.
Siempre hay una enseñanza de Jaimito para cada caso.
Lo se,un título de Norman Mailer. Pero hoy es todo mío.
Hemos aprendido mucho de las salidas nocturnas en este blog. Su relación con cuestiones a priori tan heterogéneas como la violencia, la amargura, la vejez, la nostalgia, la amistad, la enfermedad, la decadencia, el fracaso, la impotencia…
El tren Bleras descarrila. Otra vez.
Y la muerte.
Diego era mayor que yo, alrededor de 15 años. Desde el bar de sus padres, muy cerca de mi casa, me vio crecer como los míos le vieron a él.
Hace unas semanas salí de juerga como casi todos los viernes. En mis tiempos el día de guerra era el sábado, pero hoy es de palurdos. Siempre que voy de bar en bar dispuesto a perder el tiempo miserablemente recuerdo los primeros, los primerísimos 90, cuando comenzó esta danza macabra. Me resultaba irónico entonces tomar las primeras cervezas en bares como el de Diego, donde unos años atrás deglutía arisco unas gominolas, estipendio venenoso que me ofrecía mi padre a cambio de que no diera la tabarra mientras él filosofaba con sus amigotes sobre los más variados temas, de los que no tenían ni idea por cierto.
Hoy, al contrario, me atiborro de alcohol sin la mirada tolerante hasta un punto del tabernero familiar, y el que habla de cosas de las que no sabe nada soy yo. La vida es amarga, y ni el tronquito de cola más azucarado puede endulzarla.
En el pasado, cuando los cromos y las manos locas no llegaban a conjurar el aburrimiento, Diego se sentaba y charlaba conmigo, operando inmediata la fascinación que sentimos de niños por los congéneres mayores que nos cuentan sus aventuras de manera didáctica, censurada o exagerada. Cuando con los años llegó a ser nada menos que representante de Casio, los mejores y más demandados relojes, regalo por definición en las comuniones mano a mano con las maquinitas, la admiración llego a la estratosfera.
La pesadilla de padres y educadores de los 80: ¡las maquinitas!
Y ahí estaba yo, bajo la tranca sin pelotas del caballo del Oh La La, acostumbrando el cuerpo a base de tragos cada vez más indiferentes: los oídos al brutal muro de sonido (¡Phil Spector inocente!), el tórax a los codazos, la espalda a los empujones, el bolsillo al vacío…
Y los ojos al horror.
Antes era distinto. Una y mil veces me lo repito mientras bebo hoy. Antes. EL fútbol era distinto. No, qué diablos, era mejor. Y el cine. Y el no-sexo. Y Reagan era mejor Presidente. Si, hasta las patadas en los huevos eran mejores. Se lo pregunto al plantígrado que tengo al lado “las cosas eran mejores antes, ¿verdad, socio”?.
El socio no espera una pregunta así, pero tampoco se sorprende mucho. Sus ojos, cubiertos de agua estancada, apenas reflejan la punta abrasada del cigarrillo del que da una calada para ganar tiempo. Exhala el humo, se encoje de de hombros y responde: “si, antes llovía más”.
Es verdad. Antes llovía siempre, a todas horas. No podías fiarte, muchos planes quedaban en suspenso por la lluvia. Recuerdo la luz mortecina de un domingo de berrinche cuando me quedé sin zoo por la lluvia. Sólo había tres cosas seguras que ni la lluvia podía cancelar: la muerte, los impuestos y la próxima película de James Bond.
... tempus fugit
Un bufón retrasa lo inevitable. Irrumpe en la conversación meneándose ridículo al ritmo de Jet Airliner: “ya estamos con nostalgias. Es absurdo darle vueltas. Y si lo vas a hacer, se consecuente. Olvidas algo. Olvidas que entonces todo estaba lleno de seres de catacumba que te decían que los buenos tiempos habían pasado, que todo lo actual era basura y que el invierno había llegado. Siempre pasa lo mismo. Iban al cine con 25 pelas y aún tenían para el bocata de mortadela y la mamada en la Herrería. Y mientras dure el mundo, así será. Disfruta del momento. Carpe diem, como decían los romanos.”
Una reflexión erudita, sin duda. Sólo le veo una pega, una diferencia sutil pero implacable.
Esos que recordaban están todos muertos. Tempus fugit, completa la cita aunque te aterre.
Todos muertos.
Diego jugaba como nadie al futbolín. Era un genio. En 1992, con ocasión de mi santo, me hizo dos regalos. Uno, el principal, desviar a mi padre de su primera decisión de comprarme un Casio Databank de pequeño usurero miserable y aconsejarle un mixto digital/agujas que terminó comprando con rebaja. El otro, y que me llegó al alma, fue pasarse la tarde jugando como compañero mío al futbolín. Cuando el honor se juega a 7 bolas, ganar todas las partidas de una tarde de Julio no es una cuestión de vida o muerte. Es mucho más importante que todo eso.
Qué razón tenía Bill Shankly.
Habiendo mordido el polvo, los pretendientes de la Penélope de ocho barras nos miraban quejumbrosos y llenos de rencor, absolutamente rendidos y ahogando las penas con la cerveza que se había quedado esperando, perdiendo el gas. Mi muñeca adornada con lo último de Casio se levantaba al sol poniente, y el mejor jugador de futbolín del mundo sonreía desenfadado. Tenía la cara siempre morena, y una sonrisa sardónica pero franca, una sonrisa de dientes diáfanos sin ausencias.
Volví en mí violentamente. Un compañero de xolda me acercó un gin tonic recién puesto por la camarera, de manos de tocinera, que se me antojó grande como una bañera (la copa digo. Y la camarera.). No bien me había sumergido en ella (en la copa) cuando una silueta conocida se deslizó a mi izquierda.
La inquietud, más veloz que la luz, se apoderó de mí. Conocía a ese tipo. Si, lo conocía. Llevaba desde 1990 sin verle, pero lo reconocí.
Era Samuel. Paquito Samuel para los amigos. Un repetidor nada conflictivo, sereno y bajito, de tez aceitunada y buenas maneras a la hora de jugar al fútbol. Su madeja de bucles de color marrón vulgar se desplazaba del colegio a casa en la línea Carrasqueira 5, la última del Colegio donde estuve de 1987 a 1990 cursando la segunda etapa de EGB.
Patio del Carrasqueira fotografiado por un ex-alumna.
Su alias estaba ligado a mi primera experiencia con el pucherazo patrio. Os lo contaré: en Enero de 1989 se llevaron a cabo las elecciones para determinar qué delegado llevaría la clase de séptimo C durante el trimestre. Los alumnos, concienciados del despótico gobierno del títere de los profesores Emilito Suárez, nos habíamos concienciado para votar en masa a un hombre justo.
Por su parte, los tiranos también tenían planes. Buscaban a alguien más duro que Emilito, que había caído en desgracia cuando fue sorprendido por un lacayo explicando a los compañeros que los asturianos, para referirse a las alubias mal remojadas, decían “estas fabes están como les putes piedres”. Fue su fin.
La votación fue ajustada. Samuel no quería ganar, se estaba acojonando ante la presión de Dª. Josefina, la tutora, que le exhortaba a retirarse si no deseaba el puesto… ¡cuando el recuento estaba en marcha!. La victoria parecía clara cuando tres votos a favor del candidato de los parias fueron cancelados: dos de ellos, por estar acompañados de divertidas ilustraciones del gato Isidoro. El tercero y definitivo, porque su amigo del alma Ribas Pires emitió un voto a favor de Paquito Samuel.
-No existe tal persona. Por ello, el voto es nulo y gana Alejandro (alias Pipas Peladas) Cajide Berraco.
Tres meses de república de Vichy, la delación al poder y la muerte de la esperanza.
Paquito, con buen aspecto aunque algo gordinflón, cogió su copa y se desvaneció. Estuve a punto de saludarle, pero ya tenía bastante nostalgia para una noche. Y yo siempre fui a casa en la línea 1, y desconfío de las demás, sobre todo de la 2.
Lo había visto nueve meses antes, en la calle Victoria. Llevaba un gorro de lana. No se mostró demasiado incómodo al verme, sólo un poco, y se le pasó enseguida. Allí seguían todos los dientes, que aunque exagerados por la extrema delgadez, seguían siendo hermosos. Y los ojos, marcados por el temor, no obstante resistían y miraban con alegría. Era un hombre apuesto, y lo fue hasta el último aliento.
¿Qué podía decirle? Gané tiempo preguntándole por su madre, que ya no tenía el bar, pero por motivos afortunados: ahora regentaba un estanco donde además podías sellar la lotería. Por un momento recordé que días atrás la había encontrado en el autobús y me dijo que Diego estaba “muy mal”. Desde luego lo parecía, pero la gente supera esas cosas a veces. A menudo.
“¿Estás animado?”. Eso le dije. Absurdo, desde luego. Pero le gustó. Me dijo que del todo, y que los relojes Casio eran, por encima de cualquier otra cosa, inmortales.
A fe que lo eran. Aquel desgraciado del Santo me duró ocho años, y porque remojé la maquinaria para justificar la compra de otro, que si no…
Aqui se encontraba en tiempos el bar. Ya no está.
Al carajo, esas cosas a menudo se superan.
Llegó por fin la esperada hora de la retirada tras otra noche de éxito. Cerciorado de que todo estaba en su sitio, caminé esperando el frío de la calle, la mejor opción cuando no hay esperanza de calor humano.
Ante mí, la plana mayor de los alumnos históricos de mis tres cursos del Carrasqueira. Paquito me esperaba sonriente, más todavía cuando lo reconocí al instante, y me introdujo en el corrillo.
Javier Fírvida, alias Maguila.Fuerte como un toro, gran futbolista, buen compañero, pésimo alumno. Repitió algunos cursos entre sexto y octavo. Tenía un hermano sobrio y severo, que no parecía gran cosa pero era el único que le zurraba la badana. Se llamaba Carlos, pero era más conocido como Carr por el coche maléfico Némesis de Kitt (que si, se llamaba Karr pero así no tiene chiste).
-¿Cómo está Carr?- le pregunté demostrando tremenda memoria.
-No lo sé ni me importa. No nos hablamos.
Fantástico. Me explicó que tenía un hijo de tres años y que de vez en cuando seguía jugando al fútbol. Estaba en paro, cosa que se detectaba tras una primera impresión de optimismo. Su peinado de neo mohicano decía mucho más que sus palabras.
KARR, el lado oscuro.
David Gayoso, alias Kubla Khan. A este lo había visto mása menudo a principios de siglo, pues regentaba un bar oscuro de copas baratas llamado Barcheta donde solíamos parar, además de compartir un año en el Instituto. El bar fue traspasado en algún momento y hoy agoniza sin clientela bajo la dirección apocada de unos argentinos.Le amonesté por dejarlo así. No recuerdo que contestó.
A la figura enjuta vestida con una cazadora de cuero más pasada que la heroína, llena de chapas oxidadas, tardé en reconocerla. Alguien del corrillo me dijo que era Miguel, y yo abrí los ojos de par en par y grité “¿Migui?”.
Pues si, era él. Un tipo con el que nunca compartí clase, pero no sé porqué me llevaba bien con él. Era un año mayor y detestaba los abusos, y todos lo sabíamos. Le buscábamos para que nos aconsejara sobre cualquier problema, como era por ejemplo librarse del plato de judías de lata, patatas viejas y salsa de tomate en el comedor sin ser detectados y castigados. Era como esos personajes de las películas de guerra a los que los comandantes señalan cuando hablan con un novato y les dicen: “este es el soldado fulano. Es indisciplinado y lleva tres años sin ascender. Pero en la batalla no se despegue de él si quiere sobrevivir, hijo”.
Migui se quejó de que fuera el único al que no había reconocido. Pero cómo diablos iba a hacerlo. En 1988 era clavado a Paul McArtney en su época Beatle. Y esa noche seguía siendo igual a Paul McArtney… en la actualidad, melena gris incluida. Pobre Miguel (ja ja ja ahora canto lo de Triana Pura… esos también han muerto).
Por último, Paquito, que era el único que llevaba pareja (a la que no miré ni un momento), me preguntó que tal me iba. Bla, bla, bla, abogado. El hombre que pudo reinar sonrió y me felicitó “por ser un tipo importante”.
-Si lo fuera, no estaría aquí hablando con vosotros.
Su novia (o su mujer a lo peor) se quedó pálida. Paquito Samuel se dirigió con alegría al corrillo:
- No cabe duda, es el cabronazo de ……, ¡que no ha cambiado nada y brindo por ello!
Nos reímos a gusto. Los tiempos han cambiado, pero yo sigo siendo el mismo hijo de puta. Vuestro hijo de puta. Los amigos, aunque sean pienso de rumiante, no se olvidan, y menos lo hacemos aquellos destinados a mantenerlos en la memoria eternamente… tal y como eran.
Me despedí e inicié la larga marcha hasta el portal donde gusto de echar la ciscada, en Hernán Cortés (pasaos por allí, charlaremos).
Y, oh sorpresa, poco había caminado cuando me encontré a mi viejo amigo y vecino Fran “El Orco” (alias que no necesita explicación). Qué noche de encuentros, alabado sea el Señor.
Fran es como un buhonero de hoy en día. Lo conoce todo, sabe hacer casi cualquier cosa. Es cizañero y fantasma, pero servicial y fuerte. Apenas un poco más joven que mi padre y miembro asiduo de esas tertulias eternas…
-¿Cómo está Diego?
-Murió el martes.
Era la primera vez que el Orco decía algo sin gracia. Y yo la primera en que no tuve palabras.
Hoy tengo algunas. Las justas para reconocer cómo nos encontramos desnudos ante la muerte de un hombre joven, de un amigo. Desnudos de ironía, desnudos de recursos, desnudos también de esperanza. Las películas de Bond y los impuestos palidecen ante la parca, pero maldita sea si no es inevitable también recordar a los que se han ido, a su sonrisa invicta y a las manos amigas que tantas veces hemos estrechado.
A menudo estas circunstancias se superan, si acaso con el paso del tiempo.
Pike, treinta y subiendo. Soltero y vive con su gato. Antiguo comandante de una nave de los 80, ex-cabecilla de una pandilla de gamberros callejeros, ahora a punto de empezar a hacer calceta o coleccionar sellos, pues camina ya hacia la niebla de la idiocia, dejando antes del fin testimonio de lo vivivo...o imaginado