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Terra
La Coctelera

TALES OF THE KUNG-FU MASTER


"Que me digan qué es que me opongo"

11 Septiembre 2011

TRES SEMANAS EN OTRA CIUDAD

 

El viento azotaba fuerte en La Esperanza.

 

 

 

  • Poli, ponme un helado

  • ¿De cual, Don?

  • De los gratis, Poli, de los gratis.

 

El viento azotaba fuerte en La Esperanza y Poli me miraba con una sonrisa temerosa: la que ponía cuando no sabía si estaba de broma o en serio. Era mi primer día tras volver de vacaciones, de regresar desde Vigo. Expulsé furibundo el humo de mi cigarrillo por las fosas nasales y la cosa quedó clara. Mi tarjeta del economato no iba a registrar movimientos.

 

Cubríamos el turno de tarde los pocos que permanecíamos tras el concurso de traslados: Muñeco, un maragato criado en Albacete, con el pelo cortado al cepillo y que vivía una tercera juventud en las islas; Sardinero, cuyo origen se perdía en en tiempo y que estaba tan desarraigado que parecía haber salido del vientre de su madre con el raído gabán que portaba siempre y su cenicienta melena de vieja castellana; y Clamores, un palentino que se afanaba en archivar expedientes y que acababa de llegar, al que todavía sorprendía lo muy frío que puede ser el norte del sur.

 

Cerrábamos el cuadro un servidor, que con poco más de un año sirviendo en el archipiélago era un veterano, y Domingo, un nativo acostumbrado a tratar con haoles y que tenía en su haber una mención honorífica por llevar 25 años al servicio del Ministerio del interior, la mayor parte de ellos tocándose los cojones y peleándose con los mandos. Con mucha veneración y respeto era conocido como La Barba.

 

Fue éste último quien reconvino a los dispersos de la siguiente manera:

 

 

  • Si no quieres acabar con un dedo enguantado en látex metido por el culo será mejor que pongas dos de esos helados de regalo, Poli. Y tú, novato, deja los expedientes y siéntate con nosotros. Aquí por las tardes no se trabaja, y menos cuando el Comisario relata su historia.

 

El palentino, con su eterno gesto de estupefacción, dejó la labor y tomó asiento. Abrí el maxibom que Poli me tendió con servilismo y narré los hechos habidos durante mis vacaciones.

 

Tres semanas en casa.

 

No bien me había acomodado en el asiento del autobús y dado gracias al Señor por haberme permitido sobrevivir a otro vuelo de los cojones, y apenas se solazaron mis ojos maltrechos con la vista de los verdes campos de Galicia, cuando sonó el teléfono. Era nada menos que Yet García, un escritor de rotundo éxito. Imaginé que llamaba para adelantarme lo poco que le había impresionado y la nula importancia que le daba a su primera aparición televisiva para presentar su última novela. En realidad se toqueteaba con implacable ánimo lúbrico con la sola mención de la promoción, pero bien se merecía el éxito. Sin embargo, me llamaba para otra cosa.

 

 

  • Tengo malas noticias.

     

    Era un tono que adelantaba el tema: grave, pero no tanto. Nadie cercano muerto, no atentados.

     

- El mesón Orensano se ha quemado. Hasta los cimientos. Me enteré en Pamplona, fue portada del Faro de Vigo.

 

 

Esta Señora, que Dios bendiga, se preocupa cada día de su vida de que no os falte la tapa

     

Los de Vigo leemos el Faro en cualquier lado. Es mucho más importante que el Times, y te dicen cosas vitales como esta.

 

De veras fue una mala noticia. Aunque pasé más de un año sin ir (no volví hasta Diciembre de 2010), puesto que juré no hacerlo si no era como un triunfador, nunca olvidé mis gloriosas noches en el lugar que Jesucristo elegiría para echar unas cervezas. Incluso mis padres fueron a ese lugar en su juventud. Por lo visto, el jefe, al que unos conocía como "Mickey ojos azules" y otros como "Templeton Peck", explicó que poco antes habían hecho una profunda reforma, así que le extrañaba lo del incendio. Mala cosa las reformas, Mickey: si funciona, no lo arregles.

 

Y si no funciona, es que no tiene arreglo.

 

Así, pasé mi primera mañana de verano en Vigo acudiendo a las ruinas del Mesón Orensano. Una fina lluvia, típica de los primeros días de Julio y que acompañaba implacable la apertura de la feria del libro, perlaba mi piel curtida por el sol caprichoso de Tenerife mientras observaba las ruinas enegrecidas.

 

El local era una masa negra cubierta de trozos de madera y plástico carbonizados. La alta graduación del vino de la casa sin duda habría ayudado a la combustión. Una combustión que por cierto parecía espontánea, toda vez que el resto del inmueble, así como la puerta y ventana del local, permanecían intactas.

 

Era como acudir a otro funeral. A partir de los 30, estas cosas comienzan a adquirir una cotidianeidad macabra. Mi propia caída y auge me enseñó que nada es eterno, y que si no mueres, cambias. Ya lo dice el proverbio: "solo se vive dos veces: una, cuando naces; la otra, cuando miras de frente a la muerte". Entre toda aquella devastación, una nota garrapateada en la hoja de una libreta suponía la viva imagen de la esperanza:

 

CERRADO POR AVERÍA.

 

La cogí y me la guardé en la cartera, sintiendo en las casas del barrio tan viejas un soplo de honda emoción.

 Pero si el Orensano era, como yo lo creía, un lugar de poder, sin duda resurgiría  de sus cenizas y cabalgaría de nuevo. Reconocía bien esas cenizas: hace apenas dos años, mi vida no era muy distinta a ese local arrasado. Un lugar maravilloso, lleno de buenos recuerdos, se venía abajo. Una vida formidable, la mia, tocada por la gloria, el amor y el éxito parecía terminar. Pero si yo había resurgido, lo haría también ese lugar tan necesario.

 

 

Una barrida buena, un pouco de aserrín e para o xoves abrimos

A las pocas horas me encontraba enfundado (ya no embutido) en mi traje de combate, en una elipsis clónica a la de El cazador. A lo largo de mi experiencia criminológica he comprobado que, en mayor o menor medida, todos nos sentimos atraídos hacia un determinado delito. A veces no perfeccionamos todos los elementos del tipo, y otras sencillamente nadie lo descubre, pero todo el mundo tontea con su delito. Conozco a potenciales ases de la corrupción de menores (sí socio, habló de tí), y alguno que se mortifica con la práctica del libelo con posterior arrepentimiento, sin dejar de delinquir de forma contumaz, a veces al tiempo que se lamenta del crímen. ¿Estafadores? A cientos. Esos son los peores. La evasión fiscal no es para mí un delito, es una puta obligación. ¡Cuántos traficantes de droga! ¡cientos de calumniadores! Y todos ellos gente corriente, desayunando cola-caos en zapatillas y batín de guatiné. Alabados sean...

 

 

Yo robo. Obras de arte, libros, bellísimos muebles. Armas blancas, cuadros, fotografías, recuerdos de otras vidas... penetro en las casas cuya propiedad está en tierra de nadie, que se van quedando tíbias por la pérdida de hábito humano y las vacío de sus más hermosos ornamentos, que pasan a formar parte de mi patrimonio y de mi acerbo.

 

 

Todo empieza con un plan bien definido, una estrategia desarrollada en noches de insomnio, entre pipas de tabaco y vestido con pijamas sudados. Luego entra la inteligencia, las conversaciones con otros ladrones que no suelen ser conscientes de su propia miseria, y que cometen errores fatales por ello, dándome formidables ventajas. Escasas son las ocasiones en las que he entrado en un recinto sin las llaves. Otra cosa es como éstas han sido obtenidas, pero en todo caso siempre con chaqueta y corbata, mostrando mi lado diplomático y carácter de frío negociador.

 

 

Y luego el clímax, la infantería: el chaleco de combate, las botas Magnum o las ligeras SL 72 de Adidas, según la ocasión. Unos guantes anti corte, mi vieja linterna de submarinista (con la que me premió un compañero de saqueo al que ayudé a recuperar unos bienes impagados por el saqueado) y mi vieja mochila de montaña, que me ha servido en el asalto a los 4 tesoros más importantes de mi carrera. A veces me he ayudado de maquinaria poco ortodoxa, como una carretilla que afané en el garaje del tipo al que iba a saquear. Transporté en ella una placa de mármol rosa exquisitamente veatada, y tanto me ayudó que me la quedé también.

 

Para terminar, llevo siempre un cuchillo Tiburón de Aitor, así como uno de fino titanio para lanzar metido en la bota. Nunca se sabe quién puede aparecer, pero si lo hace lo abriré en canal, maldita sea.

 

 

La emoción, el pánico, el terror, la lujuria, la precisión y las mil técnicas que se desarrollan durante el acto del saqueo son tan ricas y numerosas que darían para otro artículo, y así lo contaremos en otra ocasión. Sólo diré que es algo parecido a follarse a la mujer de otro, ni más ni menos. Si dudas, la cagas. Si dejas algo, se lo quedará otro.

 

 

El candelabro de la Victoria, sus velas se encenderan cuando comience mi reinado

 

El último acto es el mejor. El tesoro desparramado de cualquier manera en la puerta de casa, tras cargarlo pesadamente sobre los hombros. En ese momento entra en juego la enseñanza de Orfeo y Eurídice: el regreso a casa con el material provoca cierto relax que lleva a la desgracia. Casi ninguna baja ha manchado mi historial, pongo un empeño especial en lo que yo llamo "la entrada en zona liberada". Recuerdo una luxación que sufrí en el hombro al transportar a pie durante 20 interminables minutos un taladro industrial por las calles desiertas. En otras ocasiones, y en el paroxismo de la buena fortuna, no pocos colaboradores me han ayudado con sus brazos o con sus vehículos para poner a salvo el botín, cuya ayuda desinteresada agradeceré no mencionándo sus nombres. Dios los guarde para siempre.

 

Finalmente, recorro mi palacio solazándome en la contemplación de los nuevos tesoros, que adquieren una renovada existencia. Lo hago tras ducharme y ponerme la ropa ceremonial, al tiempo que bebo un copazo de cognac (robado también).

 

Ni un solo remordimiento cubre mi mente. Suelen ser bienes robados a su vez por gentuza que los detentaba ilícitamente, e incluso cosas que debían pertenecerme desde largo tiempo. Esos tiranos pretenden imponer su voluntad avariciosa más allá de las tumbas (los propietarios suelen estar en el infierno mientras yo me ocupo de los bienes) pero yo me empalmo a tope fastidiándoles. Tengo el peregrino proyecto de sacar una serie de figuras de acción de mi mismo, cada una de ellas con la ropa de las distintas fases: pijama roído, traje ojo perdiz con corbata granate, in comando poncho y tuxedo cocktail. ¿Qué cojones pasa? Lo hace Indiana Jones y es un arqueólogo. Lo hago yo y soy un choro, ¿no?. Pues de eso nada.

 

Esta vez tuve tanta suerte que el tiempo lluvioso me auxilió, y mi casa tiene una de las mejores bibliotecas privadas de Europa. Eran libros objeto, obra magníficas esclavizadas y prostituidas para la simple exhibición. Yo las liberé, leyéndolas una a una y catalogándolas, ordenándolas en una exquisita libreria de palosanto con cristalera.

 

 

Lo habéis adivinado: robada, liberada...

 

Cumplida la misión, llegó el calor. Tantos años después, cogía regularmente el barco de línea Vigo-Cangas y disfrutaba de ese relajante meneo, escuchando con deleite las vulgaridades de los pasajeros y contemplando como se alejaban el puerto, haciéndose cada vez más pequeños los turistas que se abalanzaban sobre las ostras y el vino blanco. Benditos sean, si no fuera por ese vino ácido tendrían una toxina tan virulenta en el cuerpo que a los 20 minutos estarían echando las tripas por el retrete al tiempo que vomitarían en escopeta en el bidet.

 

En una de esas partidas, la tripulación y pasaje del barco fue agasajada con una foliada improvisada por dos matrimonios del país tocados por el hada del albariño. Me llamaron a la atención los hombres: uno alto y desgarbado, con el pelo encanecido sin atisbo de patillas y un esplendoroso bigote, con el polo de Springfield metido por dentro del pantalón, cantaba con voz grave. A su lado, un diminuto anciano tocado con gorrita de "Galicia terra nosa" y gafas de sol ajenas a cualquier tipo de modernidad, hacía un coro agudo y afeminado, con tono gallináceo, al tiempo que aprovechaba su leve parkinson para agitar unas cintas que llevaba en las manos. Las señoras iban a juego y seguían la tonada con una alegría que contagiaba a los pasajeros, y muy en particular a mí, que toda mi vida había un nostálgico pero ahora lo era con razón.

 

Cangas, villa hermosa favorita del sol. Sus lugareños son revolucionarios y duros como el granito, y diríase que sus ancianos, curtidos por el sol y la sal del mar, asemejan a los míticos indios americanos. Un pies negros cose unas redes cerca de la plaza, una pahwnee contempla el horto desde un puesto de helados...

 

La playa de Rodeira es magnífica. Bastante grande, con el agua no muy fría que despide un sutil aroma a fuel oil, lo bastante intenso para alejar a toda esa escoria burguesa que busca siempre las playas más salvajes para invadirlas con sus putos monovolúmenes, llenarlas de jodidos críos y profanarlas con su asquerosa desnudez. Si bien es cierto que resulta imposible, ni tan siquiera en Rodeira, huir de los clásicos retrasados mentales jugando a las palas, uno puede alejarse lo bastante.

 

Aquí el peligro son las viejas. Ellas se ponen siempre en el mismo sitio, y da igual que alguien lo haya ocupado: llegan y se te ponen al lado, y empiezan a desplegar esa parafernalia de mierda de las sillas, las sombrillas y las neveras. Yo me aferro a mi ipod y no me doy por enterado. Al rato cojo el móvil y llamó a alguien, y comienzo una conversación a gritos sobre abrir culos y comer coños, o me carcajeo al tiempo que describo terribles accidentes ferroviarios. Con eso al menos les amargo un poco la tarde.

 

A veces presto atención a lo que dicen. Son como adiposos duendes playeros que intercambian anécdotas surrealistas con voz cantarina. Recuerdo a un jodido cadáver diciéndole a una gorda lo muy harta que estaba de que hubieran llegado tantos días de calor seguidos, porque así "no le quedaba más remedio que venir". Y no tenía nietos a los que acompañar, ni tan siquiera el deber moral de aprovechar cada día porque al poco debía partir a tierras áridas. Nada de eso, la vieja vivía unas calles más allá. Sencillamente, si hacía sol se veía en la implacable obligación de acudir a la playa, aunque ello le atormentara, y así lo parecía por la cara que ponía. Un moderno Sísifo, y punto.

 

Es como si cada vez que pasaramos al lado de una casa de putas tuvieramos que echar un polvo aunque no nos apeteciera.

 

La noche de Vigo tiene nueva reina: se trata de "La Goleta", un bar situado en el corazón de lo que fuera mi barrio, donde viví hasta los 24 años. Entonces éste lugar era una cueva de puretas, cuyo diseño imitaba admirablemente bien el interior de un barco de ricos. Y pese a lo noble de las maderas y el brillo de los adornos, no dejó nunca de tener un aire sórdido y decadente. Era el típico lugar en el que hacían caja abriendo el día de huelga general, porque para ellos el riesgo era mínimo: nunca un sindicalista ha olfateado nada que se parezca a un barco.

 

 

Con la conversión de las calles del puerto en bulevar de pisaverdes, el local se modernizó abriendo un gran escaparate a la calle. Daban desayunos y esa basura, pero al fin llegó el éxito: dos caldorras con poca ropa, un par de botellas de ginebra snob, música de los 80 y ¡éxito!. En los días en los que allí estuve soplando pude ver cantidad de jacas acompañadas por esos tipos grimosos que van vestidos con polos repletos de escudos, publicidad y banderas de cualquier país. Una vez ví uno de esos en el que se podía leer (a duras penas por lo abigarrado de los colores) "Mali Polo Team". Francamente, no creo que Mali tenga un club de Polo, pero si lo tiene seguro que los jugadores montarían sobre grandes roedores, no sobre caballos. Tal vez sobre cucarachas.

 

En fin, que ahí estaba yo con Pady, con Yet o con el Corto, gente que ha tenido que emigrar también y a veces se encuentran extraños en su ciudad, observando el panorama que no cambia nunca: las bellezas de primera hora contoneándose antes de desvanecerse, sus vigilantes con los polos chillones y esa fina película de grasa que les cubre la piel y la clásica formación de listeros que se menean tímidamente con la música y vigilan ansiosos la puerta, para controlar la entrada de ganao. Ahí están, incansables, pivotando con el cubata y lanzando miradas que todo el mundo detecta, sobre todo la interesada. A esas tipas no parece afectarles mucho el hecho cierto de que una decena de tipos se la vayan a pelar pensando en ellas esa noche. Debe ser algo fascinante. Las tías miran el polo más caro, los listeros miran a las tías, yo miro a los listeros.

 

Al menos, no me toco pensando en ellos.

 

De camino al siguiente local, pasamos por "La casa del libro". En su escaparate, con las novedades, se sitúa orgulloso el libro de Yet. Unas noches atrás lo había descubierto con él. Es algo increíble, pero intenta mantenerse en un estado de humildad típicamente pequeño burguesa. Que le hayan publicado ese mamotreto, ese monumento al mal gusto es una hazaña tal que deja en bragas a Brian Clough con lo del Forest. Estoy seguro de que se pasará el resto de su estancia en Vigo acudiendo a la librería para comprobar cuántos se venden.

 

Pocos.

 

Regreso al "Oh la la", el local donde se cocía todo. Ahora sólo se cuecen salchichas, aquello es "todopollas.com". Tan solo las camareras, que ya no son tan impresionates como antaño, mantienen viva la esperanza. Una me pregunta qué voy a tomar. Maldita sea, antes sólo tenía que hacer un gesto para que mi checa me llenara el hígado de Seagrams extra dry. Los tiempos han cambiado, pero yo sigo siendo el mismo. El Corto ha traído consigo a unos amigos pestilentes, así que aprovecho que salen a la pista para hacer mutis por el foro. Este tipo de despedida a la francesa lo puso de moda un viejo amigo, el que hoy escribe best sellers. Cuando alguien le recriminaba su actitud, el decía que tenía que oír la "Rosa de los vientos". Otro Sísifo de andar por casa: si el aedo de zarrapastrosa oratoria Bruno Cardeñosa, habría su boca para vomitar algún pensamiento demagógico, se veía en la imperiosa necesidad de escucharlo.

 

Me da en la nariz que esta maldición es el cáncer de la nación. Espero que algún día las viejas en la playa y los maleducados que se van si despedirse se justifiquen diciendo que tienen que leer si yo escribo.

 

Only One, así se llama. Only one is too many.

 

En mis primeros pasos de vuelta a casa, me topo con la hamburguesería sin nombre de la calle Uruguay. Un local a cuyo lado un taller ilegal chino parece una mansión y cuyos dueños, probablemente Rockefeller o Morgan, no se han molestado en ponerle nombre, se llena con lo más granado de las criaturas de la noche: yonkis, putas, pijos, trabajadores nocturnos y borrachos de diverso pelaje comen un bocata tras otro. Choca con lo espartano del diseño del local el mucho esmero que se ha puesto a la hora de diseñar la carta. A todos los venenos se le ha puesto un nombre pintoresco: está la American Burger, muy pedida por American Gordo; el Indiana hot dog, rival acérrimo del "huevo duro de Indiana", clásico de la sección de "raros" del Imperio Papo´s (a este respecto, me pregunto sobre la fiabilidad de un negocio que tiene una división de sus productos llamada "raros", y más aún porqué alguien le puede llamar "Papo´s" a una bocatería); y mi favorita, la hamburguesa "One and only", que lleva de todo. Todo cuanto artereoesclerótico viva en Vigo y su área metropolitana os dirá que este lugar tiene el mejor material del mundo, pero siempre que pasó por ahí una voz desencajada exige lo mismo: "ponme uno de bacon con queso". Buena elección, el bacon solo queda un poco seco y soso.

 

Estoy al borde de las lágrimas cuando suelto la tranca y me pongo a mear en el portal de Hernán Cortés, cuya antesala está abierta y sirve de escaparate a un taller fotográfico. Meo sobre el cuadro eléctrico mientras me contemplan los retratos de niños en traje de comunión en 1987, o de parejas casándose que sin duda llevan muchos años divorciados. Esta vez, cuando salgo tambaleándome, un camareta que debe haber salido de trabajar me mira con cara de culo, sabedor de mi ultraje. Una ocasión que ni pintada para hacer algo que llevaba toda la vida deseando hacer. Saco la cartera y le enseño la placa, al tiempo que balbuceo con cierta autoridad: "actividad policial". El camareta se va espantado y yo subo la Gran Vía riéndome, aunque con el corazón en un puño. No puedo soportar tanta felicidad, tanta nostalgia, tanta suerte.

 

Y fue así como fueron pasando mis tres semanas en otra ciudad, que era,es y será siempre la mía. Cerré las persianas, me eché el macuto al hombro y metí el culo en un avión rumbo a Tenerife, conservando en la ropa el aroma que te impregna cuando intimas con un viejo amor perdido.

 

Vigo eterno.

 

Mis interlocutores agradecieron la historia y se prepararon para volver a casa. Todos menos Poli, que muy a su pesar ya estaba en casa. Resopló con desdicha y me comentó lo afirtunado que era de poder visitar mi casa y gozar de una vida tan venturosa, mientras él debía pudrirse entre los muros de aquel lugar. Le dí unas palabras de consuelo escritas por una mano sabia en una hoja de libreta. Las leyó, sonrió encogiéndose de hombros y metió la hoja dentro de su expediente personal, que yo le tendí.

 

Ahora, entre su índice de visicitudes, se puede leer:

 

CERRADO POR AVERÍA.

 

 

P.D.: cuando escribo estas líneas, el Mesón Orensano se encuentra a pleno rendimiento.

 

 

 

     

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1 Junio 2011

O GALO ESQUECIDO

Dos años sin "galo". Dos años, y uno ya en la distancia. Las islas, los nativos, la bruma, las papayas pasadas, los venezolanos, los módulos, la pasarela, el restaurante vietnamita, el tintineo del tranvía...

 

Los aviones.

 

Y los permisos. Regresas a tu ciudad, pero en realidad vuelves a una vida que has abandonado. Recorres con el corazón en un puño tu casa, habitación por habitación, y cada estancia se muestra como una pintura. En ella estás tú y están ellos como entonces. Hace mucho que se han ido, antes que tú, pero un rastro tibio ha quedado en el ambiente, como el calor de una cama que se va esfumando entre las sábanas revueltas. Recuerdo a alguien que describía su propio aspecto como "una gran cama deshecha". Cada día que pasa me siento más cercano a esta descripción.

 

Tralarí, tralará, waka waka...porque esto es Africa HIJOS DE PUTA

 

Nunca espero grandes recibimientos. Entiendo que la vida en Vigo sigue sin mí. En mis primeras vueltas a casa me citaba con los pocos que quedan y les preguntaba sobre el clima, la economía o las obras. Invariablemente, me contestaban con desgana y tristezas, para rápidamente señalar mi inmensa fortuna al haber partido. Ellos se han quedado y no están de vacaciones, así que no le ven la gracia a tomar el barco de Moaña. Ni se les ocurre visitar el tejo del parque de Castrelos. Creen que el paseo marítimo de Bouzas queda demasiado lejos, y que la playa de la ETEA es pequeña y mugrienta. Que está llena de algas.

 

Como el bajel de un viejo navío, al igual que las rocas milenarias. La algas impregnan de vida la materia, pero todo el mundo las toma por basura. Yo las siento pegadas a mi pecho, como una parte de mí. No puedo, no quiero deshacerme de ellas.

 

Soy un hombre romántico y previsor. Antes de partir, dejé ginebra y tónica en la nevera, y una bolsa de chucherías sobre la mesa. Ocho meses después me reciben y las abrazo con ternura antes de devorarlas. Sentado en el sofá, aún me parece ver al gato enroscado en el a mi lado. La luz de la luna ilumina la Avenida de Madrid, y siento como la fuerza del desarraigo y la nostalgia me pegan al asiento, como un avión al despegar.

 

Teis, la primera playa de clase del mundo. Paradojicamente, su muro es derribado por el populacho.

 

Cuando abandoné mi vida y mi casa en uno de esos trastos lucía un sol espléndido en Oporto. La terrible fuerza del despegue me envolvió, y cerré los ojos convencido de que iba a morir despedazado. Me despedí de todos y cada uno de vosotros. En ese momento, era una bellísima persona. Mentalmente, pedí perdón por ser avaro y furioso. Lamenté profundamente haber sido esquivo y distante con mi familia. Agradecí desde el fondo de mi corazón la mucha ayuda que recibí en los malos momentos, y el desvelo con el que tantos amigos habían seguido mi caída y posterior auge. Cierto es que hice un apartado con algunas cosas que debían permanecer en un estado hirviente de resentimiento, pero era una nimia parcela de orgullo personal que el Altísimo me toleraría.

 

En todos y cada uno de mis viajes, realizaba ese ritual. Si me hubierais pedido mil euros en ese momento, os los hubiera dado. Mi carne y mi sangre, como un árbol carnal, generoso y cautivo... recordaba a mi pobre madre, muerta tan joven. Mi abuela, que vivió tanto y que tantas veces me dijo que me acordaría de ella. Y así era, mientras ese pájaro infernal me llevaba a mi última morada hubiese querido sentir sus manos una vez más en mi pelo lleno de canas. Dedicaba los últimos pensamientos a mi gato, que estaría esperando mi regreso en vano... gracias, gracias a todos, perdonadme y vivid felices. Casi todos.

 

 

Pero vivía. Una y otra vez. Demudado, aferrado al asiento adelantando el rigor mortis, como si la parca hubiera tenido un despiste que pronto remediaría. Pero hasta el día de hoy no lo ha hecho. Olvidado. Esquecido, en gallego (si es que sigue siendo así, este idioma muta al capricho de cuatro barbudos y unas cuantas lesbianas).

 

Ah, pero héteme aquí que mis botas gélidas tocaban el asfalto una vez más. Encarnado en mi nueva vida, sorprendido de estar entero, contemplaba desde la ventana del autobús el paisaje salvaje de Tenerife, y la costa desnuda de mi mente abofeteada por el mar inmenso se iba recuperando. Giraba la rueda con su vieja historia de odio, crimen y venganza.

 

Se cierra el banco. No os dejaré los mil pavos. No olvido.

 

Nunca he abandonado el ritual, y no dejo de sorprenderme de seguir vivo. Pero como se que tengo el tiempo contado, pues nunca se vive mucho si se viaja en avión, he decidido actuar conforme a mi condición de turista en mi propia existencia y pasar mis días de asueto como lo que soy, una suerte de soldado de permiso. Ya no aviso a nadie, ni pregunto nada. Deambulo por las calles y gozo de la luz sin pensar demasiado en el mañana y, lo que es más importante, en el ayer. Me rodean los fantasmas y apenas logro zafarme del desarraigo, que se pega al corazón y parece tirarme de la ropa, pero me resisto con determinación. Gasto dinero a raudales y cometo toda clase de excesos, pero como no aguanto mucho la bebida me embriago dando largos paseos.

 

Cosas de la vejez, me he aficionado a los árboles. En las islas los hay muy hermosos y variados, pero uno siempre prefiere los de casa. Me impregnan de una paz inmensa, diferente a la forzada por el temor al vacío que siento en los despegues. Los fotografío y hasta los acaricio, empeñándome en distinguir cada una de las especies. En un lugar como Vigo, esto te coloca directamente del lado de los lunáticos, pero cuando el catálogo lo fabrican tipos con riñonera y anillos en el pulgar que se meten un buen pepito después de gozar con la fórmula 1 en un bar lleno de mugre, ¿a quién le puede molestar?.

 

Para volver a mi casa después de recorrer con las manos unos pocos centímetros de la corteza de una secuoya de 25 metros (pequeña y joven por tanto), que tal vez hubiera contemplado mi abuelo en su juventud, elegí un camino que bordeaba un río. Años atrás estaba contaminado, pero el Ayuntamiento se empeñó en sanearlo, celebrando la consecución de este objetivo soltando unos cuantos patos en él. No se si eran los mismos o sus descendientes, pero lo cierto es que ahora me escoltaban unas aves inmensas y de una lozanía siniestra, tal vez auxiliada por los restos de algún vertido secreto. Como fuere que empezaron a graznar de una manera amenazante, me desvié hacia unas casuchas que marcaban la frontera con las calles asfaltadas de la ciudad.

 

 

En Vigo, desconozco si en otras ciudades y francamente no me importa lo más mínimo, existe una zona de combate entre la ciudad y sus edificios (constituidos en comunidades de vecinos ardientes) contra las casuchas del extrarradio, una suerte de dachas de la inmundicia rodeadas de huertos mutantes, con berzas de larguísimo cuello e improvisados gallineros confeccionados con jergones y planchas de uralita. Para que el bucólico cuadro campestre luzca más, de los limoneros y de los tutores de las judías suelen colgar botellas de lejía cortadas a la mitad. De vez en cuando, en los carcomidos porches se distingue a un retrasado tocando el banjo , acosado por los bloques de edificios que avanzan inexorables.

 

Los propietarios de estos adefesios suelen ser trogloditas tocados de reloj de oro y muy poca paciencia, y esperan aferrados a escopetas, cuerdas y cuchillos a un plan de ordenación urbana que les conduzca a la gloria de la venta, al exterminio de la expropiación forzosa o al purgatorio de una permuta. En lo que a mí respecta, les daría un plan de los buenos: lanzallamas a gogó y centro comercial que te crió.

 

Por esto, me resultó muy extraño ver como un hombre me salía al paso sonriente desde una de estas casuchas.

 

Tras unas palabras amables y comentarios sobre la bonanza del clima, me preguntó con ansiedad apenas contenida si había ido en avión alguna vez. Al comprobar que no alcanzaba a comprender el porqué de su pregunta, me señaló el distintivo que da la compañía Binter a los temerarios que usan sus bañeras voladoras para ir de una isla a otra, y que había olvidado retirar de mi chaqueta, donde lo coloqué tras recibirlo después de un vuelo infernal, aunque más bien debería habérmelo colgado de los cojones, ya que a uno le crecen mucho cuando se sube a uno de esos trastos.

 

Plátano-Air: un suicidio.

 

  - En efecto, anciano, he tenido y tengo la desgracia de coger aviones a menudo.

 - ¿Desgracia? ¡Pero si has conocido el cielo y estando vivo! ¡eso es la gloria!

 - Me temo que se equivoca. Ahí arriba está el infierno. Y toda vez que usted vive en este lugar, sabe bien que se puede estar en la olla de Satán y contarlo. Al menos malvive en Vigo.

 - Pues a mi me gustaría ir en avión- dijo el viejo con aire ausente, ignorando mis puyas. 

 

                         Como fuere que la situación se había vuelto algo incómoda, pues aquel anciano no hacía más que frotar sus manos fuertes, pero retorcidas como un sarmiento, de lo nervioso que estaba, intenté fijarme el cualquier otra cosa, topando entonces con un extraño árbol que se vislumbraba pegado a un lateral de la casa. Le pregunté a qué especie pertenecía, pues estaba sin duda vivo pero presentaba un aspecto insólito: tortuoso hasta la crispación, de corteza oscura y con sólo dos ramas que salían de la copa pelada, bajo y fuerte. 

 

                     - Es una viña- contestó sin salir de su empecinamiento.

 

No podía dar crédito. Era cierto. Se trataba de una parra, una parra hipertrofiada e inmensa, tal vez la mayor de todos los tiempos. Ni yo ni nadie había visto cosa igual. Era formidable.

 

 

 

                           - Bah, casi no da fruto. La dejé porque la plantó mi padre con las otras y fue así creciendo, pero estorba más que otra cosa. Viñas, árboles... eso no da ni para un patacón, yo lo dejaba todo con tal de conocer el cielo.

 

Maldito puerco.

 

                            - Oiga, amigo, voy a volver a repetírselo: ir en avión es un suplicio. Millones de personas han muerto después de pagar una fortuna por el pasaje con la estúpida idea en su cabeza, que por cierto acabaría hecha confeti, de que tomaban el medio más seguro y rápido que existe. Ir en avión es de locos. ¿Lo ha entendido, jefe? De putos locos.

 

                                   - Eso lo dices porque has volado. Has visto las nubes y el sol a su misma altura. La circunferencia de la tierra, y el mar en su grandeza. Con las azafatas, las mujeres más hermosas de la tierra, llenándote de atenciones.  

 

Ja, ja, ja.

 

                                    En ese momento, recordando a los quincalleros y buhoneros de diverso pelaje que se encargan de sacarle los cuartos a los pasajeros, llamados también tripulación, y que normalmente presentan un estado de forma lamentable, me dio la risa. Empezaba a sentir ternura por aquel infeliz. 

 

                                  - Mire, socio: déjese de coñas y disfrute de lo que tiene. Es cierto que hoy en día todo cuanto bulto sospechoso pulula por el mundo se dedica a catar vino por el culo y decir que sabe a vainilla, a pimientos o a chorra de negro, pero no lo es menos que el vino es el sabor puro de la tierra. Sale de ella, se transmite por la madera de la viña y acaba purificado en la uva. Luego fermenta, nos traspasa y acaba volviendo a la tierra. Tiene sabor a tiempo parado, a los recuerdos, lleva restos de los fallecidos a nuestro corazón. Y su parra... esa parra es como un relámpago tallado, es lo mejor que he visto nunca. 

                                      - Pues yo cambiaba...

 

                                        - Cambiemos entonces.

 

                                              Y así fue como, compartiendo una cena a base de pan de maíz, castañas asadas y carne de caza, propia de un ser del medievo ajeno al hecho colombino y sus nuevos vegetales, decidimos que el anciano tomaría mi puesto en el próximo vuelo, mientras que yo me quedaría en su casa, que parecía más bien un cubo de basura con ventanas, admirando la parra y disfrutando de una vida contemplativa, prorrogando así la estancia en la ciudad de mis amores.

 

                                             Dicho y hecho. Llegado el día, que el anciano esperaba como la aurora, nos despedimos a la puerta de su casa, porque yo me niego taxativamente a acudir a los aeropuertos no siendo para viajar yo mismo, hasta tal punto me deprimen. Le indiqué cómo debía actuar para ocupar mi plaza y él a su vez me explicó los pormenores de su casa, señalando que una sobrina suya vendría un par de días a la semana para limpiar y hacer la comida, cual era su costumbre. Me imaginé a una criatura bien adiposa, bien esquelética, forrada de negras vestiduras que se dedicaría a una vigilancia estrecha de mis movimientos, como si se pudiera robar algo en aquella pocilga.

 

                                           En cuanto al diplodocus, no había problema: mi compromiso se limitaba a facilitar el modo en que pudiera subirse al avión y, de sobrevivir, volver encontrando su chabola y sobre todo su parra intactas. Lo que hiciera en Canarias no era asunto mio.

 

                                Que días más felices. Una vez más, removí la tierra con una laya con mango de fresno, el árbol que aleja el rayo. Agotado, me tumbaba sobre la hierba o me daba un corto paseo hasta la playa cuasi urbana de Bouzas y miraba al cielo infinito. No tardaba mucho en cruzarlo uno de esos potros de tortura alados, dejando su estela blanca como la muerte. ¿Hermoso? si. Ahora bien, también la lava incandescente es preciosa, y a nadie se le ocurre meterse dentro. ¿Qué me decís de las orcas? Una gloria de Dios, pero a pocos idiotas se les da por montarse encima de ellas.

 

 

                                Además, cuando hace ya algunos años -demasiados, para mi gusto- tuve la desgracia de tener que ir en avión, por lo menos a uno lo trataban de una forma distinguida. Bellas azafatas le colmaban a uno de atenciones, como pensaba el palurdo, y le traían a uno tónicas, alcohol, una comida exquisita, un periódico, e incluso comprendían que la mayor parte del pasaje eran personas normales temerosas de Dios que lógicamente sufrían cierta inquietud al encontrarse a 10 kilómetros del suelo subidos en una carcasa de plástico, dándoles consuelo y la ilusión de echar uno de esos polvos aéreos (producto meramente legendario). Si, amigos: la gente que viajaba en aeroplano era gente de clase, educada, de buen gusto, de dinero también.

 

 

 

Pero hoy... frente a esa estela blanca se encontraría sin duda una chusma apestosa, una gentuza de bajísima ralea que se dedicarían a dar voces y atragantarse de comida mientras caminan e aquí para allá dentro de un vehículo carente de seguridad, más parecido a un restaurante de carretera que a un reactor. Es formidable, pero no bien ha despegado a duras penas unos de estos trastos toda esta escoria se levantan como zombis de sus tumbas y se van a coger sus bolsas para atragantarse con patatillas y fiambres de ínfima calidad. Y al retrete, no para probar suerte con la azafata, que suele ser una vieja desdentada o lo que es peor, un mariconazo, sino a cagar como si no hubiera un mañana.

 

Nunca falta el que también caga sentencias, generalmente estupideces sobre la aeronáutica en general y las maniobras de avión que lo soporta en particular. Esos analfabetos debieran estar hablando de la caballerías que les tocase limpiar y herrar, y no de tan bizarro medio de transporte. En el extremo opuesto, está el que ronca como un salvaje desde el despegue hasta el aterrizaje. Felices en su inconsciencia, seguro que si los despertamos y les preguntamos si no teme morir, nos mirará como si fuéramos nosotros los locos.

 

Vagabundos. Payasos. Mastuerzos. Maleducados. Zafios. Crápulas. Y por encima de todo, los putos niños. Los niños de los cojones. A grito pelado, corriendo de un lado a otro, gritando como descosidos mientras sus papás los ignoran, acostumbrados como están a semejante conducta. Si en esos momentos no estuviera paralizado por el terror podría levantarme y golpearles una y otra vez. A todos. Zancadillear al que se levanta, darle con una barra al de la maleta, estrangular al que come... en momentos así, si no fuera porque yo voy dentro (detalle importante), desearía que ese trasto se cayera en picado, y un segundo antes de morir hecho picadillo decirles a esos puercos: "¿lo veis? ¿lo veis? Vais a morir en un avión, el medio de transporte más seguro que existe, HIJOS DE PUTA". Así aprenderían.

 

 

Pasé en este gozo mis días en el campo, y en uno de los más soleados, no entre lusco e fusco, me topé al regresar con la sobrina en cuestión.

 

La ETEA, segunda mejor playa del mundo.

 

Se encontraba al lado de la inmensa parra tendiendo la ropa. Era una mujer de unos 30, bajita y compacta. El pelo, entre rubio y castaño, le caía rebelde sobre los hombros redondos y desnudos. Cuando se giró un momento para observarme me dedicó una sonrisa voraz, mostrando unos hermosos dientes, que contrastaban con una mirada de ensayada desidia. Tenía los pechos grandes como cántaros, apenas disimulados por la camiseta de tirantes que llevaba para la faena. Entonces volvió a girarse, enseñando un culo grande pero firme y bullicioso, como una plaza de toros. Era un trasero que contenía toda la gracia de Dios.

 

Tenía que cogerla por detrás A TODA COSTA.

 

Dejé caer al suelo la bolsa de la playa. Mi cuerpo aún estaba irradiando el calor del sol, pero sentía como a cada paso que daba hacia esa hembra me abrasaba más y más. No se dio la vuelta hasta que hube recorrido la mitad de la distancia que nos separaba. Cuando faltaban unos pocos pasos puso los brazos en jarras, pero no le di tiempo a reaccionar. La cogí con determinación por la cintura y la besé con fuerza. No se resistió, y poco a poco fue respirando con mayor intensidad. Aquella mujer sabía como el vino, transmitía la humedad del aire y el sabor de la tierra, donde todo empieza y termina.

 

Finalmente, la giré suavemente, y ella apoyó sus manos sobre la parra. Le bajé los pantalones cortos que le marcaban los labios de la vulva y tiré de las bragas hacia abajo. Se le retorcieron sobre los poderosos muslos. Se la metí una y otra vez, y pude sentir el movimiento del mundo al rodar.

 

Ahí dándole caña para despegar desde los Rodeos. Es una metafora de follar.

 

Os preguntareis qué ocurrió con el dueño de la parra. Podría resumirlo con un viejo dicho: "los que están en una butaca sueñan con viajar. Los que viajan sueñan con una butaca". Pero es de justicia que sea más minucioso.

 

El anciano se presentó en su casa muchos días después de lo que yo esperaba, con una cara que denotaba desencanto entreverado con satisfacción. Había logrado algo añorado durante toda su vida y no hubiera resultado tan maravilloso, pero al menos ya no sentía la pesada carga del deseo, que ya es bastante.

 

No me equivocaba.

 

Relató cómo llegó al aeropuerto como en un sueño, sin padecer el habitual trato que allí le dispensan a todo hijo de vecino (esto es, a puntapiés) dado su estado de total emoción. Casi no pudo apreciar la silueta del pájaro metálico que le llevaría a tanta altura, ya que el diseño del aeródromo está pensado para ello (si los pasajeros pudieran detenerse a analizar el estado de esos cacharros pocas veces se montarían).

 

 

Ya en el asiento en que muy probablemente sería recibido por Satanás miró con embeleso a la azafata, jurando que era la más bella mujer que había visto en su vida. Se apretó el cinturón, y le resultó curioso que fuera tan rústico. Yo no me lo quito nunca, pero es una auténtica burla, comparable a que a un cosmonauta le facilitaran unas bombonas de buceador por si las moscas. Me comentó además con mirada alucinada lo muy tranquila que estaba la gente. Esto nos lleva a mi discurso sobre los pasajeros referido ud supra.

 

 

Te voy a decir yo ahora lo que te puedes meter en la boquita, rata irlandesa

Llegó entonces el colérico despegue. Confesó que le invadió el terror, y que tuvo la

certeza de que iba a saltar en pedazos. Pudo ver a San Pedro haciéndole preguntas místicas ante la reja dorada, y recordó partes de su niñez, resultándole hasta divertido lo extraño que resultaba que alguien como él fuera a morir en el aire. Le llegó a parecer irresistiblemente chic.

 

Cuando el aparato se estabilizó, le embargó una cálida sensación de plenitud. Como un niño en el escaparate de una juguetería, pegó la cara a la ventanilla, sin poder creer que estaba por encima de las nubes. Un mar helado donde restallaba la luz del sol, un lugar tan alejado de la tierra que en ese momento transformaba su status: ya no era un ciudadano más. Las leyes de la tierra no regían en la ingravidez, era un extraterrestre, un ángel, su vida estaba en un hilo hasta que aterrizase.

 

Si aterrizaba.

 

La llegada del carrito de las bebidas le produjo tal placer que apenas si pudo esperar su turno. Pidió un café con leche a precio de oro, pero valía la pena: la altitud le daba, a su entender, un sabor incomparable. Podéis imaginar mis aspavientos y gestos ante lo que ese majadero estaba diciendo, y lo que suponía para mí no sólo tomarse un tentempié ridículo antes de morir, sino también que fuera este un pequeño-burgués café con leche, una bebida deleznable.

 

Dadme vuestro dinero IDIOTAS

 

Todo maravilloso. Nuestro anciano se encontraba en la casa del Señor, atravesando las nubes y el aire helado.

 

Y llegó la tragedia.

 

Mirándome fijamente, con los ojos agotados arrasados por las lágrimas, retorció las enormes manos como nudos de una cuerda gruesa para acabar echando mano de un vaso del que bebió un trago de aguardiente. Fue un trago tan largo que parecía contener toda el agua del mar recorrido. Yo pensé que me hablaría de turbulencias, de un motor incendiado, de una tormenta inesperada. No fue así.

 

 

  • - Me quedé dormido. No desperté hasta que avisaron de que íbamos a aterrizar. Cuando tocamos tierra la gente empezó a aplaudir, pero yo estaba desesperado. ¿Cómo pude dormirme en un momento así? No pude ver el Teide desde lo alto, he desperdiciado más de la mitad del viaje más maravilloso que nadie puede realizar... no me lo creo...

 

Sentí pena por aquel hombre. No le pregunté por sus días en Tenerife. Cuando se recuperó levemente, me contó que dio unos paseos, sacó un billete de barco y tardó tres días en regresar. No volvería nunca más a volar.

 

Puse una mano en su hombro y sonreí.

 

 

  • - ¿Sabes porqué aplaudían?

  • - No. Imagino que es una tradición de los viajeros.

  • - Aplaudían porque habían salvado su vida. Igual que tú. Cuéntaselo a todo el mundo: has cruzado el océano en un cacharro de plástico pilotado por unos cocainómanos auxiliados por un ordenador con la memoria de una lavadora. Cuando mueras, haz que tus cenizas se entierren al pie de la parra, y los que beban el vino conocerán tu gesta. Ojalá pudiera yo dormir en un avión. Ahora debo irme, el exilio me reclama.

 

Nos dimos un apretón de manos como despedida. En ese momento, alguien entró en la sala. 

  • - Ah, mi sobrina.

 

Bajo el dintel, una mujer horrible, vestida de negro como un cuervo, se afanaba en limpiar de polvo las estanterías. Nada que ver con la mía.

 

Cuando se viaja en avión, sólo existen dos emociones: el tedio o el terror.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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23 Febrero 2011

OPERACION GALAXIA

 

Ya lo habréis notado: no tengo muchas ganas de escribir. Es pura vagancia, todo esto lleva un cierto trabajo, y a veces, por muy arduo que sea, el resultado no es el que esperabas.

 

El caso es que me da pena. Teníamos nuestras pequeñas tradiciones: el aniversario (de tres, uno celebrado), el cuento de navidad y al final del invierno "O Galo...". Es un fastidio perderse esas cosas, aunque sólo sea por charlar un poco con vosotros. Otras veces me justifico enfadándome y pienso que cuando yo me hundía el país no hizo nada por mí, así que ahora que es el país quien se hunde ¿por qué voy yo a preocuparme?.

 

No pocas provocaciones han faltado para decidirme a coger los trastos de matar, pero al final llegaba siempre a la conclusión de que todo va a la deriva y que sólo queda tiempo para sobrevivir, aprovisionándome de armas, alimentos y todas las gordas que uno pueda llevarse al huerto. Así ha sido siempre la vida del colonizador de los mares del sur, que no triunfa comprendiendo a los nativos y contándole al mundo las maravillas del su folclore, sino saqueando y sometiendo.

 

Ah, pero héteme aquí que todos tenemos un punto débil. Y el mío casi siempre es alcanzado a través de la televisión, ese invento glorioso que puede ser el camino más rápido al conocimiento del alma humana o un pestilente engendro que esparce basura y ponzoña allí donde se implanta, como es el caso de Tele 5 o el repugnante canal de televisión pública española, que no es ni un canal, ni lo es de televisión, ni es público, y menos aún español, sino la radiografía de los payasos enfermos y caducos que nos gobiernan de manera tiránica.

 

TVE apesta. Es maléfica y odia a las personas. Pervierte a los niños, se ríe de los trabajadores e infecta a toda la sociedad con el veneno de la frivolidad y da cobijo pagando con nuestro dinero a todo tipo de escoria: rufianes, canallas, chulos de putas y tiraniños.

 

El buque insignia de todo este imperio del mal es, ha sido y será por poco tiempo la serie "Cuéntame", paradigma del marxismo chic y brazo armado de los sectores más reaccionarios y poderosos del gobierno.

 

No vamos a dejar ni las bombillas. La cara amable del fascismo.

 

"Cuéntame" fue creado por las mentes criminales más pérfidas de la Secta precisamente cuando ésta se encontraba en sus horas más bajas. El el año 2000 se presentó este proyecto junto a otros muchos "a ver si colaba", juicio que por entonces se emitió sin demasiada fe, pues su intención y contenido eran tan burdamente tendenciosos que ni el más optimista de esos hijos de mala madre hubiera apostado un duro (de nuestro dinero) por él.

 

Para sorpresa de muchos, el PP, por aquel entonces en el poder y en su momento de mayor gloria, aprobó la salida al aire de una bomba de relojería que terminaría no sólo con ellos, sino con toda una forma de vida: aquella que se fundamenta en lo que da en llamarse "Estado Social y de Derecho". Como si no bastara con la continua propaganda del enemigo, que en sus peores momentos dominaba el 75% de todos los medios de información, el PP dio un balón de oxígeno y un proyectil de hidrógeno a los que habían llevado la nación a la ruina. Hoy como entonces, los del PP dejaban muy a las claras que son tontos de baba, y que no lo son más porque no entrenan.

 

Así las cosas, toda la maquinaria se puso en marcha, teniendo la Secta carta de naturaleza para hacer y deshacer a su antojo, regalándoles además todo el dinero que fuese merced gastar. Todo NUESTRO dinero.

 

Como única petición, el PP, como un padre arrobado por la emoción de ver al hijo pródigo regresar a casa, solicitó (rogó más bien) que se contratara a un guionista promesa de las Universidades españolas. Los canallas aceptaron, sabiendo que o bien sería de su cuerda, o lo harían de su cuerda, o, en el peor de los casos, lo anularían a razón de 5 guionistas contra 1.

 

 Antes de Cuéntame: "oh, cielos, voy a morir virgen de morreos"

Pues bien: ese guionista era yo. Trabajé en esa basura hasta el año 2004.

 

Y voy a usar lo mucho que se de este plan maléfico para intentar destriparlo y que no haga más daño ya.

 

Esto por diversos motivos: primero, que soy un ser humano. Frío, egoísta, a veces malo y vengativo, pero no tan perverso como para no mover un dedo cuando el hambre acecha a tantas y tantas personas. Segundo, porque soy Español, y sufro cuando nuestro país está en serio peligro. Tercero, porque la Ley Sinde está a punto de dejarnos sin uno de los pocos espacios de libertad que tenemos, y eso me aterra. Ahora o nunca. Gracias a los retrasados mentales del PP y a los buitres de CIU ya se ha aprobado. Si pasa lo mismo con la intención del Ministro de Justicia de que sean los fiscales los que instruyan los asuntos y decidan si siguen adelante o no esto sencillamente se habrá acabado. La tiranía establecerá de nuevo su sede en España, y esta vez para quedarse. Nadie podrá hacer una serie de "Cuéntame que ocurrió con la democracia". Nadie podría verla tampoco.

 Tras Cuéntame: "si sigue la racha, me opero de fimosis"

Hasta ese año 2004, se había desarrollado la primera fase del Plan Maestro.Una cosa suavecita, metiéndose con Franco que es algo que gusta al personal y de vez en cuando colar un poquito de aventuras románticas comunistas.

 

Pero llegado el 2004 y el ascenso al poder de ZP, se pisó el acelerador. Yo fuera (obviamente), Echanove dentro. Acelerador a tope y barra libre para Ley de Memoria histórica, heroicidades comunistas, Pera Ponce, etc...

 Y lo mejor es que es gratis, pagan los 45 millones de imbéciles de siempre

Hace cosa de un año se ha iniciado la tercera y última fase: tierra quemada.

 

A poco que uno haya seguido mi blog (pocos lo han hecho, no sin razón) y la serie en cuestión podrá ver cómo a cada burla o protesta mía ha seguido una respuesta enérgica de "Cuéntame" en el mismo sentido y dirección. En 2008 decía que Carlitos se ponía las botas gracias a los guionistas, y que de otra manera se nos moría virgen de morreos porque el chaval es más feo que un dos caballos. Carlitos se zumbó desde entonces a cantidades ingentes de caldorras, y al inicio de esta temporada ya hasta en pelotas de inicio.

 

A follar que se acaba el mundo!

Juanjo Echanove, famoso por la obra autobiográfica "El Cerdo", era objeto de mi furia desencadenada por su vomitiva costumbre de aparecer con su asqueroso torso desnudo y mazar con la Paquita. Le odio desde que se fue al Congreso de España cantando con otros TRAIDORES la "marsellesa", no muy lejos de donde valientes patriotas que defendían la libertad de este país, que sólo les había dado hasta el momento de su muerte hambre y calamidades, fueron fusilados cobardemente por la escoria francesa cuyas glorias cantan estos hijos de puta.

 

Como nos conocemos, y ellos si me leen, me pincharon de las formas más bajas que pudieron: su personaje llegó a comer con la boca abierta sobre un w.c. (lo que le va al pelo, por cierto) fornicando casi al tiempo con su puta. A través de ese majadero, convirtieron al P.C. en un grupo heróico, cuando en realidad se trataba de los sicarios envueltos en pana de Lucifer y su tradicional aliado el socialismo. Después arrastraron al lodo a la preciosa y maravillosa Aída Folch para convertirla en su hija, que terminaba liada con un mulato (actor y modelo español contra el que nada tengo) que interpreta a un franchute que viene a ser atacado por unos fascistas a los que da una paliza para terminar entonando... ¡lo habéis adivinado: la PUTA MARSELLESA!.

 

No fue bastante para provocarme. Ellos creían que sí, porque a fin de cuentas yo me marché debido a una desavenencia que ahora parece nimia: en interés de la amenidad y realismo, yo defendía que la evolución política de Carlitos debía llevarlo a la derecha más reaccionaria, creándo así todo tipo de conflictos con sus hermanos y amigos. Los creadores se negaron, pues su idea es y sigue siendo que los Alcántara sean un modelo a seguir, lo buenos, y todos los demás personajes debían ser los malos, los fascistas, torpes, feos y ruines. ¿Cómo se explica sino la desaparición de Don Pablo? Interpretado a las mil maravillas por José Sancho, que tendrá sus cosas pero me consta que es un tipo íntegro e incapaz de ceder al chantaje, su personaje simpatizante de Franco empezaba a caer demasiado bien, por mucho empeño que los guionistas pusieran en dejarle quedar como un cochero. Por ello se le despidió y en paz. Por otro lado, Irene Visedo, la peor actriz del mundo libre y única candidata a un Oscar hecho enteramente de estiércol, fue mantenida hasta las últimas consecuencias, y ello contra la voluntad del público. Su personaje, además de puta, idiota y heroinómana, era también comunista al salir de la cárcel, nadie sabe muy bien a santo de qué, porque lo único que motivaba al dicho personaje eran las trancas, y si era a pares mejor.

 

Primer desnudo integral de la serie. y si no al tiempo.

Por cierto, no hay más misterio en la marcha de Visedo que el vil metal. Y que la nueva está dispuesta a enseñarlo todo.

 

Me fui muy tranquilo, sabiendo lo que se venía encima y acariciando la idea de la venganza, porque por un lado nunca estuve acreditado como autor de ese bodrio y por otro conocía bien qué final querían darle. Y hoy, espantado por lo que viene sucediendo en el que era el mejor país del mundo, os lo voy a contar y que se jodan estos canallas.

 

"Cuéntame" es un mecanismo que se desarolla sin un guión previo: sus tramas son sencillamente manejadas desde Ferraz según interese en cada momento. Por eso se han saltado años y por eso se han contratado y echado actores en momentos determinados.

 

Así, por poner un ejemplo, hubo un episodio absolutamente forzado en la que los hermanos interpretados por Arias y El Gordo acababan llegando a la conclusión en 1974 de que debería hacerse una ley de memoria histórica. Ah, pero sólo en favor de los "rojos", unos luchadores por al democracia que mataron a diestro y siniestro en las checas, y que ponían el culito en pompa para que el gran falo soviético lo penetrara a gusto, llegando incluso a cambiarle el nombre a la Gran Vía por "Avenida de la URSS". Últimas noticias, bastardos: el muro cayó hacia el este, y la gente se venía escopetada para aquí, imbéciles, y no precisamente para ver vuestra puta serie.

 

Zombie 2011. Total pestilence.

 

Decia yo que se trata de un mecanismo de relojería que el Gobierno acelera o frena según convenga, pero la meta final está bien marcada, y este es el destino final de Cuéntame: LA VICTORIA DEL PSOE EN1982.

 

Así es. Ahí acabará la serie. Y tanto Antonio Alcántara, como su mujer, su hermano y sus hijos formarán parte del partido para entonces.

 

¿Lo de formar un nuevo partido después de reirse de UCD poniendo al excusa de que se portaron mal con Alcántara? Una cortina de humo para despistarme. No cuela. Véase como Suárez siempre ha sido el tonto útil del PSOE, que se ha permitido siempre ser condescendiente con él. "Oh si, el Primer Presidente", "todos lo queremos, un hombre de Estado". Claro, todo esto después de traicionarle, apuñalarle y chalanear a tope. Es como Uruguay en los mundiales. "Ah, si, Uruguay que ganó el primer Mundial, y luego ese otro en Brasil. Pero Nosotros sí somos cojonudos, somos Brasil y ganamos casi siempre. Y si hay que robar algún partido, PUES SE ROBA".

 

En este episodio, la policía asesina estropea la fiesta con su fascismo.

Vaya, y Gordo cabrón ha dejado el PC. Claro, si es que eran unos traidores a la República. Unos resesos. ¿Para qué coño vamos a ser comunistas si siendo del PSOE se puede robar, saquear, cortar la libertad de los demás siendo además elegante en el vestir? Todos al PSOE. Pero antes fundamos una mierda de partido satélite de Centro Izquierda donde Gordo Cabrón es el de la izquierda. Están fundando el PSOE. Y punto.

 

Toma ya, a Merche le ofrecen dar unos mítines en UCD (hace dos temporadas era analfabeta) y Antonio no le da permiso. Qué tio machista. Merche se va al PSOE, saca un resultadón y le da una lección. Y se lo lleva al PSOE, lo pone a hacer tareas domésticas y le regalan el Ministerio de Asuntos Sociales. Años después no nos deja fumar, ni beber, ni vernos películas por internet, ni comer mucho y tampoco follar con tías: sólo está bien en plan gays. Es España´ 2011.

 

El Politburó, serie limitada de 6 muñecos. Traje de guayabero troskista no incluido.

El hijo mayor lleva mucho tiempo siendo del PSOE, y el pequeño, que recuerdo se estuvo tirando a una niña bien de derechas (que es lo que viene siendo Imanol Arias) mientras sonaba "Viviendo en mi casita de papel", (lo que llevó a los contadores de sordidez a una sobrecarga total) va también de mahoísta desdentado. En mis tiempos los niños afortunados que salían en la Tv eran desde luego unos cabrones que trataban a la gente a la baqueta, pero sus caritas lucían en todas las carpetas de las niñas y a la más inocente caída de ojos había que echar mano de las consabidas sales.

 

¿Portada de la Super Pop o de Ortodoncias Hoy? 

Carlitos es un monstruo de feria y le sienta mal hasta el gimnasio, y no mojaría las bragas ni de Antoni@ San Juán, pero no importa: será un adefesio, pero es SU adefesio, programado desde la más tierna infancia para representar el fecho del Imperio Socialista (1968-1982).

 ¿Os gusta el personaje de Carina? hay que ver lo rica que está esa putilla, y lo jovenzuela que és. Seguro que le dais a la zambomba a tope pensandp en ella. Pero mejor parad un momento y observad el entorno en el que está: anda, qué curioso, pero si está saliendo de un mitin del Pc. Oh, pero si ahora sale de los cuarteles del Pc. Coño, pero si lleva un tanga del Pc. ¿Y ahora? ¿os gusta? pues os la estáis MACHACANDO CON EL PUTO CARRILLO.

 

¿No os parece mucha casualidad que se cargue tanto y tanto el guión con el puto comunismo?

 

En "Cuéntame" este ha sido siempre el final marcado, y ahora que las cosas se han puesto feas es hora de meter la velocidad final. Me dí cuenta porque la señal pactada era traerse otra vez al pilila mojada de Pera Ponce, que por cierto tenía un aspecto dantesco y asqueroso. Se ve que lo mantenían encerrado en el mismo sótano que a Cipriá Ciscard.

 

Esto se acaba: los índices de la serie dan pena, y los de ZP también. Toca un ataque suicida: si sale bien y todos recuerdan lo maravillosamente que nos fue a partir del 82, habrá ayudado a la causa por otros 4 años de bonanza (para ellos). Si no cuela, se nos habrán tirado un pedo final en la cara, cogeran la pasta y échales un galgo. Se irán cantando, por cierto, la marsellesa con el puño en alto. Pues ya sabéis donde os lo podéis meter.

 

Si, ya se que ahora la serie de mierda "14 de Abril, La República" os parece más tendenciosa, pero lo es a un nivel muy burdo. Todos los que vivían entonces están muertos o deberían estarlo. Ya han chupado los subsidios y toda esa mierda de homenajes que se les han brindado por ser tan inútiles de perder la guerra con toda la ayuda que les prestaron la Urss y la ineptitud de Franco. Esos Zombies tipo Carrillo no mueven a nadie, su serie es un bodrio que despista y se regodea en la suciedad en la que tanto les gusta hozar a esta carroña. Pero palidece ante la enormidad del proyecto "Cuéntame", donde los golpistas y terroristas son siempre de derechas y la buena gente del PSOE.

 

Pues os jodéis: la República era una mierda total y os acabo de reventar el final de la serie, puercos.

 

Si, ya se que debería haberlo hecho antes, pero me gusta que la gente llegue a sacar sus propias conclusiones, y mi sentido dramático se resiste a destripar finales, sobre todo cuando estamos hablando de la típica película conspiranoica de videoclub. Tan tópica que da escalofríos que sea de verdad, y que se trate de nuestra televisión y de nuestro país. Vaya final de mierda...

 

 CUÉNTAME CÓMO PASÓ.

Mientras nuestra nación se hunde, nuestras vidas se convierten en una carrera de obstáculos en la búsqueda de cobijo y alimento, nuestros cerebros y bolsillos están siendo colectivizados con las más pérfidas técnicas, ¿qué hacen los gordos del puro, los esbirros del poder? se pasean en patinete mecánico atiborrándose de comida y vino a lo alrgo y ancho del país que esclavizan. Y tienen el cuajo de grabarlo, emitirlo y cobrar por ello. Le llaman al programa "Un país para comérselo".

 

El Señorito en su cortijo.

 

 La nueva Jet-set. A nuestra costa.

Serán hijos de puta, si ya se lo han comido todo...

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20 Diciembre 2010

MARCO POLO

 

Un día normal en la vida extraña que llevaba de un tiempo a esta parte.

Estaba solo en Candelaria, al Sur de Santa Cruz de Tenerife, lugar donde las parejas de nuevo cuño se van a vivir para disfrutar íntimamente de su nuevo status.

Me hospedaba por unos cuantos días en el apartamento de un amigo que se había marchado en busca del viento a Lanzarote, animándome a disfrutar de su piscina y del sol que siempre lucía en Candelaria.

Era domingo por la tarde. No había parado de llover en todo el día, por primera vez en muchos meses. Un fuerte olor a café provenía del piso de abajo, y las luces de las habitaciones que daban al patio le daban al ambiente el aspecto y la textura de las primeras horas de un día laborable.

Debía analizar aquella paradoja. Examinando los hechos y las circunstancias, todo resultaba de lo más tranquilizador: había sobrevivido. Era rico. Parecía un tipo normal y como tal me había infiltrado en un grupo de lo más hermético hacia los de otra clase sin demasiado esfuerzo. Hasta mi vestimenta -una camiseta de Vans y unos pantalones vaqueros cortos, la propia de un anormal en estado relajado- denotaba calma y opulencia tropical.

Sagrado corazón de Jesús, si hasta tenía una placa... ¡una placa!.

Pero había algo que debo contar...

Todo empezó la noche del sábado, cuando varios de los que formaban ese grupo cerrado, hombres y mujeres de todos los rincones de la península destinados en Canarias por razones del servicio y, en menor medida, por el sentido de la aventura, disfrutaban en mi compañía, si es que eso es posible, de una fiesta en la piscina del apartamento, promovida por el propietario, que como he dicho se marchaba la mañana siguiente a Lanzarote.

Por muy vulgar que resulte, debo decir que en aquel momento, bebiendo una Tropical (es muy buena la cerveza canaria) en una tumbona, reflejando el vidrio verde las llamas de las teas imprescindibles en cualquier celebración que pretenda darse un aire tiki, no pude evitar pensar en las vueltas que da la vida, y que no mucho tiempo atrás me creía acabado. Trabajando en un maldito garaje. Y después el mar. Pero antes los estrados. Y mañana... barro y gloria, como siempre.

 

Me sacó de mi breve ensueño una muchacha de lo más pizpireta que disfrutaba precisamente de la vida en pareja de Candelaria. Nos animó a jugar a algo todos juntos. Inmediatamente, surgió el inefable "Yo nunca", pero como resulta muy violento llegar al trabajo el Lunes después de haber confesado un beso negro, declinamos la opción.

Finalmente, nos decidimos por sumergirnos en la piscina y jugar a "Marco Polo".

Empezó un joven corpulento con el pelo rapado, al que llamaremos C. De modo ceremonial, se le cubrieron los ojos con una tela blanca y fue colocado en el centro de la piscina. En silencio, los demás jugadores nos repartimos por los lados y comenzó el mantra.

"Marco...Polo...Marco...Polo...Marco...Polo...

C. se despertó tumbado boca arriba sobre una toalla, donde le habíamos colocado tras ver como al poco de iniciar la búsqueda, se iba quedando quieto y callado. Finalmente, comenzó a hundirse en una zona de escaso calado, como si sus piernas no le sostuvieran o, como algunos pensábamos, nos estuviera tomando el pelo. Sin embargo, su cara de desconcierto al despertarse no daba muestras de ello.

Cuando se hubo recuperado, contó que al poco de comenzar el juego nuestra voz le llegaba cada vez con más distancia y reverberación, como si hubiera inhalado un gas que indujera al sueño. Después le llegaron de manera cada vez más nítida otros ruidos, propios de una reunión en un lugar cerrado. Lentamente, se hizo la luz artificial, y el destello gradualmente se transformó en una escena que le resultaba familiar.

Estaba en su antiguo piso de la calle Hibisco, en la ciudad de G. No hizo falta que los adornos de la estancia delataran la fecha, pues inmediatamente supo que era la cena de Nochebuena. Algunos de sus familiares estaban dispuestos alrededor de la mesa del comedor que se usaba sólo un par de veces al año, bebiendo algo antes de empezar a cenar. Se encontraba demasiado confuso para determinar si los comensales se percataban de su presencia o no, pero esta sensación no era ajena a las cenas de Nochebuena que había vivido. Las ocho personas que allí se encontraban conversaban entre ellas, pero no con entusiasmo. En el ambiente flotaba, más que la tensión, un cierto grado de incomodidad, de necesidad de que aquello pasara pronto. Los primos pequeños jugaban con unos cochecitos debajo de la mesa. Su abuela, muy seria, intentó levantarse, pero una mujer se lo impidió. Entonces se dirigió a C. y le pidió que buscara el sacacorchos en la cocina, para que la abuela estuviera tranquila y no tuviera que levantarse.

Sintió entonces C. una punzada de temor tan intensa que eclipsó la certeza de que ellos sabían que estaba presente. Se quedó parado mirando a la anciana, que le ignoraba, y a la mujer que le había pedido el sacacorchos, que era su tía y ahora lo miraba fijamente pero con tranquilidad. C. notó que todos sabían lo que ocurría, todos menos él.

Lentamente, con un deseo infinito de librarse de la mirada de su tía, enfiló el camino hacia la cocina. Era un piso antiguo, muy grande, con un largo pasillo. Dio los primeros pasos en la oscuridad sin querer mirar atrás, sintiendo que los ocupantes del salón le miraban en silencio. Al fin, decidido a vencer el temor, recordó dónde estaba el interruptor de la luz del pasillo, y se dirigió con paso firme hacia la oscuridad para accionarlo y demostrar su entereza. Poco a poco, las voces del salón volvieron a oírse.

Llegó al interruptor. Contuvo el aliento antes de apretarlo. Funcionaba. Pero la luz mortecina que arrojaba la bombilla no era muy tranquilizadora. Y además le había permitido distinguir un movimiento furtivo al fondo del pasillo, cerca de la puerta de entrada a la casa. Allí existía otro salón, todavía más solemne que el de los comensales, que no se usaba nunca, donde se guardaban los recuerdos de la familia y se recibían visitas extraordinarias, como cuando vinieron los padres del novio de su hermana antes de que se casaran, unos años (¿cuántos años habían pasado?) atrás.

Había gente en ese salón de sillas tapizadas con damasco verde. La lámpara de araña estaba encendida. Hablaban en bajo. Le esperaban.

Imbuido por una valentía originada por lo irresistible, se dirigió a la estancia, en el extremo opuesto de la casa al salón donde los ocho clavaban su mirada en la anchas espaldas de C. Podía oírles hablar sin distinguir qué decían, pero con la certeza de que lo hacían para ocultar la evidencia de la vigilancia. Cruzó el hall y, aprovechando que éste se ensanchaba al pasar el dintel, se acercó a la pared derecha para ocultarse de las miradas rapaces. La puerta de la sala reservada tenía un cristal dibujado que dejaba pasar la luz al exterior. Enfrentado a su destino fatal, C. abrió esta puerta.

Ante sí, serenos hasta la perversidad, vistiendo sus galas de antaño, los participantes de anteriores Nochebuenas se disponían en otra mesa. Todos habían muerto años atrás, cada uno en años distintos. Le sonreían amablemente, sin duda conocedores de su situación. Tíos, abuelos, antepasados recientes le señalaron simultáneamente la única silla que quedaba vacía, en el centro de la habitación.

C. los miró uno a uno. Después, con mucha calma, se giró hacia la puerta de salida. Sin prestar atención a los vivos ni a los muertos, la abrió y salió al rellano. Una vez allí, consciente de la suerte que estaba teniendo, bajo velozmente los dos pisos que le separaban de la calle, no sin antes cerrar sin violencia pero con determinación. Su corazón palpitaba cada vez más rápido, temiendo lo que iba a pasar: tiró del pasador de la cerradura del portal, pero estaba cerrada con llave.

Arriba, alguien abrió la puerta.

Entonces despertó C. en Candelaria, relatando aterrado y lleno de tristeza lo vivido.

Dado lo temprano de la hora, y necesitando nuestro compañero unos instantes para recuperarse, decidimos continuar con el juego, convencidos de que la mala experiencia de C. se debía a alguna clase de terror acuático acentuado por el alcohol. I., bravo y descarado montañero leonés se ofreció voluntario, tomándose a chacota la experiencia de su amigo.

"Marco...Polo...Marco...Polo...Marco...Polo...

Al poco rato, I. yacía inerte sobre las aguas, boca arriba. Su larga cabellera negra se expandía sobre la superficie, como los zarcillos de una planta acuática. Rápidamente lo reanimamos sobre la toalla que antes sirvió para el mismo fin.

Atrapado en una inmensa amargura, que nunca antes había mostrado, pues era de natural jocoso, frívolo y mundano, I. relató lo sucedido sin acabar de creérselo.

Se encontraba en un precioso paraje desde donde podía ver el mar. La brisa otoñal, fresca y constante, llevaba la sal a su cara y notaba su sabor en los labios. El sol resplandecía justo antes de empezar a ponerse. Desde lo alto, contemplaba el batir de las olas mientras tocaba la hierba con sus pies descalzos. A pocos metros, un camino tortuoso que conocía bien llevaba hasta un pueblo cercano.

Nuestro amigo no sólo conocía el lugar, también conocía el momento. Había sido un día muy feliz, y con un gozo que llenó de calor su corazón miró a su izquierda. Tal y como la recordaba, su único y verdadero amor se encontraba sentada sobre una gran roca gris fumando tranquilamente un cigarrillo. Se miraron y le sonrió con ternura.

Como aquel día, los cabellos dorados de aquella mujer hermosísima reflejaron el sol, e I. sintió otra vez que su existencia había alcanzado el punto más álgido de dicha que nunca antes hubo sentido.

Y que nunca más sentiría...

Pues así como la luz solar fue ocultándose y encendiendo aquel pelo tan bello, I. fue consciente de que su amor se había perdido, y tan pronto recordó esta circunstancia, la corporeidad de la mujer se fue diluyendo, convirtiéndose y confundiéndose con el humo del cigarrillo, que rápidamente se llevó el viento, ahora mucho más fuerte.

Fue así como nuestro amigo se encontró solo, ante un paisaje que ahora le resultaba insoportablemente amargo. Había revivido el más doloroso de sus recuerdos, pero como bien sabéis los que habéis amado, lo que hizo derrumbarse en la oscuridad de pura tristeza y soledad no fue sino el recuerdo de los días felices, que siempre acechan...

Pocos voluntarios quedaban entonces para sumergirse en aquellas aguas y taparse los ojos, por mucho que pudiera tratarse de una broma bien elaborada (aunque los presuntos bromistas estuvieran absolutamente derrumbados, física y moralmente). Las chicas estaban algo asustadas, aunque les picaba la curiosidad. Fue precisamente la ideóloga del juego la que más requerimientos obtuvo, aunque se negaba con tanta timidez como tozudez.

Se me ocurrió entonces que, al igual que la marinería, las mujeres reaccionan a un estímulo un tanto variable: si se les obliga a hacer cualquier cosa, aunque sea en su propio beneficio, se negarán con vehemencia y esperaran la menor ocasión para romperle la crisma al "opresor". Sin embargo, ofrézcase ese mismo servicio a la oficialidad sin reparar en los marineros que en breve la reclamarán a voces, y la tendrán como el mejor de los tesoros.

Dicho y hecho. No bien nos habíamos peleado un jienense y servidor (de manera fingida) por la dichosa venda cuando la provocadora inocente de tanta angustia decidió con valentía ser la siguiente, lo que fue aplaudido de modo ridículo por los asistentes. Esta es su historia.

"Marco...Polo...Marco...Polo...Marco...Polo...

La luz se hizo en un gran piso, exactamente en el que B. vivía en la península. Estaba en la entrada, y se vio reflejada en un gran espejo antiguo. Vestida con un bonito traje de fiesta, peinada y maquillada primorosamente, con muy buen gusto. El piso también estaba dispuesto con objetos elegantes, y olía a limpio. Los grandes ventanales estaban entreabiertos, y las cortinas ligeras se mecían suavemente. Se asomó al balcón. La calle estaba en silencio y desierta. A lo lejos se oía a una bandada de pájaros.

La atmósfera era relajante. La temperatura, ideal. Se estaba haciendo de noche pero muy lentamente, como en los días de verano. Era esa hora que en gallego llamamos "o entre lusco e fusco".

Lentamente, B. recorrió el largo pasillo, admirando los cuadros, los jarrones con flores blancas y escuchando tan sólo el sonido de sus tacones al pisar el parqué. Reparó en sus zapatos, y le gustaron tanto que hasta sintió una ola de calor en su pecho propia de una satisfacción que alcanzaba la paz.

En la primera habitación que encontró abierta, había una estatua que representaba a un elefante, hecha de mineral azul, muy suave al tacto.

En la segunda se hallaba un pavo real con la cola desplegada. Se movía lentamente y sin hacer los ruidos repugnantes que normalmente producen estos animales, encaminándose parsimonioso hacia una gran terraza llena de plantas exóticas, indiferente a la presencia de B.

La tercera habitación, en la que B. penetró con naturalidad, era un dormitorio. Comenzó a desvestirse dejando la ropa sobre una cheslón que irradiaba lujosa decadencia. Hacía esto sin preguntarse porqué, de manera mecánica pero con pleno control, sin trance. El dormitorio estaba inundado de la preciosa luz del atardecer, mezclada con la que ofrecía una lámpara sobre la mesilla de noche.

B. terminó de desnudarse, quedando de sus galas tan sólo los pendientes. Empezó a quitárselos pero dándose la vuelta, mirando hacia la cama y su ocupante, que la observaba también.

La observaba fijamente, si, con unos ojos amarillos de negras pupilas que parecían inflamados de furia incluso cuando su dueño permanecía tranquilo. Y no era una barba lo que lucía en la cara, sino que estaba cubierta por un pelo largo y tupido, de color marrón oscuro, que se desparramaba por el torso que si parecía totalmente humano, muy desarrollado y fuerte. Las puntas de los cuernos, negros y listados, eran retorcidas. Los cascos de las patas asomaban entre las sábanas satinadas.

B. lo miraba sin miedo, y el macho cabrío esperaba con serenidad.

Serena e inerte flotaba la mujer en las aguas de la maldita piscina. Se recuperó enseguida, pero nos costó Dios y ayuda arrancarle la historia, que heló la sangre de muchos de los que allí se encontraban.

La pobre muchacha estaba roja como un tomate, y el jienense que previamente participó en la farsa conmigo, para evitarle mayores padecimientos, echó mano de la venda y se introdujo en el misterio. No fue hasta ese momento, en que notó la sincera angustia de B., cuando empezó a creer que realmente pasaba algo. Era todo un caballero, además profundamente católico, de modo que la sencilla mención del Oscuro le obligó a tomar el reto.

"Marco...Polo...Marco...Polo...Marco...Polo...

J. esta agitando un puchero de cobre en una vieja casa en la estepa andaluza. Agitaba con vehemencia para evitar que la miel, las almendras y el azúcar se pegaran al fondo. Estaba ensimismado en su trabajo, como si todo dependiera de que saliera bien. La lumbre provenía de las brasas de la leña, e iluminaba su rostro rejuvenecido.

Pareció pasar una eternidad cuando al fin la mezcla estuvo en su punto, momento en que con mucho cuidado la separó y dejó enfriar. Secándose el sudor de la frente con la manga de su vieja chaqueta se dirigió a una mesa tosca de madera, donde esperada un gran jarro de vino. Pensó J. entonces en beber un trago, pero no encontró vaso alguno y se quedó sin saber muy bien qué hacer, reflexionando al tiempo sobre lo extraño de la situación. Pero no bien hubo hilvanado el primer pensamiento cuando tres chicas de unos quince años cada una entraron en la estancia sin hacer ruido y sin que J. pudiera decir por dónde lo habían hecho.

Muy risueñas y joviales, cada una de ellas besó la mejilla de J., presentándose como sus primas, lo que éste último admitió como la cosa más evidente, sin plantearse que apenas un instante antes no sabía quienes eran. Pronto repararon en que su primo no había tocado el vino, y le conminaron entre risas a hacerlo aún sin vaso. Las jóvenes, agarrando al unísono el jarro que de pronto parecía capaz por su tamaño de contener el agua del mar, escanciaron directamente sobre la boca de J. un vino oscuro, con mucho cuerpo pero de sabor fino.

Tomado el trago, que pareció demorarse una estación, le cogieron de la mano sin dejar de reír y lo pusieron frente a otra mesa, tallada en una madera noble que presentaba en la superficie extraños dibujos. "Vamos a jugar a un juego antiguo", le dijeron en un tono que no admitía negativas.

Los bordes de la mesa estaban adornados con las letras del abecedario. En el centro había una copa, flanqueada a la izquierda por la expresión "NO" y a la derecha por "SI".

-Pon el dedo sobre la copa.

J. obedeció. Una vez hecho esto, las tres jóvenes le dijeron a la vez: "ahora elige con quien quieres hablar. En cada esquina puedes ver una figura: el diablo, la salamandra, la dama blanca y las almas errantes. Pero debes tener mucho cuidado, querido primo, pues todas ellas, a excepción de las almas errantes, son el demonio".

Sin poder reaccionar, J. notó una especie de corriente en la copa que empezó a moverse...

Fue toda una experiencia ver el enorme cuerpo de J. desmoronarse sobre la superficie del agua, provocando un ruido sordo. Por complicado que pareciese, llegó a darse un buen planchazo contra la superficie, pese a que no se había lanzado desde gran altura. Cuando volvió en sí, contó lo sucedido a regañadientes, dirigiendo improperios hacia la piscina y amenazando gravemente al posible culpable del envenenamiento de las aguas, que según sus sospechas podríamos ser S., anfitrión de tan particular jornada o aquí vuestro servidor, tachado habitualmente y de modo injusto (a veces) de gamberro.

Fue unánime la decisión de los que allí estaban -tanto de los que habían el efecto de las aguas como de los que no- de que debíamos ser el anfitrión y yo mismo los siguientes en penetrar en la piscina. S., promotor del evento, se reía nervioso y temblaba como una hoja al ponerse la venda. Se situó en el centro y dio unos pasos hacia nuestras voces, que le llamaban con el implacable

"Marco...Polo...Marco...Polo...Marco...Polo...

S, estaba en una calle desierta. Era de noche. Las farolas iluminaban la acera de un barrio residencial, y una suave brisa de verano mecía las hojas de las palmeras. Era extraño, pero de los pisos de los novísimos edificios no provenía luz alguna, salvo de uno que quedaba en la acera opuesta a donde él se encontraba.

Gracias al silencio de la noche, podía oír las voces que provenían de ese lugar. Las voces crispadas de un hombre y una mujer que discutían con vehemencia.

El hombre acusaba a la mujer de haber perdido algo, y ella se defendía alegando que era imposible que hubiera desaparecido porque lo había vigilado sin descanso. Cada vez hablaban con mayor desesperación y amargura.

Reparó entonces S. en que portaba una bolsa. Al abrirla, su contenido irradió un calor palpitante y abrasador, así como un destello hipnótico.

Supo entonces que no era si no el mismo quien se había llevado el tesoro de esas personas que ardían en el infierno del odio, y agarrándolo con energía se marchó calle arriba fundiéndose en la oscuridad, oyendo las voces que se iban perdiendo en las tinieblas...

También S. fue rescatado de su desmayo. Sólo quedaba yo.

Y fue de este modo como me encontré con un destino incierto oculto en lo profundo de mi alma, ansiosa de contar una historia tal vez terrible...

"Marco...Polo...Marco...Polo...Marco...Polo...

Se abrieron mis ojos de par en par a un paisaje ignoto. Yo estaba situado en una larga pasarela construida a gran altura, que comunicaba dos edificios con todo el aspecto de ser una penitenciaría.

A lo lejos, tras una exuberancia vegetal que muchos encontrarían sensual, se abría el mar inmenso, y en él una isla envuelta en la bruma. A los lados, grandes laderas verdes eran acariciadas por la niebla, que de modo constante eran atravesadas por inmensos aviones que tomaban tierra suavemente.

Tomé aire profunda y lentamente. Sobre la pasarela que separaba la libertad del cautiverio, a los vivos de los condenados y al cielo del infierno, contemplando un paisaje que no me parecía sensual sino obsceno, no sentía nada.

Ni felicidad ni tristeza. Ni odio ni amor. No me encontraba liberado ni asomaba la nostalgia. Al igual que cuando abrí la puerta siguiendo a C., al mover mis alas para agitar el viento que dispersó al amor de I. Lo mismo que al contemplar desde la cama la desnudez de B., la misma nada que sentí al mover la copa de J., y con la misma indiferencia con la que deposité esa bolsa en la mano de S.

Ocho meses atrás, en mi casa y en mi ciudad, me puse una venda y penetré en el mar. Desde entonces, todo era un juego. Nada importaba. No tenía sentimientos de ninguna clase. Sólo paz, y un tibio olvido.

"Marco...Polo...Marco...Polo...Marco...Polo...

servido por kungfu-master 3 comentarios compártelo

15 Septiembre 2010

LOS RIOS DE LA VIDA

Resulta terriblemente difícil relatar los aspectos y avatares más comunes y sencillos de la existencia humana: a todo el mundo le ocurren no sólo alguna vez, sino a menudo. Todos sabemos lo que pasa, reconocemos sin sorpresa cada pequeño detalle y desechamos por vulgares los que el narrador, que bien podríamos ser nosotros mismos, intenta vendernos como algo íntimo y propio.

                        Así es como la gente crece, como evoluciona, como involuciona, se llena de cicatrices o de medallas, sobrevive y normalmente muere. Es aburrido, no se pueden crear historias basadas sólo en eso: podrían iniciarse así, o puede que terminar como consecuencia lógica de otros actos, estos si fascinantes. Paradójico: nadie puede moldear una historia convincente con el barro mojado por el agua de los ríos de la vida...

                        Intento mantenerme tranquilo llenando mi cabeza con estos pensamientos mientras el avión va a aterrizar en el aereopuerto sur de Santa Cruz de Tenerife. El piloto nos regala un rodeo para que contemplemos la hermosa silueta del volcán. Lo miro pero su grandiosidad no me conmueve, no me distrae de la emoción salpicada de angustia que me produce encontrarme de nuevo con alguien que hace tiempo que no veo y que espera bajo el volcán.

                       

 Me llamo José Manuel García, pero todos me conocen como Yet. Tras casi un año sin tener noticias suyas (al menos fidedignas), voy a encontrarme con Kung Fu Master.

                        Si es que sigue vivo.

                        No hay una sola prueba sólida de ello. Si, su blog se reactivó, pero bien pudo ser cualquiera de sus clones o herederos los que llevasen a cabo la obra, que era como siempre pero algo diferente. Como un jugador de póker que hubiera perdido un brazo y volviera a las mesas con un implante robótico: el juego sería igual, pero muy distinto también.

                        Los rumores son descabellados. No lo serían en cualquier otra persona, pero sí en KFM. Muchos cambian de manera forzada o voluntaria todos los aspectos de su vida. Viajan en avión, se van a las islas, se enrolan en la función pública. Abandonan para siempre sus ciudades de origen. Lo pasan mal, se encogen de hombros y se olvidan.

                        Pero KFM jamás hizo nada parecido. Contaba en la lejana Vigo sus viajes en avión en la juventud como si se trataran de odiseas espaciales de las que a duras penas hubo sobrevivido. Despreciaba profundamente el servicio público y se reía a mandíbula batiente de los que nos dedicábamos a él. Pero por enima de todo despreciaba "todo el montón de estiércol que rodea Galicia y sus nefandos habitantes", frase que dirigía tanto al resto de la nación (que por otro lado defendía a sangre y fuego contra cualquier nacionalismo) cómo al resto del universo mundo.

 

 

                        La soledad luminosa con la que me recibe el aeropuerto, tan propia de un domingo por la tarde, me produce cierto alivio. No está. Sin duda he concertado una cita a base de mensajes sms con algún fanático, nostálgico o charlatán que me ha proporcionado una semana de vacaciones. Sin embargo, los miembros de la banda que fue dirigida por aquel hombre, hoy todos dispersos a lo largo y ancho del Estado, decidimos que alguien debía comprobar si seguía vivo, si era él quien realmente emitía señales desde la distancia.

                        Cruzo el aeropuerto desierto. Espero en la cola del autobús, formada por unos cuantos británicos desnutridos, que me llevara a la casa de Bofill Blancu, otro miembro de aquella hermandad destinado desde hacía dos años en la isla. Se había mantenido silencioso en torno al affair KFM, pero Bofill Blancu era silencioso con respecto a casi todo. Un joven desgarbado y con el pelo como un cepillo, con las puntas teñidas de rubio, pretende obsequiarme con un mapa de la isla, de esos que llevan publicidad al dorso. Cuando extiendo el brazo para cogerlo, mi muñeca es interceptada por una mano firme y notablemente bronceada.

- No cojas eso. Los plátanos te lo dan para que termines en lugares horribles.

 

Aún no he podido salir del estado de shock cuando el que parece es KFM ruge

unas imprecaciones al joven que huye quejumbroso. Le llama yeray. Se le queda mirando con el único ojo que le queda sano (en el otro luce un parche que la última vez no estaba ahí) y termina por decir:

 

- Jodidos yerays. Son una peste.

                     Es él, no cabe duda.

                       

 A lo largo del trayecto que nos llevará a la capital, situada al norte, no hay efusividad. La conversación es escasa y algo incómoda, aunque cordial. Mis preguntas referentes a su estado y trabajo son contestadas de manera parca, como si quisiera quitarle importancia al tsunami que derribó su status quo. Como para mantener el equilibrio, KFM gruñe sin fingir siquiera interés cuestiones sobre los demás miembros del grupo y sobre mi viaje. Me felicita por haber sobrevivivo al trayecto en avión. Parece el principio de una película de vampiros en la que Dracula, que aún no ha mostrado su condición monstruosa, pretende ser un buen anfitrión.

 

                        A este respecto, es notorio que los escritos e incluso los chapuceros videos de KFM reivindican la iconografía y herencia de grandes mitos masculinos de la ciencia ficción y aventura, como son Bruce Lee, Dracula, Spiderman, Harry el Sucio, Darth Vader o Lupin III. Da la impresión de que esta mezcla ha cristalizado en la isla y la persona detrás de la máscara, de los escritos y de los videos ha desaparecido definitivamente. Antes de llegar observo inmensas plantaciones de un árbol que me resulta familiar.

- Son bananos.

- Creo haberlos visto en Galicia.

- Si, los hay. Recuerdo uno muy hermoso en Hio, delante del muro de una casa de veraneo. Pero allí...

- Allí...?

- Allí no dan fruto. En Galicia nada da fruto.

          No ha querido seguir hablando de Galicia.

Galicia lévase no corazón

 

            En la Estación nos espera Bofill Blancu. Se le ve en buena forma y notablemente más relajado que KFM. Tal vez pueda decirme algo a solas. Ambos le miramos sonrientes antes de bajar y pensamos en lo reservado que ha sido siempre. Se le puede contar cualquier cosa, la escuchará, dirá algo con cierto sentido y sin duda lo mantendrá en secreto, pero nunca expresará una emoción humana al respecto: sin ira, sin tristeza, sin palabrotas. KFM no deja de sonreirle a través de la ventanilla y mantiene el rictus mientras me dice:

- Bofill es ahora un hombre muy rico. Ha conseguido sobrevivir aquí y conoce bien a los canacas, hace tratos muy beneficiosos con ellos.

            ¿Canacas? Habla de los canarios de una forma extraña. Trato de no darle importancia al apelativo y comento lo lejos que queda el tiempo y el lugar en el que Bofill trabajaba como un esclavo en una bocatería.

 

- Oh, ahora se ha vengado de esos gordos. Es tan rico que se gastó 50.000 euros en viajar a 1983.

- ¿Qué?

- Se gastó 50.000 euros en pasar un solo día en 1983.

- ¿Por qué iba a hacer eso?

Me miró entre sorprendido y molesto.

- Porque es rico y porque deseaba viajar al pasado.

- Ya, pero pudiendo elegir cualquier año de la historia del mundo, ¿cómo rayos iba a elegir el 83?

 

      Otra vez la incredulidad, un resoplido y finalmente las palabras, cuya entonación estaba entre lo didáctico y el responso.

 

- Porque añoraba a alguien que quería ver una vez más.

- Entiendo, alguien fallecido.

- No. Nada de eso. Si hubiera fallecido no sería necesario verla por última vez.

- De verdad que no lo entiendo.

- En esta isla aprenderás que sólo los pequeños detalles son capaces de cambiar las cosas, de alegrarte o de hacerte daño. Todo lo demás es supérfluo: la distancia, el océano, las estaciones (o su ausencia), el trabajo, las relaciones prematrimoniales... todo eso que en Europa es tan importante aquí no importa un carajo. No vale nada, no influye en nada. Todo hijo de vecino aquí tiene una historia de mierda que contar, sea canaca o sea haole...

- ¿Haole?

- Blanco. Todos dejan atrás muchas cosas que ya no importan, ni siquiera existen. Pero los detalles, los momentos... esos son los que mueven este mundo.

 

            Definitivamente, un jugador con un brazo metálico se había unido a la partida. No pude reprimir un comentario jocoso mientras bajábamos para rasgar la tela de la locura.

 

-Bueno, al menos espero que haya disfrutado en 1983.

-Volvió destrozado. Los recuerdos son asesinos.

 

            Saludar al aséptico Bofill apenas removió mi congoja. Dejamos el equipaje en su casa, un piso funcional decorado con detalles de las islas y fuimos a comer algo a un pintoresco restaurante vietnamita. Para llegar a él cruzamos las líneas del simpático tranvía que lleva desde la estación de autobuses a La Laguna, hermosa villa que fue capital de las 7 islas afortunadas.

 

- Presta atención a ese maldito caballo de hierro o acabarás hecho cisco. El otro día tuvieron que recoger a un herreño de las vías con una pala.

                        Confirmado, era él.

                        Por suerte, Bofill se mostró de lo más parlanchín durante la comida, servida por los que me explicó eran las nietas del dueño, un vietnamita que se había establecido en Tenerife en los 70. Las muchachas tenían hermosos rasgos asiáticos, pero hablaban un perfecto castellano con el precioso acento canario, porque se habían criado allí. Resultaba algo muy curioso, pero lo fue todavía más el escuchar a KFM pedir sus platos en un jerga que pretendía ser vietnamita. Miré espantado a Bofill que se encogió de hombros y buscó con la mirada el cadencioso movimiento del pelo negro como el azabache de la camarera. Estaría acostumbrado a las chifladuras del que fuera nuestro líder, ahora víctima sin duda de un grave estrés post-traumático.

 

 

                        Casi en el postre, me decidí a preguntarle a KFM cómo había terminado en Tenerife, y sobre todo en la plaza de trabajo que ocupaba. Me contestó con desgana, algo molesto.

- Sencillamente la persona que debía ocupar esta plaza y me superó por milésimas en el exámen... decayó.

- ¿El exámen médico?

- No. Le dieron kai-kai.

Bofill se refugió de nuevo en el pelo de la muchacha.

- ¿Cómo que Kai-kai?

- Voy a empezar a pensar que no sólo eres un pequeño burgués, sino que además eres un irresponsable. Kai-Kai, ¿cómo se puede venir aquí sin saber que es?

- Pues no lo sé, dímelo de una vez y en castellano si puede ser.

 

                  Tras poner los ojos en blanco y levantar los brazos como pidiendo ayuda al altísimo, lo soltó.

 

- Se lo comieron. Eso es Kai-Kai.

- ¿Se lo comieron?

- Si, eso es.

- ¿Quiénes?

- Pues los nativos, claro.

- ¿Qué se lo comieron los canarios?

- Eso es. Kai-kai.

- ¿Pretendes decirme que en Tenerife se practica el canibalismo?

- Bueno, en zonas del norte, por la playa del Bollullo. No en todas partes.

- Y se lo comieron, así sin más.

- No, no sin más. Le pusieron mojo verde y lo acompañaron con patatas arrugadas.

- Serán papas -intervino Bofill-.

- PATATAS. Se dice PATATAS -aulló KFM-.

- En resumen, si vas a la playa del Bolluyo te pueden comer los vecinos -dije, intentando que sonase serio y por ende ridículo-.

- Sólo si eres un mierda -remachó KFM-.

 

            Esa noche me costó conciliar el sueño, pese a lo cansado que estaba. El grado de locura de KFM le permitiría vivir medianamente bien y desarrollar con cierta desenvoltura su peculiar trabajo, pero me daba pena que hubiera perdido el norte -nunca mejor dicho- de una forma tan radical. Pero así es la vida, que cambia de un día para otro, nos arrebata todo lo que tenemos, nos sitúan en otro mundo y aún encima no nos da el privilegio de poder contarlo, porque casi todo el mundo pasa por estos cataclismos y no se conmueven por el relato ajeno. Y entonces sólo quedan los recuerdos, los detalles, el pequeño rastro de sangre en la nieve dispuesto a delatarnos y hacer camino para la aniquilación final.

            Al día siguiente conocí la playa de las Teresitas, donde un viento inclemente hizo volar a la arena que se nos pegó al cuerpo, llegando a penetrar en las fosas nasales y oídos. KFM dijo muy tranquilo que aquello era debido a que no nos encontrábamos en una playa, si no en una construcción artificial que se desmoronaba como "un decorado barato" ante el empuje de las fuerzas de la naturaleza. Una vez más, busqué la ayuda de Bofill Blancu, que terció explicando que si uno se subía a una tumbona, el problema estaba solucionado. Luego se quedó callado, con un silencio que rivalizaba con el de Dios. KFM llevaba el parche en el ojo contrario.

 

            Para cambiar de tema, sugerí una excursión a las demás islas. Mi anfitrión, que iba enseñando los colmillos de la locura, me miró con incredulidad.

-¿A que isla quieres ir?

- No sé, al Hierro que es tan exótica

- Los bimbaches dejarán tus huesos pelados

- Pues a La Palma

- Ja! Los Benahoaritas surgirán de la lluvia y se fabricarán monederos con nuestra piel.

- Está bien. A Fuerteventura o Lanzarote.

- Maxos. Hacen buenos quesos...

Aleluya.

- De grasa humana.

- Y en Gomera...

- No se silbo.

- Pues a Las Palmas

- ¡No digas eso en alto! ¡aquí los odian y se no echarán encima con sólo pronunciar ese nombre!

 

Lo que sobran son imbéciles.

Mandé al diablo la idea de cambiar de isla. Al poco rato KFM decidió tomar un baño, y al socaire de ello gritó e hizo aspavientos a unos niños para que despejaran la orilla. Aproveché entonces para dirigirme a Bofill y ver si compartía mis temores.

- Efectivamente, no es el KFM de siempre. Le ha afectado alguna fiebre tropical, mezclada con el equipaje tan terrible que se ha traído de la Península.

- ¿No podemos hacer nada?

- No, me temo que no. Tendría que volver a su casa, y allí no queda nada ya. Sus amigos se han ido, su familia ha muerto hace años. No hay amor que le cobije, todo ha desaparecido. Y finalmente, ha desaparecido él.

- Y ahora...

- Ahora cree que es un explorador en tierra salvaje, que está en los mares del sur rodeado de caníbales. De alguna manera, es bueno para él y para su trabajo, le conviene estar en guardia. Vive una aventura. Es mejor que darle a la botella.

 

 

            No me había parado a pensar en ello. Podría ser bueno para su trabajo y hasta pasárselo en grande, pero no hacía tanto era un hombre civilizado que paseaba por las calles de su ciudad sin confundir un autobús con un mamut. Me daba mucha pena.

 

- Es peor de lo que parece. Ha llegado a decirme que viajabas en el tiempo.

           

            Bofill miró al horizonte, donde un barco rápido cubría la ruta (prohibida) hacia Las Palmas.

 

En Tenerife Clipper es el refresco nº 1

 

- Eso es verdad.- dijo, con una tristeza infinita.

                        Para entonces, KFM se estaba secando y yo estaba decidido a ver cómo terminaba la tragicomedia.

- ¿Has decidido dónde ir, godo?

- Al bollullo. Quiero ver a esos caníbales.

- Muy bien. De algo hay que morir. Esta noche nos cebaremos bien.

 

                        Así fue. Una vez más, pasé una noche toledana pensando en que dos personas muy cercanas a mí habían sido llevadas muy lejos no sólo de su casa, si no de su propia consciencia y ahora eran dos caricaturas hiperbólicas. No obstante, mi aprecio seguía siendo el mismo, y me emocione recordando una noche de Octubre en la que celebrábamos, allá muy lejos, en Vigo, algunas conquistas amorosas. KFM me pasó la mano por el hombro y, como fuere que no hubo entrado en los detalles de la suya, me explicó el porqué de su desidia: "esto le pasa a casi todo el mundo alguna vez. Pero lo contrario a todo el mundo muchas veces, y entonces no hay nada que contar, todos saben cómo termina la historia. No se forman buenas historias con el barro mojado por los ríos de la vida".    

            Tras una hora de silencioso trayecto, llegamos a la impresionante playa del Bollullo. Se bajaba desde un mirador semiesférico de roca negra que abarcaba la inmensidad del mar azul. Las olas rompían furiosas casi en la orilla, salpicada de salientes traicioneros. Para llegar a la arena oscura había que bajar un buen trecho de escaleras.

 

            Nos sentamos en silencio, notando las gotas de espuma en la cara. Un decrépito vendedor de souvenirs se nos acercó tambaleante. No me sorprendió que KFM sacase de su macuto un inmenso revólver con el que le apuntó firmemente.

-Un solo paso más y te vuelo la cabeza, maldito cafre.

 

            El vendedor se alejó sin decir ni una palabra, pero dedicándonos una mirada llena de rencor y que anunciaba represalias. A lo lejos, unos chiquillos jugaban con unas conchas.

-Crees que me he vuelto loco, ¿no, Yet?

- Si. No pasa nada, no se lo diré a nadie, pero creo que has perdido la cabeza.

- ¿Qué importancia tienen eso?

- Supongo que ninguna.

-Supones bien. Absolutamente todo es susceptible de ser perdido por los motivos más peregrinos. Incluso sin motivo. ¿Para que molestarse entonces en aferrarse a nada, cordura incluida?

No dejaba de tener cierto sentido. Le sonreí con ternura.

- Tu déjame divertirme un poco antes de que todo vuelva a esfumarse y no te amargues.

- Así lo haré, Pike.

 

KFM sonrió tímidamente y me advirtió con paternalismo:

- No debes llamarme así ya. El hombre que se llamaba así desapareció como mi ojo.

- Oh, vamos. Tienes el ojo perfectamente. Te has cambiado de sitio el parche constantemente y...

Mientras hablaba, se había levantado sin dejar de sonreir el parche.  Debajo se encontraba un ojo apagado, justo en mitad de una cicatriz que empezaba un poco más arriba de la ceja.

- ¿Como demonios...

- Ya te he dicho que la realidad no importa aquí. Lo que crees, si está basado en este mundo de mierda, sencillamente no vale nada. Llegar a este conocimiento a mí me costó un ojo.

"Fíjate bien. Todo aquí está pensado y construido para que te sientas como en casa. Hay avenidas, parques y paseos llenos de árboles preciosos que se parecen a los de casa pero son un poco distintos. Hay centros comerciales y calles, hasta portales que recuerdan vagamente a otros en los que has estado. Pueblos parados en el tiempo para que recuerdes aquellos veranos cuando eras joven, cocederos de marisco cuyo olor penetra en el alma y te hace rememorar otros momentos pero olvidar también dónde estás. Los "autóctonos" se centran en en folclóre y lo muestran gustosos para que te despistes.  Incluso las playas tienen la arena amarilla y una muralla de rocas para que el mar no te golpee. Pero es artificial. La arena está traída del desierto, debajo está la roca viva. Y las olas te golpean cada vez más fuerte porque la barrera no puede aguantar la inmensidad del océano. Está en su bandera, pone "OCEANO" y tratan de decírtelo. Esto pertenece al mar oscuro, y al volcán que un buen día destruirá su propia obra. Pertenece a los Menceyes y a sus guanches que observan desde las montañas, que bajan con la niebla y devoran a los incautos. Puedes hacer un carnaval, puedes organizar concursos de travestis o atragantarte de gofio pero al final la naturaleza, que a ti te parece tan hermosa pero es tan despiadada e indiferente, la naturaleza nos comerá a todos. Hasta entonces, sólo podemos divertirnos al resistir en vano."

 

 

Era una lección demasiado extraña y demasiado peligrosa de aprender. Necesitaba asumir todo aquello, de manera que caminé por la orilla sin saber muy bien si debía compacer a KFM o seguirle hasta la muerte. Los niños de la orilla seguían jugando con las conchas. Una niña de unos nueve años, con el desparpajo propio de los chicharreros, comenzó a tocar con una flauta blanca los acordes de "A rianxeira", himno oficioso de los gallegos y que, muy lejos de casa, nos hace un nudo en el estómago. No se cómo podía aquella chica saber que éramos gallegos. Me acerqué a ella para preguntárselo una vez que terminara la tonada. Era digno de ver con qué habilidad sus dedos se movían por los orificios practicados en la flauta...

Una flauta tallada a partir de un fémur humano.

 

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17 Agosto 2010

LOS DIOSES DE LA PESTE

 

 

 

                Como decíamos ayer...

 

            En el episodio anterior, recorría bronceado las calle de la capital de una isla tropical dispuesto a tomar mi clase diaria de kung fú shaolin cuando la portada una revista me hizo paralizó, y, alabado sea el señor, me he detenido delante de muy pocas publicaciones que no fueran la portada ridícula de algún diario deportivo o uno de esos pasquines soft core que muestran a una putita en cueros hablándonos de sus sueños y esperanzas para el futuro.

 

            Bien, pues esta vez me detuve ante la portada de la revista "Tiempo". En primer lugar, sentí un fuerte escalofrío, como si alguien pisara mi lápida o hubiera visto un fantasma... pero, ¿seguían editando "Tiempo" en el año 2010?... y lo que era todavía más abracadabrante: ¿quedaba alguien en lo inmenso del orbe que leyera algo tan sumamente reseso y caduco? Maldita sea, yo pensaba que las revistas de (vamos a llamarle algo) política habían pasado a la historia con las chorreras, los alfileres de corbata y la zarzuela. Tal vez en aquella isla quedasen restos de lo que un día lejano inundaba las estanterías de los kioscos, robándole sitio a la pornografía, el balón y las revistas de consolas. Si, eso sería. Intenté no pensar y aterrarme con la idea de que un "Blanco y negro" estuviera por ahí suelto y caminé hacia el dojo.

 

            Una vez allí, y al encontrarme el Maestro disperso y melancólico, me preguntó por el origen de mis cuitas, relatándole yo lo ocurrido. Como es costumbre entre este tipo de gentes, me aconsejó a base de fábulas confusas en las que al final uno es siempre el culpable de sus propios problemas, que deben apartarse sin pensar demasiado ni hacer fuerzas. Y en todo caso, si eso no funcionaba, pues a hostias, que así se arregla todo en la vida.

            Lo que no sepan estos chinos...

 

            Así que realicé mis movimientos, me acicalé y regresé a mis aposentos, no sin antes pasar por la morada del miedo.

 

            La revista seguía allí. La observé desafiante, y leí su portada. Ahora voy a contaros lo que allí se encontraba, y sé que es difícil de creer, pero que me ahorquen si no se trataba de lo que sigue:

            En unos jardines soleados, probablemente los de la Moncloa, posaban sonrientes Zapatero, Loquillo, Carmen (se que es Carme, pero lo escribo así por fastidiar) Conessa, la cantante de Amistades Peligrosas y Sito Pons. Debajo de ellos un titular que helaba la sangre: "Los cincuentones que lideran España". Tócate los cojones.

       Pero los dos cojones

     Por supuesto que no compré esa mierda de revista, porque creo que es uno de esos objetos embrujados que los tocas y las manos se te crispan y arrugan, te sale caspa y se forma un chaleco de punto alrededor de tu pecho. O te crece un pantalón de  pana marrón y de repente estás cubierto por una fina película de polvo y grasilla que te da un aire rancio... que te vuelve Rafa Torres, abreviando.

 

Geyper-Man Rafita Torres: vístelo con los complementos más aburridos del mundo!

 

            Lo que si hice para documentarme fue entrar en la web de "Tiempo" (si, tienen página web. De verdad que yo no sé de dónde carajo sacan el dinero. Además es imposible, es como si Fernando el Católico tuviera facebook), pasando mucho miedo y risas también. Bien, vamos a hacer una muy breve presentación de los "cincuentones" que "lideran" "España" antes de comenzar:

 

Zapatero es el tipo que vive en la Moncloa. Y no empecéis ya a llamarle esto y aquello. Que si "chorizo" que si "inútil"... vamos, vamos, no hay que ser hipócritas. Si vosotros estuvierais ahí seguro que mangabais hasta el papel del w.c., que sois más perros que Niebla. Y podéis estar contentos de que no lo sea yo, porque iba a morir un montón de gente. Así que la próxima vez que ZP os baje el sueldo, os suba los impuestos u os traslade a un puesto de importancia en la puta calle, pensad que si yo fuera presidente no habría calle. Además, Zp tiene una gran ventaja: es amigo de unos tipos a los que el resto del mundo odia. Ahí está, el clásico baboso cuatro ojos resentido que no aprobó ni gimnasia en 1º de BUP, al que todos detestan y marginan. Que feo es eso. Pues ahí está el tito Zp que le da un buen puesto para que se pueda vengar. Una tía gorda inmunda que además es imbécil y que no vale ni para abono de los campos. Zp al rescate: Ministra. Los últimos serán los primeros.

            Y para terminar, es un tío tan humilde y sacrificado (la revista dice que corre todos los días 10 km, pero han tenido que arrancárselo a golpes. Lo que no han conseguido que confiese es que los corre arrastrado por unos ganchos, porque si no no se explica esa figura desastrosa que luce), que lo ha hecho fatal a propósito para dejar bien a Felipe González. Pensad en eso y dejad ya de protestar con que "no tengo trabajo" o "no llego a fin de mes", antipatriotas.

            Loquillo... este es un tipo que cada día está más gordo y que lleva 20 años sin vender un puto disco. Pero mucho cuidado, que el último que vendió sonó en todas las gramolas de país. Luego intentó dárselas de poeta, y tras las consabidas recopilaciones ("Lo mejor de Loquillo: Cadillac Solitario". "Loquillo, grandes éxitos: Cadillac Solitario". "Temas inéditos y rarezas de Loquillo: Cadillac Solitario". Bonus Track: "Cadillac Solitario") de las que salió escaldado, decidió imitar a otros indeseables como el autoproclamado "rey del pollo frito" y arrimar la cebolleta al poder. Y una vez más, preparaos para dar las gracias, porque Loquillo participó en la campaña del 2005 por el SI a la Constitución europea, prestando su imagen burlona y su voz chulesca para la lectura de los artículos que asegurarían nuestra esclavitud eterna. Gracias a Zp, que lo escogió, el proyecto de esa repugnante carta magna se fue al garete y por eso hoy aún podemos huir al resto de Europa.

 

Nenaaaaaaaaaaaaaaaaa

 

 

            Carmen Conessa: como antes decíamos, la canción más conocida (corrección: la única canción conocida. Segunda corrección: la única canción) de Loquillo trata de un tipo borracho y deprimido en el asiento trasero de un Cadillac. En un determinado momento habla de "la última rubia que vino a probar el asiento de atrás", justo antes de emitir el archiconocido gritito de "nenaaaaaaaaa", uno de los momentos que más vergüenza ajena te hacen sentir en la historia de la música... Te hace pasar casi tanto bochorno como "Teen Wolf", y os aseguro que esa película te sube los colores a la cara. Bueno, no divaguemos. La rubia del asiento de atrás era Conessa. Una actriz que fue conocida en los 80. Bueno, en el 87 y 88, nada más. Hacía una serie de esas que Pilar Miró te obligaba a ver a punta de pistola, se llamaba "Chicas de hoy en día". ¿No os acordáis? Oh, vamos. Era la clásica serie (original 100 % de TVE, nada de copias de USA) en que dos chicas buscan trabajo de actriz, pero como no les sale pues se dedican a ser camareras, bailarinas... ¿a chupar sables?...no, creo que no. Como mucho en algún giro del guión inesperado las tomaban por putas, pero luego todo acababa bien. ¿Os acordáis ya de la serie? La ponían los viernes de noche, Pilar Miró os apuntaba con su Mauser y salían una morena (que era un calamar) y una rubia dientes. No estaba mal. ¿Seguís sin caer? Pues ahora LIDERA ESPAÑA payasos.

 

Dientes y Calamar, los lectores. Lectores... las manos quietas

            Quien me queda... ah, si, Sito Pons. Bueno, Sito es en primer lugar un mentiroso, porque yo lo recuerdo de cuando ganaba títulos y no iba en moto, iba montado en un puto dinosaurio, así que de "cincuentón" nada. Chris Isaak tiene 50. Johnny Deep tiene 50. Sito Pons tiene 80 años coño. El caso es que montaba bien en triceraptos, ganó un par de campeonatos. Así que se envenenó, se vino arriba y dijo que iba a empezar a competir en Tiranosaurio. Y hasta hoy que se ha pasado por la Moncloa estaba sacándole el polvo a las copas que ganó en triceraptos.

 

            Un capítulo especial merece Cristina del Valle, que así se llama la cantante de "Amistades Peligrosas". Una cosa os digo: el nombre del grupo era perfecto, porque lo formaba ella y Alberto Comesaña, paisano mío y a la sazón un inepto total. Se las daban de dúo picantón, y ella estaba muy bien con esa melena negra y esa boca viciosa. Pero a Comesaña se le veía el cartón y sólo ponía caliente a la pobre gente que pagaba dinero por ir a un concierto y se lo encontraba a él dándoselas de chulo de merendero. Recuerdo que en 1999 se empeñó en cantar el himno del Celta (que en la puta vida ha tenido himno) antes de un partido en casa en el que bastaba empatar con el Atlético de Madrid para ir a la champions. Diréis que es imposible fallar. Pues fallaron. Los jugadores lo oyeron cantar y sintieron tal vergüenza ajena a nivel teen wolf  que no dieron pie con bola y perdieron. El grupo, tras una serie de lp´s de mierda se separó y ella se dedicó a no hacer nada primero y después a (cito textualmente a Tiempo) ser solista y luchadora incansable por los derechos de la mujer. Algo irónico, toda vez que es un derecho de la mujer y de cualquier ser humano no ser defendido ni representado por buhoneros de este pelaje.

 

            En fin, que si os preguntabais porqué este país se va a la mierda ya lo sabéis: porque la Patrulla X de los cincuentones nos lideran. Nadie sabe porqué, pero nos lideran.

 

No hay papeles para mujeres de mi edad,bla bla bla, pero tal vez subiendo los impuestos...

            Pero no sólo ellos. He aquí otros elementos que hablan en tono mesiánico y opinan en este tipo de publicaciones para furcias y tíos gordos en una actitud y pose tales que parecen haber bebido de la fuente de la sabiduría y descienden de los cielos para darnos la buena nueva. Incluso realizan análisis improvisados de la circunstancias bajo la sola óptica de sus querencias y opiniones, mirando por encima del hombro a todo y a todos los que no comulguen con ellos. Vamos a hablar de algunos.

 

            No diré nada más de Almodóvar y su serrallo, porque he hablado bastante de ell@s y me dan asco. Sus últimas películas no les han gustado ni a los gabachos, y eso ya es la monda. Pero da igual. Como ellos lideran España y tú sólo malvives en ella, te callas y pagas sus películas, su caviar y sus falos de doble cabezal.

 

            No obstante, cabría decir unas palabras sobre el que será, tarde o temprano, protagonista de alguno de estos bodrios: Alberto San Juán. ¿Quién es? Un don nadie que no se afeita nunca, que va vestido con harapos y que cada vez que se le acerca una cámara habla de política y pone cara de enfadado, de indignado más bien. Hace algunos años presentó los auto-premios Goya (o Polla, como se les llama en el mundillo) y dijo que a cerrar la Cope y esas cosas. Como otros muchos, apoyó a Zp a cambio de dinerito, pero ahora que es necesario (y lo es) dejar tirado a lumpen proletariado (que por primera vez desde el 18 Brumario de Luis Napoleón también abarca a la clase media), el tío pone una cara de estreñido de la leche y se tira ante las cámaras anunciándonos que él no está de acuerdo con la política económica del gobierno. Pero lo dice muy serio, con su cara pálida rodeada por una bufanda severa como una solterona de Burgos. Y más dinero PA LA CULTURA, QUE ME CAGO EN VUESTRA LÁPIDA, FASCISTAS.

 

Aquí una pilila, ahora una vieja con las tetas caídas... y otra obra maestra!

            Y digo yo, así, de pasada, ¿a quién coño le importa lo que tu pienses, Alberto? ¿quién carajo eres tú? ¿qué? ¿qué salías en "Días de fútbol"? ¿en "el otro lado de la cama"? esas películas son una mierda. Y tu amigo Willie es un anormal que no sabe ni donde tiene el culo, y yo no estoy de acuerdo con que os abran la jaula tan a menudo, y ya ves, me tengo que fastidiar.

            Más madera. Ferrán Adriá. Que alguien me diga por favor en qué momento este tipo se cayó en la marmita de la autosuficiencia, porque yo no me explico cómo alguien tan sumamente ridículo puede hablar con una cara tan seria. Un tipo que hace caviar de manzana y lo vende a una fortuna la hueva. Al cambio son cinco cojones de hombre por hueva de... manzana. ¿Nadie le ha dicho que necesita un logopeda? Pues lo necesita. Aunque sea para decir esas estupideces. Y el personal se queda bobo, le hace la ola cuando lo ven. Anuncia colchones y dice "algún día, todos los colchones serán así". Pues NO SEÑOR, serán todos de espuma de asbestos y tendremos que recogerlos meados de las calles porque todos los chupatintas, sindicalistas y chorizos en general que "lideran España" se han empeñado en comer en ese puto templo del fascismo chic llamado "El bullí", nos cueste los que nos cueste (Zp dixit), así que no habrá tela para comprar ese desastre de colchón que anuncias.

 

Tu pobre/yo rico. Bon apetit, bastardos!

            El Bulli de los cojones. Pero bueno, vamos a ver, en primer lugar: ¿quiere alguien por favor decirme que quiere decir Bulli en catalán?  Casi no sé hablarlo, pero me suena muy mal, como a bullarengue, a bollo amasado con malicia y nocturnidad. Aún recuerdo al honorable (JA JA JA) ex alcalde de Barcelona cuando pasó a ser Ministro, Clos (pero no el Clos de puta madre del Barcelona, no: el zafio, el crápula) tomando un helicóptero Puma para ir a comer allí el jodido caviar. De verdad que es de mear y no echar gota.

 

Que cierra pero NO cierra, que sois muy cortitos

            Y coge el andoba y lo cierra. Y DA UNA RUEDA DE PRENSA. Para decir que cierra pero que no, que ese no es el titular, amenaza. Que va a ser un centro de experimentación (de chalaneo perfeccionado, aventuro) y que en fin, que no es rentable  y...

 

            ¿Qué no es rentable? ¿QUÉ NO ES RENTABLE? Yo de verdad que me descojono. Que no es rentable dice el cocinillas. TÚ no eres rentable. Ser estafado no es rentable. Tú colchón no es rentable. Este país no es rentable. Hay que echar el cierre y probar qué tal nos iría sin vosotros. A todo esto: estáis gordos, jugad un poco al balón y dejad de estar comiendo todo el maldito día.

 

            Y lo peor es que el género de los cocinillas es como el de los actores. Se multiplican por esporas y a los cinco minutos tienes al risitas que financia a la ETA, al rebelde que va en harapos pero que cobra a 100 € la tosta de mierda reconstruida y al clásico sobrado de pelo blanco, que parece estar más allá del bien y del mal pero que en realidad está asando unas putas sardinas. Oíd bien, queridos: cocinar es de mariquitas. Intentar ligar a base de dárselas de chef no se lleva desde 1989. Y como forma de estafa sólo funciona aquí.

 

Lo mires por donde lo mires, una fresa podrida en una matricula golpeada. Son 500 €.

            Otro cagasentencias de categoría especial es el gran Joaquín Sabina. Un tipo que al principio, cuando imitaba a Brian Ferry, tenía su gracia, intentando mendigar algo de pantalla cuando los jóvenes arrasaban en la "Movida". Desde entonces, sus canciones no han variado demasiado: se trata de una inacabable lista de cosas que riman rematadas en un estribillo pegadizo y repetitivo como un vino de brick. Eso le ha valido el título de gran pope de la música... española (ohhhhhhh). Tanto, que incluso hay cafeterías que llevan el nombre de "La poesía del Maestro", con la caricatura del ínclito en el rótulo. Todo un acicate para no probar sus ensaladillas, vive Dios.

 

Gente común. Presos comunes. Muertos comunes.

            Ah, pero es que de un tiempo a esta parte se toca con bombín. Es todo un "Sir". El Sir de la Ignominia, que demuestra cada vez que tiene la ocasión, y por desgracia eso son muchas veces, en cualquier publicación tipo "Tiempo". Ya sea posando en su lujosa mansión o como el diablo lo trajo al mundo, Sabina nos regala su palabra tratándonos como a imbéciles. La última ocurrencia salida de su bombín es que lo de prohibir los toros en Cataluña es de idiotas. Que eso no se puede hacer.

 

            Pero es que eso, Maestro, sí se puede hacer. Es tan básico como una de tus putas rimas. Lo que no se puede hacer es pinchar a una vaca hasta la agonía y deleitarse con la sangre como un vampiro baboso y decadente, exigiendo a otros (generalmente analfabetos que harían lo que fuere por dinero salvo estudiar) que demuestren el valor (o el salvajismo) que uno no tiene, en un acto que a nadie beneficia, salvo a los señoritos y niños bien de toda la vida, que es lo que eres tú. Un progre y un listorro, y nada más.

 

Proyecto Brian Ferry...

            Luego nos viene con que esta vez va a votar a otro y todo eso. Claro, Zp ya ha repartido lo que había. Es hora de acudir a Cayo Lara que ya nos quitará de las costillas en un gulag lo poco que nos quede. Dentro de unos días tiene un concierto en la isla. Y ya no queda ni un sitio libre... en las casas de putas.

 

... triste resultado.

            Voy a terminar a nivel local. Digo local porque soy un tipo de lo más generoso, ya que el término adecuado sería parroquial, y porque no conozco un concepto aún más pequeño que se pueda aplicar, toda vez que vamos a hablar de mi viejo amigo José Luis Méndez Perrín.

 

Bola 8 al hueco

            Perdón, ha sido un chiste de primaria. Es José Luis Méndez Serrín.

 

            Méndez, gordinflón entrañable, es uno de esos bont vivants, hijo de un ricachón de Celanova, que ha paseado sus zapatos de taxista a lo largo y ancho de unas dos o tres universidades (Santiago, Coimbra... ese tipo de universidades jajaaajaaaa) siendo absolutamente impermeable a cualquier tipo de conocimiento. Como no aprendió nada de nada, se enquistó en sus propios prejuicios, se dejó crecer el pelo a lo Krusty y se las dio de revolucionario. Hasta ahí todo normal.

 

            Tiene 2 novelas que sus seguidores (que serán una media docena, ya que en 40 años de carrera Méndez no ha vendido más de 200 ejemplares, y eso que llegó a ofertarlos regalándolos por cada chato de vino blanco que te tomases en su taberna de confianza) aprecian mucho: "Amor de Arthur" y "En el vientre del silencio". Ambas tan exitosas que fueron traducidas al gallego. La primera trata de los avatares de Arthur Mills, un millonario neoyorkino algo frívolo que se enamora de una muchacha trabajadora italiana, pero que está prometido con una bailarina frívola de Broadway. "El vientre del silencio" es una novela de acción y tiroteos plagada de desnudos parciales cuya trama gira en torno a la consecución de los planos de un bombardero que puede cambiar el signo de la guerra fría.

 

 

Pero, ¿de que coño me sorprendo? anda que vaya chaqueta para un Rey Midas. por no hablar de la chavala.

            Seguimos en el plano de lo normal. Más aún si pensamos que Méndez se ganaba la vida no de la literatura (que no le daba ni para un bocata de panceta), sino de dar clases en un Instituto de Vigo. Impartía clases de literatura española... en gallego. Mejor dicho, en SU gallego. Qué cachondo, el tío.

 

As Noivas do Dracula.

 

            Total, que Méndez era el clásico tontaina que va de bar en bar atragantándose de lacones y de tazas al tiempo que disertaba sobre cosas que a nadie le interesan, como los suevos y los celtas. Pero... se metió en política. 

 

            Se nos volvió nacionalista-comunista, y por ende simpatizante del tradicional aliado de ambos: el terrorismo. Nada que temer, tan sólo un hermano pobre de Alfonso Sastre, un Sartre de andar por casa que de vez en cuando suelta unas perrillas para los payasos del Ejercito Guerrilleiro del Pueblo Céibe (¿o era célibe?) y aúlla cada vez que tiene la ocasión.

 

            Como en 1985. Imaginaos que sois unos obreros sin cualificar de una empresa que va a cerrar y os vais a ir (con toda la razón) todos a la calle. Bueno, no deja de ser una tragedia para vosotros, así que montáis en cólera y os dedicáis a lo de siempre: a joder al ciudadano de a pié con revueltas y esas cosas horribles. Entonces llegan unos intelectualoides y unos politiquillos de izquierda y dicen que van a montar una cuchipanda para apoyaros.

 

            Excelente idea, pensáis. Me darán unos cuartos, elaborarán un plan de viabilidad, me contratarán al menos de bufón o...

 

            No, no, no.

 

            Esto es lo que hay. El poema de Roy Xordo de desayuno, la cona de su mujer de comida y de cena el amanecer rojo de la Urss, Cuba y Angola, las mejores naciones del orbe. Y callaos de una puta vez y escuchad, escuchad el poema.

 

            Los trabajadores de Astano se fueron a la calle. Sin embargo, el futurólogo de la tripa inmensa acabó peinándose a lo Mussolini y llegando a ser, no se sabe votado por quien, Presidente de la Academia gallega de la lengua. Ha secuestrado el idioma. Da lecciones en ese tipo de revistas de las que hablábamos hace tanto tiempo. Suele hacerse fotos repanchingado como un sátrapa, diciendo que los mallorquines no sólo hablan catalán, sino que son catalanes que inmediatamente deben ponerse a los pies de algún honorabla.

 

Es decir, que no sólo propugna el ataque a la nación, sino que además niega el derecho a la independencia más básica de aquellos que se conducen con gallardía y solidaridad.

 

            ¿Hay algún remedio contra esto? ¿bastará con ignorarles, con no leer estas páginas del libro de Satán, con no acudir a sus saraos, proyecciones y libaciones públicas? Es un viejo dicho ese de "olvídate de ti y el mundo te recordará...".

 

            Me llamo Kung Fu Master, y no olvido nunca. Hijos de puta.

 

           

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28 Febrero 2010

GANSOS SALVAJES

 

 

              - Perdona que te lo diga así, pero eres insoportable.

 

 

                  Una vez más, la misma cantinela. No sé porqué estaba con esa mujer. Se había empeñado en hablar conmigo, en quitarme la máscara. Cuando continuó la charla, comprobó que debajo de mi faz avejentada y llena de vértices se encontraba otra máscara, esta sí inamovible, que daba testimonio de la verdad al desnudo.

 

                  Una verdad que le resultaba inasumible. No la culpaba, pero no era cuestión de levantar mi patentado muro de silencio, así que tan sólo le espeté un "¿por qué?", aunque la respuesta fuera evidente.

 

                - No parece haber nada que te guste, no siendo intrascendencias o espantos.

                  - Bienvenida al país de Zapatero.

                  - Ese cinismo perpetuo resulta aburrido. Tanto como todo lo que criticas. Te pasas la vida vomitando bilis. Es como si fueras un loco con un rifle disparando a todo.

 

Era la clásica observación de lo obvio, y lo hacía como si se hubiera caído de un guindo y considerara su obligación que todo el mundo se cayera también. Es una costumbre muy humana, pero más aún cuando eres una psicóloga de pueblo que a duras penas llega a fin de mes atendiendo a niños que no hacen los deberes porque prefieren tocarse viendo como le plantan fuego a un mendigo. No obstante, le iba a poner las cosas difíciles por puro deporte.

 

                      - También me disparo a mi mismo.

 

Durante unos instantes gloriosos y abracadabrantes, se mostró pensativa y silenciosa. Pero todo lo bueno termina...

 

                        - Si, es cierto. Pero lo haces por amargura, porque tienes miedo, porque algo te pasa.

 

                        Le expliqué que, más allá de una maldición de Neptuno por matar a Polifemo, no había motivos. Era hijo de padres cultos, trabajadores y sindicalistas, aunque no nacionalistas. Me alimentaron bien, no me pegaron demasiado (a la vista está) y me dieron una buena educación. Nunca había torturado a un animal, no había tomado por el culo, no me teñía el pelo. No era calvo, ni llevaba gafas, no me había puesto pantalones de  pana en mi vida.

 

                        - Pero los desprecias.

 

                        Oh, si. Cuánto los despreciaba. Hasta lo más profundo de mi ser. Les gustaba comer todos juntos, se sobrecogían cuando en el Telediario moría gente y destentaban hacer leña del árbol caído. Además, mantenían un cierto respeto hacia las personas e instituciones que les habían acompañado en su tránsito hacia la madurez, como ese Jesús Hermida. El tipo estaba allí, con su típica charla intrascendente al ritmo de una palabra por minuto y yo me volvía loco y le llamaba de todo. Sencillamente no aguantaba a ese pomposo carcamal, así que le maldecía. Ellos se escandalizaban, decían que era un gran profesional. En este puto país cientos de personas llevan una vida de príncipes por la pura inercia de los ignorantes que les dan una categoría afín a la tierra o al aire que respiran. Tienen miedo de lo que ocurriría si desaparecieran.  Y a fe que esos mamuts de mierda deberían desparecer.

 

            J. Hermida en su nuevo programa que zzz...

 

          - ¿Es necesario insultar? ¿no puedes expresarte libremente sin faltarle al respeto a nadie?

 

Esa fulana empezaba a agotarme. No podía ser realmente tan vulgar, era un tópico ambulante y sobre todo parlante. Pues claro que tengo que insultar para expresar plenamente lo que pienso. Para mí son calificativos necesarios para definir a una persona de manera fiel.

            - Tienes una foto de tu abuela en el hall. ¿A ella la querías un poco más?

               

               - Si, a ella la quería. Porque tenía buena puntería.

 

Si la tenía. No se si lo he contado ya alguna vez, pero por si acaso lo relataré brevemente: mi abuela nació en Rio de Janeiro. Su padre era un tejón de Puebla de Trives que intentó convertirse en un ser humano y se quedó a medias. Tuvo una amplia descendencia con una mujer-gallina local y como estaban cansados de comer chirivías congeladas emigraron. En el Brasil gozaron de la esclavitud y la abundancia, así que se reprodujeron todavía más. De esa nueva camada nació mi abuela. Pero cuando tenía unos nueve años el tejón se entero de que su mamá se estaba muriendo en la lejana Galicia, así que decidió que debían velarla todos, de forma que empacaron para lo que debía ser un período de un par de meses.

 

Los llamados "deportes de invierno", aptos sólo para pijops y para gordos, desarrollandose en Manzaneda.

 

Lo divertido de la cuestión es que el viaje casi les cuesta la vida, porque el barco en el que realizaron la travesía casi fue hundido por un buque de guerra alemán. El tejón no tuvo en cuenta el pequeño detalle de que se estaba desarrollando la Primera guerra mundial. Al fin se salvaron, y llegaron a su destino, donde mi abuela y sus hermanos casi se congelan, porque estaban acostumbrados a los calores y en Puebla de Trives sólo hay dos estaciones: el invierno y la de tren. Y de aquella todavía no habían montado la segunda. Y creo que aún no lo han hecho.

 

¿Humanos en Trives? venga ya!

 

El caso es que la madre del tejón murió y ellos nunca volvieron. Dejaron en Brasil un montón de cosas: los esclavos, las maracas y la bonanza económica, cambiándolo por el frío y la mugre. La abuela solía contarnos que, para evitar desgracias, en el colegio les daban un caldo y un trago de aguardiente en el recreo. Aún hoy esos neandertales que defienden el uso del gallego obligatorio hasta para ir a cagar  reivindican esta costumbre.         

 

                 Méndez Perrín pasado de peso como "Night Owl" en Watchmen. Si, a él me refiero con lo de Neandertal.

 

 

  Mientras mi abuela y sus hermanos se helaban el culo, el tejón empezó a tener apetencias políticas. No me preguntes como, porque en la aldea más perdida del Orense del primer tercio del siglo XX lo más parecido a una postura política que debía existir era si se la metías a la vaca frisona o a la pinta, pero el puto tejón se nos volvió un poquito republicano. Como ves, el muy bastardo siempre apostaba a caballo ganador. Y era un  republicano progresista como el que más: mi abuela contaba, no sin cierta admiración, que como (su) papá encontrara mal doblado el periódico, lo enderezaba metiéndole una vara de avellano que previamente había testado en el lomo de sus hijos. Ya lo ves: un trato igualitario para todos.

 

                  Como colofón a esta historia, diré que las amistades peligrosas del tejón provocaron que, para evitar represalias, tres de los hermanos de mi abuela hubieran de guerrear en el Bando Nacional, llegando a sobrevivir tras combatir en el Ebro. Mi abuela por su parte hizo lo propio en el servicio civil femenino, o como fuere que se llamase eso de atender a tullidos, hacer bufandas y esas mierdas, pero con uniforme.

 

                  Allí desarrollo su buena puntería. Fue famosa por dejar seco a un conejo en los campos baldíos que circundan el Castillo de la Mota, circunstancia que permitió comer carne a su batallón (o lo que fuere) ese día. Claro está que si dejaron cocinar a la abuela estaban listas, porque esa mujer no tenía ni puta idea de cocinar, aunque creía que sí.

 

Es mejor comérselos crudos...

 

                  Al fin pudo volver a casa, y como entonces ya conocía a mi abuelo que era de Vigo, se casó e instaló aquí. Lo primero que hizo mi abuelo, como buen vigués, fue llevarla a ver el puerto. Es una costumbre de lo más absurda que tenemos los de aquí, en el puerto sólo hay mendigos, gaviotas, prostitutas y tullidos que tocan el acordeón. Quiero pensar que lo hizo para reírse de los emigrantes, pero no era su estilo.

 

                  -Es más bien el tuyo.

 

                  Tal vez si. Total, que están admirando ese pudridero cuando desembarcaron de un gran transatlántico unos viajeros. Mi abuela advierte que en la pasarela se encuentra un individuo grande y teutónico que le grita en alemán a un chiquillo que pretende llevarle las maletas. Entonces hubo muchos alemanes en Vigo, se interesaban por el wolframio en la guerra. El alemán está muy enfadado con el crío, y al final hasta le da unas obleas, sabe dios porqué, era la segunda guerra mundial y había que pegarle a alguien.

 

            Pues va la tía, agarra una piedra y se la tira al alemán. Le dio en toda la cabeza. Aquello pude derivar en una ejecución sumaria, o en un conflicto internacional. En lugar de ello, años más tarde me alumbró un chacal y ellos me recogieron de su seno.

 

           Cualquier parecido con la realidad es mera casualidad...

 

 Agotada por la vorágine de las situaciones descritas, respiró profundamente y se aferró a una conclusión absurda, que articuló así:

 

                   - ¿Podemos concluir entonces con la idea esperanzadora de que, al menos, aprecias y respetas a tu abuela y su memoria?

                   - No. Era católica.

 

Profundamente católica. Tenía una colección de figuras sangrantes, de viejas astillas de las cruces de los Santos, salmodiaba con automatismo los mantras de esos peludos. Era insoportable. Los viernes por la tarde me hacía una merienda digna de un príncipe, y mientras la devoraba al calor de la lámpara Osram que había bajo la camilla y veía los dibujos me sentía muy feliz. Pero cuando terminaba yo blasfemaba, y ella inmediatamente me conjuraba con una oración implacable. La emitía como un reflejo, y resultaba tan hipnótico y divertido que era imposible no seguir blasfemando, de modo que volvía a hacerlo una y otra vez. Cuando se desesperaba, me arrojaba los cojines, los calcetines lavados y emparejados, toda clase de objetos suaves y voladores para intentar redimirme. Me daba todas y cada una de las veces, y yo me moría de risa. Al fin se acercaba y me zarandeaba con ímpetu, intentando que la razón volviera a iluminarme.

 

                        -¿Y si ahora la virgen decide dejarte ciego?- aullaba-, dime, ¿qué pasaría?

 

            No le hice caso. Por pura diversión no tomé la comunión, aunque la vieja me ofreció desde una motocicleta hasta una uzi. Con esa amargura se fue a la tierra de la que nunca se vuelve...

 

                    - Te parecerá bonito.

 

                        No me parecía nada. No he pensado ni un segundo en ello. Pero no creas, al fin la Virgen me castigó de un modo irónico: me dejó con vista, conservó mis ojos que ven a través de los cuerpos, que ven la putrefacción pero también la belleza que no llegaré a poseer nunca.

 

                               - Abraza la fe entonces.

 

                  Eso si que no. Jesucristo me dijo que no debía ser católico. Sé lo que piensas, pero es así. Tal vez no era el Jesús oficial de la iglesia, pero desde luego era pobre. Yo le di las gracias porque mantenía a toda esa chusma a raya, porque si no fuera por la amenaza constante del infierno o de quedarse ciegos esos puercos meapilas nos colgarían a todos. Menos mal que Jesús los tiene acojonados.

 

                  Jesús y las cajas de ahorro. Menos mal.

 

Al fin conseguí que se sintiera realmente molesta, y eso que no sabía que guardaba debajo de mi cama una motosierra. Empezó a empacar sus pertenencias, dispuesta a dejarme por imposible, pero al tiempo que lo hacía pretendió extender unas semillas de reflexión en los campos de mi hacienda, donde sólo crecen plantas venenosas.

 

                       - Sigo pensando que ALGO debió ocurrir. La vida no pudo ser siempre tan amarga. He leído tu blog, y creo que no eres más que otra víctima de la crisis.

 

                        Ah, la crisis. Ha sido una dura prueba para todos los que sobrevivimos de momento. Y nadie sabe cómo terminará. O casi nadie: el otro día por equivocación puse la televisión pública. Era un programa deportivo nocturno, que por lo visto emitían a diario. Lo presentaba un payaso caduco y enfermo del que se podía decir cualquier cosa, excepto dos: que supiera algo de deportes y que hubiera llegado a su puesto por comer coños, puesto que era poco menos que una criatura abortiva. Tenía un séquito de seis ayudantes de todo género y condición, repartidos entre la pretendidamente cosmopolita Madrid (villa que tiene un peso mundial equiparable a Asunción o a Lagos) y la soleada Barcelona (hogar del fascismo chic).

 

Esto es Fascismo Chic.

                        Toda esta pléyade de furcias y majaderos desconocían absolutamente cualquier disciplina deportiva. Las muchachas eran guapas, eso sí. Ellos por lo visto eran maricas, y estaban todos muy preocupados por los avatares de Cristiano Ronaldo, clásico analfabeto desdentado de Madeira, dotado parece ser con un cañón entre las piernas.

 

                        Cada vez que oigo el nombre de este efebo, todo un símbolo del lumpen proletariado y de los analfabetos funcionales en general, me acuerdo de Julio. Era un muchacho de mi edad, nacido en Montevideo. Durante el verano de la crisis, me daba el relevo de la guardia nocturna en el barco "Tudela". Un tipo muy agradable, de músculos de acero a base de aporrear las alfombrillas de los coches que limpiaba en los cargueros. Mientras fumábamos un cigarrillo para compartir el fin de mi jornada y el principio de la suya, en la televisión de la cabina se desarrollaba el Telediario vespertino, donde solían abrir con las últimas aventuras de CR9. Me preguntaba entonces cual era mi opinión sobre la nueva fiebre de lujuria y madridismo que asolaba la nación, a lo que yo le contestaba:

 

                        - Son unos jodidos payasos.

 

Lo celebraba entonces como si fuera una revelación, como si no tuviera que  romperse la espalda en tres trabajos mal pagados para mantener a sus dos hijos. "Payasos, eso son. Unos malditos payasos"... lo decía con la mirada soñadora, cubierta por la niebla del cansancio y la soledad del destierro. Si, es muy cierto: por mucho que uno consiga sobrevivir lejos de su casa, es imposible no sentir desde el primer día hasta el último una gélida e insobornable soledad. No te libras de ella así nades en billetes. Por desgracia no era el caso de Julio.

 

Es curioso lo que puedes llegar a compartir a las seis de la mañana en el silencio de la bodega de un barco atracado cualquier lugar, y digo cualquier lugar porque realmente no sabes donde estás: puede ser en Gijón o en Cartagena, pero a ti te da lo mismo, porque es siempre la misma cabina y el mismo techo inmenso lleno de eco y de telarañas, de tubos inmensos oxidados. Entonces recuerdas cuando tenías dinero, recuerdas los restaurantes caros y no tan caros, recuerdas la luz del sol y la arena de la playa, recuerdas cómo era tu país o tu vida. Eso es la crisis, pasarse la noche recordando.

 

La vida marinera y los bravos marinos del Tudela Veguin, ninguno oriundo de Tudela.

 

Era entonces cuando el Telediario nos sacaba de la ensoñación y se reía de nosotros. "Al fin luce el sol en las playas de la Costa Brava. Los bañistas sólo se han quejado de la persistente brisa que les ha molestado...". Julio y yo nos miramos incrédulos y gritamos al unísono "qué hijos de puta sois, que hijos de puta". Los gritos se perdían en la bodega, nadie escuchaba.

 

Si, la virgen se tomó justa revancha. Tan sólo un año antes estaba en las Ons con mi amigo M, que nació en Santa Clara. Me contaba con melancolía sus escapadas en todoterrenos rusos a lo largo de Cuba, rememorando incluso el movimiento que debía ejecutar en aquellos cacharros sin suspensión para cambiar de marcha.

 

Lo hacía con un brazo muy fuerte, abrasado por el sol y la quimioterapia. Un brazo de piedra muy hermoso, que había acunado a sus hijos, amado a las mujeres y cultivado la tierra, el más digno que nunca haya visto. Le preguntaba entonces como tú a mi ahora porqué tanta tristeza, tanta amargura si al fin había sobrevivido.

 

Qué duro conocer tan pronto la respuesta, cómo quisiera no conocerla, ser ajeno a tanta y tanta desolación que se reproduce sin medida, tan sólo para que la volatería la devore hasta el fin de los tiempos...

 

                     - Bueno, ya lo ves. Al fin y al cabo, queda algo humano en ti.

 

Reconozco que en ese momento fui yo el sorprendido.

                  - ¿Por qué dices eso?

                   - Llevas un rato hablando de hispanoamericanos, y no has dicho una mala palabra de ellos.

 

                    No, de ellos no. Son como los gansos salvajes. No les disparo.

                    - ¿No disparas a los gansos salvajes?

                     - Dejé de dispararles cuando supe que eran monógamos.

  

 

 

 

 

 

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9 Enero 2010

¿HAS VISTO A MARX, PEQUEÑA, DE PIE ENTRE LAS SOMBRAS?

 

 

 

                                  

                        En Vigo los grandes proyectos siempre acaban en una carcajada desdentada que emiten sus ciudadanos, tan contentos de tener razón como resignados ante la miseria de sus dirigentes. Un candidato presentó una propuesta para construir una inmensa escalera mecánica que conectase el puerto con el monte del Castro. También un vial peatonal en el Puente de Rande que permitiera ir al otro lado de la ría sin necesidad de automóviles. Otro planteó la creación de un kilométrico paseo marítimo desde la playa de Samil hasta el puerto deportivo de La Guia...

 

                        Nada de eso ha ocurrido. Sorteando grúas oxidadas, destrozándose las caderas mientras trepan escarpadas calles o en medio de un atasco kilométrico para cubrir una pequeña distancia, el buen vigués se monda de risa y comenta muy ufano que vive en una ciudad salvaje e inhóspita, y que todos proyectos son una carallada para chuchar os cartos.   

 

                        Pero ningún lugar en mi ciudad es objeto de tantos buenos deseos como la Avenida de Beiramar, que conecta el Centro Histórico de Vigo, y en particular el famoso Berbés, con el muy ilustre barrio marinero de Bouzas.

 

                        Es una franja larguísima de hormigón, robada metro a metro al mar, donde no hay nada. Nada bueno al menos. En tiempos existían los llamados "kioscos", unos tabernáculos innobles donde no se venden revistas, sino alcohol de muy baja calidad. El más famoso de ellos era el de "Las almas perdidas", y su nombre respondía con lealtad a la realidad. Los que allí acudían bebían de pié y con los ojos perdidos en un horizonte lleno de barcos oxidados y putas rumanas, conscientes de su miseria pero de algún modo cómodos con ella. Hoy en día ya no existen estos varaderos de la inmundicia, que han dejado paso a... a la nada más absoluta.

 

                        Las putas aún están, eso sí. Se calientan con hogueras prendidas en bidones oxidados, para dar un toque americano. Existen alrededor de veinte gaviotas por humano que lo devoran todo y a todos, y cerrando el marco grupos de jovenzuelos que se concentran en los locales abandonados de la lonja para beber. Más allá las lonjas en funcionamiento y los almacenes de la descarga, protegidos por un inmenso muro lleno de pintadas de 1983, conmemorativas de la batalla contra la reconversión (que ganaron los malos) y finalmente el mar, siempre generoso y ajeno a la basura que se acumula en sus orillas.

 

La basura llamada género humano.

 

En estas cuitas me encontraba yo, procurando introducirlas como una letanía implacable en la cabeza de mi amigo Taboada, que era de lo más susceptible a estas ideas apocalípticas, con la sola intención de hundirle moralmente y que hiciera peor ejercicio que yo en el examen que nos esperaba, cuando al fin nos convocaron en el aula más putrefacta de la Escuela Náutica de Vigo.

 

La Escuela era parte de un complejo de edificios dedicados a la labor marinera, tan básica en para nuestra ciudad. A la izquierda estaba La Casa del Mar, un hospital especializado en la atención de las enfermedades de los trabajadores del mar. Podría uno decir cualquier cosa mala de este lugar, aunque en modo alguno achacarle que no procuraba a los pacientes una estancia lo más parecida posible a sus condiciones de trabajo: las ratas campaban por sus respetos. Los celadores eran bestias de carga que manejaban a los enfermos como sacos de patatas, y las enfermeras no eran sino escanciadoras de pastillas, que se ofrecían en toscas tazas redondeadas de loza. Obviamente, los médicos eran  unos zurcidores de cuarta, más interesados en cubrir cartillas y otras estúpidas documentaciones para el ISM (Instituto Social de la Marina) que en amputar con delicadeza. A este respecto, debo decir que la manía ibérica (y digo ibérica porque en Portugal es aún más acusada) del maldito papeleo inservible resulta del todo intolerable. Documentaciones, cartillas, volantes, visados, habilitaciones, permisos, empadronamientos... toda esa basura no vale para nada. Luego aparece un rumano o un gitano (que son los más listos que hay en este país por cierto) sin más acreditación que su faca o sus oropeles y no pasa nada, se le atiende igual de mal y con la misma cara de culo que al resto.

 

Total, que si a uno le tocaba este lugar de muerte polvorienta como hospital de cabecera estaba bien jodido. Yo, que nací en el Berbés, tenía bien aprendido que si me pasaba algo diera la dirección de mi abuela para que me mandaran al Hospital Xeral. Por suerte, ni me pasó nada ni he estado más que una vez ingresado, y por supuesto considero que ir a consulta médica es de maricones.

 

A la derecha de la Escuela se encontraba y se encuentra la Cofradía de pescadores. Bien, sabiendo que en Europa los puertos grandes de verdad se encuentran en Hamburgo, en Einhdoven, en Bristol y en Vigo, podríamos esperar que en este último, líder absoluto de descarga de pesca, la Cofradía fuera un complejo arquitectónico y humano de severas dimensiones y dirigido por una serie de autómatas inteligentes que... bah, no tengo ganas de darle más vueltas: es una habitación mugrienta con tres funcionarios que hacen que trabajan de 9 a 14 horas. Tienen un ordenador con el que hacen solitarios y un póster de Fedra Lorente cuando estaba buena (siendo MUY generosos, allá por 1987). Estos tres pícaros se dan al belle canto en lugar de trabajar porque cuentan desde hace unos años con el respaldo de la Xunta, que como siempre ha desplegado su toque "anti-Midas": todo lo que tocan lo convierten en mierda. Gracias, artículo 148 de la Constitución.

 

Bien, el Señor Taboada y el que suscribe nos encontrábamos en medio de tan loable oda arquitectónico-administrativa al mar y sus obreros, donde nos examinábamos en la Escuela Náutica para lograr la llamada "competencia marinera": otro título inservible que habilita a su poseedor para ser explotado, secuestrado y molido a latigazos a lo largo y ancho de los siete mares, entre los que no considero al mediterráneo que es una charca inmunda.

 

Ni que decir tiene que todo era un paripé ridículo y que pese a nuestra palpable incompetencia marinera pasamos el examen sobradamente, entre otras cosas porque un familiar suyo trabajaba allí y nos consiguió el examen y la aquiescencia del corrector. Y eso que al final había una prueba física donde te lanzaban a una piscina llena de meados donde debías dar unas brazadas. Más bien, como nos hizo saber a posteriori el examinador, bastaba flotar como una marsopa, aunque alguno había que se iba al fondo como un fardo de plomo. Sin lugar a dudas, una prueba fidedigna de que los aprobados serían capaces de enfrentarse a la ira de calipso y sus olas monstruosas en medio del Gran Sol.

 

Aún estábamos en taparrabos cuando el contacto nos llamó a su presencia y nos notificó la aptitud, aunque nos contempló con severidad y nos hizo saber que no nos quería ver en su barco aunque fuéramos capaces de beber ron por el culo.

 

Recorrimos victoriosos los primeros metros de no-calle y reparamos en el enorme edificio que fuera sede de la factoría de pesquera Pereira, hoy hogar de cientos de miles de ratas venidas de los cinco continentes. Un lugar donde llevaba décadas proyectada la construcción de un auditorio.

 

Un auditorio. Un mausoleo dedicado a todos los carcas burgueses y resesos con ansias de dárselas de culturetas, deseosos de acudir a conciertos y óperas que a nadie gustan. Basta ya de teatro y de ballet y de toda esa carroña. Es de todo punto inconcebible que se siga dando pábulo a esa cortina de terciopelo cobertora de ignorancia, cuando resulta patente que nadie en un país donde la media de libros leídos por término medio es de dos por ciudadano puede interesar la ópera. Y la pretenden colocar en la cuna del descontento obrero, del lumpen proletariado, de la brutalidad de la vida en la economía de mercado... me sacaba de mis casillas, y así se lo hice saber a Taboada.

 

- Ya te dije que no te iba a gustar esto. Yo me contentaba con el de patrón de yate, que se saca por cursillo a distancia.

 

- ¿Patrón de yate? ¿pero tu tienes yate?

 

- No, pero mi mujer y yo alquilamos una lanchita y nos vamos por ahí tan contentos.

 

- Tu mujer, tu yate... hablas como el puto marqués de Cubas.

 

- Y tú como Rosa Luxemburgo

 

Esto me dejó algo frío. No lo había pensado. Las cosas no me fueron muy bien con la crisis, así que tuve que prepararme otras labores que no vienen al caso, y mientras la función pública no me llamaba tenía que buscar otra ocupación, pues mis clientes como Letrado eran cada día menos. Así que tuve una oferta de un vecino que era marino mercante retirado y la acepté, aunque ello pasaba por alcanzar la competencia marinera. Estaría unos meses tirado en un carguero de coches y luego otra vez a vivir del cuento. Nada de troskysmo, seguía siendo el mismo anticomunista de siempre.

 

No como Taboada. Lo conocí en la Universidad, y entonces era un repugnante chequista. A su gusto por las insufribles soflamas leninistas unía el de la vertiente nacionalista, resultando una mezcla pestilente. Si no fuera por el repelús mal camuflado que le daban los homosexuales y las gentes de color, tal vez se hubiera afiliado a algún grupúsculo separatista. Sin embargo, no fue capaz de superar su condición de católico y mujeriego (de mujeres sofisticadas y guapas, no de esas bigotudas de Izquierda Unida), así como el temor que le producía la vida en las comunas, de modo que terminó por ser un buen chico, sacar una oposición mediana y conocer a una buena chica, con la que se casó por la iglesia comulgando como un bendito. Ahora comía tortillas en alta mar, insultaba a Zapatitos y maldecía la alcabala fiscal.

 

Yo siempre he sido un buen español. He militado en grupos contrarrevolucionarios. En 2003 estuve operando en Hungría, vigilando a ciertos elementos del Instituto Cervantes que pretendían avivar las llamas del descontento y alentar el regreso del comunismo. En la Universidad de Vigo milité en un operativo ultra secreto dedicado al sabotaje de eventos contraculturales. Y cuando terminé mis estudios me dediqué a una profesión liberal, aceptando con deportividad mi caída en desgracia. Si, mi conciencia estaba tranquila...

 

Me despertó la sirena del barco a las 5.50 horas. Es cristal de la garita de control de cámaras de la inmensa bodega donde se encontraban los coches era grueso, pero la bendita sirena se oía como un cañón. A las 6.00 me daban el relevo y me iba a casa. Estaba molido, y me había pasado la noche pensando muy inquieto en el giro que había pegado la vida de Taboada, la mía y en lo que me dijo ese día en que sacamos la competencia marinera, él para manejar embarcaciones de recreo y yo... yo para sobrevivir. Era temporal, y seguía teniendo el alma de un liberal. Sí, así se lo dije a ese renegado, y le recordé mis largos años dedicados a desahuciar a familias de sus casas.

 

- Y al turno de oficio, no lo olvides.

 

Al turno de oficio, era cierto. Pensé en ello mientras desayunaba en tierra, en el bar Porto, con los estibadores. Bueno, fue mi alma aventurera y ninguna otra cosa la que me llevó a defender a delincuentes, insolventes y desabrochados a cambio de unas cantidades míseras pagadas a seis meses vista. Los despreciaba y si ganaba algún asunto era en contra de mi voluntad y por prestar un servicio al país, nada más. Ese Taboada era un puto listillo, un comesantos y un progre mal parido. Era un... un burgués de los cojones.

 

El pitido de un Seat Marbella me hizo volver a la realidad. Pagué, le di los buenos días al camarero y le deseé que la jornada le fuera leve. Me subí al Marbella, que conducía una muchacha llamada Bibiana. Era una chica de mi edad, que trabajaba en una asociación para ayudar a los enfermos de Alzheimer, completamente amparada por la Xunta. Ella no sabía nada de mi vida anterior, y de haberlo sabido creo que no se tomaría la molestia de recogerme en el trabajo. Menos aún de invitarme a dormir en su casa.

Había pasado un tiempo arrejuntada como pareja de hecho de un farmacéutico, pero se había acabado no se muy bien porqué. El coche, el piso y la atmósfera que la rodeaban estaban impregnadas del olor que dejó ese tipo: un olor a intimidad muerta, tibio y deprimente.

 

El aroma de la decadencia occidental.

 

En el trayecto y al llegar a casa habló sin parar, preocupada por mis condiciones de trabajo, por el calor bestial de las primeras horas de la noche y por las corrientes húmedas del amanecer. Debían pagarme más. Debían mejorar las condiciones de seguridad. Debería hablar con el sindicato. Toda esa basura.

 

Me desvestí en el que fuera el dormitorio del farmacéutico. Durante un instante me quedé solo, y pensé entonces en mi casco de infantiloide. En los restaurantes a los que solía ir. En mis corbatas, los trajes que me iban grandes. En el asco que me daban los tipos como yo, y en el desprecio profundo que sentía por mujeres como aquella. Revolví con furia la ropa de cama, deseando despedazar hasta el último listón del catre.

 

Entonces entró en la estancia, y traía con ella un regalo: un ridículo pijama de verano que había comprado en la feria de Bouzas para mí. Un repugnante pijama. Me lo puse como si me hiciera mucha ilusión y la tumbé sin miramientos. Apagué la luz y me dispuse a ser estajanovista, pensando que lo hacía por occidente, por mi país, por un modo de vida que me abandonó a mi suerte, y por nada más que eso.

 

En medio de la tarea, levanté la vista, fijándola en las cortinas enmarcadas en las primeras luces de la mañana. La silueta de un hombre barbudo y vestido a la moda de hace un par de siglos me contemplaba. Me quedé parado, devolviéndole la mirada.

 

- ¿Qué te pasa?- la pregunta que más veces en mi vida me han hecho.

 

-  ¿Has visto a Marx, pequeña, de pié entre las sombras?             

 

 

 

 

                       

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Pike, treinta y subiendo. Soltero y vive con su gato. Antiguo comandante de una nave de los 80, ex-cabecilla de una pandilla de gamberros callejeros, ahora a punto de empezar a hacer calceta o coleccionar sellos, pues camina ya hacia la niebla de la idiocia, dejando antes del fin testimonio de lo vivivo...o imaginado
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