UNA TARDE CUALQUIERA
Una tarde cualquiera de 1986, 17:30 p.m.
Cruzo a toda velocidad el umbral de la puerta de mi casa, y sin parar de correr me deshago de mi mochila en el hall con una llave de judo. En mi corta carrera hasta la salita (las casas de los 80 tenían salita y salón, en el salón se podía entrar un par de veces al año y con corbata) recibo una lluvia de amonestaciones maternales: no me das un beso, no dejes ahí la mochila, ponte las zapatillas, no corras…no hago caso. Se acabó el colegio, es mi casa, mi década y comienza BARRIO SESAMO.
Me lanzo de rodillas ante el televisor. La moqueta me las calienta peligrosamente al rozar, y una vez más fuego rápido de bronca: pantalones que se van a romper, ojos que se van a secar, gente que se va a ir calentita a su cuarto…
¿Mi cuarto? Menudo basurero. Algún día lograre que ese tv-radio-cassette en banco y negro SHARP que usurpan mis padres en su habitación pase a mis sucias dependencias, pero hasta entonces me mantendré atento al magnífico GRUNDIG en color con 8 canales que me radia como el sol de primavera. Sólo se recibe la señal de tres canales, claro, pero los botones 1, 2, y 3 se quedaron “tontos” y sólo muestran nieve. Si alguien, mejor, si yo los toqueteo, la televisión se descuadra y entonces mis padres al unísono me “descuadran” y me dejan “ tonto”.
Pero no me importa nada de eso ahora. No me pueden hacer nada que esos miserables torturadores del colegio no hayan hecho ya. Chantaje, iniciación a la delación, medidas correctivas de “justos por pecadores”, requisa de material privado, lanzamiento de tiza, supresión de recreos, cambio de horas de educación física (fútbol) y plástica (dibujo) por matemáticas, y, cuando nada de eso funciona, suspensión de la libertad (porque se ha transmutado en el temido libertinaje) y las normas constitucionales para iniciar modo nostálgicas palizas y mamporros para todos.

En un colegio público. En el año 86. Y sin curas. Y sin grises.
Ahora no me pueden cazar. Al tiempo que devoro el bocata de mortadela o foie-gras (pero que MUY gras), mi mirada se pierde como la de Thomas Sullivan Magnum antes de pronunciar la palabra Vietnam…os rapaces, pobres rapaces…hoy no hubo tortas, pero tal vez mañana sí. Tengo deberes, y muy poquita intención de hacerlos. Ni los he cogido al dictado. Da igual, vivo peligrosamente y me gusta.

"te digo que este plateado no pasa de moda"
Como Don Pimpón. Ahí está ese listillo. Parece el típico que se escurre siempre de pagar en los bares y que se gasta muy poco en ropa. Pero justo es decir que tiene un aura patente de hombre libre. Siempre hablando del Marajá de Kapurtala…no sé, yo me lo imaginaba luchando codo a codo con la guardia personal de marajá contra los shijs de turno, blandiendo una enorme cimitarra (con perdón). El marajá, un adolescente andrógino y pulcro, aplaude los ardides de hombre de mundo de Don Pimpón desde un trono repleto de cojines morados, muy elegante vestido de blanco. Pero tiene un carácter voluble, es caprichoso y, a veces, peligroso. Así que Don Pimpón regresa siempre a casa, y hace lo que más me gusta a mí: lo rememora en la distancia, calentito en su casa o con los parroquianos.

Los dichosos deberes. Es mi media hora sagrada, pero tarde o temprano empezarán las increpaciones: ¿no tienes deberes? ¿seguro? ¡pasa a estudiar!. Ah, pero cuidadito: el pseudo estudio puede interrumpirse en cualquier momento por las muchas series de dibujos animados que trufan las tarde de un día cualquiera. Un duran mucho, unos cinco o seis minutos. Pero a veces son dobles. Algunos apestan (Cantinflas, Abbott y Costello, etc), pero es igual: hay que verlos. Hay días en las que al genio de la máquina televisiva se le va la mano y lanza una batería, un festival de episodios. Mi padre se desespera tanto ante la ola de modernidad que, en una ocasión, me jura que no están poniendo Leoncio el leon y Tristón, sino que el moderador del debate de la segunda (una especie de chino que es un muermo) se ha puesto a imitar de forma inesperada la voz de Leoncio. No me la pega, pongo la primera y ¡a gozar!.

David, a Devon no le gustaría verte borracho. Haz el favor
Visto así, hasta parece que buena parte de la tarde se dedicaba entonces al público infantil…que cosa más rara, coño.
Y luego mi favorito: Coco como camarero oligofrénico. No se quien me gusta más: si el camarero chiflado, el cliente calvorota y bigotón que, como en una pesadilla, vuelve constantemente al escenario de su horror, o Carlos, el demente cocinero elíptico, que sirve enormes platos o diminutos bocaditos. Me decanto por el cocinero, porque en mi clase hay un Carlos. Y claro, todo el día los compañeros se lo hacen pagar pidiéndole hamburguesas GRANDES y ensaladas pequeñitas. Al principio se enciende y acaba sacando los puños, pero al final piensa que puede ser peor.
Aunque si entendeis portugués...
Y uno más dedicado al maleducado de Melendi:
Si, mucho peor. Estas cosas en los 80 se llevaban a rajatabla. Y si no que se lo digan a Antonio Cordón, que tuvo que soportar durante ocho años que amigos y conocidos le extendieran los pies al grito de “Cordón, átame el zapato”. Y así todos los días. Por supuesto, de él se esperaba y exigía que llegado un punto de ebullición se hiciera el ofendido y se liara a patadas. Pero bueno, tampoco se pasaba. A fin de cuentas, Cordón piensa que puede ser peor. A pocos pupitres de él se sienta Quintá. EL QUESO (¿no os parece evidente? Pues entonces caía de cajón).
Epi y Blas. Qué puedo decir. Nadie pensaría entonces que eran gays, o majadería por el estilo. Eran dos socios que vivían juntos en New Cork. Si dormían juntos alguna vez era porque Epi se ponía morado de galletas en la cama y, tal y como aventuraba Blas, la llenaba de migas que le picaban y tenía que cambiarse. Y nada más. ¿Qué a Blas le apasionaba la colombofilia? Normal. ¿Qué Epi cocinaba primorosamente? Pues un tío independiente. Y así lo pienso aún hoy. Recuerdo con especial cariño un sketch en el que Blas cantaba las dichas la colombofilia, y bailaba mostrando las inéditas piernas.

Y como empezaba a ser un tipo duro que se gastaba su flamante propina de 100 pelas (hasta 1986, 10 duros) no sólo en porquerías (nombre dado entonces a las gominolas, mucho más digno que la hortera palabra chuches), sino que, a veces, se atrevía con un tebeo de Spiderman, pues encontraba a lo largo de esas tardes televisivas placeres adecuados a mi madurez.
Ya en el propio Barrio Sesamo se intercalaban sketches de decidida vocación metafórica, absolutamente novedosos, originales y plenos de talento. Así, una banda con diferentes personajes interpretaba piezas cercanas al acid jazz. Había rotaciones, pero me acuerdo perfectamente de Epi a la batería. También los maravillosos cuentos de una especie de samurai o cortesano oriental, que con una voz de timbre caliente y profundo relataba historias con moraleja (viva en mi mente el de La mujer más bella del mundo). La cámara lo enfocaba al principio, y luego se movía hacia la representación del cuento. Luego volvía a él, que largaba la moraleja. Pero sin tiempo de asumirla, otro cortesano situado a su espalda daba un golpe criminal a un enorme gong, lo que hacía retemblar al pobre narrador, que, con la dignidad perdida, miraba iracundo al salvaje. Me encantaría encontrar alguno de estos vídeos, pero creo que será imposible. En cambio, si está disponible la más bella stravaganza que se haya dado nunca en un programa infantil
