GHOST AND GOBLINS o DEL HONOR (I)
A TODOS LOS QUE ESPERABAN ESTE ARTICULO.
Uno de estos pasados sábados, me encontraba yo cavilante y con el pelo revuelto, la cara pesada y los sistemas locomotores calentando, ayudados por el abrazo ligero y obstinado de un pantalón de chándal Kappa (la mejor marca), empezando un nuevo fin de semana cargado de aventuras (ja,ja,ja…)
Si, la típica mañana de sábado apocalíptica del s.XXI. Apuraba una taza de té mientras en mi fuero interno se debatía una lucha denodada entre el cerebro, que me urgía a levantarme a darle un repaso a la casa con la aspiradora, y las posaderas, bien pegadas al sofá cubierto de pelo y restos de aperitivos. Toda cuanta resistencia encontraba la mente formaba parte del destacamento televisivo del trasero: un destacamento muy eficaz, los puñeteros Gurkas.
Era uno de esos programas hecho a base de retazos de otros, presentados en tandas por lo que parecía ser un robot silente, acromegálico y estúpido, con un diseño de madera que a mí me sonaba de algo (y seguro que a Futurama, de
Y siempre pasa lo mismo.
Entre payasada y payasada, el robot introdujo un video en el que un bebé de león marino o foca resbalaba y se separaba de su madre, yendo a parar a un plano inferior dónde se encontraba con un nutrido grupo de madres con sus crías. Éstas, y así lo dejaba claro en narrador, al que semejante situación parecía darle mucho gustito, empujaban y alejaban de sí violentamente a la pobre cría, ya que sólo podían alimentar a las propias e incluir otra hacía peligrar las esperanzas de supervivencia. Todo ello ante la desesperada mirada de la madre de la volteada cría, cuyo final me negué a contemplar levantándome indignado y apagando la televisión con el dedo.

Esto va de G´n´G, en serio. Esperad un poco
Puedo deciros, y así lo confirmará cualquier conocido, que si yo apago la tele con el dedo y no con el mando tiene que ser por algo realmente grave. Y graves a ese respecto son para mí tres cosas: una tormenta, una visita no deseada que llama a la puerta y EL RUFIANISMO TELEVISIVO.
Estaba furioso y temblaba de indignación. Era rufianismo travestido de ciencia… ah, esa palabra. Ciencia. Una patente de corso vil y pútrida en la que se amparan unos morbosos canallas para satisfacer sus instintos más bajos. ¿Cómo puede un hombre que así se quiera llamar contemplar semejante espectáculo no sólo sin intervenir a favor de la misericordia, sino además grabándolo para exhibirlo después por unas cuantas monedas arrojadas por el vulgo? Monedas manchadas de sangre inocente.
Está bien, está bien. Me calmé. Sencillamente no me parecía la mejor forma de iniciar el fin de semana. En tiempos ofrecían series que te animaban a ligar, como “Teen Wolf”, pero en fin, son otros tiempos…es que me enfadé por la reiteración en diversos horarios de tan espeluznantes imágenes. No era ni la vigésima vez en que hube de toparme con ellas y el horror me estropeó la jornada. Pero bueno, hay que ser fríos y no ceder tanto a la pasión. Transcurrido este tiempo prudencial, paso a denunciar el incidente en las siguientes líneas.
Los que graban este tipo de incidentes sin impedirlos son unos hijos de puta, unos babosos y una panda de payasos de barraca caducos y enfermos. Que lo disfracen con ínfulas de investigación y ciencia hace que desee amortajarlos con el soporte de su estudio, y que éste se compre y se exhiba fuera de circuitos de pornografía extrema y desviada es algo que me llena de congoja. Sólo espero que algún día un león los devore y alguien, ojala pueda ser yo, lo grabe con deleite mientras saborea un gin tonic.
¿Qué me hace pensar así? ¿quién me ha inculcado una pasión ciega por el honor y la defensa de los inocentes sea cual sea la amenaza que los acecha? Yo os lo diré: Sir Arthur, el protagonista de ghosts and goblins, el mejor videojuego del s.XX.
En primer lugar, debo decir que me he basado en dos estudios tan contrapuestos como brillantes escritos por D. José Viruete en su magnífica página http://www.viruete.com/articulos/2004/ghostngoblins.htm, y por alguien desconocido en Wikipedia, incluyendo éste último un enlace con la página The Ghosts and Goblins Series Online, cuya visita recomiendo encarecidamente para saber más.
Viruete, no sin razón, señala que ni tan siquiera podemos estas seguros de que Sir Arthur se llame así, y mucho menos de que el diablo al que nos enfrentamos sea Astaroth. Sin embargo, en la monografía citada se asegura que el protagonista es el mismísimo Rey Arturo, que lucha contra el diablo mencionado y que su novia sería por tanto Lady Ginebra, aunque otras veces se la nombra como Princesa Prim-Prim. Ambas teorías, acertadas o no, coinciden en la genialidad de la obra. Y no discuten el y hecho cierto de la valiosa filosofía y moralidad que alberga su desarrollo.

Sir Arthur disfruta en compañía de una dama, en un paraje solitario, de un amor tal vez prohibido. Caída ya la noche, las tumbas quietas y musgosas son los únicos elementos discordantes que nos desasosiegan y nos distraen de una escena muy tórrida, donde el caballero está tumbado sumido en el placer de la contemplación, vestido tan sólo con el ropaje de sus buenas acciones y un taparrabos/calzoncillo blanco, mientras su amada se encuentra arrodillada a su lado a la altura de…bueno, una postura sospechosa.

Ahí se acaba lo bueno. Un trueno rompe la tranquilidad, y un sonriente, peludo y gallardo diablo alado se lleva a
Esta es la intro más famosa y emocionante de todos los tiempos.
A partir de ahí, todo el pavoroso reino de Belcebú nos ataca. Los más recordados, los zombies harapientos que se abalanzan sobre nosotros, precedida su aparición por la tierra que se abre. Compartiendo con el Sr. Viruete la fascinación y el pavor por los zombies, me viene a la memoria una frase dicha por un cura en la segunda y básica película del gran George A. Romero sobre el tema del que es padre: “cuando los muertos echan a andar, ¿para que obstinarse en matarlos?... no hay forma de vencerlos”.
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Mátalos, Wooolly!
Pues no señor. Con esa mezcla de desidia y fatalismo no se salvan vidas. Si dejamos ir a los zombies y estos acaban en un pueblo y atacan a unos niños, ¿qué les parecerá a sus madres nuestra visión existencialista de la vida? ¿les dará consuelo? Si salvamos a la princesa, ¿la amaremos sin freno, sin conciencia de lo sucedido? ¿la salvaríamos realmente, o la hurtaríamos de otro tirano como nosotros?, y ¿dónde amarla? ¿en un mundo lleno de zombies? De eso nada. Hay que matar a todos y cada uno de esos cerdos, y hacerlo de manera implacable. Tenéis un millón de motivos, pero a mí me basta uno:
No amaría tanto a
Y lo mismo para cuervos y plantas carnívoras, y mucho más para la muy peligrosa gárgola que espera al final del cementerio. Es rápida, musculosa y cruel, y de su boca salen estrellas mortíferas. Es el primer gran enemigo, y mientras nos batimos con él, el castillo demoníaco brilla al fondo. Un bosque con brujas/fantasma y caballeros negros voladores, un cíclope revestido de tachuelas y cuero (no sin intención), fin de fase y una conclusión muy clara: estamos ante una concepción de la vida y del honor medievales.

Así es: el caballero y su armadura arrojan lanzas pesadas contra los rivales, que son cuervos (que devoran la carne a la que no se ofrece santa sepultura), plantas carnívoras (temor a las especies de ultramar), gárgolas diabólicas (aunque viriles y seductoras), caballeros negros y brujas, amén del cíclope macarra (en clara alusión al incipiente movimiento gay) y los zombies, que son ni más ni menos que campesinos, siervos de la gleba sometidos al tirano feudal que atacan a un igual. Un igual en imagen y semejanza de nuestro Señor Jesucristo, sobre todo en su estampa crucificada: al ser tocado por la malignidad o el conocimiento, el caballero pierde su armadura y su defensa científica, y queda desnudo, a merced del mal temido y aún peor, de lo desconocido, a excepción de su paño escaso y su fe increbrantable.

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Malditos guarros!
Es un cuerpo delgado, fibroso y huesudo, comedor (cuando come) de castañas, pan oscuro y poca carne roja, que deviene en cenizas y restos cadavéricos con aire de reliquia. Sir Arthur es un caballero pobre que lucha por el honor, y lo hace pese al pavor que siente ante lo que la religión le ha inculcado y ante aquello que desconoce.
¿Más ejemplos de que la historia es anterior al hecho americano? El caballero no puede tocar el agua. Ni siquiera sin armadura. No sabe nadar y desprecia la higiene. El agua mata, provoca pulmonía y ahoga. La superchería pasa su factura: si el hidalgo dispara sus lanzas y puñales contra una tumba quince veces, surge el brujo de cabeza de pájaro. Si no se elimina, su hechizo nos convierte en una rana indefensa: el pecado de idolatría, la herejía y, una vez más, el demonio de la ciencia de la mano con el del sortilegio. Sí, uno se lo pasa bien saltando por encima de los zombies, pero mejor no tentar a la suerte.

En las siguientes etapas, contemplamos una ciudad adornada de presuntuosos (y mortales) canales invadida por el hielo y los monstruos. Parece Ámsterdam, y sus alegres y pecadoras mujeres han sido eliminadas, quedando las calles y casas a merced de vampiros, duendes diminutos e ignominiosos ogros… ¡con un corazón tatuado en los brazos!

Hay quien piensa que ello es debido no a la eliminación de los ciudadanos, sino a su mutación en horribles criaturas que tienen “reflejos” de su vida anterior. Tanto da: hay que matarlos. Y mejor aún con el Moonwalk: con el puñal, mejor, o con la daga, empujar el joystick con leves espasmos mientras aporreamos el botón de disparo. Esto crea un muro de acero que destroza al enemigo, que no puede avanzar, mientras que nosotros mantenemos una distancia de seguridad. Una vez más, el ideal medieval: vive en el campo, la ciudad alberga pecado y peste.
Y de ahí a las cavernas. Profundas y misteriosas, donde nuevos rivales acompañan a los de siempre: murciélagos (único guiño al vampirismo) y columnas que escupen bolas de chispas (temor al árbol del conocimiento, crispado y falaz). Pero no son sólo los demonios los que nos acechan. En una vuelta de tuerca criminal, el programador/narrador nos enfrenta a un Saturno elíptico, cuyo reloj corre hacia atrás. Si llega a cero, morimos. Tempos fugit, y más para el que busca un revolcón.

Al final de las cavernas, el dragón. El Gran Khan de oriente, el Imperio Otomano ataca. Hermoso, danzante e imparable. Si queréis matarlo, y esto no es una leyenda urbana, disparad a su boca cuando esté abierta y morirá de inmediato. De otra manera, la cabeza sin cuerpo es más rápida y casi seguro nos matará.


