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La Coctelera

TALES OF THE KUNG-FU MASTER


"Que me digan qué es que me opongo"

1 Febrero 2008

EL CUERVO



Las pandillas juveniles, los grupos masónicos, las conjuras de largo plazo, las tertulias de resesos, las cuadrillas… todas, todas estas asociaciones tienen una anécdota fundacional, un acervo compartido por todos los miembros que puede basarse en los más pequeños y extraños detalles, o incluso en personas o personajes que a veces son ajenas a esta condición impulsora. Sí, el nexo causal es comúnmente algo absurdo que, por alguna razón, permanece en las mentes y los corazones, detona una emoción potencial y todo empieza.

Un grupo con vocación de longevidad lo será en la medida en que recuerde, respete y proteja este patrimonio, por insignificante que parezca. Contará las anécdotas relacionadas con el hecho una y otra vez, discutiéndolas a gritos y reuniéndose en torno a ellas en sus fiestas de guardar. Incluso habrá lugar para la exageración y la mitificación, aunque NUNCA para la mentira.

Mi grupo se llama EL PARQUECITO (en serio, así se llama). Como he dicho en otros posts, sus miembros están dispersándose por toda la piel de toro. Dentro de poco, sólo yo seré EL PARQUECITO. Pero incluso en la hora más oscura, cuando sólo mis pasos recorran las calles de Vigo con aire desafiante (vamos a cruzar el territorio de esos soplapollas), recordaré los estandartes, los dos pilares de la organización. En este caso, dos personas. El Alfa y el Omega del Parquecito: Cuervo y otra persona de la que hablaré pronto.

El Cuervo es el pasado del Parquecito. Nunca ha sido miembro. Es un ideólogo, un libre pensador cuyas enseñanzas (la aplicación de las cuales ignora hasta hoy) han esculpido la personalidad y comportamiento de muchos socios, los llamados Cuervistas: Hueso-T, Moisés en menor medida, Twicky, etc…

Hace muchos años yo vivía en un bloque de los años 50 en una muy céntrica calle de Vigo, cerca del puerto. Delante de mi portal estaba la comisaría de policía, lo que no impedía una pacífica convivencia con prostitutas que rondaban, como es lógico, la zona portuaria, extrañamente limítrofe con el parque de La Alameda, de los más importantes de la ciudad. Por el balcón del salón podía ver como la gente que iba a hacerse el D.N.I. se lo pasaba pipa en la cola, ya que podían (y así lo hacían) reclamar los servicios de un a profesional para aliviar la espera.

Vista parcial de una calle de mi viejo barrio

¿Quién me indicó esta circunstancia? Mi vecino del 2º, Arturo H., alias EL CUERVO.

Lo hizo sin discriminarme por mi tierna edad. Me enseñó también que no todas las prostitutas eran mujer, y lo hizo con todo el desparpajo del mundo, cuando, al cruzarnos con uno de estos farsantes, agarró una banqueta (entonces había una banqueta delante de casi todos los portales donde se sentaban indefectiblemente viejos aburridos, vendedores de bicho para pescar o tontos) y se la pegó fuertemente al culo, al grito de:

- ¡Cuidado, que me da por el culo!

Ante los improperios del travestido, respondió con arrojo:

- Tú te callas, mona de mierda, que aún te vas a ir caliente.

Ese era EL CUERVO. La dinamo de un edificio lleno de Señoras viejas, matrimonios de larga duración con hijos emancipados y una portera con dientes de oro. La última persona que allí nació lo hizo en 1984. Yo era el segundo más joven. Y CUERVO, que me sacaba 28 años, se llevaba el bronce.

Puertas del piso de Cuervo

Su familia eran personas con buena fama y educación, conocidas en Vigo. El padre de Cuervo murió en los primeros 70. Un hombre muy trabajador, con unas grandes gafas de pasta negras. Sus hermanas se casaron con militares, tuvieron hijos y se marcharon a vivir a otras ciudades. Así, CUERVO vivía con su madre, una Señora muy fina, cariñosa, comesantos y gran cocinera. Terriblemente educada, se escandalizaba por cualquier cosa.

Y se escandalizaba sobre todo por las que hacía su hijo, que era un soltero de los de antes, de los de verdad: nada de lofts fríos y funcionales, nada de club de vinos, música de cámara, gato bien cuidado o efluvios homosexuales. No: farias, copas de caña, callos, cocido, fútbol, toros y putas.

Tenía la enorme suerte de trabajar en una línea marítima, cuya oficina se encontraba al lado de mi portal, y a la que los empleados podían acceder (esto es verídico) por una puerta privada que comunicaba con mi portal. Es decir, que el Cuervo no tenía ni que salir a la calle para ir al tajo. Algo no del todo extraño en los años 70, donde se vivía en un mundo de fantasía, hermoso pero a veces terrible. Eso sí, su jefe era el del 1º, un hombre bastante antipático pero entrañable (lo cual explica en gran medida lo de la oficina en el portal).

La puerta en el portal. Increible


Bueno, he dicho que no tenía que pisar la calle para ir a trabajar. Pero sí para disfrutar de la vida a su manera: de bar en bar, y os puedo decir que en mi calle había tantos bares y tabernas como personas, y de casa de putas en casa de putas (sí, también había muchas). Yo lo solía saludar a eso de la una en “La casita”, extraño lugar aquel: era un local que en su entrada angosta estaba dedicado a tienda de alimentación y droguería, con los productos estrella de turno: en unos tarros de cristal superpuestos y unidos por alambre, toffes de los del papel marrón claro derretidos, caramelos “Bloque” (acertado nombre) de menta, cristalizados y de puro peppermint, tabletas de “Escalofrío” y otras maldades. En cajas dispersas, sándwiches de nata (con su envase de papel de aluminio azul), Cropanes, Flanin “El Niño”, esencias de vainilla y de anís (una vez me metí uno a pelo y casi llego al coma glucémico) y cosas que ya no recuerdo, hoy en día desaparecidas sino prohibidas.

Luego la elegante selección de perfumería e higiene: Otelo, Baron Dandy (en un bote de plástico de medio litro que estuvo ahí siempre), Floyd (con la etiqueta del cretino sonriente con la cara llena de espuma) y Brando, con exclusión de cualquier otra.

El resto eran detergentes, jabón lagarto, yogures y mil artículos más que nadie en su sano juicio compraba, porque se notaba la huella del tiempo sobre ellas (la escasa luz solar se había comido los colores de los envases).

Superado este primer infierno, y si uno tenía redaños para caminar más allá, siguiendo la eterna estantería que ahora mostraba latas de las más diversas conservas, a través del suelo de baldosa gris marengo con incrustaciones imitando al piñonate, se encontraría con unos barriles que goteaban tinto do país. A partir de ahí, el local se ensanchaba y el ambiente se cargaba, pues nos encontrábamos en la cantina. Sí, la misma vieja temblorosa que despachaba en la tienda se encargaba de un bar que estaba al fondo, y si bien en la tienda casi no iba nadie, la taberna estaba llena de policías, oficinistas y trabajadores en general. Iban por el vino, las cervezas y las empanadillas que freía ahí mismo la vieja, en un aceite negro y requemado. Las llamábamos “empanadillas malebolgia”, pero tenían éxito. La vieja trabajaba a destajo mientras que su marido, un chepudo alto y de lacia melena gris, hacía de relaciones públicas o vigilaba desde lo alto del local, donde se disponía una estructura metálica a la que se accedía por una escalera, y que servía de almacén: montones de basura, pilas de jabón y tambores de detergente amenazaban. Una puerta al final de la barra daba a un patio lateral lleno de chatarra y bombonas

"La Casita", ahora "Don Chiringo". ¿Para qué un toldo tan fino con ese nombre?


Por supuesto, dispensaban tabaco (de “Winston” de batea a “Sombra”, pasando por “Mecanicos” hasta “Boncalo”). Un negocio, como podéis comprobar, tan multidisciplinar como lucrativo. Decían las malas lenguas que los propietarios estaban forrados, y que su hijo era un superdotado que trabajaba como ingeniero aeronáutico en Bakú. Comía mejor que en casa, decían.

Y de los parroquianos, dos en particular: un anciano de anchas espaldas aficionado a agarrarte y estrujarte “de broma” que dibujó un jefe indio con pipa y todo en la puerta del único retrete, al que llamaban Ferreiro. Y CUERVO, tomando el aperitivo de los campeones: taza de loza de vino pesado y denso acompañado de cigarrillos y empanadillas putrefactas. Yo iba a comprar Bloques de menta al volver por la mañana del colegio y me invitaba muchas veces. Siempre el mismo aspecto: zapato negro sin cordones y de punta (redondeada en el extremo y con ridículo adorno pequeño y dorado), pantalón “de vuelo”, jersey finito lleno de pelusa y una camisa blanca sobada, con el cuello gastado por la barba afeitada pero rasposa. Eso sí, corbata siempre: roída, pasada, con nudo ancho de payaso o estrecho de chuloputas según la ocasión, pero corbata al fin y al cabo. Era como si dijera “eh, si uno lleva corbata, ya está elegante, así la lleve colgada de los cojones”.

Me imagino que usaría los slips o calzoncillos de los de siempre: cortos, marciales, ridículos, de goma vencida, color desvaído, sufridos, nacionales y sospechosos.

Era tuerto. Un perdigón cuando tenía 6 años. Llevaba unas gafas enormes de cristales oscuros, pero las llevaba a lo Mortadelo, tan adelantadas en la nariz que dejaban a la vista el ojo opaco, malévolo, azulado como el de un pez muerto y que nadie sabía a ciencia cierta si funcionaba o no, porque parecía escrutarte recóndito. A mi me recordaba al ojo de Transfer, el hostigador de Willie Fog. Mi padre lo llamaba con naturalidad “ollo grolo”, y lo hacía delante de Cuervo, que adoptó el apelativo. Mi padre siempre trató con notable desparpajo y ofensivas expresiones a su amigo, que como veréis lo tomaba con mucho orgullo y filosofía.

Tenía la costumbre mi querido vecino de echarse novias putas. No es que fueran casquivanas, es que eran putas. Pero putas, putas. Carroñentas, como decimos por aquí. Y el tío del brazo con ellas, y las llevaba a cenar y todo. Tan campante. Las invitaba al “Rosalía Castro”, una cafetería de éxito a diez metros de nuestro portal. Allí se pavoneaba con la fulana de turno, que normalmente tenía una pinta nefasta. Tanto, que mi padre se vio en la obligación de advertirle:

- Arturo, si sigues con esos cadáveres vas a meter el sida en casa.

- Tranquilo que no las meto en casa. Las follo y ya está.

Un argumento demoledor. Indiscutible. Mi padre fue más allá, no obstante. Ya veis que la investigación del submundo me viene de familia.

- Hombre, pero búscate a una chica normal, que así pareces un cuervo picando en la carne podrida. Y si te acostumbras a la carroña, luego lo normal note va a gustar.

El Cuervo bebió un trago de cerveza. El ojo grolo se posó en los parroquianos que esperábamos que la luz de la razón lo iluminara. No fue así.

- A mí me gusta la carne podrida. Soy un cuervo, un grajo. Me gustan las putas. A las demás, que les den por culo.

Dicho esto, retrepó la banqueta sobre la que se sentaba y, esto es verídico, graznó como un ave de mal agüero, provocando estupor y carcajadas.

Pero no todo el mundo podía hacer estos comentarios. Pepito “Palanganero” Soya, el camarero del Rosalía, se tomo unas libertades excesivas al calificar a su novia puta de turno de “boxeadora”. Era una furcia de anchas espaldas, es verdad, y comía como una lima. Pepito era el típico bobo gallego, de esos que encierrans us madres en un sótano o que trabajan de sol a sol por un puñado de céntimos, pensando que el negocio es también suyo. Referirse así a la novia de Cuervo le costó caro: primero le provocó quemando con un puro la efigie de su amado Zamorano, y cando salió de la barra armado con una escoba para zumbarle, fue detenido por sus otros hermanos y camareros, que al socaire de semejante falta de profesionalidad le dieron una buena paliza en el reservado. No bien se había recuperado el tonto, cuando Cuervo le tiró un vaso de agua por encima.

-Para que te laves, que eres un cerdo.

Formidable. También gustaba de este comportamiento ladino con los transeúntes, como cuando en 1993 íbamos a jugar al futbito con diversos curriquis de barrio los domingos por la mañana. El estado de forma general era desastroso, y en particular el de Cuervo que jugaba con un pitillo en la boca. Pero, como decía Gila, minaba la moral del enemigo. Les pinchaba, les echaba humo, les tiraba cuescos… y esto lo ensayaba de camino, en el coche. Si veía a algún juerguista de vuelta, derrotado y agitado, bajaba la ventanilla y les preguntaba:

-¿Tienes sueñito?

El juerguista no coordinaba, no respondía a tan absurda pregunta, se quedaba pensando qué diablos querría aquel loco en jersey y pantalón corto. Pero no daba tiempo a más: el coche arrancaba y Cuervo les espetaba:

- ¡Pues durmieras, cerdo!

¡Qué desprecio olímpico por el prójimo! ¡qué placer insultar de manera gratuita! ¡cuánto le debo a Cuervo!

Pero un día cogió, y se casó. Con una tipa horrenda, una ursulina. No era puta, ésa se metía monja y moría virgen. Fue una sorpresa para todos, sobre todo para su madre. La animamos diciéndole que al menos había sentado la cabeza, que era una buena chica. Poco consuelo para la anciana, que por un lado sabía lo que ocurriría y por otro añoraba al corsario de calcetín blanco, de fino “La Ina” y de sangre caliente.

El matrimonio de Cuervo duró 8 meses. Luego se divorció “a la gallega”. ¿Cómo se divorcia uno a la gallega? Pues marchándose de casa sin más. Ni siquiera con la excusa de ir a buscar tabaco. No, como mucho un “vete a tomar por el culo”. Cuando le preguntamos porqué, explicó lacónico que le exigía ponerse las zapatillas en casa. Causus belli.

Vigo, desorden divino

En 1994 las cosas fueron mal para Cuervo. Su jefe se jubiló y cerró la oficina. Se quedó en la calle, y muchos dijeron que ahí se torció. Como si antes hubiera sido un santo. Pero sí un buen trabajador, por lo visto. El mejor en lo suyo. Buscó sin ahínco un nuevo trabajo, orientado hacia la hostelería. Los sufridos camareros de los bares del barrio acudieron en su ayuda, pero el quería otra cosa: trabajar en una barra americana.

Y lo logró. Durante casi un año, fue camarero en el “Telmo`s”. Palizas a borrachos, esponjas dispuestas y sueldo en especie. Fue un hombre feliz.

Lo encontré muchos años después. Volvía al viejo barrio en compañóa de un compañero de aventuras y un par de eslovacas macizas que se habían dejado enredar. Las llevamos a un coqueto restaurante que imitaba una cueva, pero a precios del futuro (tendríais que ver a las eslovacas). Me quedé pálido al ver que era el camarero.

“Menudas chavalas, Tarzán”. Así me llamaba. “¿De dónde sacas a estas (gesto de arco cerrado a la altura del plexo solar)?”. Le pregunté si le gustaban, por decir algo. Como siempre, el ojo glauco se posó en mi, reflexivo y escrutador. Luego me dijo algo que no olvidé nunca, que recordaré mientras viva:

- No están lo bastante podridas para mí.

Por última vez, el Cuervo levantó la cabeza y graznó libre y salvaje, ajeno al mundo y sus convenciones.

“En Pereiró hay una tumba muy particular. Allí enterraron a un amigo mío muy trabajador y formal. Tenía una mercería. Se llamaba Cecilio pero le llamábamos Chicho. Si visitas su tumba, podrás leer el siguiente epitafio: Aquí yace Chicho, del coño de su madre al nicho. A mi no me pasará igual, Tarzán”.

El Cuervo

servido por kungfu-master 5 comentarios compártelo

5 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Hueso

Hueso dijo

Está bien recordar a tu maestro "El cuervo", porque siempre todo maestro ha sido aprendiz previamente. Gracias por recordar sus enseñanzas.

2 Febrero 2008 | 06:18 PM

kungfu-master

kungfu-master dijo

De nada hombre. Ya veo que sólo estás tu del club. Te lo dije, esos se largan y a otra cosa. Así revienten

2 Febrero 2008 | 08:43 PM

Por si escasa

Por si escasa dijo

Articulo muy divertido. Me parto con la anecdota del travesti y la banqueta. Tienes que conseguir una foto y ponerla.
Yo sigo aqui, observando desde la ciudad de las mañas (guapas y calientes según dicen). Lo primero lo he comprobado, lo segundo está por ver, aunque no ha sido uno solo quien me lo ha dicho: lobas, "animalas", "aqui no folla quien no quiere...", "encuentras rollo en cualquier sitio..." Veremos.
Un abracico, majos

4 Febrero 2008 | 02:14 PM

Yet

Yet dijo

Recuerdo muchas de esas anécdotas, todas ellas desternillantes. Casi me tienen que dar aire de la risa. Y es unha narración extraordinaria y muy bien hilvanada. Gracias por ese trabajo para nuestro disfrute.

4 Febrero 2008 | 08:21 PM

kungfu-master

kungfu-master dijo

La verdad es que me quedé corto, pero si no salen los rollos del mar muerto. Hasta me olvidé de lo de "por si escasa", "las cosas claras y el chocolte espesa", etc... dentro de poco, el otro estandarte. Atento

5 Febrero 2008 | 11:04 AM

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Pike, treinta y subiendo. Soltero y vive con su gato. Antiguo comandante de una nave de los 80, ex-cabecilla de una pandilla de gamberros callejeros, ahora a punto de empezar a hacer calceta o coleccionar sellos, pues camina ya hacia la niebla de la idiocia, dejando antes del fin testimonio de lo vivivo...o imaginado
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