Vigo me aburre.

Una frase que me partió el corazón hace apenas un mes, y que ahora, a pocos kilómetros de vía férrea del regreso a la ciudad corrupta y detestable que me vio nacer, acojo como un lei motiv.

Pienso, flaneado por el traqueteo del vagón tercermundista de la miserable RENFE, muy inferior sin duda a las locomotoras maoístas, rodeado de viajeros cansados y hediondos, calcetín blanco negras intenciones, en una noticia muy chistosa que leí en un periódico de los años cuarenta: “terrible accidente ferroviario con decenas de víctimas. Por fortuna, los fallecidos en su mayor parte viajeros de tercera”.

Por lo menos yo voy en preferente. Desde hace una semana vivo en preferente, y he tenido que viajar 800 kilómetros para conseguirlo.

Vagón estrella de Renfe.

Y en mi mente también brilla el rencor. Me has fallado, Cachamuiña. La puerta de la Gamboa no es más que la entrada a un mundo caótico e injusto. Vigo huele a pescado, está perlado de malotes, tiene una bandera que da asco. Siento un profundo desprecio por el olivo, y no puedo soportar sus locales de muerte polvorienta.

Me has fallado, madre descocada. Me has utilizado, y me has mentido. Has intentado retenerme entre tus brazos tibios, en salas de cine vacías, manteniéndome con el fruto amargo de la venganza, viviendo en tus toberas como un tejón tuerto e hidrofóbico, furibundo e ignorante.

Como has podido…

Todo comenzó cuando decidí enfrentarme a mi destino, lejos de casa. En una ciudad con la que he mantenido una relación de odio-odio y con la que debía ajustar las cuentas: Zaragoza.

Dos copas del Rey, 1994 y 2001. Qué tristeza, qué borrachera. Qué dolor por la patria chica, que manera de implorar reconocimiento y justicia.

Qué forma tan patética de perder el tiempo.

Pero es que además se habían llevado, como habéis podido leer en este vuestro blog, a mi fiel amigo y compañero de aventuras Shareef “El Moro” Formoso. Atraído por los dulces cánticos de la Expo del Agua (en el mayor socarral que este mundo ha parido), se fue y me dejó, escribiendo tan sólo para hablar de relaciones picantonas cuyos extremos resultan aterradores.

Brujería, sin duda de ninguna naturaleza. Mi amigo se hallaba seducido por súcubos o acaso íncubos, y en mi corazón sentía la necesidad de rescatarlo, costase lo que costase, sacarlo de su error antes de que Satanás utilizara su tridente patrocinador de la Expo.

Y la puntilla fue la nula información que me había llegado de mi también camarada “PGM/I Love the 80’s”, que dejó de escribir en su blog y no atendía a mis requerimientos. Algo le ocurría y yo no iba a quedarme de brazos cruzados. Ni toda la obstinación cazurra, ni la más enrojecida mirada de Belloch, ni la grotesca flaccidez de Fluvi, ni tan siquiera su Virgen cargada de electricidad podrían evitar mi misión.

Iría a Zaragoza, cogería las copas, rescataría a Moro y encontraría a PGM o moriría en el intento. Y lo iba a hacer en plenas fiestas del Pilar para grabar a fuego en el corazón de aquellas gentes un nuevo sentido –revertido y perverso- para tan odiosa fecha.

La inquietud –más veloz que la luz decía una canción- empezó a instalarse en mis huesos cuando me di cuenta de que los más variados asuntos me retenían en mi ciudad de Lovecraft, como si no quisiera que me marchara. Pero cuando me hallé redactando un inventario de muebles para un desgraciado que iba a alquilar su piso, saltándome con rabia a los ojos la descripción del punto tres (en el que se podía leer “mueble gol” escrita con imposible languidez) la cosa se puso fea.

- Oiga, jefe, ¿que es esto de mueble gol?

El hombrecillo de cara roja y mirada opaca apenas abrió su boca picuda.

- Pues eso, el mueble del gol.

¡Carajo! ¿tendría aquel morrosco un mueble portería, engalanado en mis fantasías con los colores y la mascota del Mundial 74? ¿me lo vendería? Un mueble para celebrar goles, lo que inventa el hombre blanco…

Ah, Santo Cristo de la Victoria (que me has fallado también), pronto me sacó el futuro demandante por desahucio de mi error y de mi ilusión.

- El mueble de la entrada.

Tardé un instante en caer.

- ¿Quiere decir el mueble del hall?

- Eso digo, el del gol.

Lo siguiente que recuerdo es que estaba sacando un billete solo de ida a ese basurero, abrazándome luego muy fuerte al diccionario Vox que me da calor en mis noches solitarias.

En las noches de Vigo.

¿De verdad queréis que os relate mi viaje de 11 horas hasta el Ebro? ¿de verdad hace falta? ¿no preferís que diga tan solo que los responsables de la RENFE y muy en particular los del Ministerio de Fomento son unos hijos de la gran puta? Está bien, relataré grosso modo mi viajecito, pero dejadme decir antes que LOS DE LA RENFE SON UNOS CERDOS, Y LOS DE FOMENTO UNOS PUERCOS Y UNOS HIJOS DE PUTA.

Orense, Monforte. Los cañones del Sil, el Miño. Todo va bien, el paisaje me entretiene. A Rúa-Petín, bien por mi, no hay problema.

Ponferrada. Se suben dos solterones de palillo y cesta de salchichón y se ponen a mi lado, y no se me subieron encima porque por suerte mi asiento era individual y medio metro de moqueta raída nos separaba.

Las dos bombas que no estallaron en el 36. Pero a la tercera fue la vencida: yo estallé.

Pues resulta que, llegada la visita del revisor, estos dos canallas de la peor catadura se encontraban en situación irregular. Uno, porque no era su asiento. El otro, porque no tenía billete en preferencia, sino en turista. Inmutable ante los cien “pero si es igual” que le espetaron esos comecantos, mi héroe el revisor les exhortó a que ocuparan los asientos que les correspondía, y que si querían viajar juntos pues deberían haber solicitado las plazas ad hoc. Cuando esas comadrejas se hubieron marchado, dejando una estela de protestas chulescas y olor reseso, el hombre me miró de manera cómplice, encogiéndose de hombros.

- Pero lo que debe hacer en este caso- le dije yo- es dispararles con su Lugher.

El buen hombre me explicó que los revisores ya no llevaban pistola, quitándome una vez más la ilusión. Por última vez en mi viaje.

Palencia: el villorrio de los muertos viventes

Luego vino Astorga, donde un paquebote enfermo y caduco se dedicó a aullar su condición de vendedor de hojaldres y mantecadas. Maldita sea si se lo que son esas porquerías babosas, pero os doy mi palabra de que hasta por tres veces intentó acercármelas a la cara, y sólo el más indignado de entre mis desplantes aristocráticos consiguió que abandonara su desdichada labor.

Palencia. Hasta ahora pensaba que Zamora era el Tora-Bora nacional. Pues me equivocaba. Palencia es peor. Es sencillamente un vertedero del alma que se va pudriendo eternamente ante la mirada cansada de un Cristo en harapos esculpido en lo alto de sus riscos.

Al poco rato sólo hubo riscos y más riscos, siendo el más curioso de ellos el que desembocaba en una diminuta, reglamentaria y aislada casa putas. Eso era la España profunda entonces…

Salí del sopor al llegar a Pamplona, recordando con añoranza a mi amigo Yet, que languidece entre sus muros. Cuántas veces había hecho él ese viaje y con qué pena me lo relataba. Y que razón tenía. De mis ensoñaciones me despertó un cafre que, muy ocupado tocándose la chistorra, no advirtió la eterna parada en el tren, no pudiendo bajar en su destino. Montó el clásico pollo patrio y se bajó en Tafalla, siguiente parada. Pensaba yo –acantonado en la previsión de ser agredido con esos putos caramelos de piñones que saben a culo- que para qué coño para el tren en esos lodazales, cuando la gente podría desplazarse a las estaciones principales y así hacer más breve el tormento. Dos horas más de viaje y Mirandas de Ebro, Castejones y otras lindezas me devolvieron a la realidad.

Aqui pasa las horas muertas Pacheco el endemoniado, aullando desconsolado...

Zaragoza me recibió con lluvia. Curiosamente, Vigo se hallaba bajo la bendición del cambio climático, convertida en una nueva California. Y yo sin mi paraguas de nuca…

Encontré al Moro saludable y rezumante, pero su mirada denotaba embrujo y locura. Su indómito vehículo –fabricado con orgullo y plástico en Vigo- me paseó por una ciudad llana y embelesada por su propia y efímera gloria.

Embrujado pero bién además.

Así era. Por todas partes se encontraban los burdos anuncios de esa alucinación colectiva llamada Expo, disfrutando los ciudadanos además del décimo día de las fiestas del Pilar, en la que me vi inmerso por un error de cálculo. A lo largo de mi estancia, pude contrastar como aquella pobre gente no hablaba más que de la Expo y de lo mucho que habían fornicado en ella, sin pararse a pensar en el “¿y ahora qué?” que los de Vigo llevamos grabado en nuestros corazones rácanos y en nuestros huevos saltadores.

Sólo yo parecía advertir el ruido de la guadaña, la túnica negra y ajada de la miseria que se aproximaba atravesando las llanuras de tierra parda, tan distinta a la nuestra, negra como el pecado…

Y entonces, la luz del mundo.

Chateé, vi, vencí.

Amanecí –ungido de pasión y añorada ternura- bajo la horca de los hermanos Zoto, que los lugareños decían desconocer. En mi boca el dulce sabor de la gloria, en mi rostro melancólico y ruborizado el calor de la hospitalidad.

Pero también el muy agrio sabor del engaño…

Me acompañaba en mi despertar bajo la horca el Moro, que ladino me miró con ojos de “¿ves-como-tenía-razón?”. Vaya si la tenía, pero me negué a dársela, defendiendo a Vigo una vez más, aún a sabiendas de que semejante amanecer allí conllevaría haber sido expoliados y hasta vejados. Al contrario que Alfonso van Worden, que se negaba tozudo a admitir sus amoríos con demonios, me obstinaba yo en cambio con la idea de que todo cuanto bueno me ocurría no era sino otro ardid del maléfico.

Pero pasaron los días y las noches, todos ellos regalados con tiendas de té, buffets libres de wok y sushi, tiendas de muñecos y todo ello en ausencia de kinkis y lumpen proletariado. Si es cierto que las fiestas apestaban, y que trabar conocimiento con esos seres llamados “peñistas” me llenó de congoja. Si un requeté navarro es el animal de bermeja cabellera que ataca al hombre después de comulgar, un peñista sería un anormal vestido con harapos que, tras un año sin sexo ni lectura, se revuelca borracho de cubalitros en el barro al socaire de su devoción por la Vírgen.

Suscribo todo lo dicho por este ciudadano. Los gaztetxes creo que son un tipo ed galletas saladas.

Pero fueron muy ricas en su mayoría mis horas, llenas de alegrías y venturas que guardo con celo en mi corazón.

Un corazón pisoteado y corrompido por mi vida en Vigo, que es una taberna mefistofélica de perdición, la última posición del lumpen más abyecto, la cuna de la traición. Óyeme bien Moro: tenías razón. Y oídme bien vosotros funcionarios errabundos: no volváis, aquí no queda nada. Vuestras casas han ardido, vuestros amigos han muerto y no hay cerebros que devorar. Recordadlo como era antes, pero no miréis atrás so pena de convertiros en estatua de bosta, momias de Breogán.

Cuando las alas no aguantan...

Ante tanta dicha en tierra extraña me encontraba yo como el ángel de “Melancolía I” de Durero, cuadro fascinante del que ya os he hablado. Mis alas, como las suyas o mejor como las de un murciélago inmundo pero fiel, ya no aguantan, han caído por el peso de la decepción más amarga. Miraré al mar con indiferencia, y recordaré las sosas calles de Zaragoza como las que me dieron cobijo y calor. Esos comedores de madejas (tripa de oveja cocida y repugnante) acogían cándidos al comedor de marisco engañado por su hogar...

Vigo me da asco.

Visitamos Pamplona para visitar al endemoniado Pacheco (Yet), y éteme aquí que no encontramos la fétida charca seca que éste nos prometía, sino una moderna villa cuyo único cáncer es un casco viejo feo y repleto de gentuza. El resto, platos el día lujosos, campus soberbios llenos de árboles y bellas jovencitas (no como en Vigo) y hasta entrañables profesores de tomar chatos. En la última postura de mi menguante patriotismo, hube de carcajearme de una cafetería donde se exhibía con pretensiones de venta un busto del ridículo cuatro ojos de Escrivá de Balaguer, pero el parque Yamaguchi, donde te puedes tirar en la hierba para calmar tus enojos sin miedo a mancharte (impensable en Vigo) me hizo admitir la realidad.

Dadme vuestro dineroooooooooooooooo...


En el colmo de la dicha, conocí y pude constatar la integridad física de “I love the 80`s”, que es un tipo estupendo y, aunque no sepa pujar en ebay, se hace de querer. Oí de su boca con espanto que planeaba visitar mi ciudad, y enfrebrecido le rogué que no lo hiciera. No debes venir a este infierno acuático, como no debes postear a “Objetivo Birmania”. Un fuerte abrazo, adelante siempre.

Y a ese día siguieron unos cuantos más en la Venta Quemada, tan felices y de tránsito tan rápido como un permiso en la guerra. Esa era mi vida: una guerra constante al servicio de los tongs que infestan las calles de la ciudad olívica, cuyo estipendio es sólo la destrucción propia.

Reflexionando en Yamaguchi. Serán pijos estos requetés...

Al fin me marché, llevándome un inesperado botín: tú tienes mis copas, pero yo te he arrebatado tu más preciado tesoro. Y como soy un bastardo de Vigo y no se pude esperar otra cosa de mí, le digo a Zaragoza que la Expo se ha terminado, y con ella la feria del porno que ocultaba. Que las fiestas del Pilar también y que sobre ella caerá el invierno más negro de todos los tiempos. ¿No os acordáis del Duende? Pues oídme bien: el Duende de Zaragoza era de Vigo, era un marinero borracho y maloliente que se fue para allí como yo y os desea desde el infierno tanta suerte como servidor.

Zaragoza me despidió gentil bajo una intensa lluvia que no calaba en mi piel escamosa, acostumbrada al clima odioso de Galicia. Bajo el cielo encapotado me despedí de Moro, y llegamos a la conclusión feliz de que era un prestigio para bestias de carga como nosotros el haber sido importados a tan lejano lugar con el único fin de dar rienda suelta a nuestra mala uva y ansias de devorar toda la inocencia posible. Mucha Expo, muchos Pilares, pero a la hora de la verdad es el desembarco de mercenarios adiestrados en el averno lo que marca la categoría de una ciudad.

Dos mercenarios vigueses de pro.

Levanté el brazo en señal de victoria como hacen los jinetes del fuego eterno, y me quedé un instante así bajo la lluvia asimilando mi inesperada gloria.

Tras doce horas de viaje en el tren Estrella (¿os he dicho ya que los de Fomento son unos hijos de puta?), puesto que tarda aún más que el de ida, y habiendo pasado ya Porriño, la sucursal de la casa del dolor que es Vigo, caí en la cuenta de que no había leído el Manuscrito que hallé en Zaragoza. Armando todo el ruido posible para molestar a los viajeros y prepararlos para lo que les esperaba en la última parada, abrí sus sobadas páginas y pude leer: “acércate a la ventanilla”.

Como fuere que por la mía sólo podía ver maleza y drogodependientes que se negaban a explotar, me levanté y descorrí decidido la cortina de la ventanilla de los viajeros del asiento de al lado.

El mar, el Xaxán, y toda esa mierda...

El mar y el Xaxán me daban la bienvenida con el azul más intenso que haya visto nunca. La sal inundó el aire de mis pulmones, y el sol acarició mi cara rencorosa.


Aquí estoy, Vigo, madre inmisericorde. Aquí está tu hijo de puta cubierto de sangre del enemigo, dispuesto a conquistar el mundo, ya jamás como un soldado fiel, sino como un condotiero amargado y arrasado por la traición, más fiero e implacable que nunca, al que sólo podrás pagar con el alma inocente de los hermanos en el exilio”.

Llegado a la estación, levanté una vez más los brazos reclamando el mundo.

Esto ha sido el Manuscrito encontrado en Zaragoza.



Dedicado a mi Tigre Albino que reina en la espesura