LOS DESNUDOS Y LOS MUERTOS
El tren Bleras descarrila. Otra vez.
Diego era mayor que yo, alrededor de 15 años. Desde el bar de sus padres, muy cerca de mi casa, me vio crecer como los míos le vieron a él.
Hace unas semanas salí de juerga como casi todos los viernes. En mis tiempos el día de guerra era el sábado, pero hoy es de palurdos. Siempre que voy de bar en bar dispuesto a perder el tiempo miserablemente recuerdo los primeros, los primerísimos 90, cuando comenzó esta danza macabra. Me resultaba irónico entonces tomar las primeras cervezas en bares como el de Diego, donde unos años atrás deglutía arisco unas gominolas, estipendio venenoso que me ofrecía mi padre a cambio de que no diera la tabarra mientras él filosofaba con sus amigotes sobre los más variados temas, de los que no tenían ni idea por cierto.

Hoy, al contrario, me atiborro de alcohol sin la mirada tolerante hasta un punto del tabernero familiar, y el que habla de cosas de las que no sabe nada soy yo. La vida es amarga, y ni el tronquito de cola más azucarado puede endulzarla.
En el pasado, cuando los cromos y las manos locas no llegaban a conjurar el aburrimiento, Diego se sentaba y charlaba conmigo, operando inmediata la fascinación que sentimos de niños por los congéneres mayores que nos cuentan sus aventuras de manera didáctica, censurada o exagerada. Cuando con los años llegó a ser nada menos que representante de Casio, los mejores y más demandados relojes, regalo por definición en las comuniones mano a mano con las maquinitas, la admiración llego a la estratosfera.
La pesadilla de padres y educadores de los 80: ¡las maquinitas!
Y ahí estaba yo, bajo la tranca sin pelotas del caballo del Oh
Y los ojos al horror.

Antes era distinto. Una y mil veces me lo repito mientras bebo hoy. Antes. EL fútbol era distinto. No, qué diablos, era mejor. Y el cine. Y el no-sexo. Y Reagan era mejor Presidente. Si, hasta las patadas en los huevos eran mejores. Se lo pregunto al plantígrado que tengo al lado “las cosas eran mejores antes, ¿verdad, socio”?.
El socio no espera una pregunta así, pero tampoco se sorprende mucho. Sus ojos, cubiertos de agua estancada, apenas reflejan la punta abrasada del cigarrillo del que da una calada para ganar tiempo. Exhala el humo, se encoje de de hombros y responde: “si, antes llovía más”.
Es verdad. Antes llovía siempre, a todas horas. No podías fiarte, muchos planes quedaban en suspenso por la lluvia. Recuerdo la luz mortecina de un domingo de berrinche cuando me quedé sin zoo por la lluvia. Sólo había tres cosas seguras que ni la lluvia podía cancelar: la muerte, los impuestos y la próxima película de James Bond.
... tempus fugit
Un bufón retrasa lo inevitable. Irrumpe en la conversación meneándose ridículo al ritmo de Jet Airliner: “ya estamos con nostalgias. Es absurdo darle vueltas. Y si lo vas a hacer, se consecuente. Olvidas algo. Olvidas que entonces todo estaba lleno de seres de catacumba que te decían que los buenos tiempos habían pasado, que todo lo actual era basura y que el invierno había llegado. Siempre pasa lo mismo. Iban al cine con 25 pelas y aún tenían para el bocata de mortadela y la mamada en
Una reflexión erudita, sin duda. Sólo le veo una pega, una diferencia sutil pero implacable.
Esos que recordaban están todos muertos. Tempus fugit, completa la cita aunque te aterre.
Todos muertos.
Diego jugaba como nadie al futbolín. Era un genio. En 1992, con ocasión de mi santo, me hizo dos regalos. Uno, el principal, desviar a mi padre de su primera decisión de comprarme un Casio Databank de pequeño usurero miserable y aconsejarle un mixto digital/agujas que terminó comprando con rebaja. El otro, y que me llegó al alma, fue pasarse la tarde jugando como compañero mío al futbolín. Cuando el honor se juega a 7 bolas, ganar todas las partidas de una tarde de Julio no es una cuestión de vida o muerte. Es mucho más importante que todo eso.
Qué razón tenía Bill Shankly.

Habiendo mordido el polvo, los pretendientes de
Volví en mí violentamente. Un compañero de xolda me acercó un gin tonic recién puesto por la camarera, de manos de tocinera, que se me antojó grande como una bañera (la copa digo. Y la camarera.). No bien me había sumergido en ella (en la copa) cuando una silueta conocida se deslizó a mi izquierda.
La inquietud, más veloz que la luz, se apoderó de mí. Conocía a ese tipo. Si, lo conocía. Llevaba desde 1990 sin verle, pero lo reconocí.
Era Samuel. Paquito Samuel para los amigos. Un repetidor nada conflictivo, sereno y bajito, de tez aceitunada y buenas maneras a la hora de jugar al fútbol. Su madeja de bucles de color marrón vulgar se desplazaba del colegio a casa en la línea Carrasqueira 5, la última del Colegio donde estuve de
Patio del Carrasqueira fotografiado por un ex-alumna.
Su alias estaba ligado a mi primera experiencia con el pucherazo patrio. Os lo contaré: en Enero de 1989 se llevaron a cabo las elecciones para determinar qué delegado llevaría la clase de séptimo C durante el trimestre. Los alumnos, concienciados del despótico gobierno del títere de los profesores Emilito Suárez, nos habíamos concienciado para votar en masa a un hombre justo.
Por su parte, los tiranos también tenían planes. Buscaban a alguien más duro que Emilito, que había caído en desgracia cuando fue sorprendido por un lacayo explicando a los compañeros que los asturianos, para referirse a las alubias mal remojadas, decían “estas fabes están como les putes piedres”. Fue su fin.
La votación fue ajustada. Samuel no quería ganar, se estaba acojonando ante la presión de Dª. Josefina, la tutora, que le exhortaba a retirarse si no deseaba el puesto… ¡cuando el recuento estaba en marcha!. La victoria parecía clara cuando tres votos a favor del candidato de los parias fueron cancelados: dos de ellos, por estar acompañados de divertidas ilustraciones del gato Isidoro. El tercero y definitivo, porque su amigo del alma Ribas Pires emitió un voto a favor de Paquito Samuel.
- No existe tal persona. Por ello, el voto es nulo y gana Alejandro (alias Pipas Peladas) Cajide Berraco.
Tres meses de república de Vichy, la delación al poder y la muerte de la esperanza.

Paquito, con buen aspecto aunque algo gordinflón, cogió su copa y se desvaneció. Estuve a punto de saludarle, pero ya tenía bastante nostalgia para una noche. Y yo siempre fui a casa en la línea 1, y desconfío de las demás, sobre todo de la 2.
Lo había visto nueve meses antes, en la calle Victoria. Llevaba un gorro de lana. No se mostró demasiado incómodo al verme, sólo un poco, y se le pasó enseguida. Allí seguían todos los dientes, que aunque exagerados por la extrema delgadez, seguían siendo hermosos. Y los ojos, marcados por el temor, no obstante resistían y miraban con alegría. Era un hombre apuesto, y lo fue hasta el último aliento.
¿Qué podía decirle? Gané tiempo preguntándole por su madre, que ya no tenía el bar, pero por motivos afortunados: ahora regentaba un estanco donde además podías sellar la lotería. Por un momento recordé que días atrás la había encontrado en el autobús y me dijo que Diego estaba “muy mal”. Desde luego lo parecía, pero la gente supera esas cosas a veces. A menudo.
“¿Estás animado?”. Eso le dije. Absurdo, desde luego. Pero le gustó. Me dijo que del todo, y que los relojes Casio eran, por encima de cualquier otra cosa, inmortales.
A fe que lo eran. Aquel desgraciado del Santo me duró ocho años, y porque remojé la maquinaria para justificar la compra de otro, que si no…
Aqui se encontraba en tiempos el bar. Ya no está.
Al carajo, esas cosas a menudo se superan.
Llegó por fin la esperada hora de la retirada tras otra noche de éxito. Cerciorado de que todo estaba en su sitio, caminé esperando el frío de la calle, la mejor opción cuando no hay esperanza de calor humano.
Ante mí, la plana mayor de los alumnos históricos de mis tres cursos del Carrasqueira. Paquito me esperaba sonriente, más todavía cuando lo reconocí al instante, y me introdujo en el corrillo.
- No lo sé ni me importa. No nos hablamos.
Fantástico. Me explicó que tenía un hijo de tres años y que de vez en cuando seguía jugando al fútbol. Estaba en paro, cosa que se detectaba tras una primera impresión de optimismo. Su peinado de neo mohicano decía mucho más que sus palabras.
David Gayoso, alias Kubla Khan. A este lo había visto más a menudo a principios de siglo, pues regentaba un bar oscuro de copas baratas llamado Barcheta donde solíamos parar, además de compartir un año en el Instituto. El bar fue traspasado en algún momento y hoy agoniza sin clientela bajo la dirección apocada de unos argentinos. Le amonesté por dejarlo así. No recuerdo que contestó.
A la figura enjuta vestida con una cazadora de cuero más pasada que la heroína, llena de chapas oxidadas, tardé en reconocerla. Alguien del corrillo me dijo que era Miguel, y yo abrí los ojos de par en par y grité “¿Migui?”.
Pues si, era él. Un tipo con el que nunca compartí clase, pero no sé porqué me llevaba bien con él. Era un año mayor y detestaba los abusos, y todos lo sabíamos. Le buscábamos para que nos aconsejara sobre cualquier problema, como era por ejemplo librarse del plato de judías de lata, patatas viejas y salsa de tomate en el comedor sin ser detectados y castigados. Era como esos personajes de las películas de guerra a los que los comandantes señalan cuando hablan con un novato y les dicen: “este es el soldado fulano. Es indisciplinado y lleva tres años sin ascender. Pero en la batalla no se despegue de él si quiere sobrevivir, hijo”.
Migui se quejó de que fuera el único al que no había reconocido. Pero cómo diablos iba a hacerlo. En 1988 era clavado a Paul McArtney en su época Beatle. Y esa noche seguía siendo igual a Paul McArtney… en la actualidad, melena gris incluida. Pobre Miguel (ja ja ja ahora canto lo de Triana Pura… esos también han muerto).
Por último, Paquito, que era el único que llevaba pareja (a la que no miré ni un momento), me preguntó que tal me iba. Bla, bla, bla, abogado. El hombre que pudo reinar sonrió y me felicitó “por ser un tipo importante”.
- Si lo fuera, no estaría aquí hablando con vosotros.
Su novia (o su mujer a lo peor) se quedó pálida. Paquito Samuel se dirigió con alegría al corrillo:
- No cabe duda, es el cabronazo de ……, ¡que no ha cambiado nada y brindo por ello!
Nos reímos a gusto. Los tiempos han cambiado, pero yo sigo siendo el mismo hijo de puta. Vuestro hijo de puta. Los amigos, aunque sean pienso de rumiante, no se olvidan, y menos lo hacemos aquellos destinados a mantenerlos en la memoria eternamente… tal y como eran.
Me despedí e inicié la larga marcha hasta el portal donde gusto de echar la ciscada, en Hernán Cortés (pasaos por allí, charlaremos).
Y, oh sorpresa, poco había caminado cuando me encontré a mi viejo amigo y vecino Fran “El Orco” (alias que no necesita explicación). Qué noche de encuentros, alabado sea el Señor.
Fran es como un buhonero de hoy en día. Lo conoce todo, sabe hacer casi cualquier cosa. Es cizañero y fantasma, pero servicial y fuerte. Apenas un poco más joven que mi padre y miembro asiduo de esas tertulias eternas…
- ¿Cómo está Diego?
- Murió el martes.
Era la primera vez que el Orco decía algo sin gracia. Y yo la primera en que no tuve palabras.
Hoy tengo algunas. Las justas para reconocer cómo nos encontramos desnudos ante la muerte de un hombre joven, de un amigo. Desnudos de ironía, desnudos de recursos, desnudos también de esperanza. Las películas de Bond y los impuestos palidecen ante la parca, pero maldita sea si no es inevitable también recordar a los que se han ido, a su sonrisa invicta y a las manos amigas que tantas veces hemos estrechado.
A menudo estas circunstancias se superan, si acaso con el paso del tiempo.
A veces no.
KARR, el lado oscuro.


Manolo dijo
Gracias por tu nuevo aldabonazo.
"La vida es un misterio a vivir, no un enigma a resolver" querido Kung-fu.
Cuando un amigo se va queda el recuerdo triste y amable, y la certeza de que debemos seguir viviendo sin angustias y con decoro nuestra parte del misterio, la que aún tenemos por delante.
El viejo de Norman Mailer sobrevivió al horror de la guerra y a par de complicados matrimonios: su misión era contarnos de qué iban esos asuntos. Vaya, alertarnos para que no cometiéramos sus mismos errores.
Brindo de todo corazón por Diego, y por todos nosotros. Con fe, esperanza y un par de pequeños huevos.
10 Enero 2009 | 08:22 PM