EL HOMBRE EN TIERRA SALVAJE
En preferencia, maldita sea mi estampa. Comprobé horrorizado que no sólo no tenía el asiento individual que pedí (puesto que sencillamente en aquel modelo de tren tipo Bombay-Calcuta no existían tales lujos), sino que además mi compartimento ya estaba ocupado con un jovenzuelo que aullaba al teléfono una extraña jerga parecida al castellano.
Eran las seis de la tarde. Llegaría a la opulenta y presuntuosa estación de Zaragoza a las seis de la mañana. Lo último que quería era hablar con un desconocido al que ya había detectado pronunciando palabras como "asín" y "cocreta".
Por desgracia, no me quedó más remedio. El muchacho, que haría todo el trayecto de la línea hasta Barcelona (donde llegaría a las 11 horas de la mañana siguiente, esto en el siglo XXI), me tendió su mano tan pronto como colgó el maldito teléfono móvil.
- - Hola, me llamo S. y he estado en Afganistán.
- - Si es que vuelvo, claro. Ayer me han sacado un molde de los dientes por si vuelvo irreconocible.
Por suerte, el soldado se durmió relativamente pronto y yo pude mantener mi vigilia, sin poder conciliar el sueño en medio de una oscuridad que parecía eterna.
La locomotora de la muerte lenta me depositó en mi destino a la hora señalada. Dejé a S. roncando y estiré los músculos, cambiándome de ropa en uno de los retretes de la gigantesca estación de Delicias (si, si, delicias pero el retrete apestaba como en todas partes). Me vino a la cabeza y casi sentí el latigazo del deja-vu al rememorar un cambio de vestuario mucho más urgente en la estación de Constanza en el 87. Entonces, en el improvisado vestuario me acompañaba un sonriente agente de la Securitate, que no protestó cuando le tomé prestada su ropa. Tenía la garganta rajada de oreja a oreja.
Pasé un buen rato en Zaragoza. La vida para mi es distinta allí. Son educados y todo eso, pero hacen cosas muy raras. Se creen que tienen una ciudad enorme, y que la Expo fue el no va más. Bueno, ellos son felices con eso, y yo visitando por primera vez tan insigne evento. Ah, si, ya se que estaba cerrada y en pleno desmantelamiento. Pero vosotros sabéis que eso es lo que me hace gozar: contemplar la desolación más absoluta, un paraíso para los amantes del cine de George A. Romero. La realidad es tozuda, y yo disfruto retratándola.
Es curioso, pero creo que Zaragoza es la antípoda de Vigo. No su némesis, que ya sabemos cual es, sino una ciudad donde todo es diferente, tanto como lo pueden ser un Tigre y un Dragón. Zaragoza es llana, tiene un riachuelo y algunos puentes. Sus ciudadanos creen en ella y participan de su folclore, sea cierto o inventado. Sus habitantes usan alegres las bicicletas que alquila el Ayuntamiento. Visitan arrobados los nacimientos gigantes. Superponen la vida a los avatares etílicos de su patrona. Le llenan a uno de sus pastosos dulces y no parecen capaces de comer otra cosa que ternascos y chorizos zagüeños (tripas, lengua, cabeza...). En todas partes resuena el triste-pop de Amaral. Hay hasta conciertos sorpresa de Amaral y del majadero ese de las uñas pintadas (paralelos a los conciertos matutinos de Barricada en Pamplona). Se disfrazan de baturro y mujer-baturro al socaire de cualquier festividad. Realizan un peregrinaje eterno a las calles de siempre (El Coso, Plaza de Roma, Plaza del Pilar, no hay más). Cuando son sableados al pedir una bebida en un bar (¡que tienen que solicitar y recoger en la barra!), se muestran educadísimos, y lo mismo cuando, al despertar el bestialismo con la salida de la luna, algún mozo toquetea a sus novias o les vierte vino por encima.
¡Y sobre todo te sacan un león a la mínima!: en el escudo, en la merienda... hasta en los puentes (recuerdo cuatro leones, dos a cada extremo del puente de las cadenas, en Budapest. 1981, el contacto era un titiritero ciego...). Puedo jurar que en Zaragoza no ha habido nunca jamás un león, ni acompañando un circo siquiera. Y de haber pasado por allí, hubieran hecho madejas de él, las hubieran cocinado en manteca y se las comerían.
En Vigo no. No Señor. En Vigo está el mar pero como si no estuviera, si podemos hacer un relleno hasta la mitad de la ría se hace así se quede encofrado Neptuno. Las cuestas acaban por deformar el cuerpo, achaparrándolo y dotando a las piernas de una gran musculatura, que nos sirve para emprenderla a patadas con cualquier servicio público que disponga el Gobierno Municipal. En los bares y demás a uno le atienden en la mesa, es cierto. Pero si pueden escupirte en la comida lo hacen, y si no lo hacen tú das por descontado que sí. El marisco nunca tiene bastante calidad (pero sin haberlo probado siquiera), así que todo es francés o irlandés, está mal cocido, lleno de agua o vacío (a una pieza vacía se le llama farol). Por lo tanto, es mejor comerse unas salchichas, protestar por lo caras que son y hablar mal del hostelero. Status quo. Si se celebra la Vuelta al mundo a vela, pura basura para ricos. Si se pretende celebrar la Universiada, nadie lo apoya porque es un hermano pobre de las Olimpiadas y vamos a hacer el ridículo. Nuestros grupos, Siniestro Total y Golpes Bajos, han muerto y nadie lo lamenta. Y guay del que vaya tocado de traje regional: es calificado de inmediato de maricas, como gustamos decir aquí.
Este río no sé si es el Ebro o el Amazonas. Por ahí se andan. Y por la noche, cuidadito. Una mirada de más y te retan a un duelo. Y si te tiran algo por encima, así sea maná, hay que batirse de manera inmediata.
Para mí esta diferencia es de lo más enriquecedora, me lo paso muy bien, y hasta me relajo un poco lejos de casa. Viajero que es uno.
Tanto, que me trasladé de la provinciana y bulliciosa Zaragoza hasta la oscura, violenta y gallarda villa de Ejea de los Caballeros.
La Torre Oscura de Ejea.Nunca digas nunca jamás. Qué verdad absoluta, que película tan mala. Ahí estaba yo, moreno y apergaminado como Sean Connery'83, en plena batalla contra el mito: tumbado en la cama de una pensión amarillenta en medio de la nada, fumando un Kent (he vuelto al vicio tras diez años, la vida no es vivida si no se fuma), escuchando las amenazas dirigidas a través de teléfono por el individuo de la habitación contigua a un interlocutor silencioso... sombrío y hastiado, tal era mi desesperación que terminé por recalar en el lamentable programa "Milenio Cuatro".
No temáis, no me he vuelto medio Milikito. No siento más que desprecio por las chucherías descafeinadas del buhonero de fresa Iker, cuyo peinado de calvo que no se niega a aceptarlo si es cosa del más allá. Fueron los cántaros irredentos de su esposa los que me hicieron detenerme, y nada más. Qué mujer, grande como un caballo, dientes hermosos y lubricados, anchas caderas que piden a gritos rienda bien sostenida y algo más telúrico que las diatribas de vieja menopáusica de la Madame Blavatsky española que es su marido o compañero del modelo IRPF, que imagino así se llamará ahora.
El Alcalde de Ejea en lucha contra un iceberg.En fin, que me quedé por la jaca y me metieron al Obama de los cojones. Me pinta bien por ver Cuatro. Si ya lo decía mi abuelo en la juventud de TVE, allá por 1967. En cierta ocasión, reunida en merienda festiva toda la familia alrededor de la caja tonta en blanco y negro, pusieron el video musical de "Mi limón, mi limonero" del muy simpático Henry Stephen. El anciano contempló pensativo el video sin abrir la boca y negando con la cabeza de vez en cuando. Al final del mismo, y para asombro de los presentes, se limitó a sentenciar:
- - Hay que ver como son estos de la televisión: a la que te despistas, te cuelan a un negro
Bien sabía el abuelo qué quería decir el cachondo de Henry con eso de "entero me gusta más", "limones para beber", "cabeza hinchada, morena, me siento malo, morena", "limones para chupar", etc, etc, que en dos minutos y medio de canción el morenito se repaso entero el Kamasutra. Y estoy seguro de que no era cuestión de racismo, sino de reconocerle el sentido lúbrico a la cancioncilla tan inocentemente deslizada por el caribeño.
El tonticoPues estos igual. Que si Obama esto, que si Obama aquello. Que es más americano que nadie, más patriota que la Chelito, que cambio va a pegar, que familiar es. Hasta pusieron un vaso mezclador en el que desvelaban la formula del coctel Obama: media parte de Kennedy, otra media de Marthin Luther King, unas gotas de Rossevelt y revolver con energía.
Estas estupideces denotan una ignorancia supina en lo que a ciencia política se refiere, pero no merecen ningún comentario toda vez que las oímos cada vez que gana un demócrata (y ya nadie se acordará, pero Clinton era el mismísimo John Fiztgerald reencarnado y hasta con la chorra fuera). Pero en esta ocasión me levanté como un resorte arrojando los "farinosos"[i] contra la pantalla.
Pero Pare que bonicas son las cinco villas!Jimmy Carter. El jodido manisero. Obama no es más que una mezcla insensata de Carter y el Michael Jackson de History (1995, soy un mago muy especial que salva a Hungría del comunismo a base de fe ciega y culto a mi icono).
Que si. En serio. En 1976 pasó lo mismo. Bla, bla, bla que malo es este Nixon. Hay una guerra injusta en la que nos ha metido sin preguntarnos (como Bush, Nixon ganó dos veces seguidas los comicios), y la economía va de cráneo. Vamos a votar a Carter para el gran cambio.

Y qué cambio. Prodigioso. El tío se sienta con los soviéticos y dice que se desarma si o si. Luego hace el ridículo con los iraníes y manda un helicóptero de juguete que se la pega. En el plano económico hecha mano de las subvenciones, el plan de igualdad de oportunidades y esas pamemas. Total: un desastre.
Recordé entonces a un jovenzuelo con el que me tocó compartir viaje en tren desde Vigo hasta Zaragoza. Me trasladé mentalmente a la juventud dormida del que ahora habéis invocado.
Un buitre sobrevuela Monlora.
Con Ronald era otra cosa. Ya fuera en Nicaragua, con barro y mosquitos hasta el embozo, aguantando al chalado de Norris, o en Salvador en el 82, instruyendo a esos bestias para matar con bolsas de plástico, uno se encontraba motivado. Llegabas a casa y te trataban bien, el viejo te daba una palmada en la espalda, te organizaba una barbacoa con unas macizas y te mandaba sonriente al Líbano, pero siempre con cariño. Y así daba gusto.
Lo mismito que Ejea. Buitres (humanos y voladores), cigüeñas en una torre siniestra, una plaza de toros con ascensor pero sin gente y la defensa a muerte de la capitalidad de las cinco villas: la propia Ejea, Sábada, Un Castillo (en serio), Sos del Rey Católico y la terrible Tauste, de la que los capitalinos me contaron, entre espumarajos, terroríficas historias. Para mi estas cinco villas podrían llamarse tranquilamente Mordor, Morgul, Sodoma, Gomorra y Stalingrado.
En mis innumerables paseos por el lugar, constaté desolado que no nevaba. Me decían que sí, que normalmente nieve hasta las cejas. Pues no, cero nieve. Que decepción.
Me aseguraron que en Sos sí me iba a enterar de lo que era la nieve y el frío. Los ancianos del lugar, renegando de mi condición de marino de piel curtida por el viento salado, me llenaron de ajos y crucifijos y me suplicaron que en el Monasterio de Monlora agarrase la cuerda que cuelga de la imagen de San Filemón y algo así y diera tres vueltas pidiéndole protección ante el aislamiento en que la avalancha de nieve me dejaría.
Toda la nieve que encontré. Y esto es la Estación de Candanchú. Fui a Monlora. Un monasterio dicen que es. Pues allí solo había buitres. Ni un alma. Temí (con cierto gustito) que aquel paraje estuviera invadido de monjes convertidos en zombis y nos encontráramos en una gloriosa aventura tipo Resident Evil: Secarral Survivor. Para provocar las iras del oscuro, hasta completé tan sólo dos vueltas en la cuerda del santo.
Pues ni zombis, ni monjes, ni nieve, ni nada. Un poco más allá, en el castillo de Loarre, donde los lugareños juran se grabó la parte chicha de "El reino de los cielos" (que fue en el Krac de los caballeros, no en Ejea, morlanes), sólo se me erizó la piel ante la clásica estafa patria: nos vendieron las entradas a las 17.10, y una vez las cobraron nos advirtieron sonrientes de que el castillo cerraba a las 17.30.
Por eso no grabaron allí la película, ¿que se va a creer el Ridley Scott ese, que nos vamos a perder las fiestas? ¡anda, tira!.
Dio lo mismo. En el Castillo solo había piedras y ventanas que ofrecían el hermoso paisaje de la niebla parada. Y nada más.
Y luego Sos. Sos del Rey SOS-o. Save Our Souls. Tenemos poco turismo, pero lo tratamos a patadas no vaya a ser que vuelvan. Caras de culo, un Spar especulante y un alegre buhonero que pretendía venderme ¡una lata de caviar de erizo que era una cosa muuuuuuuu rara! ¡venderme unha lata de ourizo cacho a min, unha chea de kilómetros para ir xantar o que teño na porta da casa! ¡miña nai querida, manda carallo! .
Con eso y con todo despedí el mejor año de mi vida, así como la mejor despedida del mismo. Un lector neófito podría encontrar paradójica esta última afirmación al tenor de mi relato, pero no así los que me conocéis. Luche por comprender y domeñar todas las circunstancias narradas, encontré cobijo y calor humano y pude enterrar por un tiempo el hacha de guerra. Me fascinaron los cielos teñidos de colores extraños, surcados por cigüeñas. En el horizonte inabarcable, lejos del mar, el perfil de los castillos y las minas de la sal que hizo escocer la herida de la despedida...
Sin embargo, esa es otra historia, y la de hoy se corresponde con el relato de un hombre en la tierra salvaje.
[i] Farinosos: horrendo postre aragonés a base de harina y grasa frita. Regalado con amor resulta delicioso pero letal.




Dale Cooper dijo
¿Te has fijado en esa foto donde mencionas algo así como "habéis visto a orlando?"? Se parece muchísimo a la imágen de la Panificadora. Quizás ya estoy alucinando. Interesantísimo artículo. ¿Se sabe algo de tu compañero de tren?
25 Enero 2009 | 12:34 PM