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La Coctelera

TALES OF THE KUNG-FU MASTER


"Que me digan qué es que me opongo"

2 Febrero 2009

OLIVER Y BENJI: MARICONES DEL BALÓN

Siempre he pensado que el arma de conversión masiva más potente que han tenido los maricas han sido los bigotes. No es que desprecie los ahora ajados encantos de Bibi Andersen, ni que no me aterre la sexualidad hermafrodita del Barón Ashler, pero donde esté un buen bigote…

Ahí estaba yo, en 1984, comiendo un bocata de mortadela, cuando me encontré a mis postmodernos primos admirando un video clip de Queen. Creo que era “I want to break free”. Como casi siempre, yo no me había enterado de la primera parte del video, la de los travestidos, así que, al encontrarme con aquel elfo hirsuto y bien definido rodeado de cuerpos desnudos, exclamé admirado: “ese tipo debe ser un auténtico león con las titis”.

No comprendí entonces las miradas de los primos mayores, ni porqué el tío Enrique, que en gloria esté, fue incapaz de contener el trago de cerveza que estaba bebiendo y la escupió como un aspersor por todo el salón ante lo inocente de mi comentario. Poco duró mi candidez salvaje, ya que uno o dos años después, en idéntica situación, vitoreé a Tino Casal no sólo por lo inmenso de sus interpretaciones, sino por “ser un corsario comecoños de primera, mi ídolo”.

Mi primo Wenceslao, llamado Wences, que era el mayor y estaba amargado por llevar semejante nombre, se vio en la obligación de sacarme de mi error. Le acusé inmediatamente de desleal difamador, de calumniador y de sinvergüenza. Sereno y resignado, puso una mano en mi hombro y me indicó: “fíjate hombre, ¿no ves que lleva babuchas?”.

Y es que tenía que ir al oculista...

Tenía razón. De terciopelo verde, además. Me hice un ovillo en una esquina y me tapé con una mantita, horrorizado ante la dimensión de la estrategia de los mariquitas. Entre sus filas se encontraban agazapados individuos de porte inmenso, física y moralmente. Los maricas no sólo estaban en el ballet del “Un, dos, tres”, ni se les podía identificar tan fácilmente como al calvorota rubiales que bailaba en él, que todos detestábamos por acaparar para nada a semejantes chavalas. Claro que el muy bandido también llevaba bigote. Si uno no podía fiarse de un fulano con bigote, ¿qué esperanza quedaba? ¿qué genio era también partidario de comerse los garbanzos con hilo? ¿Boy George? ¿los nobles muchachos de “Frankie goes to Hollywood”?

Con el paso de los años, y siempre reconociendo lo justificado de la estrategia, lo del bigote ha quedado apartado por una estrategia mucho más ladina.

Pero gays si pueden entrar.

Así es. Yo, en perfecto estado de lucidez (o así), y siendo una de las personas que más estudios y análisis ha dedicado a la serie “Campeones: Oliver y Benji”, afirmo sin miedo a equivocarme que es el más descarnado, sutil e influyente alegato gay de la historia.

Que sí, que si. La serie que nos fascinó en los primeros 90 es más de la acera de enfrente que “Plata Quemada”.

La orgía nipona (barro incluido).



Vamos a ver, la serie de fútbol no va. Estos japoneses tienen muchas virtudes, pero ni saben beber ni comprenden los deportes con pelota (el baseball no es un deporte en absoluto). En incontables episodios, jamás se pitó un penalty. Y menos mal, porque entre que los jugadores asumieran la existencia de la figura reglamentaria, preparasen el balón, recordasen las infancias del portero, del lanzador y del infractor, se produjera el lanzamiento, se analizaran con ello los sentimientos de cada uno de los intervinientes y del público, y finalmente llegara el desenlace, pasaría tanto tiempo que el flashback del protagonista de “En busca del tiempo perdido” parecería un chiste de “se abre el telón y…” .

Ello por no hablar de los miles de muertos entre el público y los ciudadanos, ya que entre el lanzamiento del águila de fuego y la estirada del dragón del portero se abrirían las puertas del infierno.

Todo eso para ver una tanda de penaltys real con Zubizarreta en tu bando. Como un saco de patatas que se desmayara en el puto centro de la portería.

Si, hubo una tarjeta amarilla. Bob Denver detuvo con su corpachón al macarra de Marc Lenders. Se dieron cuenta, 100 episodios después, de que tenían el mismo tamaño y era posible defenderlo cuerpo a cuerpo sin salir disparado. Lo cual es pura tontería, toda vez que Marc solo tiene peligro cuando dispara desde el medio del campo. No importa: no pasó antes, ni volvería a pasar desde aquella. Tarjeta para ambos, sudor, expectación… y tensión sexual, toqueteo, MARICONEO vamos.

Luego está el fuera de juego. En efecto, esta circunstancia apareció en el duelo Newteam vs. Mambo (ojito al nombre) del primer campeonato. Los jugadores de Oliver se quedaron pálidos cuando les pitaron varios fuera de juego seguidos. Ni sabían lo que era eso. Resulta que Julian Ross, un auténtico mago del esférico y de los culos, jugador brillante y mejor chupapitos, sí conocía esta táctica, así como la estrategia de juego del Newteam, que a la sazón era la de todos los equipos de la serie: “patapún parriba, que la coja Oliver y que la enchufe” (la pelota... y lo que no es la pelota).

Y es que Julian le enseñó muchas cosas a Oliver. Y eso que estaba mal del corazón. Tanto se admiraban y era tal el temblor de las pupilas cuando los rivales se encontraban, que si se llegan a echar la boca nadie se hubiera sorprendido. Ni el propio padre de Julian, un irresponsable CON BIGOTE que permitió jugar a su hijo con angina de pecho incluida. Y Julian correspondió dando una lección de fútbol sideral y otra no menos aleccionadora de misoginia: al igual que Oliver, Julian tenía una putilla que le animaba en todos los partidos. Como fuere que esta putilla le chivó a Oliver la afección cardíaca de Julian, a fin de que se dejara ganar, y llegando esto a oídos del afectado, que se vio naturalmente deshonrado, ni corto ni perezoso le cruzó la cara a la muchacha con una sonora bofetada.

Oliver, obnubilado, se limitó a contemplar tan bonita escena pronunciando el nombre de su amado en un suspiro, pero claro, quedándose con la copla y muy dispuesto a castigar el cuerpo de Patty, su admiradora patizamba que no se daba cuenta de que su ídolo era un mariconazo.

Adivinad cual de los imploramtes verá sus deseos saciados

Por supuesto no había un solo equipo con once componentes. Imaginaos lo complicado que sería dibujar los trenecitos en el vestuario con tantísima gente. No hay forma de recordar un once completo, tan solo en la selección japonesa, formada por portero, tres defensas raspados y el resto todo mediapuntas y delanteros (la pesadilla de Clemente). A ver, voy a intentar recordar el once clásico del Newteam: Benji, Bruce Harper, Bob Denver, el granuja del pelo en forma de tenedor cuyo nombre no sale a relucir, Jack Morris que luego se fue al Otomo a mamársela a Patrick Everett, el trío de la muerte formado por Diamond-Carter y Mason, Tom Baker y Oliver. Son diez. Y luego se marcharon Benji a Alemania (a por salchichas), siendo sustituido por Alan (el peor portero de la historia por delante de Busquets), Tom y Jack, siendo estos dos sustituidos… por nadie.

Ok, aquí salen más de diez, pero es que Ramón Calderon se trajo a unos compañeros de tute

Y esto en el Newteam, que en los demás equipos ni se molestaban: dibujaban a la estrella, luego como mucho a un pelotillero y el resto eran dos o tres repetidos conjurados en acabar con Oliver (cuyas caras tenían la desfachatez de dibujar en un polígono en los momentos de ¡todos juntos!, y ya podía ser un pentágono o un octógono, que allí se veía a las claras que había individuos clonados). Yo creo que no saben que hay que jugar con once, aunque rellenes con individuos de mala catadura como el Tato Abadía.

Que tiene bigoteeee…

Y lo de defender es algo que no les interesa mucho. Si el portero la puede parar bien, sino pues para que mortificarse. Sólo se puede parar al atacante con la típica entrada a ras de suelo, que queda muy bien, pero a no ser que la haga la estrella del equipo, pues no funciona. Porque estos limones no se enteran de que si saltas pues ya está, no te quitan la pelota. Pues que si quieres arroz Catalina, que se quedan pasmados cada vez que les saltan por encima. Digo que solo funciona si la hace la estrella de turno, porque realmente los amarillos tienen una concepción baloncestística del fútbol: la estrella cubre a la estrella, deben lanzar desde donde Cristo perdió la chancleta y se cubre al personal pivotando a su alrededor. Bien es cierto que todo lo que saben los nipones de baloncesto (y de seducción) está resumido en “Chicho Terremoto”.

No, este no era maricas.

Fue precisamente esta manía de defender de manera absurda la que me condujo al mayor bochorno que una serie de dibujos me haya producido. Mi padre se interesó una tarde maldita por la serie que tanto me gustaba, y se sentó para ver “a esos monicreques que te quitan de estudiar”. Quiso la mala fortuna que en ese momento los malvados del “Hot Dog” (ahí es nada) fueran a tirar un corner contra el Newteam. Y como los hermanos Derrick, que necesitaban dinero para una endodoncia de urgencia, iban a hacer la “catapulta infernal”, pues los extremos Mason y Carter decidieron defender el lanzamiento subidos a lo alto del larguero. Fuese como fuera, lo cierto es que se llevó a cabo la catapulta y la cosa acabó mal para Oliver, ya que Alan no paraba ni un disparo de Julio Salinas borracho. Yo creo que todo fue debido a que los extremos se tocan y, visto lo del exótico lugar, decidieron echarse un caliqueño, pero mi padre no se quedó a verlo. Sólo me miró con desprecio y emitió un sonora “¡bah!” al abandonar la sala.

¿En tu casa o en la mía? ¡pero si vivís en la misma!

La catapulta infernal. Me diréis que no es una postura erótica de maricones, maricones y además incestuosos. Por favor, que gemían al hacerlo los muy cachondos.

En este sentido, lo de Oliver y su familia es caso aparte. Su padre es marinero. En efecto, con bigote. Que voy a decir de los marineros… pura fantasía. Se trae en su barco del amor al borrachuzas de Roberto Sendinho para que le de algo de caña de azúcar a la Sra. Athon y luego los deja en casa con Oli y tan contentos, el se va a recorrer los siete mares.

La marina: Ron, sodomía y latigazos

Roberto le enseña a Oliver que hay que disfrutar con la pelota mientras le da un par de pases a la madre (Roberto le pega a todo). Oliver se enamora de él y luego llora lágrimas amargas cuando, tras ganar el campeonato, se queda compuesto y sin tutor.

Y es que las mulatas (y mulatos) tiran mucho.

Hay que entender que Oliver lo pasa muy mal, puesto que tras ese campeonato se queda también sin Tom Baker y sin Benji.

El mal se extiende por Europa

Tom Baker representa al marica exquisito, al de toda la vida, que esta fuera del armario. Su padre es pintor y él, haciendo honor a la inmortal canción de Aznavour, posaba “en traje de cancán y yo con devoción pintaba con pasión tu cuerpo fatigado…”. Es sin duda un espíritu libre que poco a poco va haciendo que Oliver asimile su situación. Y vaya si lo hace: desarrollan un tiro a medias (vosotros elegís: “juntos, fumando un cigarrillo a medias” o la mayor metáfora de la doble penetración que se haya inventado) y se hacen llamar “la pareja de oro”. Francamente, yo soy mal pensado, pero esto clama al cielo.

Benji, por su parte, no sólo responde a un nombre de mariconazo, sino que además se entrena con un señor muy mayor, las enamora y las desprecia y luego no se quita la gorra ni para hacer felaciones. Tanto es así, que es incapaz de quedarse en Japón, sin duda por el tamaño ridículo del pito de los nipones. Benjamin Prains en un marica con clase, ambiguo.

A puntito del morreo

No como Alan el portero inútil, que se va a la playa con Oliver “para echar unos tiros”, de los que no para ni uno por cierto. Ni falta que le hace, estos se han ido a la playa a darse el lote.

Lo de Marc Lenders es el despiporre. Es un homosexual reprimido y por ende violento y hasta peligroso. Su amigo Danny Mellow, que a lo largo de 400 episodios SOLO le pasa el balón a él (tanto en el barriobajero Muppet como en el elitista Tohú, pasando por la selección), es sin duda su zorra. Hasta se cambia de peinado para gustarle más, pasando de repelente niño Vicente a repelente niño Vicente Parra. Pero esto no le basta al tigre, al gitano de Yokohama. El no admite su condición, y lo pasa muy mal. Su primer entrenador es un viejo borracho que le hace sudar para olvidar, pero no hay tu tía. Luego se empeña en plena final es cascarle un gol desde fuera del área a Benji (otra metáfora), y tiene fijación con el culito de Oliver. En un episodio, intenta descargar su ira dándole un balonazo a un águila, descubriendo la vertiente ecologista de la serie.

Oliver acabó en el Barcelona. Echadle la culpa a Gaspart.

Sus múltiples e insufribles encuentros con Oliver terminan con el último hecho un Cristo de Limpias, y ello por diversos motivos: primero, porque Oliver es el único que hace algo en su equipo, y llega a las finales hecho un mecano. Segundo, porque como no esté en ese paupérrimo estado el equipo de Marc haría el ridículo. Tercero, y más importante: todo esto es una farsa que esconde que esos dos tienen sexo violento, duro. De la calle Castro.

Esgrima pélvica metafórica

Para muestra un botón: Oliver chuta, el balón sale con estela y todo. Marc la coge al vuelo y la devuelve con mayor potencia. Oli aprovecha la cinética y termina con un despeje-disparo que se incrusta en la pared del estadio produciendo un pequeño cráter.

O sea: Oliver la tiene más grande.

¿Cuántas veces un chupinazo a metido a un portero dentro de la portería? ¿qué quiere decir eso? Que le abrieron el ojete. Por favor, que a veces les sangran las manos enguantadas… ¿os lo tengo que explicar?. Oliver y Benji es una serie gay.

Cabe destacar al respecto de Marc, que es un caldero y un palomero, en una ocasión, la primera en la que se enfrenta al Newteam vistiendo la camiseta del Muppet, vence merced a un gol de su zorra que le birla el balón al tragaldabas de Bob Denver. La serie es tan chabacana que los del Newteam piensan que están eliminados, pero el gafitas de la federación les anuncia que no, que aquello es la fase de grupos y se han clasificado como segundos, que no han quedado fuera. Vamos, que son unos tíos preparados.

Marc ahuyentando a los fotografos de Zero

Tanto, que en el mundialito junior ni se enteran hasta la final de que el seleccionador del equipo de América del Sur (que van con el uniforme de Brasil pero tanto da) es… ¡Roberto Sendinho!. Y eso viendo la semifinal cómodamente desde el estadio. Parece que el gafas del Presidente de la Federación de Fútbol Japonesa está basado en Angel María Villar (tolón tolón como papagayos).

En este mundialito y en otros anteriores conocemos al marica fortachón y Hooligan inglés, que hace sangrar las manos d Benji de un balonazo. Al julandrón de Pierre, francés de gustos perversos. Al salchicha loca de Schnejder, cuyo alias no podía ser otro que “El Kaiser” (si, el Kaiser de los trenecitos). Al portero de Alemania, peinado a lo Morrisey. A los sandungueros Roberto Vitorino y Fan Díaz (porteño de turno), morenitos y cimbreantes. Y no por último menos importante, al brasileño Santana. Este merece capítulo aparte.

Ante todo, rozamiento

Santana es moreno de tez pero tiene los cabellos rubios y va peinado como el manekeen pis. Es muy pobre como Marc, y juega al fútbol con el pantalón bien apretado para no olvidar nunca la favela. Lo entrena, como he dicho, el traidor de Roberto. Pero Sendinho es un hombre complicado, y antes de la final le anuncia a su pupilo que no podrá ganar nunca a Oliver porque no disfruta jugando como el nipón.

Claro, con ese panorama pierde la final.

Pero todos sabemos lo que quiere decir en realidad: “tu eres guapo, pero Oliver sabe follar. Eres mono, Santana, y la tienes grande, pero contigo tengo que poner una bola de discoteca en el techo para que parezca que te muevas”.

El portero del Muppet y luego del Tohú, Ed Warner. Otro caso perdido: desaliñado y karateka, carne de chapero. Se estira tanto que a veces rebasa la portería.

Y mi paciencia.

Kamasutra en estado puro

Lo siento mucho, pero esta es mi conclusión. Campeones es una serie de temática gay cuyo transfondo es el mundo del fútbol de espada y brujería (sobre todo espada). Y "Supergol" también. Y "Dragones y Mazmorras", que el caballero se escapaba de la negra y eso no lo hace un hombre hecho y derecho. Y al bárbaro le gustaba el Unicornio.

¿Dragon Ball? ¡pero en que mundo vivís?

Vosotros, ¿lleváis bigote?

servido por kungfu-master 3 comentarios compártelo

3 comentarios · Escribe aquí tu comentario

el tigreeeeeeeeeeee

el tigreeeeeeeeeeee dijo

jajajajajajajajaja jajajajaja eres el mejor!!!!!!!jajajajaj

totalmente contigo!

para la próxima foto ponte un bigote en la careta con rizo y todo, te parece?

2 Febrero 2009 | 06:44 PM

kungfu-master

kungfu-master dijo

Nada de bigote: barba directamente. Ya sabes que me gusta el "natural hairy".

Y los flanes de vainilla.

Por cierto, lo del natural hairy si tiene doble sentido. Y lo de los flanes. mY lo del blog. Y lo del tigre. Y lo del Kung Fu. Y lo de la coctelera. Hasta la madre que me parió tenía doble sentido...

3 Febrero 2009 | 11:03 AM

Dale Cooper

Dale Cooper dijo

Me ha gustado el artículo. Muy significativo. Yo recuerdo que había alguna gente (una ínfima minoría) que decían que Supergol les gustaba más que campeones. Podrías hablar un poco del enfrentamiento del equipo de Rafael contra un equipo computerizado, que bastó que el portero jugara de delantero, el defensa de media puta para desestabilizar a sus rivales computerizados. En el año 91 alguien decía que por qué no el Celta hacía de la misma manera: Maté de delantero, Moska de portero. Tal y como iba el Celta en esa epoca (había una ligera posibilidad de bajar a segunda B en la última jornada, ya sabéis, contra el Orihuela, el cabezazo de Mandiá a García Pitarch, etc..), no hubiese estado mal que Chechu Rojo hubiera probado (ya habían echado a Maguregui). Saludos

3 Febrero 2009 | 03:52 PM

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Pike, treinta y subiendo. Soltero y vive con su gato. Antiguo comandante de una nave de los 80, ex-cabecilla de una pandilla de gamberros callejeros, ahora a punto de empezar a hacer calceta o coleccionar sellos, pues camina ya hacia la niebla de la idiocia, dejando antes del fin testimonio de lo vivivo...o imaginado
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