Publicidad:
La Coctelera

TALES OF THE KUNG-FU MASTER


"Que me digan qué es que me opongo"

18 Febrero 2009

LA RESA DEI CONTI

La calle Lepanto hace honor a su nombre. A cualquier hora del día en la que sea contemplada ofrece un aspecto desolador, como si una batalla feroz se hubiera desarrollado en ella y nadie hubiera sobrevivido.

Tahiti esta en el corazón.

Acepté la oferta de aquel desgraciado por puro sentimentalismo. No era extraño que un mequetrefe que te hubiera tocado en suerte en el turno de oficio procurase aprovechar al máximo tu insaculación y tenerte a su entera disposición: lo raro era que yo lo aceptase sin mayores resoples.

Me pidió con mucho tacto que quedásemos para hablar “de su cruz” en el bar "Tahiti”, en la calle Lepanto. Es una calle céntrica, donde termina uno de los extremos de la Gran Vía. Desemboca en la Estación de trenes y ofrece un desvío hacia el autopista, el puente de Rande y la libertad. También hay locales de última hora, como el inefable “Manco” y los rabiosamente nacionalistas “Planta Baixa” y “O Corvo”.

Eran graciosos estos locales, llenos de recuerdos para mí. Con referencia al “Manco”, especializado en música machacona y alcohol de quemar bajo una débil pátina de decoración retro, tengo grabada en la memoria la rotunda silueta de “La Sargento”, una compañera de carrera bailando sensualmente, incitando al resto de los recién licenciados que celebraban su graduación soñando con meterle la lengua en el coño. Es vulgar pero es cierto. Era una mujer odiosa, mandona y superficial, con un culo orondo pero irresistible. Tenía una cara hermosísima, pero sólo se liaba con gordos mórbidos pontevedreses que pudieran saciar sus ansias de dinero. Y es que tenía un gran miedo a ser pobre porque su padre, como buen culo cagado pontevedrés, abrió una tienda de televisores y otros arpegios eléctricos pero sólo con marcas decadentes como “Telefunken” y “New Pol”. Se fue al tacho, por supuesto, así que podríamos decir que la familia se mantuvo durante un tiempo gracias al culo de la hija.

¿De qué os sorprendéis? Los culos mueven el mundo. Son importantísimos.

Total, que ese culo terminó de ayudante de mi querida ex ministra Ana Pastor y papá pudo dedicarse a otra cosa, algo tan rentable como vender aperitivos alemanes en plazas de toros o similar. A quien coño le importa.

En el “Planta Baixa” había 40 carrachas[1] por hombre y 50 hombres por mujer. Y la mujer por lo general no tenía forma humana, de modo que yo no iba mucho por allí. Me gustaba ver a esos melenudos y barbudos aspirantes a chuparle la minga al malparido de Mariano Abalo matándose por obtener los favores de la coja de turno al ritmo de “Celtas Cortos”, pero luego el olor se pega a la ropa.

O corvo” era mi favorito. Estaba lleno de alternativos, yo era el único que llevaba camisa y todas las piezas de la dentadura, pero allí disfrutaba. Primero porque había un parapléjico barbudo de lo más gracioso que estaba allí con aires de “eh, que es de los más normal que me encuentre aquí pelando la pava”. Claro, como en tus tiempos cuando hacías la maratón. Me fascinaba aquel tipo. Segundo, porque cierta noche de 1999, cuando me encontraba disertando al lado de los futbolines, una moza se me acercó insinuante vestida con la camiseta del Osasuna, a la sazón verde quirófano pues era la segunda equipación. Posó el brazo en mi hombro y me susurró insinuante al oído si tenía hachís. Le dije que lo mío era natural, y entonces me dijo si tenía marihuana. Le contesté que se fuera a la mierda.

Al día siguiente me despertó un calor abrasador que se colaba por la única ventana de su pensión. Estaba situada a pocos metros de “O corvo” (las gentes del norte de España son tan bestias que beben, defecan, duermen y se aparean siempre en la zona de lo que ellos denominan “fiesta”), y pude contemplar la calle Lepanto en toda su decadencia. Podría ser una calle de cualquier país de Sudamérica, asada por el sol de mediodía que atormentaba a los borrachos en su retirada, a los chulos de putas que contaban el parné indiferentes al pestazo de los orines y de las vomitonas. La muchacha interrumpió mi visión ofreciéndome como desayuno otro tour por sus carnes azotadas por la resaca, y yo accedí sí, y sólo si, se ponía la camiseta del Osasuna.

Un millón de años después estaba en Sanjenjo. El palos verdes blanco del norte de España. Horrendos madrileños de veraneo, empanadas macilentas y un primo rico formaban el decorado de mi pesadilla. Un visita que no pude, por desgracia, declinar.

Era algo horrible. No tenían más conversación que lo tristes que se habían quedado tras el cierre de emblemáticos locales como “La hiedra” o “Soleares”, así como la marcha del dj de “La luna”. La noche de Sanjenjo no era la misma para ellos, pero a los diez minutos de estar allí yo era viejo como el tiempo y toda la eternidad parecía reducirse a mis vivencias reiterativas en aquellos lugares que jamás había pisado.

Mi orden en los horarios de sueño y comidas había saltado por los aires. Tenía que desayunar a las mil y una disfrazado de marinerito en una cafetería llena de niños del demonio preguntando, mientras miraban al mar, “adonde ejtan los pejcaos”; de viejas furcias que se emparentaban con la nobleza y de gente obesa en general tocados con sandalias y calcetines color carne.

A mi me gusta desayunar en pijama. Pijama sospechoso, además. Lo hago para que nadie se me acerque, ni me hable, ni se le ocurra decirme ninguna babosada como “que aproveche”. Pues en los días de Sanjenjo hube de joderme y desayunar rodeado de carroña en pantalón corto.

¿Por qué? Por imbécil. Por depender de alguien. Mi querido primo, que es muy rico, sostenía con el dedo meñique del pie derecho un negocio que ni la iba ni le venía. Pero ahí estaba yo. Y a mi si me iba y me venía. Así que tenía que decir amén a toda cuanta farsa burguesa se le pasara por la cabeza.

Por la mía, en aquel momento, sólo pasaba el fantasma de la brisa de Tahití, y sus cálidas aguas volvían a mis ojos en forma de lágrimas saladas.


Mi llegada al lugar no fue precisamente acogida con un collar de flores. Llovía a cántaros y el suelo pedía serrín a gritos. ¿No echáis de menos los suelos con serrín? Yo si. Claro que yo echo de menos hasta a Timothy Dalton.

La camarera era una mujer insípida. Tal vez fuera de esas que cuanto más miras más te gusta, pero yo no iba a hacerlo. Se lo dejo a García López, un escritor que en sus libros no hace más que largar sobre enormes culos, tetas gigantes, medicamentos y desarraigo.

Lo cierto es que en el bar Tahití hubiera encontrado inspiración para varios volúmenes de su inacabable epopeya del tedio sórdido. Parecía como si alguien la hubiera emprendido a golpes con el mobiliario. Las ventanas, que daban por un lado a la calle Lepanto (descritas ya sus maravillas) y por otro a unas escaleras que bajaban a Alfonso XIII (y, como toda buena escalera pública española estaba meada hasta los cimientos), enmarcaban lo precioso de las vistas con unas elegantes rejas negras. Tres ventiladores de techo amarillentos daban muestras de su inactividad fósil a medio de telas de araña. Un primo suyo, dispuesto en la pared para evacuar grasa y humos, había sido sin duda vencido y colapsado por sus enemigos.

Elegí un sitio alejado de la barra y del panel eléctrico de fulminar moscas que permanecía encendido y emitía un chisporroteo desasosegador, pues ninguna mosca (milagrosamente) revoloteaba por el bar. Con el rabillo del ojo pude ver la cara de disgusto de la camarera, que sin duda esperaba que yo fuera a la barra a pedir. No me dio la gana. Sostuve la mirada del único parroquiano que hasta ese momento ocupaba el bar, un inmenso gordinflón mal vestido y rubicundo que mantenía a duras penas una charla con la mujer que yo acababa de interrumpir. Ni rastro de mi cliente el peluquero, que no podía ser ese barril.

Mientras se acercaba arrastrando los pies y mascando chicle, aproveché el hueco que dejaba la camarera detrás de la barra y leer un cartel ruinoso donde se podía leer que allí hacían tapas, bocadillos, sándwiches y snacks. Era un cartel de Cobi, mascota paupérrima de la Olimpiada de Barcelona. Sentí vértigo.

- ¿Qué quieres tomar?

Típico de Vigo. Tratarte de tú sin conocerte cuando peinas canas. Decidí fastidiar a aquella listilla que probablemente ganaba más sirviendo venenos a borrachos que yo sacándolos de la cárcel.

- Un “Blue Lagoon”.

Estupefacción. Me preguntó que era eso, yo le dije que un cóctel. Me dijo que llevaba y le contesté que demasiadas cosas para que yo las enumerase. Si no tenía leche de coco, era estúpido continuar. No tenía leche de coco.

- Bien, entonces traiga un zombi.

Buscó con tal presteza la ayuda del gordo que temí que me lo trajera servido con una sombrilla, pues era un muerto viviente de primera. Sin embargo, decidió actuar como un ser pensante y dirigirse a mi.

- Es que aquí no hacen cócteles, jefe.

- Ahá. ¿Qué bebe usted, amigo?

- Un whisky con coca cola.

- Eso es un cóctel.

La moza me miró enfurecida.

- Si quiere un whisky con cola se lo traigo.

- Antes muerto y socialista. Café por favor. Me encanta el café moluqueño.

Se fue bufando no sé qué. Me encontraba dispuesto a fustigar a aquellos ignorantes hasta el fin de los tiempos, no sé porqué ni lo sabía entonces.

Y al desayuno tardío seguía una agónica jornada de playa. El puto periódico, los baños programados y la charla con mujeres que tal vez en 1987 hubieran estado potables. Para mi primo, seguía siendo 1987.

Tras horas y horas de “ese es el padre de Rajoy”, “ese es el concuñado de Roa Bastos”, dicho todo con cara de picaruelo y aires de mística sabiduría, comíamos a las mil y una. La tarde era tedio y sombra, y había que tomar café con influyentes farmacéuticos, funcionarios de hacienda y mozas casaderas.

Pero lo peor era salir por la noche. Ruido, seres pretenciosos ocupando las entradas de los tugurios, música infernal machacando mi cabeza. El primo me obligaba a beber, y en el comienzo de su declive nocturno me exhortaba a “encontrar a unas guapas”.

Santo cielo. Una misión que ni tan siquiera Hércules podría superar, sobre todo en compañía de aquel sarmiento especialmente rugoso y acomplejado que me acompañaba, y que a duras penas me permitía cenar. Me tomaba por su gregario, y yo, con la barriga tocando a santos, me acordaba de sus muertos.

El cliente surgió de la nada, llegando casi al tiempo que mi café. Era peluquero, y su aspecto daba testimonio de ello: barbita recortada con una pequeña estela de canas estratégicamente colocada, pelo de tambor de color negro azabache con brillo de Grecian 2000 y una ridícula coleta anunciaban al clásico cliente del turno de oficio.

La camarera le sirvió un café y una copa de Fernet branca sin preguntarle antes. Era un cliente antiguo que padecía del estómago o que lo haría pronto (esa es la magia del Fernet, lo mismo cura las úlceras que las produce).

Poco a poco, pero sin pausa, se desarrolló su teatrillo. Así en voz baja me explicó que era separado, de una brasileña nacionalizada (¿veis lo importantes que son los panderos?) con la que tuvo dos hijos, nacidos en los 80 y ya mayores. Entonces empezó a llorar porque él los quería, pero las cosas no eran como antes y no tenía ya su peluquería y claro, las cuarenta mil pesetas que soltaba por mulato se le hacían muy cuesta arriba.

Tenía que tomarme algo antes de contestarle que aquello era una majadería insondable y que ningún juez en su sano juicio aceptaría reducirle semejante miseria de pensión alimenticia, más sabiendo como tragan los mulatos. Llamé a la camarera y le pedí un snack.

- Pero… es que no hay

- Su cartel pone que tienen snacks.

- Pero es que es antiguo.

¿El 92 antiguo? ¿Dónde acabaría aquella pesadilla?

- Te puedo traer un bocata de salchichón

- Esfúmese

Impulsado por la cólera recién desarrollada, le expliqué al peluquero que aquello era imposible. Que era una locura y que lo iba a garrapatear en un papel de envolver pescado simplemente para cobrar mi estipendio dentro de mil años, pero que no esperara nada. Y además se notaba a horrores que se estaba pisando a otra maciza y que necesitaba la tela para forrar de terciopelo sus zapatos, sus cortinas y hasta sus huevos.

A todo esto el hombre había dejado de llorar y me miraba con sus ojillos verdes, en los que brillaba una chispa de astucia.

- Se que es difícil. Pero sólo usted puede lograrlo. Yo quiero pagarles veinticinco mil nada más, y sólo usted puede convencer al juez.

Mi primo se vengó de mí por no conseguirle víctimas que deglutir con su papada. Lo hizo arrastrándome hasta un campeonato de golf.

Los escoceses nunca acabarán de penar en este mundo, a base de alcoholismo, fealdad, haggies y el sonido infernal de la gaita, por haber engendrado a Collin Hendrie y al puto golf. Un juego que practican todo cuanto déspota, miserable, enclenque, asaltacunas y desastre físico haya parido madre. Sólo hace falta ser uno de estos, tener unos zapatos ridículos y un palo para convertirse en un perdedor de primera.

Y muy mala suerte para terminar siendo un espectador del devenir soporífero de esta práctica. En pleno Agosto, en pantaloncito corto escuchando babosadas sobre handicaps y los peligros de las picaduras de los mosquitos que previamente han martirizado a los caballos. De vez en cuando graznaban cosas como “buena” y “gran golpe”. Yo preguntaba –y jodía- porqué no iban en carrito eléctrico, como en la tele. Porqué no había árbitro ni nadie que marcase los tantos. Y de mala gana me contestaban que sólo los seniors iban en carrito, que parte de la gracia del juego es agotarse caminando de hoyo en hoyo, y que eran los rivales quienes se llevaban la puntuación porque era un juego de caballeros.

- O sea, que si los cuatro que estáis aquí os ponéis de acuerdo como buenos caballeros podéis hacer que uno se lleve el premio y repartirlo.

Una instantánea inquietud sombreó sus caras. Un rico puede hacer lo que sea por una pata de jamón y unas botellas de ron del patrocinador. Pero pagué cara mi maldad: hube de asistir a la entrega de premios con sorteo incluido. Otra noche sin cenar…

¿Cómo que yo era el hombre adecuado? ¿me estaba tomando el pelo? No me fío de los peluqueros, ni aunque apilen todos los interviús del mundo en la sala de espera, ni aunque te pongan Floyd y te corten el pelo a navaja. No, son todos maricas y de una manera u otra quieren joderte. El cliente me tranquilizó con un gesto de sus manos ladinas y me explicó brevemente el porqué de sus palabras:

En lo que a usted se refiere, la más normal y cotidiana de las actividades humanas sirve de excusa para iniciar una batalla campal. No puede dejar pasar un comentario procaz, no puede evitar meterse con todo el mundo aunque sepa positivamente que no tiene razón. Es una cuestión de orgullo o de genes, no lo sé, pero estoy seguro de que hará lo posible por desplumar a mis hijos. De todos los abogados que he convocado aquí, la mayoría demostraron mejores aptitudes técnicas, pero sólo usted se ha empeñado en pedir una bebida de aires Tahitianos en lo que se ve que es una tasca inmunda y sucia con un nombre inapropiado”.

Me había calado bien el amante del terciopelo.
- Estoy seguro de que aquí se encuentra como en casa.


El peluquero se rió con ganas, me dio las gracias por atenderle y por el gran servicio que iba a prestarle y se dirigió a la camarera.

- Sírvele a mi abogado un Blue Lagoon. Y ponle un collar de hibiscos, se lo merece.

Que me ahorquen si no fue la mejor bebida que he tomado nunca.

¿Y quién estaba en la entrega de premios? La Sargento. Seguía teniendo un gran pandero, y aunque el tiempo pasa por todos seguía siendo una hermosa mujer. Siendo la musa de la decadencia occidental, resultaba su presencia en aquel lugar infernal del todo imprescindible.

- ¿Tú estabas en MI carrera?

E igual de odiosa y egocéntrica que siempre. Me preguntó –sin llamarme por mi nombre porque no lo conocía- si había jugado al golf. Que qué me parecía la noche de Sanjenjo ahora que habían cerrado “La hiedra” y otros. Que a qué me dedicaba. Sin dejarme responder a esto último, me comentó lo mucho que viajaba con la ex ministra, y los lugares tan exóticos que conocía. Bueno, yo había navegado hasta muy lejos también.

- ¿Dónde has estado?-por fin, algo de interés.

La emoción súbita basada en la anécdota insignificante, una ola de congoja imparable. ¿Cómo olvidar el paisaje de Tahití, el cantar de los pájaros y el azul de las aguas donde por vez primera me vi reflejado tal y como era? En aquel fin de semana, mi corazón no se había separado de Tahití, y no lo haría en el resto de mis días.

Y que se condene mi alma si os doy cuartel o lo acepto de vosotros.

servido por kungfu-master 1 comentario compártelo

1 comentario · Escribe aquí tu comentario

Manolo

Manolo dijo

Con estas historias, que ya van dando para armar un buen libro, estás retratando la naturaleza humana. Dibujas tu silueta y la del Vigo que culebrea por los primeros años del siglo XXI, algo que también hace el inefable JMGL en "Fábula de las calles sin humo".

A medida que desnudes al mundo en que vives tendrás más lectores ocultos y menos comentarios abiertos.

Dale caña y no te desanimes, ilustre abogado de oficio de nuestras vidas.

21 Febrero 2009 | 10:46 AM

Escribe tu comentario


Sobre mí

Avatar de kungfu-master

TALES OF THE KUNG-FU MASTER

ver perfil »
contacto »
Pike, treinta y subiendo. Soltero y vive con su gato. Antiguo comandante de una nave de los 80, ex-cabecilla de una pandilla de gamberros callejeros, ahora a punto de empezar a hacer calceta o coleccionar sellos, pues camina ya hacia la niebla de la idiocia, dejando antes del fin testimonio de lo vivivo...o imaginado
free web counter
Advert
free web counter

Fotos

kungfu-master todavía no ha subido ninguna foto.

¡Anímale a hacerlo!

Buscar

suscríbete

Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):

¿Qué es esto?

Crea tu blog gratis en La Coctelera