MAS FRIO QUE LA MUERTE
Una canción, muy conocida gracias al genio brasileño Vinicuis de Moraes, decía que "la tristeza no tiene fin, la felicidad si".
Sentencia tan sencilla como cierta.
A lo largo de estos últimos meses, sin duda los más negros de mi vida, muchos buenos amigos me han preguntado con cierta preocupación el porqué de mi silencio. Les he contestado, y ahora lo hago a todos vosotros, que estoy amargado y triste. Las cosas que me importaban se han desvanecido, y mi vida, una vida maravillosa, es ahora un largo caminar hacia la nada.
No importan los motivos. Todos son viejos como el tiempo, y hoy en día, por desgracia, es algo que le ocurre a mucha gente. Gente que a mi me importa un pepino, pero en fin, siempre es gratificante compartir el sabor de la desgracia, un sabor metálico en la boca y una tela de araña pesada y fría que se agarra a los pulmones y al estómago.
Sin embargo, no quería compartir este estado de ánimo con las pocas personas que se toman la molestia de leer mis historias. Las cosas están tan mal que me resulta miserable e irresponsable atacar las pocas esperanzas que puedan tener, y que por mi culpa afronten lo que puede ser la batalla final sin ánimo. La situación es muy grave y puede acabar en desastre, así que es necesario e indispensable luchar hasta el último aliento con todas las armas que el arrojo, la alegría y la cólera nos ofrezcan. Que, como dijo mi amigo el barbas, los hijos de puta que han provocado todo este estado de tristeza sepan que no van a luchar contra señoritos, sino contra hombres.
Hombres sin esperanza, y por ello también sin miedo.
De este modo, contaré mi última historia de modo que sirva para infundir ánimo en los corazones, animándoos a pelear o al menos a conservar lo poco que tengáis. La vida es a veces un camino de muerte polvorienta, pero en ocasiones nos da una gloria inmensa que nadie nos puede arrebatar.
Es cierto que me han cazado. Ni trabajo, ni huerta, ni playa, ni blog, ni nada. Las cosas que alegraban mi vida se han convertido en deprimentes recordatorios de una existencia mejor pero finiquitada, y como una diosa hindú muestran una nueva faz demoníaca que sonríe mostrando sus dientes de acero.
¿Qué os voy a contar? Si un hombre quema un coche, es un delito. Si quema cien, es un acto político. Si se arruina a un hombre, se comete un crimen. Si se arruina a todo el mundo, es un genocidio.
Y sin embargo, yo puedo decir que he sido feliz. En los últimos años, sobre todo el pasado, ha habido unos cuantos momentos, duraderos en el tiempo, en los que he sido plenamente feliz. Nada me preocupaba y tuve las cosas más bonitas de este mundo. Esto no es fácil y por desgracia no es tan común como el azote de la desolación.
Así es. He trabajado muy poco, y he ganado mucho dinero que me he gastado con premura en bienes y servicios que me han hecho sentir como un príncipe. He disfrutado plenamente de mi juventud. He sido el mayor escapista laboral que ha dado la historia, esculpiendo el tiempo que esos miserables plutócratas pretendían robarme. He recorrido los mares y contemplado el anochecer y el amanecer, durmiendo bajo mi techo en sábanas limpias. He trabajado la tierra y comido sus frutos sabiendo que yo y mis buenos amigos los habíamos cultivado, resultando su sabor más gratificante que el manjar más exquisito que pueda llevarse a la boca el emperador del mundo. Conozco y puedo llamar amigos a personas estupendas que han llenado mis instantes de las más hermosas historias. Pude leer antes que nadie libros magníficos, y he escrito lo que me ha dado la gana. Por mucho que ahora este blog me provoque una tristeza infinita ahí quedará mi pobre obra para los restos, hablando de mi rabiosa y revolucionaria persona mucho tiempo después de que mis huesos pelados blanqueen la campiña.
La campiña gallega, las calles sucias y saladas de Vigo, mi ciudad y mi casa de la que nunca me marcharé, porque la llevo en el corazón.
Llegué incluso a terminar las tres partes de Goulsh and goblins. ¿Qué más puede pedirse a la vida?
También he amado y me han amado, y lo he hecho siempre sin reservas, sin mentiras y ofreciendo todo mi peculio de prisionero. Ha durado poco, pero jamás sentiré el peso de las palabras más duras que existen cuando se ha sido rácano en estas lides: "pudo haber sido"... no, lo fue. A mi pesar, a mi contento. Sí, lo digo: he estado con mujeres bellísimas, que sonreían con la mirada, con la piel suave y las manos cálidas. Mujeres fascinantes, que también me han contado sus avatares, a veces terribles, de una crudeza mortal, y otras delicados e intrigantes como los hilos de la vida. Puede que no las vuelva a ver nunca, pero esos recuerdos me acompañarán en mis oscuras horas como el acervo del día de mi creación. A fin de cuentas, el amor es más frío que la muerte, un juego divertido de perder y de ganar. Y el que juegue sin saber esto, es un infeliz o un imbécil.
Por muy difíciles que sean estos momentos, por mucho que me pese la soledad y la inquietud, por muchas vueltas traicioneras que de esta existencia de mierda, que repentinamente se ha vuelto una aventura errante, me queda la seguridad y la fe de que volvería a vivir todo de la misma manera, sin cambiar una sola coma de la historia de mi vida. Todo igual, aunque viviera mil veces. Afortunado o desgraciado, soy yo el que todas las mañanas tiene que mirarse al espejo, y aunque mis ojos están casi sin luz y mi rostro está marcado por las cicatrices de la desdicha, puedo contemplarme y sostener la mirada sin un solo reproche.
Por ello, y como ya es momento de dejar de hablar de mí, os recuerdo como hace poco me las han recordado a mí las palabras de Napoleón: "el valor de un hombre no se mide por las veces en que ha salido victorioso, sino en aquellas en que, habiendo sido derrotado, se ha vuelto a levantar". Ya lo veis, no debéis dedicar un instante de esta vida que se acaba en pensar en este pecador que al fin recibe su castigo. Espero la ola del desastre con cierta premura, aferrado a mi lanza dispuesto a dar combate. Seguid sin mi, os daré alcance tarde o temprano. Eso sí, prefiero estallar en una bola de fuego antes de consumirme lentamente. Recuerdo un viejo dicho gallego que ahora me aplico: "díxolle a mosca a rá: mais vale morrer no viño que viver na auga".
Espero que mis escritos os sirvan para algo, si acaso para alguna carcajada repentina o para que os den calor en noche solitarias. Lo he pasado bien a vuestro lado, conservaré vuestra amistad como mi más preciado tesoro. Sé por experiencia que es cuando menos irritante perder a alguien, aunque sea una insignificante presencia en la pantalla. Cuanto más si es un camarada o la persona que nos hace sentir definitivamente redimidos, de forma que el viaje parece haber llegado a una plácida estación donde solo queda entregar los trastos de matar y decir "ha costado, pero todo ha merecido la pena".
Sin embargo, quedan unas cuantas travesías por el desierto de "echo de menos". Empiezo a contemplar sus dunas, es momento de decir adiós.
Volveré tarde o temprano, cuando vuelva a ser el mismo de siempre y haya olvidado todo este desastre. Yo siempre me he conducido con la filosofía de todo o nada en absoluto, así que si no logro salir de este agujero y esta es mi despedida, recordadme implacable y certero como una maldición. Pero no os preocupéis: en 1983 uno de mis más encarnizados enemigos me echó en cara que "tenía la muy molesta costumbre de sobrevivir".
En todo este descampado vital, en las ruinas humeantes de mi civilización constato que aún conservo esa mala costumbre, y que soy tan pobre que poseo el cielo y la tierra.
Nos vemos en los sueños, aunque también podéis escribirme.
Un abrazo a todos, aquí un amigo.



El Moro dijo
Aqui estaremos amigo, cun sacho na man e na outra o carallo, dispostos a seguir na luita.
6 Junio 2009 | 01:29 AM