¿HAS VISTO A MARX, PEQUEÑA, DE PIE ENTRE LAS SOMBRAS?
En Vigo los grandes proyectos siempre acaban en una carcajada desdentada que emiten sus ciudadanos, tan contentos de tener razón como resignados ante la miseria de sus dirigentes. Un candidato presentó una propuesta para construir una inmensa escalera mecánica que conectase el puerto con el monte del Castro. También un vial peatonal en el Puente de Rande que permitiera ir al otro lado de la ría sin necesidad de automóviles. Otro planteó la creación de un kilométrico paseo marítimo desde la playa de Samil hasta el puerto deportivo de La Guia...
Nada de eso ha ocurrido. Sorteando grúas oxidadas, destrozándose las caderas mientras trepan escarpadas calles o en medio de un atasco kilométrico para cubrir una pequeña distancia, el buen vigués se monda de risa y comenta muy ufano que vive en una ciudad salvaje e inhóspita, y que todos proyectos son una carallada para chuchar os cartos.
Pero ningún lugar en mi ciudad es objeto de tantos buenos deseos como la Avenida de Beiramar, que conecta el Centro Histórico de Vigo, y en particular el famoso Berbés, con el muy ilustre barrio marinero de Bouzas.
Es una franja larguísima de hormigón, robada metro a metro al mar, donde no hay nada. Nada bueno al menos. En tiempos existían los llamados "kioscos", unos tabernáculos innobles donde no se venden revistas, sino alcohol de muy baja calidad. El más famoso de ellos era el de "Las almas perdidas", y su nombre respondía con lealtad a la realidad. Los que allí acudían bebían de pié y con los ojos perdidos en un horizonte lleno de barcos oxidados y putas rumanas, conscientes de su miseria pero de algún modo cómodos con ella. Hoy en día ya no existen estos varaderos de la inmundicia, que han dejado paso a... a la nada más absoluta.
Las putas aún están, eso sí. Se calientan con hogueras prendidas en bidones oxidados, para dar un toque americano. Existen alrededor de veinte gaviotas por humano que lo devoran todo y a todos, y cerrando el marco grupos de jovenzuelos que se concentran en los locales abandonados de la lonja para beber. Más allá las lonjas en funcionamiento y los almacenes de la descarga, protegidos por un inmenso muro lleno de pintadas de 1983, conmemorativas de la batalla contra la reconversión (que ganaron los malos) y finalmente el mar, siempre generoso y ajeno a la basura que se acumula en sus orillas.
La basura llamada género humano.

En estas cuitas me encontraba yo, procurando introducirlas como una letanía implacable en la cabeza de mi amigo Taboada, que era de lo más susceptible a estas ideas apocalípticas, con la sola intención de hundirle moralmente y que hiciera peor ejercicio que yo en el examen que nos esperaba, cuando al fin nos convocaron en el aula más putrefacta de la Escuela Náutica de Vigo.
La Escuela era parte de un complejo de edificios dedicados a la labor marinera, tan básica en para nuestra ciudad. A la izquierda estaba La Casa del Mar, un hospital especializado en la atención de las enfermedades de los trabajadores del mar. Podría uno decir cualquier cosa mala de este lugar, aunque en modo alguno achacarle que no procuraba a los pacientes una estancia lo más parecida posible a sus condiciones de trabajo: las ratas campaban por sus respetos. Los celadores eran bestias de carga que manejaban a los enfermos como sacos de patatas, y las enfermeras no eran sino escanciadoras de pastillas, que se ofrecían en toscas tazas redondeadas de loza. Obviamente, los médicos eran unos zurcidores de cuarta, más interesados en cubrir cartillas y otras estúpidas documentaciones para el ISM (Instituto Social de la Marina) que en amputar con delicadeza. A este respecto, debo decir que la manía ibérica (y digo ibérica porque en Portugal es aún más acusada) del maldito papeleo inservible resulta del todo intolerable. Documentaciones, cartillas, volantes, visados, habilitaciones, permisos, empadronamientos... toda esa basura no vale para nada. Luego aparece un rumano o un gitano (que son los más listos que hay en este país por cierto) sin más acreditación que su faca o sus oropeles y no pasa nada, se le atiende igual de mal y con la misma cara de culo que al resto.

Total, que si a uno le tocaba este lugar de muerte polvorienta como hospital de cabecera estaba bien jodido. Yo, que nací en el Berbés, tenía bien aprendido que si me pasaba algo diera la dirección de mi abuela para que me mandaran al Hospital Xeral. Por suerte, ni me pasó nada ni he estado más que una vez ingresado, y por supuesto considero que ir a consulta médica es de maricones.
A la derecha de la Escuela se encontraba y se encuentra la Cofradía de pescadores. Bien, sabiendo que en Europa los puertos grandes de verdad se encuentran en Hamburgo, en Einhdoven, en Bristol y en Vigo, podríamos esperar que en este último, líder absoluto de descarga de pesca, la Cofradía fuera un complejo arquitectónico y humano de severas dimensiones y dirigido por una serie de autómatas inteligentes que... bah, no tengo ganas de darle más vueltas: es una habitación mugrienta con tres funcionarios que hacen que trabajan de 9 a 14 horas. Tienen un ordenador con el que hacen solitarios y un póster de Fedra Lorente cuando estaba buena (siendo MUY generosos, allá por 1987). Estos tres pícaros se dan al belle canto en lugar de trabajar porque cuentan desde hace unos años con el respaldo de la Xunta, que como siempre ha desplegado su toque "anti-Midas": todo lo que tocan lo convierten en mierda. Gracias, artículo 148 de la Constitución.
Bien, el Señor Taboada y el que suscribe nos encontrábamos en medio de tan loable oda arquitectónico-administrativa al mar y sus obreros, donde nos examinábamos en la Escuela Náutica para lograr la llamada "competencia marinera": otro título inservible que habilita a su poseedor para ser explotado, secuestrado y molido a latigazos a lo largo y ancho de los siete mares, entre los que no considero al mediterráneo que es una charca inmunda.
Ni que decir tiene que todo era un paripé ridículo y que pese a nuestra palpable incompetencia marinera pasamos el examen sobradamente, entre otras cosas porque un familiar suyo trabajaba allí y nos consiguió el examen y la aquiescencia del corrector. Y eso que al final había una prueba física donde te lanzaban a una piscina llena de meados donde debías dar unas brazadas. Más bien, como nos hizo saber a posteriori el examinador, bastaba flotar como una marsopa, aunque alguno había que se iba al fondo como un fardo de plomo. Sin lugar a dudas, una prueba fidedigna de que los aprobados serían capaces de enfrentarse a la ira de calipso y sus olas monstruosas en medio del Gran Sol.
Aún estábamos en taparrabos cuando el contacto nos llamó a su presencia y nos notificó la aptitud, aunque nos contempló con severidad y nos hizo saber que no nos quería ver en su barco aunque fuéramos capaces de beber ron por el culo.
Recorrimos victoriosos los primeros metros de no-calle y reparamos en el enorme edificio que fuera sede de la factoría de pesquera Pereira, hoy hogar de cientos de miles de ratas venidas de los cinco continentes. Un lugar donde llevaba décadas proyectada la construcción de un auditorio.

Un auditorio. Un mausoleo dedicado a todos los carcas burgueses y resesos con ansias de dárselas de culturetas, deseosos de acudir a conciertos y óperas que a nadie gustan. Basta ya de teatro y de ballet y de toda esa carroña. Es de todo punto inconcebible que se siga dando pábulo a esa cortina de terciopelo cobertora de ignorancia, cuando resulta patente que nadie en un país donde la media de libros leídos por término medio es de dos por ciudadano puede interesar la ópera. Y la pretenden colocar en la cuna del descontento obrero, del lumpen proletariado, de la brutalidad de la vida en la economía de mercado... me sacaba de mis casillas, y así se lo hice saber a Taboada.
- Ya te dije que no te iba a gustar esto. Yo me contentaba con el de patrón de yate, que se saca por cursillo a distancia.
- ¿Patrón de yate? ¿pero tu tienes yate?
- No, pero mi mujer y yo alquilamos una lanchita y nos vamos por ahí tan contentos.
- Tu mujer, tu yate... hablas como el puto marqués de Cubas.
- Y tú como Rosa Luxemburgo
Esto me dejó algo frío. No lo había pensado. Las cosas no me fueron muy bien con la crisis, así que tuve que prepararme otras labores que no vienen al caso, y mientras la función pública no me llamaba tenía que buscar otra ocupación, pues mis clientes como Letrado eran cada día menos. Así que tuve una oferta de un vecino que era marino mercante retirado y la acepté, aunque ello pasaba por alcanzar la competencia marinera. Estaría unos meses tirado en un carguero de coches y luego otra vez a vivir del cuento. Nada de troskysmo, seguía siendo el mismo anticomunista de siempre.

No como Taboada. Lo conocí en la Universidad, y entonces era un repugnante chequista. A su gusto por las insufribles soflamas leninistas unía el de la vertiente nacionalista, resultando una mezcla pestilente. Si no fuera por el repelús mal camuflado que le daban los homosexuales y las gentes de color, tal vez se hubiera afiliado a algún grupúsculo separatista. Sin embargo, no fue capaz de superar su condición de católico y mujeriego (de mujeres sofisticadas y guapas, no de esas bigotudas de Izquierda Unida), así como el temor que le producía la vida en las comunas, de modo que terminó por ser un buen chico, sacar una oposición mediana y conocer a una buena chica, con la que se casó por la iglesia comulgando como un bendito. Ahora comía tortillas en alta mar, insultaba a Zapatitos y maldecía la alcabala fiscal.
Yo siempre he sido un buen español. He militado en grupos contrarrevolucionarios. En 2003 estuve operando en Hungría, vigilando a ciertos elementos del Instituto Cervantes que pretendían avivar las llamas del descontento y alentar el regreso del comunismo. En la Universidad de Vigo milité en un operativo ultra secreto dedicado al sabotaje de eventos contraculturales. Y cuando terminé mis estudios me dediqué a una profesión liberal, aceptando con deportividad mi caída en desgracia. Si, mi conciencia estaba tranquila...

Me despertó la sirena del barco a las 5.50 horas. Es cristal de la garita de control de cámaras de la inmensa bodega donde se encontraban los coches era grueso, pero la bendita sirena se oía como un cañón. A las 6.00 me daban el relevo y me iba a casa. Estaba molido, y me había pasado la noche pensando muy inquieto en el giro que había pegado la vida de Taboada, la mía y en lo que me dijo ese día en que sacamos la competencia marinera, él para manejar embarcaciones de recreo y yo... yo para sobrevivir. Era temporal, y seguía teniendo el alma de un liberal. Sí, así se lo dije a ese renegado, y le recordé mis largos años dedicados a desahuciar a familias de sus casas.
- Y al turno de oficio, no lo olvides.
Al turno de oficio, era cierto. Pensé en ello mientras desayunaba en tierra, en el bar Porto, con los estibadores. Bueno, fue mi alma aventurera y ninguna otra cosa la que me llevó a defender a delincuentes, insolventes y desabrochados a cambio de unas cantidades míseras pagadas a seis meses vista. Los despreciaba y si ganaba algún asunto era en contra de mi voluntad y por prestar un servicio al país, nada más. Ese Taboada era un puto listillo, un comesantos y un progre mal parido. Era un... un burgués de los cojones.
El pitido de un Seat Marbella me hizo volver a la realidad. Pagué, le di los buenos días al camarero y le deseé que la jornada le fuera leve. Me subí al Marbella, que conducía una muchacha llamada Bibiana. Era una chica de mi edad, que trabajaba en una asociación para ayudar a los enfermos de Alzheimer, completamente amparada por la Xunta. Ella no sabía nada de mi vida anterior, y de haberlo sabido creo que no se tomaría la molestia de recogerme en el trabajo. Menos aún de invitarme a dormir en su casa.
Había pasado un tiempo arrejuntada como pareja de hecho de un farmacéutico, pero se había acabado no se muy bien porqué. El coche, el piso y la atmósfera que la rodeaban estaban impregnadas del olor que dejó ese tipo: un olor a intimidad muerta, tibio y deprimente.
El aroma de la decadencia occidental.
En el trayecto y al llegar a casa habló sin parar, preocupada por mis condiciones de trabajo, por el calor bestial de las primeras horas de la noche y por las corrientes húmedas del amanecer. Debían pagarme más. Debían mejorar las condiciones de seguridad. Debería hablar con el sindicato. Toda esa basura.
Me desvestí en el que fuera el dormitorio del farmacéutico. Durante un instante me quedé solo, y pensé entonces en mi casco de infantiloide. En los restaurantes a los que solía ir. En mis corbatas, los trajes que me iban grandes. En el asco que me daban los tipos como yo, y en el desprecio profundo que sentía por mujeres como aquella. Revolví con furia la ropa de cama, deseando despedazar hasta el último listón del catre.

Entonces entró en la estancia, y traía con ella un regalo: un ridículo pijama de verano que había comprado en la feria de Bouzas para mí. Un repugnante pijama. Me lo puse como si me hiciera mucha ilusión y la tumbé sin miramientos. Apagué la luz y me dispuse a ser estajanovista, pensando que lo hacía por occidente, por mi país, por un modo de vida que me abandonó a mi suerte, y por nada más que eso.
En medio de la tarea, levanté la vista, fijándola en las cortinas enmarcadas en las primeras luces de la mañana. La silueta de un hombre barbudo y vestido a la moda de hace un par de siglos me contemplaba. Me quedé parado, devolviéndole la mirada.

- ¿Qué te pasa?- la pregunta que más veces en mi vida me han hecho.
- ¿Has visto a Marx, pequeña, de pié entre las sombras?



El Moro dijo
Efectivamente, todo es literatura... y de la buena. Saludos desde Zaragoza
9 Enero 2010 | 09:53 AM