GANSOS SALVAJES
Â
Â
              - Perdona que te lo diga asÃ, pero eres insoportable.
Â
Â
                 Una vez más, la misma cantinela. No sé porqué estaba con esa mujer. Se habÃa empeñado en hablar conmigo, en quitarme la máscara. Cuando continuó la charla, comprobó que debajo de mi faz avejentada y llena de vértices se encontraba otra máscara, esta sà inamovible, que daba testimonio de la verdad al desnudo.
Â
                 Una verdad que le resultaba inasumible. No la culpaba, pero no era cuestión de levantar mi patentado muro de silencio, asà que tan sólo le espeté un "¿por qué?", aunque la respuesta fuera evidente.
Â
               - No parece haber nada que te guste, no siendo intrascendencias o espantos.
                  - Bienvenida al paÃs de Zapatero.
                  - Ese cinismo perpetuo resulta aburrido. Tanto como todo lo que criticas. Te pasas la vida vomitando bilis. Es como si fueras un loco con un rifle disparando a todo.
 
Era la clásica observación de lo obvio, y lo hacÃa como si se hubiera caÃdo de un guindo y considerara su obligación que todo el mundo se cayera también. Es una costumbre muy humana, pero más aún cuando eres una psicóloga de pueblo que a duras penas llega a fin de mes atendiendo a niños que no hacen los deberes porque prefieren tocarse viendo como le plantan fuego a un mendigo. No obstante, le iba a poner las cosas difÃciles por puro deporte.
Â
                     - También me disparo a mi mismo.
Â
Durante unos instantes gloriosos y abracadabrantes, se mostró pensativa y silenciosa. Pero todo lo bueno termina...
Â
                       - Si, es cierto. Pero lo haces por amargura, porque tienes miedo, porque algo te pasa.
Â
                       Le expliqué que, más allá de una maldición de Neptuno por matar a Polifemo, no habÃa motivos. Era hijo de padres cultos, trabajadores y sindicalistas, aunque no nacionalistas. Me alimentaron bien, no me pegaron demasiado (a la vista está) y me dieron una buena educación. Nunca habÃa torturado a un animal, no habÃa tomado por el culo, no me teñÃa el pelo. No era calvo, ni llevaba gafas, no me habÃa puesto pantalones de pana en mi vida.
Â
                       - Pero los desprecias.
Â
                       Oh, si. Cuánto los despreciaba. Hasta lo más profundo de mi ser. Les gustaba comer todos juntos, se sobrecogÃan cuando en el Telediario morÃa gente y destentaban hacer leña del árbol caÃdo. Además, mantenÃan un cierto respeto hacia las personas e instituciones que les habÃan acompañado en su tránsito hacia la madurez, como ese Jesús Hermida. El tipo estaba allÃ, con su tÃpica charla intrascendente al ritmo de una palabra por minuto y yo me volvÃa loco y le llamaba de todo. Sencillamente no aguantaba a ese pomposo carcamal, asà que le maldecÃa. Ellos se escandalizaban, decÃan que era un gran profesional. En este puto paÃs cientos de personas llevan una vida de prÃncipes por la pura inercia de los ignorantes que les dan una categorÃa afÃn a la tierra o al aire que respiran. Tienen miedo de lo que ocurrirÃa si desaparecieran.  Y a fe que esos mamuts de mierda deberÃan desparecer.
 
            J. Hermida en su nuevo programa que zzz...
Â
         - ¿Es necesario insultar? ¿no puedes expresarte libremente sin faltarle al respeto a nadie?
Â
Esa fulana empezaba a agotarme. No podÃa ser realmente tan vulgar, era un tópico ambulante y sobre todo parlante. Pues claro que tengo que insultar para expresar plenamente lo que pienso. Para mà son calificativos necesarios para definir a una persona de manera fiel.
           - Tienes una foto de tu abuela en el hall. ¿A ella la querÃas un poco más?
              Â
              - Si, a ella la querÃa. Porque tenÃa buena punterÃa.
Â
Si la tenÃa. No se si lo he contado ya alguna vez, pero por si acaso lo relataré brevemente: mi abuela nació en Rio de Janeiro. Su padre era un tejón de Puebla de Trives que intentó convertirse en un ser humano y se quedó a medias. Tuvo una amplia descendencia con una mujer-gallina local y como estaban cansados de comer chirivÃas congeladas emigraron. En el Brasil gozaron de la esclavitud y la abundancia, asà que se reprodujeron todavÃa más. De esa nueva camada nació mi abuela. Pero cuando tenÃa unos nueve años el tejón se entero de que su mamá se estaba muriendo en la lejana Galicia, asà que decidió que debÃan velarla todos, de forma que empacaron para lo que debÃa ser un perÃodo de un par de meses.
 
Los llamados "deportes de invierno", aptos sólo para pijops y para gordos, desarrollandose en Manzaneda.
Â
Lo divertido de la cuestión es que el viaje casi les cuesta la vida, porque el barco en el que realizaron la travesÃa casi fue hundido por un buque de guerra alemán. El tejón no tuvo en cuenta el pequeño detalle de que se estaba desarrollando la Primera guerra mundial. Al fin se salvaron, y llegaron a su destino, donde mi abuela y sus hermanos casi se congelan, porque estaban acostumbrados a los calores y en Puebla de Trives sólo hay dos estaciones: el invierno y la de tren. Y de aquella todavÃa no habÃan montado la segunda. Y creo que aún no lo han hecho.
 
¿Humanos en Trives? venga ya!
Â
El caso es que la madre del tejón murió y ellos nunca volvieron. Dejaron en Brasil un montón de cosas: los esclavos, las maracas y la bonanza económica, cambiándolo por el frÃo y la mugre. La abuela solÃa contarnos que, para evitar desgracias, en el colegio les daban un caldo y un trago de aguardiente en el recreo. Aún hoy esos neandertales que defienden el uso del gallego obligatorio hasta para ir a cagar  reivindican esta costumbre.       Â
 
                 Méndez PerrÃn pasado de peso como "Night Owl" en Watchmen. Si, a él me refiero con lo de Neandertal.
Â
Â
  Mientras mi abuela y sus hermanos se helaban el culo, el tejón empezó a tener apetencias polÃticas. No me preguntes como, porque en la aldea más perdida del Orense del primer tercio del siglo XX lo más parecido a una postura polÃtica que debÃa existir era si se la metÃas a la vaca frisona o a la pinta, pero el puto tejón se nos volvió un poquito republicano. Como ves, el muy bastardo siempre apostaba a caballo ganador. Y era un republicano progresista como el que más: mi abuela contaba, no sin cierta admiración, que como (su) papá encontrara mal doblado el periódico, lo enderezaba metiéndole una vara de avellano que previamente habÃa testado en el lomo de sus hijos. Ya lo ves: un trato igualitario para todos.
Â
                 Como colofón a esta historia, diré que las amistades peligrosas del tejón provocaron que, para evitar represalias, tres de los hermanos de mi abuela hubieran de guerrear en el Bando Nacional, llegando a sobrevivir tras combatir en el Ebro. Mi abuela por su parte hizo lo propio en el servicio civil femenino, o como fuere que se llamase eso de atender a tullidos, hacer bufandas y esas mierdas, pero con uniforme.
Â
                 Allà desarrollo su buena punterÃa. Fue famosa por dejar seco a un conejo en los campos baldÃos que circundan el Castillo de la Mota, circunstancia que permitió comer carne a su batallón (o lo que fuere) ese dÃa. Claro está que si dejaron cocinar a la abuela estaban listas, porque esa mujer no tenÃa ni puta idea de cocinar, aunque creÃa que sÃ.
 
Es mejor comérselos crudos...
Â
                 Al fin pudo volver a casa, y como entonces ya conocÃa a mi abuelo que era de Vigo, se casó e instaló aquÃ. Lo primero que hizo mi abuelo, como buen vigués, fue llevarla a ver el puerto. Es una costumbre de lo más absurda que tenemos los de aquÃ, en el puerto sólo hay mendigos, gaviotas, prostitutas y tullidos que tocan el acordeón. Quiero pensar que lo hizo para reÃrse de los emigrantes, pero no era su estilo.
Â
                 -Es más bien el tuyo.
Â
                 Tal vez si. Total, que están admirando ese pudridero cuando desembarcaron de un gran transatlántico unos viajeros. Mi abuela advierte que en la pasarela se encuentra un individuo grande y teutónico que le grita en alemán a un chiquillo que pretende llevarle las maletas. Entonces hubo muchos alemanes en Vigo, se interesaban por el wolframio en la guerra. El alemán está muy enfadado con el crÃo, y al final hasta le da unas obleas, sabe dios porqué, era la segunda guerra mundial y habÃa que pegarle a alguien.
Â
           Pues va la tÃa, agarra una piedra y se la tira al alemán. Le dio en toda la cabeza. Aquello pude derivar en una ejecución sumaria, o en un conflicto internacional. En lugar de ello, años más tarde me alumbró un chacal y ellos me recogieron de su seno.
 
           Cualquier parecido con la realidad es mera casualidad...
Â
 Agotada por la vorágine de las situaciones descritas, respiró profundamente y se aferró a una conclusión absurda, que articuló asÃ:
Â
                  - ¿Podemos concluir entonces con la idea esperanzadora de que, al menos, aprecias y respetas a tu abuela y su memoria?
                  - No. Era católica.
Â
Profundamente católica. TenÃa una colección de figuras sangrantes, de viejas astillas de las cruces de los Santos, salmodiaba con automatismo los mantras de esos peludos. Era insoportable. Los viernes por la tarde me hacÃa una merienda digna de un prÃncipe, y mientras la devoraba al calor de la lámpara Osram que habÃa bajo la camilla y veÃa los dibujos me sentÃa muy feliz. Pero cuando terminaba yo blasfemaba, y ella inmediatamente me conjuraba con una oración implacable. La emitÃa como un reflejo, y resultaba tan hipnótico y divertido que era imposible no seguir blasfemando, de modo que volvÃa a hacerlo una y otra vez. Cuando se desesperaba, me arrojaba los cojines, los calcetines lavados y emparejados, toda clase de objetos suaves y voladores para intentar redimirme. Me daba todas y cada una de las veces, y yo me morÃa de risa. Al fin se acercaba y me zarandeaba con Ãmpetu, intentando que la razón volviera a iluminarme.
Â
                        -¿Y si ahora la virgen decide dejarte ciego?- aullaba-, dime, ¿qué pasarÃa?
Â
           No le hice caso. Por pura diversión no tomé la comunión, aunque la vieja me ofreció desde una motocicleta hasta una uzi. Con esa amargura se fue a la tierra de la que nunca se vuelve...
Â
                   - Te parecerá bonito.
Â
                       No me parecÃa nada. No he pensado ni un segundo en ello. Pero no creas, al fin la Virgen me castigó de un modo irónico: me dejó con vista, conservó mis ojos que ven a través de los cuerpos, que ven la putrefacción pero también la belleza que no llegaré a poseer nunca.
Â
                              - Abraza la fe entonces.
Â
                 Eso si que no. Jesucristo me dijo que no debÃa ser católico. Sé lo que piensas, pero es asÃ. Tal vez no era el Jesús oficial de la iglesia, pero desde luego era pobre. Yo le di las gracias porque mantenÃa a toda esa chusma a raya, porque si no fuera por la amenaza constante del infierno o de quedarse ciegos esos puercos meapilas nos colgarÃan a todos. Menos mal que Jesús los tiene acojonados.
 
                 Jesús y las cajas de ahorro. Menos mal.
Â
Al fin conseguà que se sintiera realmente molesta, y eso que no sabÃa que guardaba debajo de mi cama una motosierra. Empezó a empacar sus pertenencias, dispuesta a dejarme por imposible, pero al tiempo que lo hacÃa pretendió extender unas semillas de reflexión en los campos de mi hacienda, donde sólo crecen plantas venenosas.
Â
                      - Sigo pensando que ALGO debió ocurrir. La vida no pudo ser siempre tan amarga. He leÃdo tu blog, y creo que no eres más que otra vÃctima de la crisis.
Â
                       Ah, la crisis. Ha sido una dura prueba para todos los que sobrevivimos de momento. Y nadie sabe cómo terminará. O casi nadie: el otro dÃa por equivocación puse la televisión pública. Era un programa deportivo nocturno, que por lo visto emitÃan a diario. Lo presentaba un payaso caduco y enfermo del que se podÃa decir cualquier cosa, excepto dos: que supiera algo de deportes y que hubiera llegado a su puesto por comer coños, puesto que era poco menos que una criatura abortiva. TenÃa un séquito de seis ayudantes de todo género y condición, repartidos entre la pretendidamente cosmopolita Madrid (villa que tiene un peso mundial equiparable a Asunción o a Lagos) y la soleada Barcelona (hogar del fascismo chic).
 
Esto es Fascismo Chic.
                       Toda esta pléyade de furcias y majaderos desconocÃan absolutamente cualquier disciplina deportiva. Las muchachas eran guapas, eso sÃ. Ellos por lo visto eran maricas, y estaban todos muy preocupados por los avatares de Cristiano Ronaldo, clásico analfabeto desdentado de Madeira, dotado parece ser con un cañón entre las piernas.
Â
                       Cada vez que oigo el nombre de este efebo, todo un sÃmbolo del lumpen proletariado y de los analfabetos funcionales en general, me acuerdo de Julio. Era un muchacho de mi edad, nacido en Montevideo. Durante el verano de la crisis, me daba el relevo de la guardia nocturna en el barco "Tudela". Un tipo muy agradable, de músculos de acero a base de aporrear las alfombrillas de los coches que limpiaba en los cargueros. Mientras fumábamos un cigarrillo para compartir el fin de mi jornada y el principio de la suya, en la televisión de la cabina se desarrollaba el Telediario vespertino, donde solÃan abrir con las últimas aventuras de CR9. Me preguntaba entonces cual era mi opinión sobre la nueva fiebre de lujuria y madridismo que asolaba la nación, a lo que yo le contestaba:
Â
                       - Son unos jodidos payasos.
Â
Lo celebraba entonces como si fuera una revelación, como si no tuviera que romperse la espalda en tres trabajos mal pagados para mantener a sus dos hijos. "Payasos, eso son. Unos malditos payasos"... lo decÃa con la mirada soñadora, cubierta por la niebla del cansancio y la soledad del destierro. Si, es muy cierto: por mucho que uno consiga sobrevivir lejos de su casa, es imposible no sentir desde el primer dÃa hasta el último una gélida e insobornable soledad. No te libras de ella asà nades en billetes. Por desgracia no era el caso de Julio.
 
Es curioso lo que puedes llegar a compartir a las seis de la mañana en el silencio de la bodega de un barco atracado cualquier lugar, y digo cualquier lugar porque realmente no sabes donde estás: puede ser en Gijón o en Cartagena, pero a ti te da lo mismo, porque es siempre la misma cabina y el mismo techo inmenso lleno de eco y de telarañas, de tubos inmensos oxidados. Entonces recuerdas cuando tenÃas dinero, recuerdas los restaurantes caros y no tan caros, recuerdas la luz del sol y la arena de la playa, recuerdas cómo era tu paÃs o tu vida. Eso es la crisis, pasarse la noche recordando.
Â
La vida marinera y los bravos marinos del Tudela Veguin, ninguno oriundo de Tudela.
Â
Era entonces cuando el Telediario nos sacaba de la ensoñación y se reÃa de nosotros. "Al fin luce el sol en las playas de la Costa Brava. Los bañistas sólo se han quejado de la persistente brisa que les ha molestado...". Julio y yo nos miramos incrédulos y gritamos al unÃsono "qué hijos de puta sois, que hijos de puta". Los gritos se perdÃan en la bodega, nadie escuchaba.
Â
Si, la virgen se tomó justa revancha. Tan sólo un año antes estaba en las Ons con mi amigo M, que nació en Santa Clara. Me contaba con melancolÃa sus escapadas en todoterrenos rusos a lo largo de Cuba, rememorando incluso el movimiento que debÃa ejecutar en aquellos cacharros sin suspensión para cambiar de marcha.
Â
Lo hacÃa con un brazo muy fuerte, abrasado por el sol y la quimioterapia. Un brazo de piedra muy hermoso, que habÃa acunado a sus hijos, amado a las mujeres y cultivado la tierra, el más digno que nunca haya visto. Le preguntaba entonces como tú a mi ahora porqué tanta tristeza, tanta amargura si al fin habÃa sobrevivido.
Â
Qué duro conocer tan pronto la respuesta, cómo quisiera no conocerla, ser ajeno a tanta y tanta desolación que se reproduce sin medida, tan sólo para que la volaterÃa la devore hasta el fin de los tiempos...
Â
                    - Bueno, ya lo ves. Al fin y al cabo, queda algo humano en ti.
Â
Reconozco que en ese momento fui yo el sorprendido.
                 - ¿Por qué dices eso?
                   - Llevas un rato hablando de hispanoamericanos, y no has dicho una mala palabra de ellos.
Â
                   No, de ellos no. Son como los gansos salvajes. No les disparo.
                   - ¿No disparas a los gansos salvajes?
                     - Dejé de dispararles cuando supe que eran monógamos.
 Â
 
Â
Â
Â
Â


Taboada dijo
Lo de cagarse en la virgen era muy peligroso. No sólo te decÃan eso de "¿y si la virgen decide dejarte tirado muerto en medio de la carretera?", sino que la señora que lo escuchaba te podÃa dar unas hostias con la mano abierta o cerrada. En algunos casos era una temeridad. MagnÃfica la foto de "Astraco", el de "Los mundos de Yupi". Adivinad cuál es.
2 Marzo 2010 | 03:18 PM