MARCO POLO
Un día normal en la vida extraña que llevaba de un tiempo a esta parte.
Estaba solo en Candelaria, al Sur de Santa Cruz de Tenerife, lugar donde las parejas de nuevo cuño se van a vivir para disfrutar íntimamente de su nuevo status.
Me hospedaba por unos cuantos días en el apartamento de un amigo que se había marchado en busca del viento a Lanzarote, animándome a disfrutar de su piscina y del sol que siempre lucía en Candelaria.

Era domingo por la tarde. No había parado de llover en todo el día, por primera vez en muchos meses. Un fuerte olor a café provenía del piso de abajo, y las luces de las habitaciones que daban al patio le daban al ambiente el aspecto y la textura de las primeras horas de un día laborable.
Debía analizar aquella paradoja. Examinando los hechos y las circunstancias, todo resultaba de lo más tranquilizador: había sobrevivido. Era rico. Parecía un tipo normal y como tal me había infiltrado en un grupo de lo más hermético hacia los de otra clase sin demasiado esfuerzo. Hasta mi vestimenta -una camiseta de Vans y unos pantalones vaqueros cortos, la propia de un anormal en estado relajado- denotaba calma y opulencia tropical.
Sagrado corazón de Jesús, si hasta tenía una placa... ¡una placa!.
Pero había algo que debo contar...
Todo empezó la noche del sábado, cuando varios de los que formaban ese grupo cerrado, hombres y mujeres de todos los rincones de la península destinados en Canarias por razones del servicio y, en menor medida, por el sentido de la aventura, disfrutaban en mi compañía, si es que eso es posible, de una fiesta en la piscina del apartamento, promovida por el propietario, que como he dicho se marchaba la mañana siguiente a Lanzarote.
Por muy vulgar que resulte, debo decir que en aquel momento, bebiendo una Tropical (es muy buena la cerveza canaria) en una tumbona, reflejando el vidrio verde las llamas de las teas imprescindibles en cualquier celebración que pretenda darse un aire tiki, no pude evitar pensar en las vueltas que da la vida, y que no mucho tiempo atrás me creía acabado. Trabajando en un maldito garaje. Y después el mar. Pero antes los estrados. Y mañana... barro y gloria, como siempre.

Me sacó de mi breve ensueño una muchacha de lo más pizpireta que disfrutaba precisamente de la vida en pareja de Candelaria. Nos animó a jugar a algo todos juntos. Inmediatamente, surgió el inefable "Yo nunca", pero como resulta muy violento llegar al trabajo el Lunes después de haber confesado un beso negro, declinamos la opción.
Finalmente, nos decidimos por sumergirnos en la piscina y jugar a "Marco Polo".
Empezó un joven corpulento con el pelo rapado, al que llamaremos C. De modo ceremonial, se le cubrieron los ojos con una tela blanca y fue colocado en el centro de la piscina. En silencio, los demás jugadores nos repartimos por los lados y comenzó el mantra.
"Marco...Polo...Marco...Polo...Marco...Polo...
C. se despertó tumbado boca arriba sobre una toalla, donde le habíamos colocado tras ver como al poco de iniciar la búsqueda, se iba quedando quieto y callado. Finalmente, comenzó a hundirse en una zona de escaso calado, como si sus piernas no le sostuvieran o, como algunos pensábamos, nos estuviera tomando el pelo. Sin embargo, su cara de desconcierto al despertarse no daba muestras de ello.
Cuando se hubo recuperado, contó que al poco de comenzar el juego nuestra voz le llegaba cada vez con más distancia y reverberación, como si hubiera inhalado un gas que indujera al sueño. Después le llegaron de manera cada vez más nítida otros ruidos, propios de una reunión en un lugar cerrado. Lentamente, se hizo la luz artificial, y el destello gradualmente se transformó en una escena que le resultaba familiar.
Estaba en su antiguo piso de la calle Hibisco, en la ciudad de G. No hizo falta que los adornos de la estancia delataran la fecha, pues inmediatamente supo que era la cena de Nochebuena. Algunos de sus familiares estaban dispuestos alrededor de la mesa del comedor que se usaba sólo un par de veces al año, bebiendo algo antes de empezar a cenar. Se encontraba demasiado confuso para determinar si los comensales se percataban de su presencia o no, pero esta sensación no era ajena a las cenas de Nochebuena que había vivido. Las ocho personas que allí se encontraban conversaban entre ellas, pero no con entusiasmo. En el ambiente flotaba, más que la tensión, un cierto grado de incomodidad, de necesidad de que aquello pasara pronto. Los primos pequeños jugaban con unos cochecitos debajo de la mesa. Su abuela, muy seria, intentó levantarse, pero una mujer se lo impidió. Entonces se dirigió a C. y le pidió que buscara el sacacorchos en la cocina, para que la abuela estuviera tranquila y no tuviera que levantarse.

Sintió entonces C. una punzada de temor tan intensa que eclipsó la certeza de que ellos sabían que estaba presente. Se quedó parado mirando a la anciana, que le ignoraba, y a la mujer que le había pedido el sacacorchos, que era su tía y ahora lo miraba fijamente pero con tranquilidad. C. notó que todos sabían lo que ocurría, todos menos él.
Lentamente, con un deseo infinito de librarse de la mirada de su tía, enfiló el camino hacia la cocina. Era un piso antiguo, muy grande, con un largo pasillo. Dio los primeros pasos en la oscuridad sin querer mirar atrás, sintiendo que los ocupantes del salón le miraban en silencio. Al fin, decidido a vencer el temor, recordó dónde estaba el interruptor de la luz del pasillo, y se dirigió con paso firme hacia la oscuridad para accionarlo y demostrar su entereza. Poco a poco, las voces del salón volvieron a oírse.
Llegó al interruptor. Contuvo el aliento antes de apretarlo. Funcionaba. Pero la luz mortecina que arrojaba la bombilla no era muy tranquilizadora. Y además le había permitido distinguir un movimiento furtivo al fondo del pasillo, cerca de la puerta de entrada a la casa. Allí existía otro salón, todavía más solemne que el de los comensales, que no se usaba nunca, donde se guardaban los recuerdos de la familia y se recibían visitas extraordinarias, como cuando vinieron los padres del novio de su hermana antes de que se casaran, unos años (¿cuántos años habían pasado?) atrás.
Había gente en ese salón de sillas tapizadas con damasco verde. La lámpara de araña estaba encendida. Hablaban en bajo. Le esperaban.
Imbuido por una valentía originada por lo irresistible, se dirigió a la estancia, en el extremo opuesto de la casa al salón donde los ocho clavaban su mirada en la anchas espaldas de C. Podía oírles hablar sin distinguir qué decían, pero con la certeza de que lo hacían para ocultar la evidencia de la vigilancia. Cruzó el hall y, aprovechando que éste se ensanchaba al pasar el dintel, se acercó a la pared derecha para ocultarse de las miradas rapaces. La puerta de la sala reservada tenía un cristal dibujado que dejaba pasar la luz al exterior. Enfrentado a su destino fatal, C. abrió esta puerta.
Ante sí, serenos hasta la perversidad, vistiendo sus galas de antaño, los participantes de anteriores Nochebuenas se disponían en otra mesa. Todos habían muerto años atrás, cada uno en años distintos. Le sonreían amablemente, sin duda conocedores de su situación. Tíos, abuelos, antepasados recientes le señalaron simultáneamente la única silla que quedaba vacía, en el centro de la habitación.
C. los miró uno a uno. Después, con mucha calma, se giró hacia la puerta de salida. Sin prestar atención a los vivos ni a los muertos, la abrió y salió al rellano. Una vez allí, consciente de la suerte que estaba teniendo, bajo velozmente los dos pisos que le separaban de la calle, no sin antes cerrar sin violencia pero con determinación. Su corazón palpitaba cada vez más rápido, temiendo lo que iba a pasar: tiró del pasador de la cerradura del portal, pero estaba cerrada con llave.
Arriba, alguien abrió la puerta.
Entonces despertó C. en Candelaria, relatando aterrado y lleno de tristeza lo vivido.
Dado lo temprano de la hora, y necesitando nuestro compañero unos instantes para recuperarse, decidimos continuar con el juego, convencidos de que la mala experiencia de C. se debía a alguna clase de terror acuático acentuado por el alcohol. I., bravo y descarado montañero leonés se ofreció voluntario, tomándose a chacota la experiencia de su amigo.
"Marco...Polo...Marco...Polo...Marco...Polo...
Al poco rato, I. yacía inerte sobre las aguas, boca arriba. Su larga cabellera negra se expandía sobre la superficie, como los zarcillos de una planta acuática. Rápidamente lo reanimamos sobre la toalla que antes sirvió para el mismo fin.
Atrapado en una inmensa amargura, que nunca antes había mostrado, pues era de natural jocoso, frívolo y mundano, I. relató lo sucedido sin acabar de creérselo.
Se encontraba en un precioso paraje desde donde podía ver el mar. La brisa otoñal, fresca y constante, llevaba la sal a su cara y notaba su sabor en los labios. El sol resplandecía justo antes de empezar a ponerse. Desde lo alto, contemplaba el batir de las olas mientras tocaba la hierba con sus pies descalzos. A pocos metros, un camino tortuoso que conocía bien llevaba hasta un pueblo cercano.
Nuestro amigo no sólo conocía el lugar, también conocía el momento. Había sido un día muy feliz, y con un gozo que llenó de calor su corazón miró a su izquierda. Tal y como la recordaba, su único y verdadero amor se encontraba sentada sobre una gran roca gris fumando tranquilamente un cigarrillo. Se miraron y le sonrió con ternura.
Como aquel día, los cabellos dorados de aquella mujer hermosísima reflejaron el sol, e I. sintió otra vez que su existencia había alcanzado el punto más álgido de dicha que nunca antes hubo sentido.
Y que nunca más sentiría...

Pues así como la luz solar fue ocultándose y encendiendo aquel pelo tan bello, I. fue consciente de que su amor se había perdido, y tan pronto recordó esta circunstancia, la corporeidad de la mujer se fue diluyendo, convirtiéndose y confundiéndose con el humo del cigarrillo, que rápidamente se llevó el viento, ahora mucho más fuerte.
Fue así como nuestro amigo se encontró solo, ante un paisaje que ahora le resultaba insoportablemente amargo. Había revivido el más doloroso de sus recuerdos, pero como bien sabéis los que habéis amado, lo que hizo derrumbarse en la oscuridad de pura tristeza y soledad no fue sino el recuerdo de los días felices, que siempre acechan...
Pocos voluntarios quedaban entonces para sumergirse en aquellas aguas y taparse los ojos, por mucho que pudiera tratarse de una broma bien elaborada (aunque los presuntos bromistas estuvieran absolutamente derrumbados, física y moralmente). Las chicas estaban algo asustadas, aunque les picaba la curiosidad. Fue precisamente la ideóloga del juego la que más requerimientos obtuvo, aunque se negaba con tanta timidez como tozudez.
Se me ocurrió entonces que, al igual que la marinería, las mujeres reaccionan a un estímulo un tanto variable: si se les obliga a hacer cualquier cosa, aunque sea en su propio beneficio, se negarán con vehemencia y esperaran la menor ocasión para romperle la crisma al "opresor". Sin embargo, ofrézcase ese mismo servicio a la oficialidad sin reparar en los marineros que en breve la reclamarán a voces, y la tendrán como el mejor de los tesoros.
Dicho y hecho. No bien nos habíamos peleado un jienense y servidor (de manera fingida) por la dichosa venda cuando la provocadora inocente de tanta angustia decidió con valentía ser la siguiente, lo que fue aplaudido de modo ridículo por los asistentes. Esta es su historia.
"Marco...Polo...Marco...Polo...Marco...Polo...
La luz se hizo en un gran piso, exactamente en el que B. vivía en la península. Estaba en la entrada, y se vio reflejada en un gran espejo antiguo. Vestida con un bonito traje de fiesta, peinada y maquillada primorosamente, con muy buen gusto. El piso también estaba dispuesto con objetos elegantes, y olía a limpio. Los grandes ventanales estaban entreabiertos, y las cortinas ligeras se mecían suavemente. Se asomó al balcón. La calle estaba en silencio y desierta. A lo lejos se oía a una bandada de pájaros.
La atmósfera era relajante. La temperatura, ideal. Se estaba haciendo de noche pero muy lentamente, como en los días de verano. Era esa hora que en gallego llamamos "o entre lusco e fusco".
Lentamente, B. recorrió el largo pasillo, admirando los cuadros, los jarrones con flores blancas y escuchando tan sólo el sonido de sus tacones al pisar el parqué. Reparó en sus zapatos, y le gustaron tanto que hasta sintió una ola de calor en su pecho propia de una satisfacción que alcanzaba la paz.
En la primera habitación que encontró abierta, había una estatua que representaba a un elefante, hecha de mineral azul, muy suave al tacto.
En la segunda se hallaba un pavo real con la cola desplegada. Se movía lentamente y sin hacer los ruidos repugnantes que normalmente producen estos animales, encaminándose parsimonioso hacia una gran terraza llena de plantas exóticas, indiferente a la presencia de B.
La tercera habitación, en la que B. penetró con naturalidad, era un dormitorio. Comenzó a desvestirse dejando la ropa sobre una cheslón que irradiaba lujosa decadencia. Hacía esto sin preguntarse porqué, de manera mecánica pero con pleno control, sin trance. El dormitorio estaba inundado de la preciosa luz del atardecer, mezclada con la que ofrecía una lámpara sobre la mesilla de noche.
B. terminó de desnudarse, quedando de sus galas tan sólo los pendientes. Empezó a quitárselos pero dándose la vuelta, mirando hacia la cama y su ocupante, que la observaba también.
La observaba fijamente, si, con unos ojos amarillos de negras pupilas que parecían inflamados de furia incluso cuando su dueño permanecía tranquilo. Y no era una barba lo que lucía en la cara, sino que estaba cubierta por un pelo largo y tupido, de color marrón oscuro, que se desparramaba por el torso que si parecía totalmente humano, muy desarrollado y fuerte. Las puntas de los cuernos, negros y listados, eran retorcidas. Los cascos de las patas asomaban entre las sábanas satinadas.
B. lo miraba sin miedo, y el macho cabrío esperaba con serenidad.

Serena e inerte flotaba la mujer en las aguas de la maldita piscina. Se recuperó enseguida, pero nos costó Dios y ayuda arrancarle la historia, que heló la sangre de muchos de los que allí se encontraban.
La pobre muchacha estaba roja como un tomate, y el jienense que previamente participó en la farsa conmigo, para evitarle mayores padecimientos, echó mano de la venda y se introdujo en el misterio. No fue hasta ese momento, en que notó la sincera angustia de B., cuando empezó a creer que realmente pasaba algo. Era todo un caballero, además profundamente católico, de modo que la sencilla mención del Oscuro le obligó a tomar el reto.
"Marco...Polo...Marco...Polo...Marco...Polo...
J. esta agitando un puchero de cobre en una vieja casa en la estepa andaluza. Agitaba con vehemencia para evitar que la miel, las almendras y el azúcar se pegaran al fondo. Estaba ensimismado en su trabajo, como si todo dependiera de que saliera bien. La lumbre provenía de las brasas de la leña, e iluminaba su rostro rejuvenecido.
Pareció pasar una eternidad cuando al fin la mezcla estuvo en su punto, momento en que con mucho cuidado la separó y dejó enfriar. Secándose el sudor de la frente con la manga de su vieja chaqueta se dirigió a una mesa tosca de madera, donde esperada un gran jarro de vino. Pensó J. entonces en beber un trago, pero no encontró vaso alguno y se quedó sin saber muy bien qué hacer, reflexionando al tiempo sobre lo extraño de la situación. Pero no bien hubo hilvanado el primer pensamiento cuando tres chicas de unos quince años cada una entraron en la estancia sin hacer ruido y sin que J. pudiera decir por dónde lo habían hecho.
Muy risueñas y joviales, cada una de ellas besó la mejilla de J., presentándose como sus primas, lo que éste último admitió como la cosa más evidente, sin plantearse que apenas un instante antes no sabía quienes eran. Pronto repararon en que su primo no había tocado el vino, y le conminaron entre risas a hacerlo aún sin vaso. Las jóvenes, agarrando al unísono el jarro que de pronto parecía capaz por su tamaño de contener el agua del mar, escanciaron directamente sobre la boca de J. un vino oscuro, con mucho cuerpo pero de sabor fino.
Tomado el trago, que pareció demorarse una estación, le cogieron de la mano sin dejar de reír y lo pusieron frente a otra mesa, tallada en una madera noble que presentaba en la superficie extraños dibujos. "Vamos a jugar a un juego antiguo", le dijeron en un tono que no admitía negativas.
Los bordes de la mesa estaban adornados con las letras del abecedario. En el centro había una copa, flanqueada a la izquierda por la expresión "NO" y a la derecha por "SI".
-Pon el dedo sobre la copa.
J. obedeció. Una vez hecho esto, las tres jóvenes le dijeron a la vez: "ahora elige con quien quieres hablar. En cada esquina puedes ver una figura: el diablo, la salamandra, la dama blanca y las almas errantes. Pero debes tener mucho cuidado, querido primo, pues todas ellas, a excepción de las almas errantes, son el demonio".
Sin poder reaccionar, J. notó una especie de corriente en la copa que empezó a moverse...

Fue toda una experiencia ver el enorme cuerpo de J. desmoronarse sobre la superficie del agua, provocando un ruido sordo. Por complicado que pareciese, llegó a darse un buen planchazo contra la superficie, pese a que no se había lanzado desde gran altura. Cuando volvió en sí, contó lo sucedido a regañadientes, dirigiendo improperios hacia la piscina y amenazando gravemente al posible culpable del envenenamiento de las aguas, que según sus sospechas podríamos ser S., anfitrión de tan particular jornada o aquí vuestro servidor, tachado habitualmente y de modo injusto (a veces) de gamberro.
Fue unánime la decisión de los que allí estaban -tanto de los que habían el efecto de las aguas como de los que no- de que debíamos ser el anfitrión y yo mismo los siguientes en penetrar en la piscina. S., promotor del evento, se reía nervioso y temblaba como una hoja al ponerse la venda. Se situó en el centro y dio unos pasos hacia nuestras voces, que le llamaban con el implacable
"Marco...Polo...Marco...Polo...Marco...Polo...
S, estaba en una calle desierta. Era de noche. Las farolas iluminaban la acera de un barrio residencial, y una suave brisa de verano mecía las hojas de las palmeras. Era extraño, pero de los pisos de los novísimos edificios no provenía luz alguna, salvo de uno que quedaba en la acera opuesta a donde él se encontraba.
Gracias al silencio de la noche, podía oír las voces que provenían de ese lugar. Las voces crispadas de un hombre y una mujer que discutían con vehemencia.
El hombre acusaba a la mujer de haber perdido algo, y ella se defendía alegando que era imposible que hubiera desaparecido porque lo había vigilado sin descanso. Cada vez hablaban con mayor desesperación y amargura.
Reparó entonces S. en que portaba una bolsa. Al abrirla, su contenido irradió un calor palpitante y abrasador, así como un destello hipnótico.
Supo entonces que no era si no el mismo quien se había llevado el tesoro de esas personas que ardían en el infierno del odio, y agarrándolo con energía se marchó calle arriba fundiéndose en la oscuridad, oyendo las voces que se iban perdiendo en las tinieblas...
También S. fue rescatado de su desmayo. Sólo quedaba yo.
Y fue de este modo como me encontré con un destino incierto oculto en lo profundo de mi alma, ansiosa de contar una historia tal vez terrible...
"Marco...Polo...Marco...Polo...Marco...Polo...
Se abrieron mis ojos de par en par a un paisaje ignoto. Yo estaba situado en una larga pasarela construida a gran altura, que comunicaba dos edificios con todo el aspecto de ser una penitenciaría.
A lo lejos, tras una exuberancia vegetal que muchos encontrarían sensual, se abría el mar inmenso, y en él una isla envuelta en la bruma. A los lados, grandes laderas verdes eran acariciadas por la niebla, que de modo constante eran atravesadas por inmensos aviones que tomaban tierra suavemente.
Tomé aire profunda y lentamente. Sobre la pasarela que separaba la libertad del cautiverio, a los vivos de los condenados y al cielo del infierno, contemplando un paisaje que no me parecía sensual sino obsceno, no sentía nada.
Ni felicidad ni tristeza. Ni odio ni amor. No me encontraba liberado ni asomaba la nostalgia. Al igual que cuando abrí la puerta siguiendo a C., al mover mis alas para agitar el viento que dispersó al amor de I. Lo mismo que al contemplar desde la cama la desnudez de B., la misma nada que sentí al mover la copa de J., y con la misma indiferencia con la que deposité esa bolsa en la mano de S.
Ocho meses atrás, en mi casa y en mi ciudad, me puse una venda y penetré en el mar. Desde entonces, todo era un juego. Nada importaba. No tenía sentimientos de ninguna clase. Sólo paz, y un tibio olvido.
"Marco...Polo...Marco...Polo...Marco...Polo...


Leland Palmer dijo
Espejos enfrentados... El que lo domina todo puede que también haya caído por accidente en ese tablero de ajedrez de reglas imprecisas. Cierra los ojos y verás un precipicio... o te encontrarás, quien sabe, en la otra orilla. Quizás haya una simetría, una sincronicidad entre el sueño y la realidad. Todo tiene su equivalente en un lugar y otro... Lo que soñamos no es más que un distante espejo en el que se desenvuelve el breve curso de la existencia. Cierren los ojos... esto es "Tales of the Kung-fu Master".
20 Diciembre 2010 | 11:42 PM