O GALO ESQUECIDO
Dos años sin "galo". Dos años, y uno ya en la distancia. Las islas, los nativos, la bruma, las papayas pasadas, los venezolanos, los módulos, la pasarela, el restaurante vietnamita, el tintineo del tranvía...
Los aviones.
Y los permisos. Regresas a tu ciudad, pero en realidad vuelves a una vida que has abandonado. Recorres con el corazón en un puño tu casa, habitación por habitación, y cada estancia se muestra como una pintura. En ella estás tú y están ellos como entonces. Hace mucho que se han ido, antes que tú, pero un rastro tibio ha quedado en el ambiente, como el calor de una cama que se va esfumando entre las sábanas revueltas. Recuerdo a alguien que describía su propio aspecto como "una gran cama deshecha". Cada día que pasa me siento más cercano a esta descripción.

Tralarí, tralará, waka waka...porque esto es Africa HIJOS DE PUTA
Nunca espero grandes recibimientos. Entiendo que la vida en Vigo sigue sin mí. En mis primeras vueltas a casa me citaba con los pocos que quedan y les preguntaba sobre el clima, la economía o las obras. Invariablemente, me contestaban con desgana y tristezas, para rápidamente señalar mi inmensa fortuna al haber partido. Ellos se han quedado y no están de vacaciones, así que no le ven la gracia a tomar el barco de Moaña. Ni se les ocurre visitar el tejo del parque de Castrelos. Creen que el paseo marítimo de Bouzas queda demasiado lejos, y que la playa de la ETEA es pequeña y mugrienta. Que está llena de algas.
Como el bajel de un viejo navío, al igual que las rocas milenarias. La algas impregnan de vida la materia, pero todo el mundo las toma por basura. Yo las siento pegadas a mi pecho, como una parte de mí. No puedo, no quiero deshacerme de ellas.
Soy un hombre romántico y previsor. Antes de partir, dejé ginebra y tónica en la nevera, y una bolsa de chucherías sobre la mesa. Ocho meses después me reciben y las abrazo con ternura antes de devorarlas. Sentado en el sofá, aún me parece ver al gato enroscado en el a mi lado. La luz de la luna ilumina la Avenida de Madrid, y siento como la fuerza del desarraigo y la nostalgia me pegan al asiento, como un avión al despegar.

Teis, la primera playa de clase del mundo. Paradojicamente, su muro es derribado por el populacho.
Cuando abandoné mi vida y mi casa en uno de esos trastos lucía un sol espléndido en Oporto. La terrible fuerza del despegue me envolvió, y cerré los ojos convencido de que iba a morir despedazado. Me despedí de todos y cada uno de vosotros. En ese momento, era una bellísima persona. Mentalmente, pedí perdón por ser avaro y furioso. Lamenté profundamente haber sido esquivo y distante con mi familia. Agradecí desde el fondo de mi corazón la mucha ayuda que recibí en los malos momentos, y el desvelo con el que tantos amigos habían seguido mi caída y posterior auge. Cierto es que hice un apartado con algunas cosas que debían permanecer en un estado hirviente de resentimiento, pero era una nimia parcela de orgullo personal que el Altísimo me toleraría.
En todos y cada uno de mis viajes, realizaba ese ritual. Si me hubierais pedido mil euros en ese momento, os los hubiera dado. Mi carne y mi sangre, como un árbol carnal, generoso y cautivo... recordaba a mi pobre madre, muerta tan joven. Mi abuela, que vivió tanto y que tantas veces me dijo que me acordaría de ella. Y así era, mientras ese pájaro infernal me llevaba a mi última morada hubiese querido sentir sus manos una vez más en mi pelo lleno de canas. Dedicaba los últimos pensamientos a mi gato, que estaría esperando mi regreso en vano... gracias, gracias a todos, perdonadme y vivid felices. Casi todos.

Pero vivía. Una y otra vez. Demudado, aferrado al asiento adelantando el rigor mortis, como si la parca hubiera tenido un despiste que pronto remediaría. Pero hasta el día de hoy no lo ha hecho. Olvidado. Esquecido, en gallego (si es que sigue siendo así, este idioma muta al capricho de cuatro barbudos y unas cuantas lesbianas).
Ah, pero héteme aquí que mis botas gélidas tocaban el asfalto una vez más. Encarnado en mi nueva vida, sorprendido de estar entero, contemplaba desde la ventana del autobús el paisaje salvaje de Tenerife, y la costa desnuda de mi mente abofeteada por el mar inmenso se iba recuperando. Giraba la rueda con su vieja historia de odio, crimen y venganza.
Se cierra el banco. No os dejaré los mil pavos. No olvido.
Nunca he abandonado el ritual, y no dejo de sorprenderme de seguir vivo. Pero como se que tengo el tiempo contado, pues nunca se vive mucho si se viaja en avión, he decidido actuar conforme a mi condición de turista en mi propia existencia y pasar mis días de asueto como lo que soy, una suerte de soldado de permiso. Ya no aviso a nadie, ni pregunto nada. Deambulo por las calles y gozo de la luz sin pensar demasiado en el mañana y, lo que es más importante, en el ayer. Me rodean los fantasmas y apenas logro zafarme del desarraigo, que se pega al corazón y parece tirarme de la ropa, pero me resisto con determinación. Gasto dinero a raudales y cometo toda clase de excesos, pero como no aguanto mucho la bebida me embriago dando largos paseos.
Cosas de la vejez, me he aficionado a los árboles. En las islas los hay muy hermosos y variados, pero uno siempre prefiere los de casa. Me impregnan de una paz inmensa, diferente a la forzada por el temor al vacío que siento en los despegues. Los fotografío y hasta los acaricio, empeñándome en distinguir cada una de las especies. En un lugar como Vigo, esto te coloca directamente del lado de los lunáticos, pero cuando el catálogo lo fabrican tipos con riñonera y anillos en el pulgar que se meten un buen pepito después de gozar con la fórmula 1 en un bar lleno de mugre, ¿a quién le puede molestar?.
Para volver a mi casa después de recorrer con las manos unos pocos centímetros de la corteza de una secuoya de 25 metros (pequeña y joven por tanto), que tal vez hubiera contemplado mi abuelo en su juventud, elegí un camino que bordeaba un río. Años atrás estaba contaminado, pero el Ayuntamiento se empeñó en sanearlo, celebrando la consecución de este objetivo soltando unos cuantos patos en él. No se si eran los mismos o sus descendientes, pero lo cierto es que ahora me escoltaban unas aves inmensas y de una lozanía siniestra, tal vez auxiliada por los restos de algún vertido secreto. Como fuere que empezaron a graznar de una manera amenazante, me desvié hacia unas casuchas que marcaban la frontera con las calles asfaltadas de la ciudad.

En Vigo, desconozco si en otras ciudades y francamente no me importa lo más mínimo, existe una zona de combate entre la ciudad y sus edificios (constituidos en comunidades de vecinos ardientes) contra las casuchas del extrarradio, una suerte de dachas de la inmundicia rodeadas de huertos mutantes, con berzas de larguísimo cuello e improvisados gallineros confeccionados con jergones y planchas de uralita. Para que el bucólico cuadro campestre luzca más, de los limoneros y de los tutores de las judías suelen colgar botellas de lejía cortadas a la mitad. De vez en cuando, en los carcomidos porches se distingue a un retrasado tocando el banjo , acosado por los bloques de edificios que avanzan inexorables.
Los propietarios de estos adefesios suelen ser trogloditas tocados de reloj de oro y muy poca paciencia, y esperan aferrados a escopetas, cuerdas y cuchillos a un plan de ordenación urbana que les conduzca a la gloria de la venta, al exterminio de la expropiación forzosa o al purgatorio de una permuta. En lo que a mí respecta, les daría un plan de los buenos: lanzallamas a gogó y centro comercial que te crió.
Por esto, me resultó muy extraño ver como un hombre me salía al paso sonriente desde una de estas casuchas.
Tras unas palabras amables y comentarios sobre la bonanza del clima, me preguntó con ansiedad apenas contenida si había ido en avión alguna vez. Al comprobar que no alcanzaba a comprender el porqué de su pregunta, me señaló el distintivo que da la compañía Binter a los temerarios que usan sus bañeras voladoras para ir de una isla a otra, y que había olvidado retirar de mi chaqueta, donde lo coloqué tras recibirlo después de un vuelo infernal, aunque más bien debería habérmelo colgado de los cojones, ya que a uno le crecen mucho cuando se sube a uno de esos trastos.

Plátano-Air: un suicidio.
- En efecto, anciano, he tenido y tengo la desgracia de coger aviones a menudo.
- ¿Desgracia? ¡Pero si has conocido el cielo y estando vivo! ¡eso es la gloria!
- Me temo que se equivoca. Ahí arriba está el infierno. Y toda vez que usted vive en este lugar, sabe bien que se puede estar en la olla de Satán y contarlo. Al menos malvive en Vigo.
- Pues a mi me gustaría ir en avión- dijo el viejo con aire ausente, ignorando mis puyas.
Como fuere que la situación se había vuelto algo incómoda, pues aquel anciano no hacía más que frotar sus manos fuertes, pero retorcidas como un sarmiento, de lo nervioso que estaba, intenté fijarme el cualquier otra cosa, topando entonces con un extraño árbol que se vislumbraba pegado a un lateral de la casa. Le pregunté a qué especie pertenecía, pues estaba sin duda vivo pero presentaba un aspecto insólito: tortuoso hasta la crispación, de corteza oscura y con sólo dos ramas que salían de la copa pelada, bajo y fuerte.
- Es una viña- contestó sin salir de su empecinamiento.
No podía dar crédito. Era cierto. Se trataba de una parra, una parra hipertrofiada e inmensa, tal vez la mayor de todos los tiempos. Ni yo ni nadie había visto cosa igual. Era formidable.
- Bah, casi no da fruto. La dejé porque la plantó mi padre con las otras y fue así creciendo, pero estorba más que otra cosa. Viñas, árboles... eso no da ni para un patacón, yo lo dejaba todo con tal de conocer el cielo.
Maldito puerco.
- Oiga, amigo, voy a volver a repetírselo: ir en avión es un suplicio. Millones de personas han muerto después de pagar una fortuna por el pasaje con la estúpida idea en su cabeza, que por cierto acabaría hecha confeti, de que tomaban el medio más seguro y rápido que existe. Ir en avión es de locos. ¿Lo ha entendido, jefe? De putos locos.
- Eso lo dices porque has volado. Has visto las nubes y el sol a su misma altura. La circunferencia de la tierra, y el mar en su grandeza. Con las azafatas, las mujeres más hermosas de la tierra, llenándote de atenciones.

Ja, ja, ja.
En ese momento, recordando a los quincalleros y buhoneros de diverso pelaje que se encargan de sacarle los cuartos a los pasajeros, llamados también tripulación, y que normalmente presentan un estado de forma lamentable, me dio la risa. Empezaba a sentir ternura por aquel infeliz.
- Mire, socio: déjese de coñas y disfrute de lo que tiene. Es cierto que hoy en día todo cuanto bulto sospechoso pulula por el mundo se dedica a catar vino por el culo y decir que sabe a vainilla, a pimientos o a chorra de negro, pero no lo es menos que el vino es el sabor puro de la tierra. Sale de ella, se transmite por la madera de la viña y acaba purificado en la uva. Luego fermenta, nos traspasa y acaba volviendo a la tierra. Tiene sabor a tiempo parado, a los recuerdos, lleva restos de los fallecidos a nuestro corazón. Y su parra... esa parra es como un relámpago tallado, es lo mejor que he visto nunca.
- Pues yo cambiaba...
- Cambiemos entonces.
Y así fue como, compartiendo una cena a base de pan de maíz, castañas asadas y carne de caza, propia de un ser del medievo ajeno al hecho colombino y sus nuevos vegetales, decidimos que el anciano tomaría mi puesto en el próximo vuelo, mientras que yo me quedaría en su casa, que parecía más bien un cubo de basura con ventanas, admirando la parra y disfrutando de una vida contemplativa, prorrogando así la estancia en la ciudad de mis amores.
Dicho y hecho. Llegado el día, que el anciano esperaba como la aurora, nos despedimos a la puerta de su casa, porque yo me niego taxativamente a acudir a los aeropuertos no siendo para viajar yo mismo, hasta tal punto me deprimen. Le indiqué cómo debía actuar para ocupar mi plaza y él a su vez me explicó los pormenores de su casa, señalando que una sobrina suya vendría un par de días a la semana para limpiar y hacer la comida, cual era su costumbre. Me imaginé a una criatura bien adiposa, bien esquelética, forrada de negras vestiduras que se dedicaría a una vigilancia estrecha de mis movimientos, como si se pudiera robar algo en aquella pocilga.
En cuanto al diplodocus, no había problema: mi compromiso se limitaba a facilitar el modo en que pudiera subirse al avión y, de sobrevivir, volver encontrando su chabola y sobre todo su parra intactas. Lo que hiciera en Canarias no era asunto mio.
Que días más felices. Una vez más, removí la tierra con una laya con mango de fresno, el árbol que aleja el rayo. Agotado, me tumbaba sobre la hierba o me daba un corto paseo hasta la playa cuasi urbana de Bouzas y miraba al cielo infinito. No tardaba mucho en cruzarlo uno de esos potros de tortura alados, dejando su estela blanca como la muerte. ¿Hermoso? si. Ahora bien, también la lava incandescente es preciosa, y a nadie se le ocurre meterse dentro. ¿Qué me decís de las orcas? Una gloria de Dios, pero a pocos idiotas se les da por montarse encima de ellas.
Además, cuando hace ya algunos años -demasiados, para mi gusto- tuve la desgracia de tener que ir en avión, por lo menos a uno lo trataban de una forma distinguida. Bellas azafatas le colmaban a uno de atenciones, como pensaba el palurdo, y le traían a uno tónicas, alcohol, una comida exquisita, un periódico, e incluso comprendían que la mayor parte del pasaje eran personas normales temerosas de Dios que lógicamente sufrían cierta inquietud al encontrarse a 10 kilómetros del suelo subidos en una carcasa de plástico, dándoles consuelo y la ilusión de echar uno de esos polvos aéreos (producto meramente legendario). Si, amigos: la gente que viajaba en aeroplano era gente de clase, educada, de buen gusto, de dinero también.

Pero hoy... frente a esa estela blanca se encontraría sin duda una chusma apestosa, una gentuza de bajísima ralea que se dedicarían a dar voces y atragantarse de comida mientras caminan e aquí para allá dentro de un vehículo carente de seguridad, más parecido a un restaurante de carretera que a un reactor. Es formidable, pero no bien ha despegado a duras penas unos de estos trastos toda esta escoria se levantan como zombis de sus tumbas y se van a coger sus bolsas para atragantarse con patatillas y fiambres de ínfima calidad. Y al retrete, no para probar suerte con la azafata, que suele ser una vieja desdentada o lo que es peor, un mariconazo, sino a cagar como si no hubiera un mañana.
Nunca falta el que también caga sentencias, generalmente estupideces sobre la aeronáutica en general y las maniobras de avión que lo soporta en particular. Esos analfabetos debieran estar hablando de la caballerías que les tocase limpiar y herrar, y no de tan bizarro medio de transporte. En el extremo opuesto, está el que ronca como un salvaje desde el despegue hasta el aterrizaje. Felices en su inconsciencia, seguro que si los despertamos y les preguntamos si no teme morir, nos mirará como si fuéramos nosotros los locos.
Vagabundos. Payasos. Mastuerzos. Maleducados. Zafios. Crápulas. Y por encima de todo, los putos niños. Los niños de los cojones. A grito pelado, corriendo de un lado a otro, gritando como descosidos mientras sus papás los ignoran, acostumbrados como están a semejante conducta. Si en esos momentos no estuviera paralizado por el terror podría levantarme y golpearles una y otra vez. A todos. Zancadillear al que se levanta, darle con una barra al de la maleta, estrangular al que come... en momentos así, si no fuera porque yo voy dentro (detalle importante), desearía que ese trasto se cayera en picado, y un segundo antes de morir hecho picadillo decirles a esos puercos: "¿lo veis? ¿lo veis? Vais a morir en un avión, el medio de transporte más seguro que existe, HIJOS DE PUTA". Así aprenderían.

Pasé en este gozo mis días en el campo, y en uno de los más soleados, no entre lusco e fusco, me topé al regresar con la sobrina en cuestión.

La ETEA, segunda mejor playa del mundo.
Se encontraba al lado de la inmensa parra tendiendo la ropa. Era una mujer de unos 30, bajita y compacta. El pelo, entre rubio y castaño, le caía rebelde sobre los hombros redondos y desnudos. Cuando se giró un momento para observarme me dedicó una sonrisa voraz, mostrando unos hermosos dientes, que contrastaban con una mirada de ensayada desidia. Tenía los pechos grandes como cántaros, apenas disimulados por la camiseta de tirantes que llevaba para la faena. Entonces volvió a girarse, enseñando un culo grande pero firme y bullicioso, como una plaza de toros. Era un trasero que contenía toda la gracia de Dios.
Tenía que cogerla por detrás A TODA COSTA.
Dejé caer al suelo la bolsa de la playa. Mi cuerpo aún estaba irradiando el calor del sol, pero sentía como a cada paso que daba hacia esa hembra me abrasaba más y más. No se dio la vuelta hasta que hube recorrido la mitad de la distancia que nos separaba. Cuando faltaban unos pocos pasos puso los brazos en jarras, pero no le di tiempo a reaccionar. La cogí con determinación por la cintura y la besé con fuerza. No se resistió, y poco a poco fue respirando con mayor intensidad. Aquella mujer sabía como el vino, transmitía la humedad del aire y el sabor de la tierra, donde todo empieza y termina.
Finalmente, la giré suavemente, y ella apoyó sus manos sobre la parra. Le bajé los pantalones cortos que le marcaban los labios de la vulva y tiré de las bragas hacia abajo. Se le retorcieron sobre los poderosos muslos. Se la metí una y otra vez, y pude sentir el movimiento del mundo al rodar.

Ahí dándole caña para despegar desde los Rodeos. Es una metafora de follar.
Os preguntareis qué ocurrió con el dueño de la parra. Podría resumirlo con un viejo dicho: "los que están en una butaca sueñan con viajar. Los que viajan sueñan con una butaca". Pero es de justicia que sea más minucioso.
El anciano se presentó en su casa muchos días después de lo que yo esperaba, con una cara que denotaba desencanto entreverado con satisfacción. Había logrado algo añorado durante toda su vida y no hubiera resultado tan maravilloso, pero al menos ya no sentía la pesada carga del deseo, que ya es bastante.
No me equivocaba.
Relató cómo llegó al aeropuerto como en un sueño, sin padecer el habitual trato que allí le dispensan a todo hijo de vecino (esto es, a puntapiés) dado su estado de total emoción. Casi no pudo apreciar la silueta del pájaro metálico que le llevaría a tanta altura, ya que el diseño del aeródromo está pensado para ello (si los pasajeros pudieran detenerse a analizar el estado de esos cacharros pocas veces se montarían).

Ya en el asiento en que muy probablemente sería recibido por Satanás miró con embeleso a la azafata, jurando que era la más bella mujer que había visto en su vida. Se apretó el cinturón, y le resultó curioso que fuera tan rústico. Yo no me lo quito nunca, pero es una auténtica burla, comparable a que a un cosmonauta le facilitaran unas bombonas de buceador por si las moscas. Me comentó además con mirada alucinada lo muy tranquila que estaba la gente. Esto nos lleva a mi discurso sobre los pasajeros referido ud supra.
Te voy a decir yo ahora lo que te puedes meter en la boquita, rata irlandesa
Llegó entonces el colérico despegue. Confesó que le invadió el terror, y que tuvo la
certeza de que iba a saltar en pedazos. Pudo ver a San Pedro haciéndole preguntas místicas ante la reja dorada, y recordó partes de su niñez, resultándole hasta divertido lo extraño que resultaba que alguien como él fuera a morir en el aire. Le llegó a parecer irresistiblemente chic.
Cuando el aparato se estabilizó, le embargó una cálida sensación de plenitud. Como un niño en el escaparate de una juguetería, pegó la cara a la ventanilla, sin poder creer que estaba por encima de las nubes. Un mar helado donde restallaba la luz del sol, un lugar tan alejado de la tierra que en ese momento transformaba su status: ya no era un ciudadano más. Las leyes de la tierra no regían en la ingravidez, era un extraterrestre, un ángel, su vida estaba en un hilo hasta que aterrizase.
Si aterrizaba.
La llegada del carrito de las bebidas le produjo tal placer que apenas si pudo esperar su turno. Pidió un café con leche a precio de oro, pero valía la pena: la altitud le daba, a su entender, un sabor incomparable. Podéis imaginar mis aspavientos y gestos ante lo que ese majadero estaba diciendo, y lo que suponía para mí no sólo tomarse un tentempié ridículo antes de morir, sino también que fuera este un pequeño-burgués café con leche, una bebida deleznable.

Dadme vuestro dinero IDIOTAS
Todo maravilloso. Nuestro anciano se encontraba en la casa del Señor, atravesando las nubes y el aire helado.
Y llegó la tragedia.
Mirándome fijamente, con los ojos agotados arrasados por las lágrimas, retorció las enormes manos como nudos de una cuerda gruesa para acabar echando mano de un vaso del que bebió un trago de aguardiente. Fue un trago tan largo que parecía contener toda el agua del mar recorrido. Yo pensé que me hablaría de turbulencias, de un motor incendiado, de una tormenta inesperada. No fue así.
-
- Me quedé dormido. No desperté hasta que avisaron de que íbamos a aterrizar. Cuando tocamos tierra la gente empezó a aplaudir, pero yo estaba desesperado. ¿Cómo pude dormirme en un momento así? No pude ver el Teide desde lo alto, he desperdiciado más de la mitad del viaje más maravilloso que nadie puede realizar... no me lo creo...
Sentí pena por aquel hombre. No le pregunté por sus días en Tenerife. Cuando se recuperó levemente, me contó que dio unos paseos, sacó un billete de barco y tardó tres días en regresar. No volvería nunca más a volar.
Puse una mano en su hombro y sonreí.
-
- ¿Sabes porqué aplaudían?
-
- No. Imagino que es una tradición de los viajeros.
-
- Aplaudían porque habían salvado su vida. Igual que tú. Cuéntaselo a todo el mundo: has cruzado el océano en un cacharro de plástico pilotado por unos cocainómanos auxiliados por un ordenador con la memoria de una lavadora. Cuando mueras, haz que tus cenizas se entierren al pie de la parra, y los que beban el vino conocerán tu gesta. Ojalá pudiera yo dormir en un avión. Ahora debo irme, el exilio me reclama.
Nos dimos un apretón de manos como despedida. En ese momento, alguien entró en la sala.
-
- Ah, mi sobrina.
Bajo el dintel, una mujer horrible, vestida de negro como un cuervo, se afanaba en limpiar de polvo las estanterías. Nada que ver con la mía.

Cuando se viaja en avión, sólo existen dos emociones: el tedio o el terror.


Mostovoi. dijo
Un verídico relato. Los que no sienten miedo al ir en avión, es que son INHUMANOS. No son más que carcasas de piel y carne, no seres vivos. El avión es un medio de transporte antinatural para el hombre. Desde tiempos inmemoriales, el ser humano está acostumbrado a caminar, a atravesar mares por medio de embarcaciones... Pero el avión es algo demasiado "novedoso", un siglo, nada más, una insignificancia, nuestro organismos no están preparados.
8 Junio 2011 | 11:09 PM