TRES SEMANAS EN OTRA CIUDAD
El viento azotaba fuerte en La Esperanza.
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Poli, ponme un helado
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¿De cual, Don?
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De los gratis, Poli, de los gratis.
El viento azotaba fuerte en La Esperanza y Poli me miraba con una sonrisa temerosa: la que ponía cuando no sabía si estaba de broma o en serio. Era mi primer día tras volver de vacaciones, de regresar desde Vigo. Expulsé furibundo el humo de mi cigarrillo por las fosas nasales y la cosa quedó clara. Mi tarjeta del economato no iba a registrar movimientos.
Cubríamos el turno de tarde los pocos que permanecíamos tras el concurso de traslados: Muñeco, un maragato criado en Albacete, con el pelo cortado al cepillo y que vivía una tercera juventud en las islas; Sardinero, cuyo origen se perdía en en tiempo y que estaba tan desarraigado que parecía haber salido del vientre de su madre con el raído gabán que portaba siempre y su cenicienta melena de vieja castellana; y Clamores, un palentino que se afanaba en archivar expedientes y que acababa de llegar, al que todavía sorprendía lo muy frío que puede ser el norte del sur.
Cerrábamos el cuadro un servidor, que con poco más de un año sirviendo en el archipiélago era un veterano, y Domingo, un nativo acostumbrado a tratar con haoles y que tenía en su haber una mención honorífica por llevar 25 años al servicio del Ministerio del interior, la mayor parte de ellos tocándose los cojones y peleándose con los mandos. Con mucha veneración y respeto era conocido como La Barba.
Fue éste último quien reconvino a los dispersos de la siguiente manera:
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Si no quieres acabar con un dedo enguantado en látex metido por el culo será mejor que pongas dos de esos helados de regalo, Poli. Y tú, novato, deja los expedientes y siéntate con nosotros. Aquí por las tardes no se trabaja, y menos cuando el Comisario relata su historia.
El palentino, con su eterno gesto de estupefacción, dejó la labor y tomó asiento. Abrí el maxibom que Poli me tendió con servilismo y narré los hechos habidos durante mis vacaciones.
Tres semanas en casa.
No bien me había acomodado en el asiento del autobús y dado gracias al Señor por haberme permitido sobrevivir a otro vuelo de los cojones, y apenas se solazaron mis ojos maltrechos con la vista de los verdes campos de Galicia, cuando sonó el teléfono. Era nada menos que Yet García, un escritor de rotundo éxito. Imaginé que llamaba para adelantarme lo poco que le había impresionado y la nula importancia que le daba a su primera aparición televisiva para presentar su última novela. En realidad se toqueteaba con implacable ánimo lúbrico con la sola mención de la promoción, pero bien se merecía el éxito. Sin embargo, me llamaba para otra cosa.
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Tengo malas noticias.
Era un tono que adelantaba el tema: grave, pero no tanto. Nadie cercano muerto, no atentados.
- El mesón Orensano se ha quemado. Hasta los cimientos. Me enteré en Pamplona, fue portada del Faro de Vigo.

Esta Señora, que Dios bendiga, se preocupa cada día de su vida de que no os falte la tapa
Los de Vigo leemos el Faro en cualquier lado. Es mucho más importante que el Times, y te dicen cosas vitales como esta.
De veras fue una mala noticia. Aunque pasé más de un año sin ir (no volví hasta Diciembre de 2010), puesto que juré no hacerlo si no era como un triunfador, nunca olvidé mis gloriosas noches en el lugar que Jesucristo elegiría para echar unas cervezas. Incluso mis padres fueron a ese lugar en su juventud. Por lo visto, el jefe, al que unos conocía como "Mickey ojos azules" y otros como "Templeton Peck", explicó que poco antes habían hecho una profunda reforma, así que le extrañaba lo del incendio. Mala cosa las reformas, Mickey: si funciona, no lo arregles.
Y si no funciona, es que no tiene arreglo.
Así, pasé mi primera mañana de verano en Vigo acudiendo a las ruinas del Mesón Orensano. Una fina lluvia, típica de los primeros días de Julio y que acompañaba implacable la apertura de la feria del libro, perlaba mi piel curtida por el sol caprichoso de Tenerife mientras observaba las ruinas enegrecidas.
El local era una masa negra cubierta de trozos de madera y plástico carbonizados. La alta graduación del vino de la casa sin duda habría ayudado a la combustión. Una combustión que por cierto parecía espontánea, toda vez que el resto del inmueble, así como la puerta y ventana del local, permanecían intactas.
Era como acudir a otro funeral. A partir de los 30, estas cosas comienzan a adquirir una cotidianeidad macabra. Mi propia caída y auge me enseñó que nada es eterno, y que si no mueres, cambias. Ya lo dice el proverbio: "solo se vive dos veces: una, cuando naces; la otra, cuando miras de frente a la muerte". Entre toda aquella devastación, una nota garrapateada en la hoja de una libreta suponía la viva imagen de la esperanza:
CERRADO POR AVERÍA.
La cogí y me la guardé en la cartera, sintiendo en las casas del barrio tan viejas un soplo de honda emoción.
Pero si el Orensano era, como yo lo creía, un lugar de poder, sin duda resurgiría de sus cenizas y cabalgaría de nuevo. Reconocía bien esas cenizas: hace apenas dos años, mi vida no era muy distinta a ese local arrasado. Un lugar maravilloso, lleno de buenos recuerdos, se venía abajo. Una vida formidable, la mia, tocada por la gloria, el amor y el éxito parecía terminar. Pero si yo había resurgido, lo haría también ese lugar tan necesario.

Una barrida buena, un pouco de aserrín e para o xoves abrimos
A las pocas horas me encontraba enfundado (ya no embutido) en mi traje de combate, en una elipsis clónica a la de El cazador. A lo largo de mi experiencia criminológica he comprobado que, en mayor o menor medida, todos nos sentimos atraídos hacia un determinado delito. A veces no perfeccionamos todos los elementos del tipo, y otras sencillamente nadie lo descubre, pero todo el mundo tontea con su delito. Conozco a potenciales ases de la corrupción de menores (sí socio, habló de tí), y alguno que se mortifica con la práctica del libelo con posterior arrepentimiento, sin dejar de delinquir de forma contumaz, a veces al tiempo que se lamenta del crímen. ¿Estafadores? A cientos. Esos son los peores. La evasión fiscal no es para mí un delito, es una puta obligación. ¡Cuántos traficantes de droga! ¡cientos de calumniadores! Y todos ellos gente corriente, desayunando cola-caos en zapatillas y batín de guatiné. Alabados sean...
Yo robo. Obras de arte, libros, bellísimos muebles. Armas blancas, cuadros, fotografías, recuerdos de otras vidas... penetro en las casas cuya propiedad está en tierra de nadie, que se van quedando tíbias por la pérdida de hábito humano y las vacío de sus más hermosos ornamentos, que pasan a formar parte de mi patrimonio y de mi acerbo.
Todo empieza con un plan bien definido, una estrategia desarrollada en noches de insomnio, entre pipas de tabaco y vestido con pijamas sudados. Luego entra la inteligencia, las conversaciones con otros ladrones que no suelen ser conscientes de su propia miseria, y que cometen errores fatales por ello, dándome formidables ventajas. Escasas son las ocasiones en las que he entrado en un recinto sin las llaves. Otra cosa es como éstas han sido obtenidas, pero en todo caso siempre con chaqueta y corbata, mostrando mi lado diplomático y carácter de frío negociador.
Y luego el clímax, la infantería: el chaleco de combate, las botas Magnum o las ligeras SL 72 de Adidas, según la ocasión. Unos guantes anti corte, mi vieja linterna de submarinista (con la que me premió un compañero de saqueo al que ayudé a recuperar unos bienes impagados por el saqueado) y mi vieja mochila de montaña, que me ha servido en el asalto a los 4 tesoros más importantes de mi carrera. A veces me he ayudado de maquinaria poco ortodoxa, como una carretilla que afané en el garaje del tipo al que iba a saquear. Transporté en ella una placa de mármol rosa exquisitamente veatada, y tanto me ayudó que me la quedé también.
Para terminar, llevo siempre un cuchillo Tiburón de Aitor, así como uno de fino titanio para lanzar metido en la bota. Nunca se sabe quién puede aparecer, pero si lo hace lo abriré en canal, maldita sea.
La emoción, el pánico, el terror, la lujuria, la precisión y las mil técnicas que se desarrollan durante el acto del saqueo son tan ricas y numerosas que darían para otro artículo, y así lo contaremos en otra ocasión. Sólo diré que es algo parecido a follarse a la mujer de otro, ni más ni menos. Si dudas, la cagas. Si dejas algo, se lo quedará otro.

El candelabro de la Victoria, sus velas se encenderan cuando comience mi reinado
El último acto es el mejor. El tesoro desparramado de cualquier manera en la puerta de casa, tras cargarlo pesadamente sobre los hombros. En ese momento entra en juego la enseñanza de Orfeo y Eurídice: el regreso a casa con el material provoca cierto relax que lleva a la desgracia. Casi ninguna baja ha manchado mi historial, pongo un empeño especial en lo que yo llamo "la entrada en zona liberada". Recuerdo una luxación que sufrí en el hombro al transportar a pie durante 20 interminables minutos un taladro industrial por las calles desiertas. En otras ocasiones, y en el paroxismo de la buena fortuna, no pocos colaboradores me han ayudado con sus brazos o con sus vehículos para poner a salvo el botín, cuya ayuda desinteresada agradeceré no mencionándo sus nombres. Dios los guarde para siempre.
Finalmente, recorro mi palacio solazándome en la contemplación de los nuevos tesoros, que adquieren una renovada existencia. Lo hago tras ducharme y ponerme la ropa ceremonial, al tiempo que bebo un copazo de cognac (robado también).
Ni un solo remordimiento cubre mi mente. Suelen ser bienes robados a su vez por gentuza que los detentaba ilícitamente, e incluso cosas que debían pertenecerme desde largo tiempo. Esos tiranos pretenden imponer su voluntad avariciosa más allá de las tumbas (los propietarios suelen estar en el infierno mientras yo me ocupo de los bienes) pero yo me empalmo a tope fastidiándoles. Tengo el peregrino proyecto de sacar una serie de figuras de acción de mi mismo, cada una de ellas con la ropa de las distintas fases: pijama roído, traje ojo perdiz con corbata granate, in comando poncho y tuxedo cocktail. ¿Qué cojones pasa? Lo hace Indiana Jones y es un arqueólogo. Lo hago yo y soy un choro, ¿no?. Pues de eso nada.
Esta vez tuve tanta suerte que el tiempo lluvioso me auxilió, y mi casa tiene una de las mejores bibliotecas privadas de Europa. Eran libros objeto, obra magníficas esclavizadas y prostituidas para la simple exhibición. Yo las liberé, leyéndolas una a una y catalogándolas, ordenándolas en una exquisita libreria de palosanto con cristalera.

Lo habéis adivinado: robada, liberada...
Cumplida la misión, llegó el calor. Tantos años después, cogía regularmente el barco de línea Vigo-Cangas y disfrutaba de ese relajante meneo, escuchando con deleite las vulgaridades de los pasajeros y contemplando como se alejaban el puerto, haciéndose cada vez más pequeños los turistas que se abalanzaban sobre las ostras y el vino blanco. Benditos sean, si no fuera por ese vino ácido tendrían una toxina tan virulenta en el cuerpo que a los 20 minutos estarían echando las tripas por el retrete al tiempo que vomitarían en escopeta en el bidet.

En una de esas partidas, la tripulación y pasaje del barco fue agasajada con una foliada improvisada por dos matrimonios del país tocados por el hada del albariño. Me llamaron a la atención los hombres: uno alto y desgarbado, con el pelo encanecido sin atisbo de patillas y un esplendoroso bigote, con el polo de Springfield metido por dentro del pantalón, cantaba con voz grave. A su lado, un diminuto anciano tocado con gorrita de "Galicia terra nosa" y gafas de sol ajenas a cualquier tipo de modernidad, hacía un coro agudo y afeminado, con tono gallináceo, al tiempo que aprovechaba su leve parkinson para agitar unas cintas que llevaba en las manos. Las señoras iban a juego y seguían la tonada con una alegría que contagiaba a los pasajeros, y muy en particular a mí, que toda mi vida había un nostálgico pero ahora lo era con razón.
Cangas, villa hermosa favorita del sol. Sus lugareños son revolucionarios y duros como el granito, y diríase que sus ancianos, curtidos por el sol y la sal del mar, asemejan a los míticos indios americanos. Un pies negros cose unas redes cerca de la plaza, una pahwnee contempla el horto desde un puesto de helados...
La playa de Rodeira es magnífica. Bastante grande, con el agua no muy fría que despide un sutil aroma a fuel oil, lo bastante intenso para alejar a toda esa escoria burguesa que busca siempre las playas más salvajes para invadirlas con sus putos monovolúmenes, llenarlas de jodidos críos y profanarlas con su asquerosa desnudez. Si bien es cierto que resulta imposible, ni tan siquiera en Rodeira, huir de los clásicos retrasados mentales jugando a las palas, uno puede alejarse lo bastante.

Aquí el peligro son las viejas. Ellas se ponen siempre en el mismo sitio, y da igual que alguien lo haya ocupado: llegan y se te ponen al lado, y empiezan a desplegar esa parafernalia de mierda de las sillas, las sombrillas y las neveras. Yo me aferro a mi ipod y no me doy por enterado. Al rato cojo el móvil y llamó a alguien, y comienzo una conversación a gritos sobre abrir culos y comer coños, o me carcajeo al tiempo que describo terribles accidentes ferroviarios. Con eso al menos les amargo un poco la tarde.
A veces presto atención a lo que dicen. Son como adiposos duendes playeros que intercambian anécdotas surrealistas con voz cantarina. Recuerdo a un jodido cadáver diciéndole a una gorda lo muy harta que estaba de que hubieran llegado tantos días de calor seguidos, porque así "no le quedaba más remedio que venir". Y no tenía nietos a los que acompañar, ni tan siquiera el deber moral de aprovechar cada día porque al poco debía partir a tierras áridas. Nada de eso, la vieja vivía unas calles más allá. Sencillamente, si hacía sol se veía en la implacable obligación de acudir a la playa, aunque ello le atormentara, y así lo parecía por la cara que ponía. Un moderno Sísifo, y punto.
Es como si cada vez que pasaramos al lado de una casa de putas tuvieramos que echar un polvo aunque no nos apeteciera.
La noche de Vigo tiene nueva reina: se trata de "La Goleta", un bar situado en el corazón de lo que fuera mi barrio, donde viví hasta los 24 años. Entonces éste lugar era una cueva de puretas, cuyo diseño imitaba admirablemente bien el interior de un barco de ricos. Y pese a lo noble de las maderas y el brillo de los adornos, no dejó nunca de tener un aire sórdido y decadente. Era el típico lugar en el que hacían caja abriendo el día de huelga general, porque para ellos el riesgo era mínimo: nunca un sindicalista ha olfateado nada que se parezca a un barco.

Con la conversión de las calles del puerto en bulevar de pisaverdes, el local se modernizó abriendo un gran escaparate a la calle. Daban desayunos y esa basura, pero al fin llegó el éxito: dos caldorras con poca ropa, un par de botellas de ginebra snob, música de los 80 y ¡éxito!. En los días en los que allí estuve soplando pude ver cantidad de jacas acompañadas por esos tipos grimosos que van vestidos con polos repletos de escudos, publicidad y banderas de cualquier país. Una vez ví uno de esos en el que se podía leer (a duras penas por lo abigarrado de los colores) "Mali Polo Team". Francamente, no creo que Mali tenga un club de Polo, pero si lo tiene seguro que los jugadores montarían sobre grandes roedores, no sobre caballos. Tal vez sobre cucarachas.
En fin, que ahí estaba yo con Pady, con Yet o con el Corto, gente que ha tenido que emigrar también y a veces se encuentran extraños en su ciudad, observando el panorama que no cambia nunca: las bellezas de primera hora contoneándose antes de desvanecerse, sus vigilantes con los polos chillones y esa fina película de grasa que les cubre la piel y la clásica formación de listeros que se menean tímidamente con la música y vigilan ansiosos la puerta, para controlar la entrada de ganao. Ahí están, incansables, pivotando con el cubata y lanzando miradas que todo el mundo detecta, sobre todo la interesada. A esas tipas no parece afectarles mucho el hecho cierto de que una decena de tipos se la vayan a pelar pensando en ellas esa noche. Debe ser algo fascinante. Las tías miran el polo más caro, los listeros miran a las tías, yo miro a los listeros.
Al menos, no me toco pensando en ellos.
De camino al siguiente local, pasamos por "La casa del libro". En su escaparate, con las novedades, se sitúa orgulloso el libro de Yet. Unas noches atrás lo había descubierto con él. Es algo increíble, pero intenta mantenerse en un estado de humildad típicamente pequeño burguesa. Que le hayan publicado ese mamotreto, ese monumento al mal gusto es una hazaña tal que deja en bragas a Brian Clough con lo del Forest. Estoy seguro de que se pasará el resto de su estancia en Vigo acudiendo a la librería para comprobar cuántos se venden.

Pocos.
Regreso al "Oh la la", el local donde se cocía todo. Ahora sólo se cuecen salchichas, aquello es "todopollas.com". Tan solo las camareras, que ya no son tan impresionates como antaño, mantienen viva la esperanza. Una me pregunta qué voy a tomar. Maldita sea, antes sólo tenía que hacer un gesto para que mi checa me llenara el hígado de Seagrams extra dry. Los tiempos han cambiado, pero yo sigo siendo el mismo. El Corto ha traído consigo a unos amigos pestilentes, así que aprovecho que salen a la pista para hacer mutis por el foro. Este tipo de despedida a la francesa lo puso de moda un viejo amigo, el que hoy escribe best sellers. Cuando alguien le recriminaba su actitud, el decía que tenía que oír la "Rosa de los vientos". Otro Sísifo de andar por casa: si el aedo de zarrapastrosa oratoria Bruno Cardeñosa, habría su boca para vomitar algún pensamiento demagógico, se veía en la imperiosa necesidad de escucharlo.
Me da en la nariz que esta maldición es el cáncer de la nación. Espero que algún día las viejas en la playa y los maleducados que se van si despedirse se justifiquen diciendo que tienen que leer si yo escribo.

Only One, así se llama. Only one is too many.
En mis primeros pasos de vuelta a casa, me topo con la hamburguesería sin nombre de la calle Uruguay. Un local a cuyo lado un taller ilegal chino parece una mansión y cuyos dueños, probablemente Rockefeller o Morgan, no se han molestado en ponerle nombre, se llena con lo más granado de las criaturas de la noche: yonkis, putas, pijos, trabajadores nocturnos y borrachos de diverso pelaje comen un bocata tras otro. Choca con lo espartano del diseño del local el mucho esmero que se ha puesto a la hora de diseñar la carta. A todos los venenos se le ha puesto un nombre pintoresco: está la American Burger, muy pedida por American Gordo; el Indiana hot dog, rival acérrimo del "huevo duro de Indiana", clásico de la sección de "raros" del Imperio Papo´s (a este respecto, me pregunto sobre la fiabilidad de un negocio que tiene una división de sus productos llamada "raros", y más aún porqué alguien le puede llamar "Papo´s" a una bocatería); y mi favorita, la hamburguesa "One and only", que lleva de todo. Todo cuanto artereoesclerótico viva en Vigo y su área metropolitana os dirá que este lugar tiene el mejor material del mundo, pero siempre que pasó por ahí una voz desencajada exige lo mismo: "ponme uno de bacon con queso". Buena elección, el bacon solo queda un poco seco y soso.

Estoy al borde de las lágrimas cuando suelto la tranca y me pongo a mear en el portal de Hernán Cortés, cuya antesala está abierta y sirve de escaparate a un taller fotográfico. Meo sobre el cuadro eléctrico mientras me contemplan los retratos de niños en traje de comunión en 1987, o de parejas casándose que sin duda llevan muchos años divorciados. Esta vez, cuando salgo tambaleándome, un camareta que debe haber salido de trabajar me mira con cara de culo, sabedor de mi ultraje. Una ocasión que ni pintada para hacer algo que llevaba toda la vida deseando hacer. Saco la cartera y le enseño la placa, al tiempo que balbuceo con cierta autoridad: "actividad policial". El camareta se va espantado y yo subo la Gran Vía riéndome, aunque con el corazón en un puño. No puedo soportar tanta felicidad, tanta nostalgia, tanta suerte.
Y fue así como fueron pasando mis tres semanas en otra ciudad, que era,es y será siempre la mía. Cerré las persianas, me eché el macuto al hombro y metí el culo en un avión rumbo a Tenerife, conservando en la ropa el aroma que te impregna cuando intimas con un viejo amor perdido.

Vigo eterno.
Mis interlocutores agradecieron la historia y se prepararon para volver a casa. Todos menos Poli, que muy a su pesar ya estaba en casa. Resopló con desdicha y me comentó lo afirtunado que era de poder visitar mi casa y gozar de una vida tan venturosa, mientras él debía pudrirse entre los muros de aquel lugar. Le dí unas palabras de consuelo escritas por una mano sabia en una hoja de libreta. Las leyó, sonrió encogiéndose de hombros y metió la hoja dentro de su expediente personal, que yo le tendí.
Ahora, entre su índice de visicitudes, se puede leer:
CERRADO POR AVERÍA.
P.D.: cuando escribo estas líneas, el Mesón Orensano se encuentra a pleno rendimiento.




Celtista e galego dijo
Ya se te echaba en falta. Sobre El Orensano se pueden escuchar variopintas opiniones, como en una película de David Lynch. Pero nadie podrá negar que es un lugar muy vigués. Artículo muy parquecitiano. Diversos temas, pero con coherencia, como en una improvisación jazzistica: piano, batería, bajo, saxo tenor, chass, chass... Esto es "Tales of the Kung-fu master".
12 Septiembre 2011 | 08:15 PM